Fernando, tras él, su padre Manolo en el viejo "Los Altramuces" en 1980. Juan Ortiz
LOS ALTRAMUCES
Tito Ortiz.-
Dice la ciencia que los
altramuces son: Un tipo de legumbre que promueve muchos beneficios para la
salud, como ayudar a reducir el colesterol LDL "malo", promover el
aumento de masa muscular, controlar el peso corporal, mejorar el estado de
ánimo y mantener la salud ósea. Los beneficios del altramuz, conocido también
como lupino o chocho, son posibles porque esta legumbre es rica en proteínas y
triptófano. Asimismo, también son una buena fuente de fibra y minerales, como
magnesio, fósforo, zinc y hierro.
Nosotros en el barrio los
llamábamos, “chochos de vieja” y los comprábamos a los vendedores ambulantes
que iban con una cestilla de mimbre forrada de papel blanco, en la que también
te ofrecían chufas fresquitas o, garbanzos tostados, maní, pipas y caramelos,
junto al chicle “Bazooka”. Pero nuestros mayores llamaban “Altramuces” al bar
que regentaba el bueno de Manolo, hombre recio de voz profunda, al que por
aquellos años sesenta, ya le echaba una mano su hijo Fernando, excelente
pelotero con clase y potencia, que en cuanto se casó, incorporó a su santa
mujer, Victoria, a la cocina, para que fuera ella la encargada de seguir la
saga gastronómica de un local, ubicado donde muere la calle Huete para que
nazca el Campo del Príncipe.
Ocupaba los bajos de una casa vecinal, cuya segunda
puerta daba a un patio con pila de lavar que, en su momento fue escuela de
niños, que tenían que llevarse la silla de su casa para acudir a clase, y otra
salida a la calle que utilizábamos los clientes de toda la vida, cuando al dar
las doce se cerraba la puerta del bar, pero Manolo y Fernando nos permitían
estar hasta la hora que precisáramos, para coger media en las agujas.
UN BAR GREÑÚO
Nadie podía presumir de
conocer el Realejo, si no había estado en “Los Altramuces” degustando alguna de
las especialidades y, tomando como tapa, el famoso fruto del que recibía su
nombre. De aquella diminuta cocina salían exquisiteces como zorzales fritos con
ajos, callos, caracoles, boquerones fritos, “salaillas” de atún con tomate, o
berenjenas fritas nunca aceitosas. Una carta larga en carne y pescado, donde
degustar algo de casquería, alcaparras o almendras fritas que sabían a gloria,
junto a una cerveza bien tirada y un vino de la costa que resucitaba a un
muerto, junto con el de Huétor.
Con Victoria en la cocina y
Fernando en la barra, “Los Altramuces” fueron durante mucho tiempo, el
epicentro del Campo del Príncipe, bien rodeados de otros establecimientos con
gran solera. “Encarna”, antes de girar a la calle Cuartelillo, vendía chucherías
y bollería. En la esquina de enfrente, con entrada por calle Huete y Campo del
Príncipe, José María - gran aficionado al flamenco y miembro de la Peña El
Realejo - tenía una clientela fija del hospital militar. Siguiendo por la
fachada del Campo, Antonio el de “Los Martinetes” era famoso por sus croquetas.
Tenía en la cocina y ayudándole en la barra al gran Vicente, fundador del
“Rincón del Cofrade”. Puertas abajo, “Amparo” regentado por una excelente
persona, Juan Bautista Ladrón de Guevara, que durante todo el año nos proveía
de la mejor limonada casera que he probado en mí vida y, a continuación, “El
Faquilla” como catedral del flamenco, de un barrio con solera que sigue
sabiendo a “Fino Quinta”, mientras se escucha la soleá “apolá” de Pepe El de
Jun.
CAMINO DEL SIGLO
Aquel negocio que nació hace
más de ochenta años, sigue la tradición familiar en el local que ampliaron
Fernando y Victoria, un matrimonio entregado a la amistad de sus clientes,
desde detrás de la barra y la cocina de “Los Altramuces”, cuyo testigo cogió en
su día Fernando (hijo) -buen ciclista, por cierto- para mantener la solera de
un establecimiento donde nadie se siente extraño.
Todos los que hemos vivido en
El Realejo y hemos crecido con ellos, aunque ahora estemos en la diáspora,
siempre tenemos un hueco en nuestras vidas para volver a “Los Altramuces”
porque, entrando en ese establecimiento, vuelves a sentirte en casa, vuelves al
barrio de tú infancia, regresas a un Campo del Príncipe sin asfaltar ni
empedrar, con sillas y mesas de tijera en madera a las puertas del bar, con el
suelo lleno de pellejos de los frutos, caracoles vacíos y cáscaras de
cacahuetes, con la cerveza Alhambra en Barriles de madera, con “Mirinda” para
los niños y tinto con sifón para los padres.
Un Campo del Príncipe con
colas de mujeres enlutadas con velo en la cabeza, yendo como todos los viernes
del año, a pedirle al Cristo de Los Favores y encenderle una vela. Y,
aprovechando que los martes es “fémina” y entran dos por una entrada, ir al cine
“canuto” y ver, “Papá Piernas Largas” con Fred Astaire y Ginger Rogers. Un
lugar donde jugar a la lima, a churro, pico o terna, a la pelota sin que el
guardia te la raje. Donde hacer las carreras de cintas a caballo en las fiestas
y, si no, en bicicleta, pasearte en las barquillas de madera, mientras tus
padres beben gaseosa degustando altramuces.
Entrar por la puerta de “Los
Altramuces” es, viajar en la máquina del tiempo, cuando los niños vestían
pantalón corto, aunque llevaran chaqueta y corbata, mientras las niñas saltaban
a la comba o movían la cintura al ritmo del Hula Hoop. Y esa responsabilidad la
tiene Fernando (hijo) que sigue la saga que emprendió su abuelo Manolo, y
continuaron sus padres, Fernando y Victoria con tanta dedicación, con tanto
sacrificio. Sobre la barra de su bar, está la esencia del barrio “greñúo” con
más historia y tradiciones que salvaguardar. Despacio, sin prisa, pero sin
pausa, llegaremos al centenario. Yo no me lo pierdo.
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