sábado, 9 de mayo de 2026

 

Fernando, tras él, su padre Manolo en el viejo "Los Altramuces" en 1980. Juan Ortiz

LOS ALTRAMUCES

 

Tito Ortiz.-

 

Dice la ciencia que los altramuces son: Un tipo de legumbre que promueve muchos beneficios para la salud, como ayudar a reducir el colesterol LDL "malo", promover el aumento de masa muscular, controlar el peso corporal, mejorar el estado de ánimo y mantener la salud ósea. Los beneficios del altramuz, conocido también como lupino o chocho, son posibles porque esta legumbre es rica en proteínas y triptófano. Asimismo, también son una buena fuente de fibra y minerales, como magnesio, fósforo, zinc y hierro.

Nosotros en el barrio los llamábamos, “chochos de vieja” y los comprábamos a los vendedores ambulantes que iban con una cestilla de mimbre forrada de papel blanco, en la que también te ofrecían chufas fresquitas o, garbanzos tostados, maní, pipas y caramelos, junto al chicle “Bazooka”. Pero nuestros mayores llamaban “Altramuces” al bar que regentaba el bueno de Manolo, hombre recio de voz profunda, al que por aquellos años sesenta, ya le echaba una mano su hijo Fernando, excelente pelotero con clase y potencia, que en cuanto se casó, incorporó a su santa mujer, Victoria, a la cocina, para que fuera ella la encargada de seguir la saga gastronómica de un local, ubicado donde muere la calle Huete para que nazca el Campo del Príncipe.

Ocupaba  los bajos de una casa vecinal, cuya segunda puerta daba a un patio con pila de lavar que, en su momento fue escuela de niños, que tenían que llevarse la silla de su casa para acudir a clase, y otra salida a la calle que utilizábamos los clientes de toda la vida, cuando al dar las doce se cerraba la puerta del bar, pero Manolo y Fernando nos permitían estar hasta la hora que precisáramos, para coger media en las agujas.

UN BAR GREÑÚO

Nadie podía presumir de conocer el Realejo, si no había estado en “Los Altramuces” degustando alguna de las especialidades y, tomando como tapa, el famoso fruto del que recibía su nombre. De aquella diminuta cocina salían exquisiteces como zorzales fritos con ajos, callos, caracoles, boquerones fritos, “salaillas” de atún con tomate, o berenjenas fritas nunca aceitosas. Una carta larga en carne y pescado, donde degustar algo de casquería, alcaparras o almendras fritas que sabían a gloria, junto a una cerveza bien tirada y un vino de la costa que resucitaba a un muerto, junto con el de Huétor.

Con Victoria en la cocina y Fernando en la barra, “Los Altramuces” fueron durante mucho tiempo, el epicentro del Campo del Príncipe, bien rodeados de otros establecimientos con gran solera. “Encarna”, antes de girar a la calle Cuartelillo, vendía chucherías y bollería. En la esquina de enfrente, con entrada por calle Huete y Campo del Príncipe, José María - gran aficionado al flamenco y miembro de la Peña El Realejo - tenía una clientela fija del hospital militar. Siguiendo por la fachada del Campo, Antonio el de “Los Martinetes” era famoso por sus croquetas. Tenía en la cocina y ayudándole en la barra al gran Vicente, fundador del “Rincón del Cofrade”. Puertas abajo, “Amparo” regentado por una excelente persona, Juan Bautista Ladrón de Guevara, que durante todo el año nos proveía de la mejor limonada casera que he probado en mí vida y, a continuación, “El Faquilla” como catedral del flamenco, de un barrio con solera que sigue sabiendo a “Fino Quinta”, mientras se escucha la soleá “apolá” de Pepe El de Jun.

CAMINO DEL SIGLO

Aquel negocio que nació hace más de ochenta años, sigue la tradición familiar en el local que ampliaron Fernando y Victoria, un matrimonio entregado a la amistad de sus clientes, desde detrás de la barra y la cocina de “Los Altramuces”, cuyo testigo cogió en su día Fernando (hijo) -buen ciclista, por cierto- para mantener la solera de un establecimiento donde nadie se siente extraño.

Todos los que hemos vivido en El Realejo y hemos crecido con ellos, aunque ahora estemos en la diáspora, siempre tenemos un hueco en nuestras vidas para volver a “Los Altramuces” porque, entrando en ese establecimiento, vuelves a sentirte en casa, vuelves al barrio de tú infancia, regresas a un Campo del Príncipe sin asfaltar ni empedrar, con sillas y mesas de tijera en madera a las puertas del bar, con el suelo lleno de pellejos de los frutos, caracoles vacíos y cáscaras de cacahuetes, con la cerveza Alhambra en Barriles de madera, con “Mirinda” para los niños y tinto con sifón para los padres.

Un Campo del Príncipe con colas de mujeres enlutadas con velo en la cabeza, yendo como todos los viernes del año, a pedirle al Cristo de Los Favores y encenderle una vela. Y, aprovechando que los martes es “fémina” y entran dos por una entrada, ir al cine “canuto” y ver, “Papá Piernas Largas” con Fred Astaire y Ginger Rogers. Un lugar donde jugar a la lima, a churro, pico o terna, a la pelota sin que el guardia te la raje. Donde hacer las carreras de cintas a caballo en las fiestas y, si no, en bicicleta, pasearte en las barquillas de madera, mientras tus padres beben gaseosa degustando altramuces.

Entrar por la puerta de “Los Altramuces” es, viajar en la máquina del tiempo, cuando los niños vestían pantalón corto, aunque llevaran chaqueta y corbata, mientras las niñas saltaban a la comba o movían la cintura al ritmo del Hula Hoop. Y esa responsabilidad la tiene Fernando (hijo) que sigue la saga que emprendió su abuelo Manolo, y continuaron sus padres, Fernando y Victoria con tanta dedicación, con tanto sacrificio. Sobre la barra de su bar, está la esencia del barrio “greñúo” con más historia y tradiciones que salvaguardar. Despacio, sin prisa, pero sin pausa, llegaremos al centenario. Yo no me lo pierdo.

 

 

 

 

 

 

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