EL
NAZARENO DE CARRASCO
Tito
Ortiz.-
Cronista
Oficial de la ciudad de Granada
Balbuceaba la década de los
ochenta del siglo pasado y, las aguas bajaban turbulentas por el convento de la
Concepción. Un asunto dividía a parte de los hermanos: De un lado, estaban los
partidarios de haber encargado una imagen de Jesús Nazareno, al artista Antonio
Barbero, que, de esta forma, entraba por la puerta grande de la semana santa
granadina con una obra original ya que, hasta entonces, su presencia estaba
ligada a las copias por puntos del Cristo del Perdón y el de La Misericordia.
Esta talla sustituiría al Cristo de Las Heras, de la hermandad de Labradores de
la ermita de San Isidro que era quién procesionaba hasta entonces con algunas
rectificaciones, bajo la advocación de Nuestro Padre Jesús del Amor y La
Entrega.
De otra, estaban los
partidarios de encargar a Miguel Zúñiga Navarro, una copia del Cristo cedido,
para que no se notara tanto el cambio de imagen, como así ocurrió finalmente.
Desencadenada la desavenencia
sin posibilidad de llegar a un acuerdo, los partidarios de la obra original de
Barbero, decidieron -ya que tenían experiencia en la fundación de nuevas
hermandades- fundar una nueva Bajo la advocación de Nuestro Padre Jesús
Nazareno y María Santísima de La Merced, aunque ambas facciones continuaron
colaborando entre si. Y de esta forma, llegamos un puñado de valientes a la
nueva hermandad de las Descalzas capitaneados por Paco Carrasco que, como había
hecho en La Concha, impartió su docencia y buen
hacer de capataz, hasta llegar a la primera salida de penitencia con sus
costaleros nazarenos, ayudado por fuera por Alberto Rodríguez Roldán, Alfredo
Navarro Santiago, Ángel Rodríguez, y el
que esto escribe, todos de traje negro y pajarita, quedando así para la
historia como la “capatacía” del smoking.
Paco Carrasco fue desde sus
orígenes en la hermandad de Los Favores, un capataz que supo valorar como nadie
el nuevo movimiento costalero en Granada, enseñando de maravilla como había que
ir debajo de un paso y, como había que llevarlo por fuera. Fue el primero en
valorar la validez de la mujer bajo las trabajaderas, cuando aquello rechinaba
en el sector más casposo de la semana santa. Nunca negó su colaboración con
cualquier hermandad que se la pidiera y, siempre estuvo dispuesto a emprender
nuevos caminos donde su experiencia fuera solicitada. Unía a su maestría una
personalidad cercana, afable y cariñosa con todos, por eso su ausencia se hace
irreemplazable en la semana santa de Granada.

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