LOS TELECLUBS
Tito Ortiz.-
A veces resulta indescriptible
la emoción que siente tu cuerpo y tu mente, cuando por primera vez en tu vida,
siendo casi un adolescente, ves tu nombre escrito en el reparto de una obra de
teatro. Era un díptico muy sencillo de papel reciclado, en un tono azul azafata,
a una sola tinta -negra por supuesto- pero ese día quedó marcado en mi memoria
porque, había logrado por fin después de mucho esfuerzo, entrar en un elenco
teatral y poder representar un papel que había soñado desde niño. por fin
estaba haciendo teatro.
Aquello de pertenecer a un
teleclub imprimía carácter, era una experiencia nueva en la que socializar con
otros jóvenes, compartir inquietudes, incluidas las políticas, aunque había que
ser muy cuidadoso porque todo esto sucedía a mediados de los años sesenta, y si
la discreción no era absoluta, la experiencia podría irse al garete.
El caso es que yo ingresé en
el recién inaugurado Teleclub de Haza Grande, y una vez allí, tras unas
pruebas, me escogieron para participar en el grupo de teatro que dirigía,
Antonio Velasco, a quién debo esta vocación por el arte de Talía.
El término «teleclub» se creó
a imitación del concepto «cineclub». Surgieron a mediados de los años 60 con el
objetivo de atender la escasez de televisores en casas de particulares y la
limitada cobertura televisiva en el medio rural, y para disminuir la brecha
cultural entre centros urbanos y zonas rurales. Aunque su objetivo inicial fue
facilitar el acceso a un televisor en un entorno social, terminaron
convirtiéndose en centros de socialización, progreso, integración y diálogo
comunitario. Fueron promovidos por Manuel Fraga, ministro de información y
turismo a través de la Junta Central de Información, Turismo y Educación
Nacional, e inicialmente apoyados por agentes de Extensión Agraria. El
ministerio prestaba a los teleclubs una carta de servicios culturales y medios
audiovisuales, biblioteca, mobiliario, asistencia técnica y la formación
necesaria. Sus bibliotecas contaban con entre 100 y 200 libros divididos en
literatura infantil, juvenil, clásica, contemporánea, de temática religiosa,
política o profesional y dedicada al hogar y a la mujer. Nosotros teníamos
cierta ventaja, porque estábamos instalados en el salón adjunto a la parroquia,
bajo la atenta mirada del sacerdote don Pedro, nuestro cómplice y defensor, así
que lo teníamos más fácil. Lo malo fue cuando lo trasladaron a Motril y vino a sustituirlo
Don Carlos, que era harina de otro costal.
A ESCENA
Agonizaba la década de los
años sesenta del siglo pasado, cuando un puñado de “Teleclub” granadinos,
decidimos organizar una semana de teatro, en el seminario menor de la placeta
de Gracia, en cuyo programa no podía faltar una obra de Federico. Aquel fue un
acontecimiento importantísimo, en el que la Granada teatral pretendía dar un
golpe en la mesa, burlando – en la medida de lo posible- a la censura, ejercida
entonces por el delegado del ministerio de Información y Turismo, cuya oficina
estaba en la primera planta del edifico en el que una placa, nos recuerda al
gran, Álvaro de Bazán, señor de la mar océana, jamás vencido. El teleclub del
Albayzín puso en escena una obra de los hermanos Álvarez Quintero, dirigidos
por, De Vicente. El de Haza Grande, donde yo participaba, más comprometido
eligió para la ocasión, “El Tintero” de Carlos Muñiz, dirigida por Antonio
Velasco, pero el de Cacín, se empeñó en Lorca, y montaron con esmero, “La
Zapatera Prodigiosa”. El asunto es que, en este caso, ya no solo había que
soslayar al censor, sino a la propia familia de García Lorca, que, por aquellos
años, tenía prohibido que se representara cualquier obra de Federico, en la
ciudad que lo vio nacer, y lo que es peor, morir. Para lograr el permiso de los
García Lorca, una comisión se desplazó a Madrid, para hablar personalmente con
Isabel, la hermana pequeña del poeta, con tal suerte, que los comisionados,
volvieron con la autorización a Granada, pero eso sí, acatando las condiciones
impuestas por la familia del poeta. La obra se representaría, una sola vez, un
solo día, y con un horario absolutamente acotado, en una horquilla de solo dos
horas vespertinas. Aquella vez, fue la primera en que muchos granadinos vieron
una obra de Lorca sobre el escenario.
AQUELLO DERIVÓ EN CONOCIMIENTO
En aquel certamen conocí
amigos de esos que duran para siempre, tal es el caso, entre otros, de mi
admirado Juan Bedmar, insigne granadino con el que coincido en tantas cosas,
como la defensa de nuestro folklore en coros y danzas, el flamenco, nuestro patrimonio
artístico y cultural, nuestras tradiciones y religiosidad popular. En fin, que,
esta ciudad de nuestras entretelas nos tiene ganados `para siempre.
Para fomentar el uso del
televisor, se eliminó el impuesto por artículo de lujo que se le había
adjudicado en un principio, y se creó toda una red de receptores por España
para permitir la llegada de la señal de Televisión Española, en aquel entonces
el único canal disponible. De esta forma se reguló en las zonas, donde la falta
de recursos económicos era más pronunciada, el uso de la televisión. Sumado
además a las actividades y recursos proporcionados por el régimen franquista,
se podía controlar mejor el contenido consumido por la población rural. Gracias
a este control ejercido sobre los teleclubs, las personas y gerentes se
convertían tanto en usuarios como en vigilantes. Para mantener esos centros
sociales era necesario que no surgieran grupos antifranquistas, y ante
cualquier indicio, se vieran obligados a tener que informar del suceso que se
hubiera presenciado. El asunto fue que, en el caso de los teleclubs, lejos de
conseguir afectos al régimen, en una gran proporción, de allí salimos con los
ojos bien abiertos, soñando con la libertad venidera. Y aquí estamos, para lo
que gusten mandar.



