Lupe Sino y Manolete.
DE LINARES A LA GLORIA
ETERNA
Tito Ortiz.-
Que fuerza sobrenatural tenía
Manuel Rodríguez Sánchez, “Manolete” para que, setenta y nueve años después de
su muerte, no haya perdido un ápice de interés, hasta el punto de que, a pesar
del tiempo transcurrido, sigan saliendo toreros que intentan emular lo que
aquel cordobés dejó escrito en los ruedos para la historia.
Recién estrenada la década de
los ochenta del siglo pasado, bajaba Reyes Católicos con mi padre, hablando de
toros como siempre, cuando vi que se desviaba en ángulo por la acera, a la
altura de López Mezquita, para saludar a alguien, mientras me decía: Te voy a
presentar a un amigo que pasará a la historia. Se estrecharon las manos, me
presentó y, orientamos nuestros pasos a la cafetería “La Crema” en la calle
Estribo, frente al Restaurante Sevilla de mi amigo Juan Luís Álvarez, cuya
historia tiene tanto que ver con el mundo de los toros. Y a eso voy, porque tal
día como el pasado viernes, hace setenta y nueve años, en la Plaza de toros de
Linares, Islero, de la ganadería de Mihura, acabó con la vida del torero que
aún hoy no ha sido superado. Se llamaba Manuel Rodríguez Sánchez, y el mundo lo
conoce para la historia como, Manolete.
TODO FUE INÚTIL
Pues aquel día 28 de agosto de
1947, el hombre que acababa de presentarme mi padre, mientras el bueno de Manolo
nos servía unos refrescos, comenzó a contarme una historia que entonces pocos
conocían. Tenía ante mí a un amigo de Manolete, pero a uno de esos que se hacen
para toda la vida, porque cuando se comparte trinchera, ese lazo es para los
restos, y ellos lo habían hecho en el frente, concretamente en, El Carpio. Me
lo contaba un hombre, con poco pelo blanco, estrecho bigote canoso y traje
oscuro con corbata, de hablar contundente y persuasivo. Era Juan Sánchez Calle,
que la tarde de la tragedia en Linares, era cabo de la Policía Armada, y estaba
de servicio en el callejón de la plaza. Antes del paseíllo, había tenido la
oportunidad de hacerse una foto con su compañero de armas en la contienda del
36, y nada hacía sospechar lo que ocurriría en menos de dos horas. Cuando
Islero le da la cornada mortal a Manolete, aquel hombre que me contaba con
emoción contenida todos los detalles de la tarde, fue corriendo a la enfermería
siguiendo el reguero de sangre que dejaba el torero y temiéndose lo peor, antes
de que los médicos alarmados comenzaran a gritar pidiendo sangre, para
trasfundir al Califa del toreo, Juan ya se había quitado el correaje y la
guerrera, gritando que la suya era del grupo universal, así que le pusieron una
camilla junto a la de Manolete y comenzaron a meterle su sangre al torero,
directamente de un brazo a otro. Le sacaron casi medio litro, y don Álvaro
Domecq le preguntó, si en caso necesario podía donar más, a lo que el amigo de
mi padre y ahora ya, también mío, contestó que sin dudar. De esta manera, la
primera sangre que recibió Manolete tras la mortal cogida, era de aquel hombre
que ahora tenía ante mí, y cuya historia contaría algún día. Ese día es hoy. La
pena fue, que aquel gesto que hubiera bastado para salvar la vida del torero,
por una serie de circunstancias concatenadas hacia el infortunio, incluida la
administración a Manolete, de un plasma caducado sobrante de la segunda guerra mundial,
no hicieron más que allanar el terreno para que la parca, a eso de las cinco y
siete minutos del día 29 de agosto de 1947, entrara por aquella habitación del
Hospital linarense, para llevarse al torero a lo más alto de la historia y de
la gloria. Fue un honor conocer al primer hombre que dio su sangre para salvar
a Manolete, y me lo contó junto a la Capilla Real.
LANJARÓN
La tarde en que Manolete es
cogido mortalmente en Linares, su compañera, Lupe Sino, tomaba las aguas en
Lanjarón. Desde aquí salió en coche nada más saber la noticia, y aunque llegó
al hospital cuando aún respiraba el diestro, don Álvaro Domecq y Camará, le
impidieron verlo hasta que no estaba amortajado. Ambos consiguieron que no se
casara con él, in articulo mortis. Antonia Bronchalo, actriz conocida como,
Lupe Sino, estaba esa tarde en Lanjarón, tomando las aguas, y esperando – como
cada tarde que Manolo toreaba – a que sonara el teléfono. Y desgraciadamente
cuando sonó, las noticias no eran buenas. Dicen que el coche de Lupe Sino, no
corrió aquella madrugada desde Lanjarón hasta Linares, si no que voló. Cuando
la actriz llegó al hospital, intentó pasar a la habitación del torero, aún con
vida y consciente, pero don Álvaro Domecq, su albacea y el apoderado, Camará,
se lo impidieron. Querían impedir a toda costa que Lupe se casara con Manolete
in artículo mortis. Mi compañero, Rafael González Zubieta, “El Zubi”, dejó
escrito antes de morir, que ambos impedían a toda costa que Lupe se convirtiera
en la heredera de Manolete, sobre todo, teniendo en cuenta la fortuna que éste
guardaba en México, para lo que iba a ser su vida en común, ya que el matador
tenía previsto contraer matrimonio con la actriz, en otoño, nada más acabar la
temporada.
Decía Luís Miguel Dominguín,
que escuchó a Manolete pedir que la dejaran entrar, y que quería casarse, pero
los antes referidos se lo impidieron. Solo cuando Manolete expiró y ya estaba
amortajado, le permitieron la entrada a Lupe Sino, que durante horas lloró
sobre el cadáver. Fue en la coctelería de Chicote, en Madrid, donde tres años
antes los había presentado Pastora Imperio, pero siendo Manolete considerado el
torero del Régimen, y Lupe Sino, de claras tendencias izquierdistas, el entorno
no se lo puso nunca fácil, considerando que, según ellos, llevaban tres años
viviendo en pecado. Manolete y Lupe querían casarse en tan sólo unos meses,
descansar en México, con las ganancias acumuladas en aquellos bancos, y el
torero, hacer la temporada de invierno en América, pero Islero, de Mihura, en
Linares, decidió por los dos.






