RUÍDO, RUÍDO, MUCHO
RUÍDO
Tito Ortiz.-
Durante los últimos años, he
ido desarrollando una intolerancia al ruido que, a veces, me hace parecer
antisocial, pero es que no soporto esta era en la que reina el ruido por todas
partes, hasta el punto de que, desgraciadamente, lo hemos aceptado como algo
normal de nuestra vida, en aras de, no sé qué extraña modernidad.
Fui en su día de los primeros
en abandonar las discotecas, porque no soportaba tener que gritarle al oído a
mi chica o, al camarero para que me sirviera otra copa. Elegí los pubs donde
poder mantener una charla normal, sin terminar con hipoacusia o laringitis. El
Submarino Amarillo de la calle de Las Tablas, el Oxford o El Cambridge de
Recogidas. Sitios donde disfrutar de una buena copa, una buena compañía y una
excelente conversación, a un nivel de decibelios que incluso te permitía
identificar lo que estaba sonando en los altavoces, sin perder el hilo de la
charla. Toda una felicidad.
Yo no soy Willy Fog, pero algo
he viajado y he de admitir-muy a mí pesar- que existen cafeterías en países muy
cercanos, incluso restaurantes, donde se bebe y se come, llevando una
conversación en buen tono, acompañados por un hilo musical de fondo, absoluta y
gratificantemente perceptible en todo el local y, eso, lo consiguen unos
clientes que no se dan voces estando a medio metro de distancia. Algo que aquí
ocurre a diario.
NO HACE FALTA EL MÓVIL
Hay quienes creen que por
viajar en metro o autobús que, a fin de cuentas, es un recinto cerrado,
necesitan gritar al hablar por el móvil porque si no, su interlocutor no se
entera. Y están en un craso error porque, se entera él y, además, de propina,
todos los que viajamos a pesar de que haya asientos de distancia. El asunto es
tan esperpéntico que, nos enteramos de intimidades que solo pertenecen al
ámbito privado de quien vocea al aparato, lo que incluso nos permite a los
asombrados pasajeros, intercambiar ciertas miradas cómplices, llegando a
esbozar alguna que otra sonrisa, ante tamaño espectáculo. Hay gente que no
tiene ningún pudor a la hora de lanzar sus intimidades en un transporte
público. A veces tengo la sensación de que, si no tuvieran el móvil pegado a la
oreja, el otro con quien habla los escucharía perfectamente, por muy lejos que
estén.
Y ojo ahora que, se avecina el
buen tiempo, con su proliferación de fiestas locales, patronales, con sus
verbenas al aire libre, sus conciertos en descampados o en campos de fútbol,
cuya moda consiste en que tú que vives a treinta kilómetros, escuches perfectamente
el jolgorio, aunque no estés de fiesta y trabajes al día siguiente. Pero ellos
se están divirtiendo y, además, deben ser sordos porque, el nivel de decibelios
sobrepasa la legalidad y les importa un pito tú descanso.
Para sonorizar un concierto en
un campo de fútbol, no tienes por qué ofrecerle el mismo volumen a los diez
pueblos que te rodean. Ellos no están de fiesta, están descansando.
CAFÉ CON RUÍDO
Si no quieres escuchar una
hermosa melodía de fondo, para acompañar ese café y la tostada, no entres a una
cafetería pastelería, en la que el dueño se podría ahorrar pagar a la sociedad
de autores el hilo musical, dado que es imposible escucharlo, con el volumen al
que hablan los comensales. Todo ello acompañado de un ruido ensordecedor
proveniente del manejo de platos, tazas, cucharillas, y ya, el remate de los
remates es la utilización de la varita calienta leches que, suelta un bramido
ensordecedor, como si junto a ti, estuviera a punto de despegar un caza
bombardero. ¿Dónde quedaron aquellos magníficos termos que mantenían la leche a
buena temperatura, sin necesidad de verterla en la lechera y meterle el dichoso
pitorro revienta oídos?
Tenemos una asignatura
pendiente con los decoradores de interior en establecimientos de hostelería.
Son auténticos genios de la estética, la belleza y la funcionalidad, pero,
carecen de la formación suficiente para saber con qué materiales se insonorizan
suelo, paredes y techos, de tal forma, que se absorba en su mayor parte, el
ruido que menaje y clientes van a ocasionar. Sin olvidarnos de esos que,
durante la charla, en lugar de exponer sus argumentos en tono adecuado, elevan
la voz para quedar por encima de su interlocutor, pese a lo erróneo de su
exposición. Algunos tienen la falsa creencia de que al que vocea, le asiste la
razón, sin embargo, me atrevo a asegurar de que solo se trata de una sutil y,
nada elegante, falta de educación. El ruido en estos establecimientos es tal,
que hay quien se sale a la calle cuando lo llaman por teléfono, porque de lo
contrario, no te enteras de lo que al otro lado te dicen.
HAY QUE VOLVER ATRÁS
Siempre que sale este tema con
los amigos, pongo el mismo ejemplo. Tuve la oportunidad de disfrutar durante
varias décadas, del inolvidable “Café Suizo”, en el lugar donde hoy se saborea
comida rápida. Un templo granadino en el que se le tomaba el pulso a ciudad,
con un nivel de decibelios en la conversación, compatible -incluso- con alguna
actuación musico vocal. En el inolvidable local, por la mañana, se hacían
tratos de ganado, negocio los corredores de tierras y fincas, los rentistas
desayunaban -después de haber dejado el importe de sus alquileres en el banco,
a plazo fijo-, lo de siempre, café con leche y tostada de mantequilla y, los
más pudientes, aguantaban allí hasta mediodía, cuando se servían las conchas de
ensaladilla rusa más rica de todos los contornos.
Por la tarde, tomábamos el
relevo las hordas culturales. En cada mesa un tema relacionado con las bellas
artes, con ponentes de gran fuste académico y creativo. Todos nos entendíamos
sin necesidad de levantar la voz, tal y como quedó patente en la obra del
maestro Manuel López Vázquez, en la que recoge a personajes ilustres en su
menester diario. Y nadie… Alzaba la voz.

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