jueves, 12 de febrero de 2015

ANOCHE ESTUVE DE FARRA

ANOCHE ESTUVE DE FARRA Tito Ortiz.- Juro ante dios y ante los hombres, que yo me iba para mi casa, pero el destino los puso en mi camino. Nadie puede zafarse de un Enrique Padial, capa sobre los hombros, bastón en mano, que te cierra el paso a las puertas de El Mesón, en la placeta de Gamboa. Mi madre me esperaba para cenar en San Matías 22 primero, la casa familiar, pero cuando un amigo al que no ves en meses, se empeña en que debemos ir a la cercana casa de “La Bizcocha”, donde nos esperan desde hace rato. Yo no sé usted, pero yo, no me resisto. Aguardiente de garrafa, medias de costura ladeadas y con rasas, olor intenso a Salfumán, en fin, que ¿dónde mejor se puede hablar de arte pictórico y literatura?, sín que te den el coñazo. Porque eso sí, nosotros yacer, no yacíamos, pero nos trataban como a reyes y algo extremadamente infrecuente: Nadie nos interrumpía. Recuerdo una discusión con Enrique, en casa de una meretriz despampanante de la calle, Jazmín, en la que yo argumentaba que a su homenaje a Falla le sobraban rojos y llamas, y acabamos con Vasili Kandinski por peteneras. Él, recién donado el cuadro a la ciudad, para que fuera expuesto eternamente en el auditorio de García de Paredes, y yo, recién ingresado como miembro numerario de la Asociación Internacional de Críticos de Arte. Allí cada uno enarboló sus armas. Yo le restregué mi licenciatura en Bellas Artes, él su formación autodidacta, reconociendo la influencia de haberse pasado por el forro de los coj..., el tiempo que estuvo en la Escuela de Artes y Oficios, y a punto de descubrir que Juan Gris era el culpable de toda una generación de españoles listos, como Pablo, el hijo del profesor Ruiz, de Málaga, nos abordó en la puerta, Manuel López Vázquez, que enfrascado entonces en su obra magistral del extinto Café Suizo, andaba dándole forma a su Fray Leopoldo en tabla. Cuán trío calavera íbamos caminando hacía las afueras, hasta “El Machaco”, casi en el Camino de Ronda con el Cañaveral, cuando una risa draconiana nos detuvo, al grito de ¿dónde vais sin mí?. Era el escultor Pepe Castro Llamas, que seguido de un escuálido esqueleto, poseído por una voz más potente que la suya, también ordenaba la pausa, hasta ponerse a nuestra altura. Se trataba del insigne maestro, Aurelio López Azaustre, que con autoridad y contundencia, apostaba por repostar en tan insigne elemento de la madrugada granatensis, refrescando el gaznate con un sol y sombra, no sin antes advertir a los serenos que nos salían al paso, de que estaba de, Hery Moore, hasta el forro de su escroto, pues estaba entonteciendo en Granada, a más de un escultor incipiente de la época, que se estaba dejando influenciar por aquellas líneas amariconadas. Y el auténtico escultor, como ya me dijo en la primera entrevista que le hice en el Diario Patria, Martínez Olalla: El escultor, niño, - me dijo - es un albañil con corbata. Y san selerín del monte. No vayamos a mariconadas ahora. Que aquí, como Pardo, en Artes y Oficios, - Pardillo para sus amigos – como me contaba mi novia mariángeles que se dejaba llamar - hay que desbastar la piedra... releñe, y eso, como el Soberano... ¡es cosa de hombres!. Por entonces andábamos enfrascados en una magna muestra, que celebrose con gran alharaca y algún que otro dispendio, incluido notorio ágape. Agonizaba Picasso, y Juan Herrera González Aurioles, tuvo la idea de hacerle un gran homenaje, para lo que nos dio cobijo a todos en la sala de arte, que la Rural tenía en su oficina principal, junto al Gobierno Civil. Hacía años que nadie conseguía reunir a los artistas granadinos de todo signo, y Herrera lo hizo posible. Cuando el dueño del machaco y su hermana, nos echaron a la calle con las claras del día, dirigimos nuestros pasos al café Fútbol, para ser los primeros clientes de la mañana, después de una noche húmeda como aquella, lo suyo era un chocolate con churros de urgencia, y así fue. Las voces subieron de tono, cuando algún artista no admitió las telas metálicas de Manolito Rivera, a lo que yo me opuse, porque considero que en arte nada es excluyente, sobre todo, cuando un artista ha demostrado antes, que lo es: Porque tan Picasso es el de “Las señoritas de Avignon”, como el de “Primera Comunión”. Cosa distinta es que algún iluminado, pretenda dar por idéntica a la picassiana, la trayectoria de Joan Miró, ahí el que me busca me encuentra. ¡Hasta ahí podíamos llegar... hombre!. A Miró le falta profundidad artística en el mensaje, y le sobra mercantilismo y promoción gratuita, en todos los sentidos. Próximo a dispersarse el trust de los tenorios, por los efectos inmisericordes de los rayos del sol, decidimos rematar la faena con una copita de uvas en aguardiente, en el Café Bar Alarcón, en la esquina de la calle Elvira con la del Pan, más conocido como “La Lisa”. Durante la dulce ingesta, alguno de los presentes dijo haber sorprendido a Iván Piñerúa, pintando en el interior de la Catedral de Granada los cuadros de su próxima exposición, y que Benito Prieto Coussent, andaba esfrascado en la realización de un cristo crucificado y desmadejado, de espeluznante resultado. Cuando salimos a plaza Nueva, para la despedida con brotes de exaltación de la amistad, vimos como Don Marino Antequera, con su caballete y su maletín, subía por la Cuesta de Gomérez, camino de la Alhambra para pintar del natural el Generalife. Sin la oficialidad del nombramiento, él fue el cronista oficial de Granada, durante decenas de años. Y a su memoria, va éste homenaje.

domingo, 1 de febrero de 2015

DE LA MAESTRANZA AL GREEN

DE LA MAESTRANZA, AL GREEN Tito Ortiz.- Mi padre me llevaba de la mano, Carrera del Darro arriba, a un bar largo y estrecho que se situaba entre los puentes, Cabrera y Espinosa, y que en su fachada lucía el letrero pintado a mano de, “Bodegas Lindaraja”. La visita era obligada por mi insistencia y perseverancia. No es que antes de recibir la primera comunión ya fuera adicto al alcohol, es que en aquel bar tenía su sede en Granada, la Peña Taurina de Paco Camino, del que yo nací siendo un aficionado incondicional. El que era conocido como “El Niño Sabio de Camas”, atrajo mi atención desde que yo olí el capote de brega de mi padre cuando volvía de torear, y con paciencia infinita, metía el vestido en una tina con pubilla, y desplegaba el percal en la mesa de camilla, donde a base de jabón lagarto y un cepillo de raíces, dejaba su principal herramienta de trabajo como un jaspe, sin rastro de sangre o albero. Yo me ponía de puntillas para alcanzar a ver la vitrina que a modo de mostrador junto al futbolín, exhibía, desde fotos de aquellas en blanco y negro, que tenían los filillos como dentados, y mostraban a mí ídolo Paco Camino, en tentaderos y dehesas, con una camisa rudimentaria y un pantalón rabicorto, desplegando aquella muleta con la mano izquierda en unos pases naturales, guiados seguramente por la divinidad suprema, que suele dotar a los niños prodigio, del arte necesario como para parar el tiempo, congelando la estampa más estética y profunda de la tauromaquia “postbelmontiana”. En aquel cajón con un cristal protegido, había carteles de sus tiempos de becerrista y novillero, instantáneas de su doctorado en Valencia, el mismo año que Fidel castro entró en La Habana, con Jaime Ostos de padrino y Juan García Mondeño, de testigo, un torero que vistió el habito de dominico, y que abandonó para volver a los toros, con el apodo de Fray Mondeño, historia que se llevó al cine y en cuya película también intervino mí ídolo. Aquella peña tenía en sus paredes, banderines de tela con retratos en pintura de Camino, banderillas es aspa, grandes afiches de las mejores ferias taurinas, orejas cortadas por mi idolatrado, rabos y patas, que en aquel tiempo, también se concedían, porque cortar los máximos trofeos era: las dos orejas, el rabo y, una pata. Si la faena había sido un disloque, yo vi alguna vez cortar hasta dos, pero no era lo habitual. Una chaquetilla de un vestido de luces maltratada por el tiempo, una taleguilla corneada, unas medias rotas manchadas de sangre en alguna cogida y, alguna catañeta, testimoniaban el cariño que el propio torero y los socios tenían por la peña que llevaba su nombre, y que de manera altruista hacía lo posible por divulgar su arte y seguirle donde toreara, con una pancarta en la que rezaba bien claro lo de, Peña Paco Camino y, Granada. Lloré el último día que lo vi torear dándole la alternativa a su hijo, porque yo sabía bien que sería el último. Recordé aquella tarde de Corpus de finales de los setenta, cuando salí dando pases de la plaza de Granada, tras verle una de sus faenas memorables, junto a mi amigo Alfredo Curiel, con el que siempre compartí admiración por el camero. Pero si sus naturales eran carteles de toros, no digamos nada de sus chicuelinas, con el empaque y el señorío maestrante, de quién lejos de ser solo un torero pinturero, a su gracia sevillana añadía el poderío y el mando de un conocimiento del toro y su comportamiento, merecedor de un doctorado en psicología taurómaca. Torero encimista cuando le apetecía, sabía pisar terrenos en las distancias cortas, con la misma filigrana y suavidad con la que un desactivador de minas, va despejando el frente. Artista con regusto, te levantaba del tendido si quería, con el toque de muñeca con el que firmaba una trincherilla. Así era la tauromaquia de Paco Camino, un matador de toros que comandó el escalafón durante dos décadas, y a pesar de llevar tres sin enfundarse la taleguilla, es mantenido en la memoria de los buenos aficionados, como una de las mejores cosas que le ha ocurrido al toreo en toda su historia. Ahora, tenemos la oportunidad de conversar al sol del invierno, en el Parador Nacional de Golf en Málaga, en el green, dudando entre que palo utilizar, si vamos o no bajo par, o donde está el hoyo dieciséis. Hace treinta años, hubiéramos discutido sobre aquel ensabanado, casi jabonero, bizco del izquierdo, que se acostaba por el derecho, y al tercer pase se quedaba debajo, olisqueando las zapatillas, al que él le sacó faena cuando los demás no dábamos un duro por el bicho. Hoy lo nuestro es elegir bien la bola a golpear, si es de dos o tres capas, como colocarnos en el tee box, y si seremos capaces de llegar al hoyo 19 sin caddie, los años es lo que tienen, pero bueno, al menos los amigos nos animan y dicen que no estamos tan mal. Dios los bendiga.

lunes, 19 de enero de 2015

¡LOS IGUALES, PARA HOY!

¡LOS IGUALES, PARA HOY! Tito Ortiz.- No había rasca de Navidad, ni sorteo todos los días de la semana, ni tan siquiera, cupones de gran tamaño, con ilustraciones convenientes. Las tiras de “los ciegos” eran estrechas, de sólo tres cifras, y el sorteo se hacía cada noche a las diez, en cada provincia. En nuestra ciudad, lo patrocinó durante años en EAJ-16 Radio Granada, “Almacenes La Santa Cruz”, de don Paulino Vico, que en algún momento llegó a ser concejal del ayuntamiento, aunque yo lo solía ver tras el viejo mostrador de madera en El Zacatín, con la cinta métrica colgada sobre el cuello, y la sonrisa campechana de una institución del comercio granadino. Pero a lo que vamos. Que el cupón se pregonaba por las calles, en las esquinas más transitadas, y en los bares de más renombre, como El Aliatar, Las Bodegas San Luís, El Café Lisboa, en la esquina de Paños Ramos, - precisamente donde hoy está la ONCE- Los Mariscos o El Jandilla, sin olvidarme del Cisco y Tierra. Con un imperdible gigante, cada ciego colgaba de su solapa las tiras de lo que pregonaban como: ¡Iguales... para hoy!. Era habitual que cada establecimiento de restauración en Granada, tuviera su propio lotero, que muchas veces coincidía con el betunero, y además, un ciego de cabecera, o sea, que habitualmente montaba guardia en la puerta, pregonando los iguales con recia voz, o incluso, llamándoles por sus apellidos: La Niña Bonita para el quince. Los dos patitos para el veintidós y así hasta completar la centena, porque pregonar las cifras de ésta forma, llegó en algún momento a ser un dialecto o jerga, que sólo conocían los habituales del cupón. Algunos como mi padre, que se defendía bastante bien con los sobrenombres de los números, cuando hablaba con aquel ciego habitual que visitaba el taller de barnizado todos los días, y que le fiaba el cupón cuando la cosa estaba tiesa. Contaba mi progenitor riendo, como después de más de veinte años comprando el mismo número al ciego que ya era amigo como de la familia, una mañana mi padre se levantó con el pie izquierdo, o cambiado, vaya usted a saber... y le dijo que por favor le diera otro número, porque aquel tenía un cenizo terrible ya que en más de veinte años no le había tocado más que algún reintegro escaso. El ciego, amigo sabio le dijo: Juan no hagas eso que es tentar a la suerte. Mira que si esta noche toca te vas a tirar de los pelos. Mi padre no cedió un milímetro, así que por la noche, encendió la vieja Marconi con tapete de ganchillo, que tardaba unos minutos en dar sonido, y al poco sonó el anuncio de La Santa Cruz. Mi padre sostenía en sus manos el nuevo número de los iguales, esperando oírlo, pero Pepe del Real soltó sin anestesia, el que después de veinte años había rechazado aquella misma mañana. Mi padre juró en arameo, los gritos recorrieron todas las veletas del Albayzín, y como castigo se impuso volver al número de antaño, que jugó sin que le tocara hasta el mismo día de su muerte, decenas de años más tarde de aquel aciago día. El destino del cupón pro ciegos, cuya idea se gestó un día trece por aquello del “malarate”, mientras hermanos se entrecruzaban tiros y bombas, decía el que me crió, que no se portaba bien con él, porque ponía en el sorteo, toda la esperanza debida para cambiar de vida, y eso no era bueno, que el que nació pobre, debería palmar en idénticas circunstancias, como ley de vida. Pero, Juan El Barnizador, se resistía a la idea de que la diosa fortuna no lo visitara, aunque sólo fuera una sola vez, y le dejara un pellizquito, como ya hizo con su compadre Serafín, barnizador como él, con el taller en la Posada del Sol, al que un buen día le tocaron los iguales, y se pudo comprar un traje nuevo y le sobró para ponerle un sidecar a la Vespa. Era la ilusión de todos los días, que años más tarde fue un buen eslogan, y que ahora nos lleva a ILUNION. Desde aquellos cupones de color sepia de la posguerra, de unidad, decena y centena, gritados en una esquina fría, al son inigualable de... ¡iguales para hoy!. De la intemperie, al quiosco de diseño calefactado en invierno, y con aire acondicionado en verano, la Organización Nacional de Ciegos, ha pasado de quitar las hambres a los invidentes de una España destruida, a la gran labor social de ponerlos a la altura de cualquier otra persona sin discapacidad. La escuela, la universidad, el deporte, las bellas artes, todo es posible hoy día, gracias a decenas de hombres y mujeres que a lo largo de la España de La Paz, han apostado por una labor cuya antorcha, nadie había empuñado hasta entonces, como defensa de los discapacitados visuales, y que hoy se amplía a otros colectivos, gracias a ellos, y a la colaboración de una ciudadanía, que en los resultados de la empresa y la fundación, ve que – como a mi padre – aunque no te toque nunca en tu vida el cupón, cada noche te vas más tranquilo a la cama si en la cartera llevas ese trocito de papel, con el que entre todos, hacemos posible lo imposible. Que un ciego sea una persona tan normal como el que ve. ¿Quincas? o endiquelas.

jueves, 8 de enero de 2015

CIEGO EN GRANADA

CIEGO EN GRANADA Tito Ortiz.- Despatarrado el burro, con el mismo compás abierto, con el que Curro Romero se abría por verónicas, la estampa era de belleza tal, que yo me quedaba embobado con mis ojos de niño, viendo el ritual de aquel aguador, que con rapidez y eficacia, apenas con un hilillo de agua de sus cántaras, traída desde la Fuente del Avellano, mojaba y restregaba el borde del multiusado vaso, para evitar boqueras e infecciones en el siguiente sediento, que pusiera en el, sus labios por el módico precio de dos reales de peseta, aquellos del agujerito, y saciara la sed del viandante, en el Arco de Las Cucharas, a la entrada de la plaza de Bibarrambla. Con la barbilla en el pecho, gustándose, como cuando Paula perfilaba la media verónica, el aguador escanciaba con su chisporroteo habitual, el agua fresca y cristalina de la margen izquierda del río que da oro, recogida junto al carmen del miedo, aquel abandonado a los pies de las escuelas del Ave María, del que los viejos contaban haber escuchado por las noches, lamentos de encadenados que deambulaban, mientras luces blanquecinas vagaban por el interior de la viejas cristaleras, estancia otrora salón de baile de unos marqueses venidos a menos. Los visillos de encaje, habían perdido el blanco inmaculado de sus rosetones, para acercarse mas al sepia de una postal antigua, como aquella foto en la que el abuelo, luciendo el uniforme del Tabor de Regulares, con su camisa color garbanzo, como manda la ordenanza, con su faja roja melillera, presumía de Sulham al viento sahariano, y de su Tarbuch, que le fue impuesto por el oficial al mando, en ceremonia de alta alcurnia, tras la cual tuvo que invitar a churros a todos los componentes, mientras sonaban los acordes de las chirimías en La Nuba. Condecorado en la vigilancia de islas, islotes y peñones, había sido el orgullo de su Tabor, el año que se hundió el Titánic durante la toma de, Haddu Al-lal u Kaddur. Mientras la Gran Guerra destruía Europa, el se afanaba en consolidar las posiciones españolas en África, muy especialmente, en el Desastre de Annual, y en los felices años veinte, mientras sus vecinos fundaban la Hermandad del Cristo del Silencio en Granada, el se batía el cobre, en Taguaid, donde continuó hasta que en 1958, falleció el protectorado. Condecorado, laureado, y felicitado varias veces en la Orden del Día (Descubrirse a la Orden), metió su barra de jabón, la brocha y su navaja barbera en la vieja maleta de madera atada con una correa, y regresó al Albayzín, con tan suculenta nómina de retirado de los gloriosos ejércitos de Franco, que ni derecho a entrar en el economato le dejaron. Hasta tal punto creció su infortunio, que se vio obligado a trabajar de trapero por las casas, cambiando ropa vieja por un tazón o un plato de yeso blanquecino. Laureado en África, y pregonero de miserias en Granada, el condecorado caballero del Tabor de Regulares de Melilla, se ponía orgulloso sobre sus harapos, el fajín rojo que tantas veces había lucido, mientras se jugaba la vida en los desiertos africanos, recordando el oropel de un pasado no muy lejano, en el que poner en juego la vida propia, no merecía más que una palmada en la espalda de su oficial al mando, y con eso se daba por más que satisfecho. Ahora, cuando el borlo del Tarbuch no repiqueteaba en su frente, ni las chirimias invitaban al desfile parsimonioso de los señores de la guerra de uniforme color garbanzo, que tanto los diferenciaba del ritmo legionario. El aguador decía: Los legionarios desfilan como huyendo de la quema, en cambio, nosotros los Regulares, lo hacemos con el empaque y el señorío de un vals vienés en un salón de Versalles. Esa es la diferencia. Todas somos tropas en África, pero el señorío de un Regular, no es comparable. Camisas verdes abiertas hasta el ombligo, no pueden compararse con la elegancia de una capa al viento, con el paso más lento y armonioso que jamás se haya descrito en un militar desfilando. Siempre ha habido clases. Y mientras relataba una y otra vez, viejas historias de escaramuzas en Alhucemas, el aguador, con movimientos mecánicos, enjuagaba una y otra vez el vaso y escanciaba a los viandantes, agua fresquita del Avellano, con cuyas ramas verdes, había tapizado las metálicas cántaras, para que los rayos de sol tardarán más en zaherirla con su temperatura. De trapero abandonado a su suerte, consiguió vender peines, brillantina y pastillas de jabón de estraperlo, hasta poder comprarse unas cántaras de segunda mano, y un amigo fiel, emparentado con Platero, al que puso por nombre, ”Voluntario”, en recuerdo al día en que él mismo, siendo un chiquillo, se acercó al banderín de enganche, procurando quitar una boca de las que se sentaban a comer en su casa, donde sobraban cucharas y faltaban platos. Por cierto; Ni se les ocurra pensar que mi aguador del Arco de Las Cucharas, tiene algo que ver con ese engendro, que un mal día se colocó en la Plaza de La Romanilla. Quién hizo eso, primero, no había visto un aguador granadino en su vida. Y segundo; sentía mucha, pero que mucha pena por ser... Ciego en Granada.

viernes, 2 de enero de 2015

DOCTORÁNDOME EN FLAMENCO

DOCTORÁNDOME EN FLAMENCO Tito Ortiz.- Tengo el vinilo de Rafael Romero, “El Gallina” gastado, de tanto estudio comparativo entre El Polo y La Caña, sus diferencias y como reconocerlas en el oído al instante. Son manías de viejo aficionado que, empeñado en saber de flamenco desde mi infancia, descubro que el arte gitano andaluz, es como la asignatura interminable, de una carrera universitaria sin fin, donde los conocimientos afloran, conforme comparas y encuentras distintos intérpretes, que aportan su sello personal al cante en cuestión. Así que ya que estaba metido en harina, he continuado con La Serrana, su correspondiente Macho, sin olvidar el comienzo por la Liviana. Tu te crees que el asunto va por Seguiriyas, pero a poco que el guitarrista quiera, te sacará de dudas y, pronto te darás cuenta que estás en otro palo. Porque esto de estudiar flamenco, es como el juego de las siete y media. Un juego vil que no hay que jugarlo a ciegas, por juegas cien veces... mil, y mil veces que té pasas o no llegas. Y si té pasas es peor, porque indica que eres del otro deudor, o sea, que no has estado atento a la falseta de la guitarra, ni a la salía del cantaor. Y esto que debería estudiarse en La Sorbona, Oxford, o Cambrige, resulta que no te lo explica nadie, a no ser que tengas un buen amigo que te saca de la ignorancia flamenca que arrastras, cuantos más años de aficionado sumas a tu trayectoria en el arte. Llevo desde la transición escuchando el soniquete de que, el flamenco debe estudiarse en las escuelas como asignatura obligada, y tengo la sensación de que cuando la Meripen, o Moriben venga a por mí, el flamenco no habrá entrado aún en las aulas, tal y como se merece un arte Patrimonio de La Humanidad. Mi amigo Calixto Sánchez, que para eso es profesor, tiene un método listo para ser aplicado, desde que tenía el pelo negro, y cantó en aquel amanecer de la placeta de Los Aljibes de La Alhambra, traído a cerrar el Concurso de la Peña de La Platería, y no hay forma de generalizarlo, con la fuerza y contundencia con la que un catalán promociona la sardana. Que ya hay que tener valor para promocionar semejante corro, soso y triste, donde los haya. Alejado de mis sesenta, sigo estudiando el flamenco en la soledad de mi habitación, entre elepés negros, sencillos de cuatro cantes y viejas cintas de cassette, que se me paran y estiran, por razones de la edad. A éstas alturas es lo único que se me estira, la cintas y el cuello, cuando escucho el quejío de Juanillo “El Gitano” en su cueva de Sacromonte, grabado en mi viejo magnetofón de carrete abierto, haciendo esos cantes de la Granada cantaora, irrepetible y eterna, que jamás ha podido ser copiada por el resto de las distintas andalucías. Cierro los ojos y veo a Fuensanta, “La Moneta”, bailando en la “Verea denmedio” al ritmo de La Serrana, y sigo estudiando, prendido ahora de la belleza de ésta gitana, que aborda con su mantón, la Liviana de entrada. Cante y baile irrepetible en un tablao de La Alhambra, que habla de originalidad y rito en lo jondo de Granada. Y sigo estudiando y me detengo, para llevar el brazo del tocadiscos otra vez hacia atrás, y pongo la aguja en el mismísimo surco del arte, y el viejo altavoz de rejilla dorada de mí pikú alquilado, me devuelve el eco inconfundible de don Antonio Ranchal y Álvarez de Sotomayor, interpretando con la elegancia flamenca de quién lleva pañuelo blanco en el bolsillo de la chaqueta, un fandango de Lucena, cuya letra dedicada a La Virgen de Araceli, habla de una visita del pecador a su Patrona. Explicarle a mi amigo Günter, director de la Joven Orquesta de Colonia, que el Mirabrás y la Rosa, eran familia de las Alegrías, como las Romeras y Los Caracoles, me llevó en los setenta toda una gira por Andalucía, que me encargó mi admirado, Dámaso García Alonso, presidente perpetuo de Juventudes Musicales en Granada. Pero de aficionado a músico, fue mucho más difícil explicarle que todos esos cantes entran al toque por Soleá, ahí ya el orondo alemán, comenzaba a tener palpitaciones, los ojos se le volvían blancos y me pedía por piedad una sangría bajo el sauce que cubría el viejo kiosco de madera pintado en verde, de La Mimbre, lugar donde el eco de la Cuesta de Los Chinos, devolvía mis torpes intentos de demostrarle por qué La Media Granaína, era más difícil de interpretar que la Granaína entera, y que ambas podían confundirse con la entrada por Malagueñas. Ahí era donde Günter Hässy se desesperaba y me decía que era imposible que, el arte flamenco, fuera más difícil de estudiar que la música clásica, así que yo le recitaba de carrerilla para ponerlo más nervioso, la lista de los compositores nacionalistas que se habían acercado al flamenco, sin llegar al contacto íntimo transcrito a un pentagrama, del que podía presumir Manuel de Falla, pero claro, por muy adusto que fuera el músico de La Antequeruela, en algún sitio de sus cromosomas, tenía que tener por fuerza, la enjundia de La Perla de Cádiz, El Mellizo, o el mismísimo, Pericón. Como yo no hablo alemán y Günter entonces tampoco español, ambos teníamos que esperar la traducción de nuestros argumentos, a cargo de un compañero de la orquesta, que había estudiado nuestro idioma con un profesor mexicano, con lo cual, era desternillante ver al corpulento y rubio alemán, decir cosas como: ¡Buenos días compadre?, O, ahora mismito nos vamos cuate. Aquella gira andaluza fue inolvidable, y yo sigo estudiando el flamenco, por si Günter aparece por aquí de nuevo, cosa que suele hacer con cierta frecuencia. Tengo previsto explicarle, el cambio de Manolito María, en la Seguiriya, a ver si ya le da un síncope y no hay sangría que lo remedie.

jueves, 18 de diciembre de 2014

CONSULTE A SU FARMACÉUTICO

CONSULTE A SU FARMACÉUTICO Tito Ortiz.- Básculas de precisión de la diezmillonésima parte de un gramo, pipetas, mecheros, probetas, peras de succión, pisetas, frascos lavadores, en fin, que aquel mostrador de la rebotica, era un laboratorio en perfecto funcionamiento, donde las fórmulas magistrales se preparaban con la naturalidad, con la que se servía fuera, en la oficina de farmacia, un sobre de bicarbonato sódico puro, dos optalidones, una pastilla de Okal y tres de Calmante Vitaminado, porque las grageas se vendían sueltas, algo que ahora quiere implantar el sistema de salud, y no alcanza a poner en marcha. Un parche Sor Virginia, unas pastillas Juanolas, y una botella de Agua de Carabaña, podían ser una compra habitual. El alcohol y el yodo a granel, el algodón enrollado en papel azul azafata. Era aquel un entorno de confianza, donde el boticario era mi amigo. Don Pedro Luque del Moral, me conocía desde que nací. A su Farmacia de La Placeta de San Gil, me llevó mi madre, aún sin bautizar, para pesarme. Allí nos dio el farmacéutico una libretita, donde anotaba los gramos que yo ganaba cada semana, y las botellas de Calcio 20, o de Ceregumil que me endiñaban, pues siempre tuve aspecto de raquítico, de ahí mis cucharadas diarias, de aceite de hígado de bacalao con un terrón de azúcar, y más tarde mis chupitos de quina Santa Catalina, o San Clemente. Fui un infante esquelético criado con Pelargón y papillas de harina tostada en la sartén de mi casa. Y don Pedro Luque, era como de la familia, pues no había día que al pasar por la puerta, o nos saludara, o entrábamos a comprar unos caramelos de eucalipto, para la tos de mi padre, o un bote de linimento Sloan (El tío del bigote) para unturas, friegas y dolores varios, pues lo alternábamos con el alcohol alcanforado, o en su defecto, alcohol de romero. El matraz y el espectrómetro, el mortero y el embudo, son artilugios de mi infancia, pues en aquella rebotica, Pedro Camacho, practicante y mancebo ejemplar, nos ponía las inyecciones cuando estábamos malos, con un cariño y un sentido del humor envidiables, mientras hervía la jeringa y la aguja, con un poco de alcohol, en el estuche metálico que servía para transportarla. Inolvidable aquella diminuta balanza de platillos, la cucharilla o el termómetro de bulbo, el viejo microscopio, y los tarros de cerámica con aquellos nombres tan raros, a los ojos de un niño enclenque, que estuvo siempre más enfermo que sano, y contó con el cariño de los dos pedros. Don Pedro, el boticario alto de pelo blanco, educado y amable. Y Pedro Camacho, su fiel auxiliar, más bajito, pero más simpático y cariñoso, que ponía las inyecciones como los ángeles, o como los arcángeles, porque para eso es de Córdoba. La farmacia de San Gil, con su peso de hierro macizo esmaltado en blanco, con sus pesas cilíndricas a la izquierda, de aquel tallado mostrador con piedra de mármol blanco, veteada en tonos grises, era para nosotros la catedral de la salud, regida por dos hombres buenos. Sus sabios consejos siempre nos vinieron bien, pues era nuestro primer paño de lágrimas en torno a los males. La Farmacia de don Pedro, siempre fue la casa de Socorro más cercana ante los accidentes caseros, como el corte con un cuchillo guisando, o la caída del niño jugando que se saldaba con un chorro de agua oxigenada, una gasa y un esparadrapo, con unos polvillos de Azol, para que no se infectara. Pero antes de ir al médico, la visita obligada era al farmacéutico, para que don Pedro nos dijera si era conveniente o no visitarlo. La familia confió en él ciegamente, porque siempre acertaba, y en no pocas ocasiones, evitó que acudiéramos a consulta, con el sólo hecho de comunicarle lo que nos pasaba. Mi abuela decía que con sólo ir a que don Pedro le tomara la tensión, ya salía buena de la farmacia, sin necesidad de ir al médico, tal era la conversación con el boticario, y la sabiduría que manaba de sus palabras. Ese trato cercano y profesional es el que hoy están recuperando los farmacéuticos granadinos, que se esfuerzan por dar un servicio a la sociedad, aparte de facilitarles las medicinas, pues no son pocas las campañas en la que están implicados, desde la violencia de género, hasta la fibromialgia, nada escapa al sabio consejo de los herederos de Dioscórides, que a pesar de no contar con tertulias culturales, políticas o artísticas en sus reboticas, mantienen el dogma de servicio a la sociedad, cuán juramento hipocrático. Tal vez las reboticas no cuenten ya con el comandante de puesto, el alcalde, el cura y el boticario, para chequear la actualidad del país ante un café vespertino, pero están esperando a sus vecinos, para informarles del banco de medicamentos, el sistema Sigre, para no almacenar en casa, dosificar y aconsejar como tomar sus medicamentos, cuidar su piel, sus ojos y su correcta y equilibrada alimentación. Al pasar de los años, los boticarios han tenido que reciclarse - como todos nosotros – y han pasado de recomendar algo para abrir las ganas de comer, a aconsejar sobre dietas sanas que eviten la obesidad, por mor de los desequilibrios gastronómicos vigentes, en la sociedad de las prisas y los estresses, que nos ha tocado vivir. Desde las sales de fruta, a la dieta mediterránea, su farmacéutico le dirá los pasos a seguir, sin necesidad de convertirse en un kamikaze ante la ingesta de una comida, que debe ser saludable y apetitosa. Por cierto: Lea las instrucciones de éste artículo, y, consulte a su farmacéutico.

martes, 9 de diciembre de 2014

¡ VA POR USTEDES !

¡VA POR USTEDES! Tito Ortiz.- Ahora que tan de moda está denostar la fiesta de los toros: Ahora que algunos de aquellos “modernos” que no sabíamos que pintaban en la barrera de sombra ya no están. Ahora que algunos políticos que gustaban de ir al callejón para sentir así mejor la emoción del ritual taurino, hacen declaraciones diciendo que jamás pisaron una plaza de toros, y que hay que acabar con ésta barbarie cuanto antes, ahora, es cuando más me esfuerzo por defender nuestras tradiciones y señas de identidad. Desde la izquierda mental en la que milito desde que nací, sin avergonzarme de nada, sino de aquellos que hace años fueron compañeros de viaje en lo taurino, y ahora se apuntan a los vientos catalanes, dándoselas como entonces, de “modernos”, porque son los mismos que sirven para el blanco o para el negro, ellos siempre van con la moda, no tienen ideas, ni ética, ni moral, pero siempre están en las vanguardias del pensamiento, situados en la foto de lo que toca, y rechazando frontalmente lo que defendieron antes. Sirven para un roto y un descosido, siempre están en la pomada mediática, y son capaces -si tiras de hemeroteca-, de defender los hornos crematorios hitlerianos, o a Mahatma Gandhi, les da lo mismo, ellos siempre están con el ganador, con el “moderno” y sobre todo, con lo que se lleva ahora. Hace muy pocos años, la barrera de sombra de Las Ventas, o de La Maestranza, era un escaparate de la sociedad española en su conjunto. Desde escritores, a pintores, cantantes, políticos, modelos, toda una pasarela de la “beautiful people”, de todas las diferentes españas, puro en mano, disfrutaban de las faenas de los toreros de moda. Hoy, muchos de aquellos reniegan de un espectáculo como los toros, y afirman sin pestañear – insisto - que jamás pisaron una plaza de toros, pese haber mantenido durante años su carnet de abonado, para departir con quienes podían, dogmatizando en su saber taurino al más puro estilo de Frascuelo, y dando glamour al asiento, con almohadillas de diseño firmadas por el mejor talabartero del país. Son los mismos que ahora escupen sobre la fiesta, los que han desaparecido de los tendidos, pregonando a los cuatro vientos que jamás fueron aficionados, ni les gustó aquello de los toros. Los que llaman analfabetos a los toreros, porque creen que todos nacieron al oficio, como única salida al hambre y la ignorancia. Pues sepan, que generaciones de matadores de toros, han pasado desde siempre por las aulas de la universidad, y algunos con brillantes expedientes. Roberto Domínguez, Vicente Barrera, Chamaco, Litri, Cepeda, Aparicio. Podría relatar aquí una larguísima lista de matadores con estudios universitarios, y no de últimas generaciones como sería fácil argumentar. A lo largo de toda la historia del toreo, la cultura y la educación, junto con la formación universitaria, han ido de la mano de auténticos figurones del toreo. No olvidemos a Ignacio Sánchez Megias, llorado por Federico García Lorca, que no sólo fue hombre culto sino que, destacó como brillante autor teatral de la época. Pero antes que él, y sin ánimo de aburrir, encontramos en el siglo XIX, al gran Luis Mazzantini, hijo de ingeniero italiano y madre donostierra, que estudió Bellas Artes en Italia y tras conseguir fama y dinero como matador de toros, llegó a ser concejal en el ayuntamiento de Madrid, Diputado provincial, y Gobernador Civil de Guadalajara y Ávila. Sólo aporto unas pinceladas de formación y nivel cultural, de gran número de matadores de toros a lo largo de toda la historia, que desmontan los arquetipos erróneos, de quienes desde el desconocimiento, desprecian la extracción social de los toreros, apuntándolos a la marginalidad social del hambre, la miseria y el analfabetismo. No digo que alguno sí, pero no se puede generalizar con toda una profesión cinco veces centenaria, en la que a lo largo de la historia, siempre hubo una completa representación social. No olvidemos que el principio de la tauromaquia, es de nacimiento noble, pues son los cortesanos los que comienzan alanceando toros en las plazas mayores de las villas, con motivo de festejos reales o plebeyos. Erran por ignorancia, los que se apuntan a los nuevos aires de despreciar la fiesta, solo por el hecho de incorporarse a las nuevas corrientes fundamentalistas, que pretenden acabar con un ritual tan antiguo como nuestra propia historia. Esto es algo que hay que abordar desde la sapiencia, con el don de la palabra, y no con el insulto pancartero, o la desnudez de tetas y culos manchados de rojo a las puertas de las plazas. El futuro de la fiesta se debe enjuiciar desde la culta palabra, única herramienta que debe utilizarse en el dispar parecer de ésta cuestión, y a ser posible, desde la tranquilidad de una taza de café alrededor de una buena tertulia, en la que todos participen, como han hecho los toreros a lo largo de la historia, con los intelectuales, políticos y periodistas de la época. Tiren otra vez de hemeroteca, y vean a Juan Belmonte, debatiendo con los cultos de su generación y a tantos y tantos toreros, que en tardes de no paseillo, cultivaban la amistad de la España vanguardista de todas las artes, alrededor de una mesa, con agua, azucarillos y aguardiente, junto a un tenor de moda, o un cantaor de solera. Esa es la mejor representación de que todas las españas, convergen en una sola: La de la tolerancia y la palabra, con el respeto por montera. ¡Va por ustedes!