SABICAS Y GRANADA
Tito Ortiz.-
Me llamó desde Madrid, Juan
Carmona “Habichuela” y me dijo: “Tito, voy a Graná con Sabicas, prepárale algo
que lo pasemos bien”. Y dicho y hecho. Lo primero que hice fue llamar a mí
amigo del alma, José Delgado Olmos y la peña La Platería se abrió de par en par
para recibir al navarrico que había paseado la guitarra flamenca por todo el
mundo, desde que en 1937 decidió exiliarse a Nueva York. Llamé a “El Trinidad”
con la Tertulia Flamenca, Manuel Salamanca de la calle del Rosario y la
Federación de Peñas Flamencas. Y mi tercer puntal fue mi añorado, Miguel Ángel
González, mi vecino de la placeta de San Gil, profesor, traductor, componente
de “Manifiesto Canción del Sur” con Juan de Loxa y en aquellos años, crítico de
flamenco del Diario Ideal, que le hizo una entrevista a Agustín Castellón
Campos, “Sabicas” para la historia.
Los días con el monstruo de la
guitarra en Granada fueron inolvidables. Teníamos junto a nosotros al único que
había conocido a Ramón Montoya, el guitarrista del primer concurso de cante
jondo de 1922, que, además, calcaba como nadie las falsetas que sonaron en
aquel mes de junio en la placeta de los Aljibes.
Así que le organicé una comida
homenaje en el Restaurante Colombia, frente a la casa de Manuel de Falla, sufragada
por Radio 80, en la que su propietario, mi amigo Juanito, se volcó hasta el
extremo de que el postre, fue una enorme tarta con forma de guitarra que el
maestro de la “sonanta” agradeció ilusionado, mientras servía con galanura las
porciones, su metre, Clemente Carrillo, que había tenido como padrinos de boda
a mis padres.
En aquel año de 1984, en
Granada no ocurrió nada más importante para el mundo flamenco que la visita de
Sabicas y, el nacimiento de mi primer hijo, Rafael Carlos, si se me permite la
humorada.
VUELVEN A UNIERSE LOS CAMINOS
En aquella década, Enrique
Morente hizo que florecieran sus recuerdos y la tradición de nuestro barrio imprescindible,
“Sacromonte” obra maestra que rezuma a modernidad y espíritu andalusí por cada
pista, relevándola. “Cruz y Luna” donde el cantaor de La Cuesta de San
Gregorio, siguió abriendo nuevos caminos y atando lazos eternos entre la poesía
y el flamenco. Rescatando versos anónimos, populares y, entrelazándolos con la
mística de San Juan de la Cruz o Al-Mutámid, para terminar por despedir y
estrenar década, revisitando a su hermano del alma en la casa Museo de Federico
García Lorca de Fuente Vaqueros. Ese mismo año, como dice David Pérez, tocaba
Masterclass de sentimientos, de cimientos primigenios y, Morente consiguió por
fin, compartir surcos con uno de los más grandes maestros de la guitarra, Agustín
Castellón Campos “Sabicas”.
Y llegó el disco que Morente
venía soñando hacía tiempo. El disco más ansiado de Enrique en, “Morente-Sabicas”
editado por Ariola, Enrique vuelve a vaciarse y junto al a la guitarra del
pamplonés, nos regala un torrente de sabiduría y pasión flamencas, inalcanzables
para todo mortal. En esta encrucijada entre Granada y Nueva York, encontramos
18 palos flamencos, 16 diferentes con tonos cambiados incluidos, rebosantes de
purismo y respeto por las raíces más antiguas del género, Una Biblia del cante
y toque ortodoxos dividida en dos discos, el primero llamado Nueva York donde
vivió “Sabicas” casi toda su vida, tras exiliarse al inicio de la guerra civil
española y el segundo, “Granada” la tierra de Enrique. Es un disco de corte
clásico en la línea del que grabé con Niño Ricardo – dijo Enrique- cantes
antiguos del flamenco. Un álbum doble en ese mismo estilo solo que acompañado
por “Sabicas”. Se hizo como hacen cantaor y guitarrista en una fiesta, una
grabación viva en estudio, pero buscando la mayor humanización posible sin
montajes preconcebidos. Y además, encontramos todos los cantes clásicos en su
repertorio más, dos palos de origen americanos una Guajira “La Malanga” y una
vidalita, “Vidalita de Marchena” Enrique se vale de letras populares con solera
y arraigo profundos en la cultura flamencas, para ponerse a la altura del
clasicismo absoluto de “Sabicas”, además moldea su propio cante para adaptarlo
al ritmo y tempo de otra época, pausando cantes suyos como las soleares, tangos
y alegrías, desnudándolos y haciendo que retomen su forma y palo originarios
así, en el primer disco degustamos por tangos esos “Suspiros de Fuego” y
cierran con una sobresaliente “Esquilones de Plata” bulería clásica del
repertorio de la Niña de los Peines.
UN TESTAMENTO JONDO
INSUPERABLE
“Los puristas se indignan
cuando hago una entonación nueva -diría Enrique- pero yo soy un clásico y es lo
que me gusta para hacer cante jondo y avanzar, me remito a las fuentes, en este
disco queda demostrado para desconcierto de la crítica especializada que, solo
yo junto con 2 o 3 cantaores, somos los únicos capaces de grabar clásicos
antiguos”-.
Enrique fue un niño cantor de
la Catedral de Granada, al que le cupo todo el cante en la cabeza, como ya dijo
de él, Pepe El de La Matrona en su periplo de aprendizaje madrileño. Innovó,
hizo del cante flamenco un arte contemporáneo y actual y, además, lo empastó
con las voces búlgaras o con Lagartija Nick, pero a la hora de acercarse a la
raíz de lo jondo, nadie como él supo interpretar el cante más rancio y
ancestral de los palos del flamenco. Eso es una dualidad que solo tienen los
elegidos por los dioses, esos que no han dejado de estudiar en toda su vida,
para alcanzar las más altas cotas de la brillantez artística, desde el conocimiento.
Enrique es eterno.






