jueves, 27 de noviembre de 2025

 


EL NAZARENO DE CARRASCO

 

Tito Ortiz.-

Cronista Oficial de la ciudad de Granada

 

Balbuceaba la década de los ochenta del siglo pasado y, las aguas bajaban turbulentas por el convento de la Concepción. Un asunto dividía a parte de los hermanos: De un lado, estaban los partidarios de haber encargado una imagen de Jesús Nazareno, al artista Antonio Barbero, que, de esta forma, entraba por la puerta grande de la semana santa granadina con una obra original ya que, hasta entonces, su presencia estaba ligada a las copias por puntos del Cristo del Perdón y el de La Misericordia. Esta talla sustituiría al Cristo de Las Heras, de la hermandad de Labradores de la ermita de San Isidro que era quién procesionaba hasta entonces con algunas rectificaciones, bajo la advocación de Nuestro Padre Jesús del Amor y La Entrega.

De otra, estaban los partidarios de encargar a Miguel Zúñiga Navarro, una copia del Cristo cedido, para que no se notara tanto el cambio de imagen, como así ocurrió finalmente.

Desencadenada la desavenencia sin posibilidad de llegar a un acuerdo, los partidarios de la obra original de Barbero, decidieron -ya que tenían experiencia en la fundación de nuevas hermandades- fundar una nueva Bajo la advocación de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de La Merced, aunque ambas facciones continuaron colaborando entre si. Y de esta forma, llegamos un puñado de valientes a la nueva hermandad de las Descalzas capitaneados por Paco Carrasco que, como había hecho en La Concha, impartió su docencia y buen  hacer de capataz, hasta llegar a la primera salida de penitencia con sus costaleros nazarenos, ayudado por fuera por Alberto Rodríguez Roldán, Alfredo Navarro Santiago, Ángel Rodríguez,  y el que esto escribe, todos de traje negro y pajarita, quedando así para la historia como la “capatacía” del smoking.

Paco Carrasco fue desde sus orígenes en la hermandad de Los Favores, un capataz que supo valorar como nadie el nuevo movimiento costalero en Granada, enseñando de maravilla como había que ir debajo de un paso y, como había que llevarlo por fuera. Fue el primero en valorar la validez de la mujer bajo las trabajaderas, cuando aquello rechinaba en el sector más casposo de la semana santa. Nunca negó su colaboración con cualquier hermandad que se la pidiera y, siempre estuvo dispuesto a emprender nuevos caminos donde su experiencia fuera solicitada. Unía a su maestría una personalidad cercana, afable y cariñosa con todos, por eso su ausencia se hace irreemplazable en la semana santa de Granada.

 

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