¡AY… QUE SOFOCO!
Tito Ortiz.-
Según un reciente estudio de
la universidad autónoma del Albayzín, se confirma sin ningún género de dudas
que, la madre naturaleza ha decidido acabar con la mayor parte de los
pensionistas, a base de olas de calor extremo, con el consiguiente beneficio
para las arcas del Estado, para Emucesa -que no da abasto- y demás funerarias
de reconocido prestigio.
El asunto es tan grave, que
los muertos por las continuas olas de calor suben como la espuma, ante la
pasividad de unos países contaminantes que no paran de reunirse para, aprobar
acuerdos que disminuyan los gases que nos están matando, pero que, una vez
concluida la reunión, cada uno vuelve a su tierra sin que nadie mueva un dedo
para solucionarlos y, mucho menos, llevar a cabo los acuerdos a los que se han
comprometido.
Mención aparte merecen
nuestros continuos incendios, cada vez más intensos y virulentos con pérdidas
de vidas humanas, y que, para colmo de males, en buen número están ocasionados
por la mano del hombre. Los que queman rastrojo como si estuvieran encendiendo
la chimenea de su casa. Los que utilizan la radial o la cosechadora echando
chispas con un pasto listo para arder. Y los enajenados-o no- que prenden fuego
a los campos para disfrutar viendo cómo se movilizan los bomberos. Para éstos
últimos ya no tenemos hospitales psiquiátricos y, para los otros, las penas de
prisión se me antojan insuficientes. Quemar los bosques en España sale muy
barato.
Ante semejante panorama,
resulta insultante la pasividad de las distintas administraciones que, no
invierten lo suficiente para llevar a cabo durante el invierno, las tareas de
limpieza y desbroce de nuestros montes, con el fin de aminorar la voracidad de
nuestros incendios durante el verano. De siempre se ha dicho que, cuando mejor
se apagan los fuegos es en invierno.
INCIVISMO
Gran parte de los incendios se
producen por nuestro incivismo, el mismo que llega a los núcleos urbanos
disfrazado de modernidad y falta de educación porque no hay que olvidar que,
todavía hay gente que no utiliza las papeleras, sembrando nuestras aceras de
cacas de perro, chicles, colillas y toda clase de bolsa y envases, denotando un
comportamiento social, falto de empatía y solidaridad. Hay gente que tira la
basura a deshoras, para que se recaliente en los contenedores pestilentes
Y, los hay que, tiran la
basura en las papeleras más cercanas a su domicilio, para no tener que llegar
al contendor, en un alarde de falta de educación que raya en la grosería y el
insulto para con los conciudadanos. Como esos que suben al autobús o el metro
con la mochila a la espalda -algo que debería estar prohibido por ley- y te
golpean la cara o, la espalda sin pedir disculpas siquiera. ¿Cómo no se les
obliga a llevarla en la mano durante el trayecto?
Mención aparte merecen los
señores y señoras de los patinetes eléctricos que, han convertido nuestras
calles en la ley de la selva, circulando a mayor velocidad que cualquier
ciclomotor, en silencio, por dirección prohibida, sorprendiéndote por la espalda,
cuando no atropellándote, con un peligro muy superior a las bicicletas por la
acera porque, a estos ni se les oye, ni llevan timbre. Por eso he recibido con
alivio, el hecho de que la policía municipal esté tomando cartas en el asunto,
porque el tema se nos ha ido de las manos, hasta tal punto que, no es ninguna
tontería realizarles a estos infractores el tes de alcohol y drogas, a ellos a
los ciclistas y a los caballistas en romería. Esta sociedad no puede seguir
siendo víctima de tanto desaprensivo que campa a sus anchas, sin pensar que
aquí tenemos que convivir todos.
VAYA NOCHECITA
Tal vez se note demasiado en
esta crónica que, esta noche no he pegado ojo con el calor y que, al sentarme
en el ordenador, se me han venido a la mente varios de los comportamientos que
nuestros semejantes llevan a cabo, importándoles un pito que no viven solos,
sino que, aquí debemos vivir todos sin sobresaltos y teniendo en cuenta que la
libertad de cada uno, termina donde empieza la del vecino.
Recuerdo con nostalgia en la
casa de vecinos donde me crie, cuando las tertulias de las noches de verano se
daban por concluidas, porque alguno de los no presentes madrugaba para
trabajar. Como se bajaba el volumen de la radio durante la hora de la siesta y.
sobre todo, como refrescaba por las noches en Granada, por mucho calor que
hubiera hecho durante el día. Pues hasta eso estamos perdiendo, padeciendo algo
que los meteorólogos llaman modernamente, noche tropical.
Nosotros en noches tórridas de
calor, bajábamos del Albayzín a La Alhambra para sentarnos en el bosque del
Paseo de los Coches, hasta que la madrugada nos permitía regresar a casa bien
refrescados, no sin antes haber pasado por la heladería “La Perla” de Plaza
Nueva y degustar la mejor horchata de chufa de los contornos.
Para descansar sacábamos los
colchones a los balcones o las terrazas, y si no, al pasillo con la puerta
abierta para que hiciera corriente, porque entonces, se podían tener las
puertas de par en par sin nada que temer y si “la calor” apretaba, nos íbamos a
la Carrera de La Virgen, a tomarnos un espumoso de “El Támesis” con aquel
jarabe de zarzaparrilla, precursor de la Coca Cola, con su soda fresquita como
la nieve.
Granada jamás debió permitir
que aquel legendario establecimiento cerrara sus puertas, ni que el kiosco de
la Placeta de los Aljibes dejara de ofrecer a sus clientes, agua, azucarillos y
aguardiente, lo mismo que desparecieron los vendedores de los barquillos de
canela. Eso es pérdida de identidad, que sucumbe a la globalización y… a las
calores, claro.





