martes, 14 de julio de 2015
¿Hay alguien más torpe que yo?
¿HAY ALGUIEN MÁS TORPE QUE YO?
Tito Ortiz.-
Siempre me ha preocupado mi lamentable aptitud para manejar cosas, que la sociedad proclama como “fáciles”. Hablo –por ejemplo- de todo aquello que lleva “abre-fácil”, como un brik de leche, en la antigüedad de los tiempos, llamado: Tetra Brik. Confieso que cada vez que abro un cartón de don Simón, o me pongo pingando, o salpico hasta la altura de la campana extractora. Si es de los de palanquita y de tomate, pongo de lunares la cocina cuán maestro del gotelé sangriento. Y si en lugar de los tradicionales, es de esos modernos que ya traen para desenroscar, resulta que lo hago con tal pericia, que una vez tengo el tapón en la mano, no sale nada porque no he conseguido romper el papel de aluminio que se ve desde fuera, con lo cual, el bote sigue estando herméticamente cerrado. Si lo medio rompes, y te da por apretar para que salga, desearás no haber nacido, o hacerte con un tráiler de balletas que empapen bien. Mi sino no es de ahora, ésta desgracia de impericia me viene de lejos. Soy de nacimiento infortunado. De los que, cada vez que abren un bote de medicamentos, lo hacen indefectiblemente por la parte que trae el prospecto, así que no me queda más remedio que volver a cerrar el paquetito, darle la vuelta, y entonces abrirlo por la parte que puedo meter los dedos y sacar las pastillas dichosas de la próstata, mientras entrecruzo las piernas, porque el dolor y el escozor están haciendo de las suyas.
Capítulo aparte merece mi relación con las latas de conserva. Si el abre fácil está soldado a una tapa metálica. Yo al tirar de la anilla, puedo rebanarme con toda naturalidad, las falanges distales de los dedos necesarias, como para hacerle un collar a un caníbal. Si la tapa de la lata en cuestión es de las modernas. Tipo papel metálico recio, a caballo entre el de aluminio de cocina y el tambor de hojalata – hermosa película proclamo – sólo chorreará por la pared el caldo anaranjado del escabeche de los mejillones, o el aceite de sabe dios qué, donde viene el atún sin tronco. Considero menos peligroso, volver a tirar de la anilla de aquella bomba de mano americana que sólo me daba unos segundos para alejarme, o desenroscar la P-I, con la que hice el curso de especialista en explosivos. Incluso la P-2, que se implementaba con una carga de metralla. Todo, con tal de no tener que abrir de manera fácil, todo eso que nos ofertan como si fuera lo más sencillo del mundo.
¿Por qué cuando salgo con mis amigos, soy el único que regresa a casa, con unos soberbios lamparones en la corbata? Acaso no sé, que la bronca que me espera, me hará aborrecer durante al menos tres segundos, las gambas fritas y el bocadillo de melva con pimientos. ¿Es que nadie se va a apiadar de éste torpe? Atrás quedaron los tiempos en los que presumía de ser una hacha con el abrelatas. ¡Cómo introducía yo, aquella media luna de hierro puro! en el filo redondeado de la lata, salpicando el borde con un exacto pespunte a modo de dientes de sierra, que luego con máximo cuidado levantaba, para liberar aquellos hermosos espárragos, aquellos corazones de alcachofas blancas y puras, aquellos morrones rojos y brillantes, con los que dibujaba un corazón en el vientre aconcavado, de una enriquecida ensaladilla rusa. Los que pretendían hacerme la vida fácil, no sólo la han puesto en peligro de accidente doméstico, sino que en lavadoras puestas y productos de limpieza, me la han encarecido hasta el punto de que si, Ruiz Gallardón, no se hubiera aliado con ellos y la justicia siguiera siendo gratuita, yo estaría en los juzgados en jornada de mañana y tarde, querellándome contra todos éstos listos, que en cada anuncio nos pretenden convencer de que el abre fácil existe, y no es una cuestión de Fé. Me siguen entrando sudores de muerte, cuando se me termina la botella de aceite en la cocina. Tener que arriesgar mi dedo índice, para tirar de la anillita, y luego limpiar el suelo del aceite derramado y mi propia sangre, a veces me hace desistir de prepararme el plato de mis sueños: Un par de huevos fritos con encaje, salpicados de sus correspondientes ajos fritos, más dorados que churrascados. Si soy de gustos humildes, ¿ porque se me castiga con los abre fácil? De tal forma, que le estoy cogiendo una aversión a la cocina, que en lugar de cantar por Marifé como yo hacía antes, ahora entro mirando de reojo por si me persigue el mismísimo, Alberto Chicote. Yo no me merezco esto. Si yo era de los de apretar el pulgar, para hacer descender el tapón de plata de la botella de Puleva, y darle una palmada en el culito al bote de melocotón en almíbar para quitarle la tapa metálica. ¿Por qué se me castiga con los adelantos? Tiro de la esquinita abre fácil, del envase al vacío de jamón york, y las lonchas vuelan por los aires, empapelando hasta la lámpara de la cocina. Despego la tapa de un yogur y, se me va la mitad del contenido con ella, hasta el punto de que tomo más con mis lametones, que luego con la cucharita. Al perforar con la pajita, un brik de batido lácteo de cacao, el otro día puse a mi nieto, que parecía el negrito de la hucha del Domund. Por favor que alguien me ayude... pero que no me lo ponga fácil.
miércoles, 1 de julio de 2015
TRANSALHAMBRA
“TRANSALHAMBRA”
Tito Ortiz.-
Cuando era niño de primaria, en el Grupo Escolar Gómez Moreno de la placeta de San Nicolás, al salir de clase, me sentaba en el pretil de la plaza, de espaldas a la cruz pétrea, y de frente al monumento nazarí. Allí me relajaba mirando la belleza de lo construido en la colina roja, y cuando llevaba un rato, hacía un ejercicio de concentración, que me permitía abstraerme de los que me rodeaban, y entornando los ojos, comenzaba a cambiar el piar de los pájaros por el graznido de gaviotas, la nieve trasera de Sierra Nevada, por la niebla en alta mar, el murmullo de la gente por el de la bocina de un barco, y como si toda la Alhambra se transformara en un enorme transatlántico a modo del Qeen Mary, comenzaba a escuchar la campana de la Vela, avisando a los barcos en alta mar de su cercana presencia. Era el campanario postizo de la torre, en el que yo me imaginaba, con mi gorra blanca de ancla dorada sobre la visera, y mis manos acariciando un enorme timón, barnizado a muñequilla, con goma laca, por mi padre en el taller de la calle Cuartelillo. Despacio y sin ruido, mí “TransAlhambra” zarpaba en medio de una calma chicha, en dirección a La Almanzora, buscando en las cartas de navegación, la fértil Vega de Granada. Tal vez en un estado alterado de conciencia, he llegado a ver la colina desnuda, sin la Alhambra, y es en ese momento, cuando mi mente racional me despierta, y me suelta sin paracaídas en la realidad mental, de quién es propenso a soñar en demasía.
Aunque lo de transformar la Torre de La Vela en un puente de mando no es que sea una idea original mía. Datos hay de quienes hace ya siglos, vieron en ésta torre mocha desde la cuna, la posibilidad de que marcara el destino de los ciudadanos, tanto los enjaulados en sus murallas alhambreñas, como los de extramuros de la ciudadela. De ahí que decidieran instalarle una campana, y con ella, regir los destinos de las gentes de Granada, a golpe de badajo bronceado. Según las horas y el ritmo de los toques, los ciudadanos debían regar sus tierras, rezar a las ánimas, casarse al año siguiente - si estaban tirando de la cuerda el dos de Enero en compañía de su amada - o salir corriendo a los distintos refugios antiaéreos, si en la guerra incivil la aviación bombardeaba la ciudad, como así ocurrió. Cuando mi abuela Juana, en el carmen de la placeta del Rosal en el Albayzín, comenzaba a ver que una criatura con una mano sostenía un catalejo y con la otra, hacía sonar la campana, es que la escuadrilla encargada de matar a las criaturas, estaba ya cercana. Entonces, cogía a mi madre en brazos y a mi tío de la mano, y comenzaba a dar gritos pidiendo paso Cruz Verde abajo por san Gregorio, hasta llegar a Reyes Católicos, a la casa donde nació el capitán general de la mar océana, Álvaro de Bazán, donde tenía el subterráneo más cercano para refugiarse. En más de una ocasión, cuando exhausta llegaba al lugar, el bombardeo sobre la ciudad ya había terminado. Entonces sin resuello, tocaba subir de regreso al carmen, y allí aguantar la chanza de mi bisabuelo, que sin moverse del patio, sentado en su vieja mecedora y al lado de su botijo, había aguantado un bombardeo más, sin moverse de su casa, porque si estaba de Dios, - afirmaba categórico - daba igual que corrieras, ya se encargaría la bomba de dar contigo por mucho que te escondieras. Toda una filosofía de vida, que creo haber heredado.
Escenas que durante aquellos tres años se repitieron con demasiada frecuencia, y que no estuvieron exentas de daños colaterales, tan graves o más que la propia guerra. Una de ellas la refería la abuela Juana, argumentando que existe una justicia divina, a pesar de que élla se proclamaba atea, gracias a dios. Uno de esos días de bombardeo en la capital, al llegar a la puerta del refugio, entre los sacos terreros y la cola de gente para bajar al sótano, se armó una gran cola que dio en atasco, que ni para atrás ni para adelante, con tan poca fortuna, que al llevar a mi madre y mis tíos uno en brazos y los otros dos de la mano, mi abuela quedó encajada en la puerta con las criaturas, en lo que todo el mundo definió como un principio de aplastamiento. Las sirenas sonaban, la campana de la vela también y los gritos de la gente por entrar eran insoportables así que en semejante situación dramática, mi abuela sintió como una mano la agarraba por detrás del cuello y tiraba de ella con tal fuerza, que cayó de espaldas con los tres niños sobre la acera, y lo que en principio pensó que era una alma caritativa que la rescataba del trance, no fue más que el pánico de un hombretón “valiente”, que como el dueño del Titánic, quiso salvarse a costa de quién fuera, y quería llegar cuanto antes al fondo del sótano para resguardarse de las bombas. Poco le importaba a el que delante hubiera una mujer con tres niños pequeños. En aquella confusión de gritos y golpes, mientras mi abuela se levantaba de la acera y buscaba a sus tres hijos desparramados por aquel bestia, se escuchó un chasquido de huesos al fondo del refugio, donde terminaba la escalera. El muy bestia, tiró a mi familia con tanta fuerza y descendió las escaleras con tal brío, que perdió pie y se reventó la cabeza contra el suelo muriendo en el acto. En ese instante, las sirenas callaron, la campana de La Vela cesó en su lamento, y las gentes fueron saliendo del refugio, esquivando al desgraciado y santiguándose al unísono. En aquel momento, el práctico del puerto colocó de nuevo la nave en la colina, despedí a la tripulación al pie de la escalerilla, y renacieron al color las postales más divinas. Desde entonces, subo de vez en cuando a San Nicolás, por si la nave ha zarpado y... se han olvidado de éste marinero en tierra.
lunes, 8 de junio de 2015
PIRULINEROS
PIRULINEROS
Tito Ortiz.-
Antón, Antón, Antón Pirulero, cada cual, cada cual que atienda su juego, y el que no lo atienda, pagará una prenda. Éste canto de corro como el de, A la Rueda de Chuchurumbel, pasa un Carro Lleno de Miel, son las canciones que en los cincuenta cantábamos los niños... bueno mejor dicho, las niñas, porque nosotros éramos hombres y estaba muy mal visto que jugáramos a la rueda, o a la rayuela. Esos eran juegos de ellas. El nuestro, el de los niños era “La Lima”, aunque ellas también se atrevían con aquel lanzar la lima y clavarla en el suelo. Bueno, alguno y alguna terminaron más de una vez en La Casa de Socorro, por clavarse el afilado artilugio en el pie, propio o ajeno. Lo que sí podíamos hacer todos era lamer una piruleta como era la costumbre, o mascar un chicle “Bazoka”, con una sola O, de fabricación española, aquel recio a la dentada, redondo como una perragorda, y de tres alturas al grosor de una moneda de diez reales, que aunque pequeño tambor rosa, sólo costara cincuenta céntimos de peseta, para nosotros era todo un lujo poder acceder a su compra, y competir con la chiquillería, a ver quién hacía la pompa más grande sin que se le explotara. Cuando las madres no tenían para que te compraras uno, te decían que eso era muy malo y que al final, se te caían los dientes con tanto chicle. Lo mismo ocurría si abusabas de los “pistolines”, fabricados por El Monaguillo, con aquel sabor inolvidable a mentol que tanto suavizaba la garganta y despejaba la nariz. Hubo un tiempo en que también se vendían en farmacias. Medicina pura.
Había en el Albayzín un pirulinero de grande y noble estirpe, especialista en hacer figuritas de caramelo rojo translucido, sujetas por un mondadientes, y que llevaba por las calles, hincadas en una patata, que a su vez portaba en una pica, a modo de chuzo. Hombretón alto y de recia voz, el pirulinero albaycinero, no sólo modelaba el caramelo en forma de cono penitencial a la usanza de la clásica piruleta, sino que también las hacia redondas cuán moneda de diez duros. Por diez céntimos de peseta una piruleta, cuando ya faltaba poco para que Fidel entrará en La Habana, falsamente abrazado al Ché. Era un precio razonable para la época, sobre todo teniendo en cuenta que podías elegir varias formas del caramelo, entre las ya mencionadas; La estrella, el pajarito, el martillo, o el caballito. Con el tiempo las autoridades obligaron al pirulinero, a envolverlas en un papel de celofán para protegerlas del polvo, pero en un principio, las piruletas albaycineras se vendieron desnudas, como el pregón de su hacedor. Manos, lengua y labios, terminaban del mismo color de la piruleta, sino también alguna parte de la ropa de cristianar, con lo que te llevabas una buena reprimenda, porque el caramelo, con agua fría y jabón lagarto no salía muy bien de la prenda, que dijéramos. En aquella Granada de inicio del seiscientos, era habitual escuchar el pregón de los piriluneros, entrecruzarse por el Zacatín con el de los barquilleros... ¡barquillos de canela... al rico parisien!... El de las almendras tostadas o garrapiñadas. El de las patatas asadas... perdices... el de los garbanzos tostados, el del paloduz, las almencinas y las maoletas. Estas últimas se vendían con la provisión de una caña de a cuarta, con el fin de que con el hueso del fruto, acertaras en el cogote de tu enemigo como si de una cerbatana mortal se tratara. Conseguido el objetivo... pies para que os quiero. Si en lugar de la nuca, le acertabas en la parte trasera del pabellón auricular, el asunto era ya de premio muy gordo, porque el dolor se multiplicaba por diez.
Tuvo la piruleta una postguerra de apogeo, desde su nacimiento en una humilde caldera de cobre albayzinera, al fuego del carbón de bolas, a la luz de una bombilla de diez con su limitador correspondiente, y el azúcar de estraperlo. La piruleta arrancó más de una sonrisa, a niños y niñas escuálidos, raquíticos por la poca o nula alimentación. Rapados al cero por piojos o sarna. Con los ojos hundidos en sus cuencas y las ojeras violáceas, como niños apestados en el barrio, porque sus padres habían sido fusilados o encarcelados por los nacionales, y eso era motivo de escarnio popular, y de estigma imborrable. Había madres que prohibían a los suyos jugar con ellos, sólo porque eran hijos de los rojos, y eso era lo peor que se podía ser entonces. En ese albayzín que se debatía entre los callos de “El Pañero”, y el botijo de agua que el Cabo Colomera, tenía colgado de un gancho, a la entrada del cuartel de las cuatro esquinas, todavía existía la posibilidad de la esperanza. Los niños lo sabíamos cuando íbamos al obrador de “El Coronel”, a comprar una peseta de recortes de pasteles. Sí, los restos de cortar las porciones, lo que quedaba de la crema pastelera, las esquinas de la masa o de la hoja, todo amalgamado en un papel de estraza, servía para darnos un festín, cuando el precio de un pastel no estaba al alcance del bolsillo de nuestros padres, porque tal vez no teníamos para pan y chocolate durante el recreo en el Colegio de Doña Pura, en el paredón frente a la iglesia de San José, en esa casi plazoleta, en la que años más tarde, Enrique Morente, con su mano apoyada en mi hombro, le cantó una saeta al Cristo del Silencio, que todavía resuena en los campanarios de Granada, porque su voz gira incesante, las veletas de los gallos, frente a La Alhambra.
Y pensar que todo empezó... lamiendo una piruleta. Cada vez estoy más convencido, de que ya sólo soy: un fantasma con memoria.
miércoles, 27 de mayo de 2015
SACRAMENTO
SACRAMENTO
Tito Ortiz.-
Sólo un valiente como, Miguel Sánchez Ruzafa, puede abordar el hecho sacrificado y tenaz, de poner en pie sobre las tablas del Isabel La Católica, la zarzuela prácticamente desconocida, “Sacramento” de nuestro paisano, Luís Megías Castilla, ambientada en nuestro internacional e incomparable barrio del Sacromonte, y sus gentes irrepetibles. Obra en cuyo pentagrama se intuye el aroma flamenco, ha necesitado de una labor extraordinaria de arqueología musical por parte de Ruzafa, para llegar a captar toda la intensidad que Megias quiso imprimirle, y que apenas dejó para la posteridad en media docena de instrumentos, que el de Sax, ha tenido que orquestar en toda su dimensión. Con la formación titular del teatro, y la Asociación Musical Federico García Lorca, Ruzafa y Palomar Faubel, constantes y disciplinados como cuando estaban en la Banda de Música de La Novena Región Militar a las órdenes de Julio Marabotto Brocco, se empecinan – que Dios los premie por ello – en ofrecernos cada pocos meses, lo mejor de nuestro acervo musical granadino, en la mayoría de las ocasiones desconocido, desde el desinterés y la generosidad para con ésta ciudad que espero algún día les rinda tributo de admiración, por todo lo que musicalmente están haciendo por ella.
Devolver a la memoria de Granada, -desmemoriada con inusual frecuencia-, la figura de Luis Megias Castilla, es valorar con justicia la trayectoria de un músico, que de no haber coincidido en el tiempo, con otros de especial significación, hubiera alcanzado las cotas de popularidad, que si obtuvieron sus coetáneos, y que en justicia a él, le debemos. Ruzafa y su olfato investigador, nos obliga a interesarnos por éste gran artista granadino de principios del siglo XX, que llegó a dominar una docena de instrumentos de cuerda, incluidos los de plectro, y que desde himnos a obras ligeras, por formación y devoción, se adentró en la composición y en la dirección de orquesta y otras formaciones, entre ellas la banda municipal, sin la que es imposible explicar, la historia musical de nuestra ciudad en los dos últimos siglos. Megías Castilla fue un músico pleno, imbricado con su tierra hasta el punto de aportar su arte, a las tradiciones populares y festivas, desde un punto de vista cultural y enriquecedor. Su zarzuela “Sacramento”, de haber contado desde un principio con la orquestación que Ruzafa le ha practicado, no dudamos que hubiera entrado en el circuito de la época, y hubiera pasado entonces, a ser una más del repertorio del mal llamado, género chico, junto a otras obras de similar calado que por su tipismo y costumbrismo, se han venido representando con la frecuencia habitual de éstas obras líricas. Luís Megias Castilla, fue un músico vocacional, que pese a su juventud, antes de ser proclamada la república, ya estaba considerado como un profesional de reconocido prestigio, como lo demostraba su pluriempleo en materia docente e interpretativa, pues no hay que olvidar que en aquellos primeros años del siglo XX, no era nada fácil sobrevivir con un solo sueldo, por muy bien que sonara el instrumento, de ahí que tuviera que compatibilizar, tanto su labor creadora, como la interpretativa o la dirección de formaciones, dedicadas a la música religiosa, clásica o profana, como era obligado a un músico de aquellos años, que pretendiera comer un par de veces al día y formar una familia, cuyos hijos también lo hicieran. Por eso éstos tres últimos días de Mayo, tenemos que abarrotar el Isabel La Católica, como homenaje a esos granadinos que tanto dieron por nosotros, retratándonos en una música que va pegada a nuestra epidermis, como el gran Luís Megías Castilla.
Debemos los granadinos agradecer, tanto a Ruzafa como a Lirio José, y a todos los hombres y mujeres que les siguen ciegamente en el trabajo ilusionante de trabajar por nuestro patrimonio musical, el hecho de desempolvarlo, si no, desenterrarlo como es el caso, y elevarlo a la categoría de repertorio con la normalidad de quienes son movidos sólo por el desinterés y el deseo de agradar a los demás, con dos instrumentos que valen su peso en oro: La Orquesta Titular del Teatro Isabel La Católica, y la Asociación Músico Coral, Federico García Lorca, dos formaciones de cuya solvencia musical nadie duda, y que de residir en otra ciudad, estamos seguros que ya habrían alcanzado los máximos reconocimientos. Pero los granadinos... ya se sabe que para reconocer a los nuestros, nos tienen que dar con un ladrillo en el codo, como para pagar la “conviá”. Que como no pongan tapa en ese bar, es que ni lo pisamos.
domingo, 10 de mayo de 2015
EL HERALDO DE GRANADA
EL HERALDO DE GRANADA
Tito Ortiz.-
Destapose el jubón el ilustrado y, al tiempo asomaron colganderas sus vergüenzas, de hasta tal punto sorprendentes para su edad, que la gentil doncella, quedose prendada de tales atributos y mostrose apetecida de ser saciada. Moza recia de campesina estirpe, jamás hubiere sospechado, que aquel sesentón escribano, al servicio del conde duque, calzara de forma tan menesterosa, bajo aquella apariencia de encorvadura natural de su espalda, nariz acabalgada suficiente para sostener media docena de binóculos, andares espaciosos, pero aún tiempo, galante y cariñoso, chispeante en la ocurrencia, y modélico en la galanura. Bajo los párpados plegados de su rostro, el juvenil verde de sus ojos, contrastaba con el semblante obediente de su cara, fiel a los años reflejados en el acta bautismal de su colegiata. Soldado del imperio en ultramar, sus escarceos amorosos con damas bien casadas, le habían cosechado no pocas escaramuzas, de las que saldó con fortuna, gracias a su habilidad con la espada, tan sólo superada por su pluma. Condición de bachiller tenía el anciano, y esto propició que la nobleza protegiera sus hazañas de juventud, tanto en lejanos terrenos conquistados, como en cercanas alcobas nobiliarias.
Dada su formación, experiencia, y sobre todo, su discreción a prueba de sangre comprobada, gozó el letrado militar del favor sin condiciones, de familias por la corte bien tratadas. Vivió sin estrechuras, gozando de privilegios y favores merecidos, dada su fidelidad sin límites, y lealtad a fuego comprobada. Discreto a más no poder en reuniones, sincero en el juicio demandado, nunca tomó iniciativa que no le correspondiera, ni presumió de saberes, tampoco de protecciones, ni de inquebrantables adhesiones. Sabedor de altos secretos a él confesados, jamás sus labios osaron mancillar la confianza de sus amos, más al contrario, con el pasar de los años, se fue solidificando la rectitud de su proceder jamás cambiado, ni aunque se hallara envuelto en juegos, chanzas, o altercados. Siempre su juicioso proceder exacto, mantuvo a salvo lo escuchado, sin dar oportunidad, por pueril que ésta fuera, de arriesgar el contenido de su mente, que acaso ser en otra cabeza almacenado, bien pudiera haber sido vomitado, en noches de posadas y tabernas, en presencia de casquivanas criaturas, de holgados escotes y muslos prensiles, de los que a determinadas horas de la negra madrugada, es del todo imposible zafarse, y menos aún, escurrirse por lo ebúrneo de sus nalgas.
Debilidad probada tuvo siempre el infanzón, al bruñido de unos glúteos sin sus bragas, a los pezones de unas ubres levantadas, y a los labios de una moza enamorada, pues no hay espigón que pueda detener, el oleaje embravecido de una hembra acalorada, cuando se planta ante su presa, arremangándose el refajo, desbridándose el corpiño y, soltando al viento su melena con resuello de tempestad en su garganta. A veces, los aguerridos turcos en batalla, no atemorizaron tanto al heraldo de Granada. Hombre de aplomo y prestancia, que ahora con rubor se espanta, de ese infortunado descuido que sus noblezas ensalza, a los ojos de una mujer de experiencia bien probada, en asuntos de entrepierna, entre su alcoba y la de su ama, ya que de por sí tiene asumido, que en ocasiones contadas, cuando el conde-duque reclama, cuán doncella enamorada, satisface al caballero de la casa, sin olvidar que en buena lid, éste también la agasaja, no sólo con lisonjas al oído recitadas, sino que a placer deja caer su lengua, por donde ella le señala, y de aquesta forma los dos, con deleite sobre la almohada, gozan de los placeres a pachas, sin que terminada la contienda bajo el dosel celebrada, haya lugar al enojo por desnivelada balanza. Ambos muy al contrario, chascarrillean con holganza, a cerca de su intercambio de fluidos en el tálamo celebrada, por el señor de la casa, y la mujer de confianza. La misma que ahora sonríe ante el heraldo, bien plantada, admitiendo sin convicción que no haría ascos al acreditado bachiller, si al punto le asegurara, que en justa correspondencia ella también gozara, ya que es de justicia, que la romana en horizontal se apalancara, e hiciese para que sea así, lo que fuere pertinente, el bachiller de la españas, aquel que en época de épicas y cantares, salió airoso en multitud de ocasiones de iguales trances, pues no debe tomarse a burla, su más que acreditada semblanza, que en cuestiones de amoríos, no le fue nunca a la zaga, ni al mismísimo Tenorio, y mucho menos, a su predecesor, El Burlador de Sevilla.
Se emboza el heraldo sobre su faz ajada, esboza sonrisa entre socarrona y resignada, se atusa el mostacho, toca el amplio sombrero por su ala, y con ademán de reverencia, al tiempo que excusa la insinuación de la dama, inicia la huida por la puerta a la antesala. Todo, con tal de no tener que argumentar ante dama tan lozana, que un músculo agarrotado, próstata maligna llamada, le hace temer lo peor, cuando de dar la talla se trata. Que no son los decenios amortizados, ni tan siquiera la vista cansada, que es un dolor omnipotente, que por las ingles té apresa, cuán torniquete hilarante, que al sonar de las deseosas trompetas, a base de escozor, dolor y picante, le hace al caballero levar la puerta de su pescante, renunciando sin querer a lo que siempre deseó antes. Ay, señor, con lo que yo he sido de galante.
viernes, 8 de mayo de 2015
UN MARCHENERO DE PRÓ
UN MARCHENERO DE PRO
Tito Ortiz.-
Nos estábamos tomando un vino costa en la barra del Bar Provincias, acompañado de unas alcaparras en vinagre, cuando le confesé mi admiración por Pepe Marchena. En ese momento, Enrique Morente, me puso la mano en el hombro, y dijo: coge el vaso y vamos a sentarnos, que eso requiere una conversación. A partir de ahí, el de la Cuesta de San Gregorio, comenzó a desgranar su sapiencia a cerca de la trayectoria humana y artística de, José Tejada Martín, conocido en sus comienzos como, “El Niño de Marchena”. Yo que casi lo había dicho con la boca chica, pensando que le podía molestar, pero todo lo contrario. Enrique, tenía toda la enciclopedia del cante en la cabeza, con el historial de cada uno de sus intérpretes, y de Marchena, lo sabía todo, lo cantaba todo, y se recreaba en anécdotas que pocos conocíamos. De Pepe Marchena me contó, que su aportación al flamenco había sido tan importante, que había puesto de acuerdo a insignes artistas, incluso aquellos que no conocían el flamenco. Porque, que Carmen Amaya dijera, que era una pena que no fuera gitano, eso era un piropo como para perder el sentido. Lo mismo que Concha Piquer, o Andrés Segovia elogiaron su arte. Pero conseguir que don Manuel de Falla dijera, que Pepe Marchena atesoraba en su voz, la pureza cristalina de un manantial serrano, o que Greta Garbo afirmara que el fuego de la raza española, crepitaba en la hoguera de su cante, era ya un reconocimiento de extraordinarias dimensiones, que fue jalonado por el mismísimo, Charles Chaplin, que sostuvo a cerca del marchenero, que lo envidiaba porque al oírlo, las mujeres se emocionaban, mientras que con él, solo se reían. Y todo éste rosario de historia del flamenco, fue salpimentado por Morente, con inicios, acabás o, medios cantes de Marchena, entre los que no faltaron fandangos, de los que algún tozudo todavía mantiene que se trata de un cante menor. Unas malagueñas de quejío hondo, o una colombiana que no hay “dortores”. Ese Morente Marchenero, cantándome al oído por la calle Oficios, camino de “El Faquilla”, queda sólo para mí, y las estrellas que iban alumbrando nuestros pasos en dirección al Realejo.
Morente, ha sido de los pocos cantaores – tal vez el único - con los que he podido hablar de flamenco y música, sin tener que cambiar de registro mental para hacerme entender. El pentagrama melódico de Enrique, abarcaba todas las corcheas y semicorcheas, fusas y semifusas, y sobre todo, todas las musas, que un genio necesita para atraer la atención tanto de una mente cerrada, como de otra cultivada. El diálogo sencillo y directo del sumo pontífice del flamenco, era de una clarividencia, que se hacía entender con la sutileza embriagadora de un Gustav Mahaler, en el Adagietto de su quinta sinfónía. Para que te gustara Morente, no necesitabas saber de flamenco, esa era la grandeza de la genialidad creadora morentiana. Tu vas al arte, por Morente, si además de eso, té quedas en el flamenco... ole tú.
Había muchos morentes, en Morente. La historia oficial dice que aprendió de, “El de La Matrona”, y “Aurelio Sellés”, pero no es menos cierto que a pesar de estar muertos, también aprendió de Chacón, de La Niña de Los Peines y hasta del mismísimo Juanito Valderrama, del que sin sonrojarse, se mostraba admirador y discípulo, al menos, así lo sostuvo ante mí. De Valderrama admiraba Enrique, su amplio conocimiento de todos los cantes, su garganta de privilegio para bordarlos, y su magisterio involuntario, repudiado por grupúsculos de talibanes flamencos, que nunca le perdonaron que sabiendo más que ellos, y ganándoles la partida en el pulso creativo, abarcara la actuación en el cine, y la interpretación de la copla, algo a lo que ellos no podían aspirar, ni viviendo cien vidas. Enrique Morente, valoraba la aportación de Valderrama al arte gitano andaluz, como una de las imprescindibles para comprender el verdadero significado de lo hondo. Al contar la historia del flamenco, sin menospreciar a nadie, Enrique mantenía que para que ésta estuviera completa, había que contar con Marchena y Valderrama, incluso con la Niña de La Puebla, a la que respetaba y admiraba con auténtica devoción. Abierto a todos los estilos flamencos y sobre todo, a todas las músicas, Morente era un creador, que se dejaba impregnar por todos aquello que pudiera enriquecer su creatividad, ya fuera un coro de voces búlgaras, El gran Sabicas, o los rokeros, Lagartija Nick. Un creador como él, sin límites en el arte, podía permitirse el lujo de abrir el abanico de su flamenco, hasta salpicar con su aire, otras artes con aroma en primera persona. El Chanel número cinco del flamenco, es lo que tiene.
Que un artista de cualquier rama, reconozca sus influencias, sus gustos, sus referentes y devociones, lejos de empequeñecerlo, lo hace más grande, a los ojos de quienes los admiran. A Enrique Morente, le escuché en repetidas ocasiones, los elogios más cariñosos y sapientes, que Camarón haya podido recibir de persona alguna. Del que podría considerarse su máximo competidor, Morente no dudó nunca en admirarlo y reconocerle su genialidad interpretativa, lo que deja entrever, la grandeza de alma y la categoría humana y artística del albaicinero, con respecto al de la Isla de san Fernando. Tuve la gran suerte de presentarlos a los dos en varias ocasiones, incluso en aquel mano a mano de la peña Frasquito Yerbagüena, que llovió y hubo de suspenderse, para celebrarlo una semana más tarde bajo techado, en los jardines Neptuno. Los que tuvimos la suerte de compartir camerinos con ellos, sabemos de su admiración mutua y de la cordialidad que reinaba en sus encuentros. Los gitanos que vinieron, hasta de Francia para ver a Camarón, se rompieron la camisa, cuando Morente abrió la noche por tangos. Es de esas noches, que no se te borran de la memoria ni a martillazos, fue un lujo estar allí, junto a ellos y ver como el público no los dejaba bajarse del escenario. Esa educación exquisita de Morente ejerciendo como anfitrión, y ese decir flamenco con mando en plaza, cautivó a unos y otros, porque al final, por muchas vueltas que le demos, la verdad no tiene más que un camino, y cuando un genio domina su arte, con el, domina a las masas. Enrique Morente, ha sido lo mejor que entre dos siglos, le ha pasado a Granada, y su quejio, eterno e inapagable.
domingo, 3 de mayo de 2015
BISCÚTER MON AMOUR
BISCÚTER MON AMOUR
Tito Ortiz.-
La chiquillería del bajo Albayzín éramos así. Todos una piña, más que amigos, hermanos, que nos alegrábamos de lo que ocurría en casa del vecino, como si fuera en la nuestra. Cuando el padre de Felipe Castro, apareció en el callejón del Señor, número trece, con la primera televisión del barrio, los gritos y vivas se escucharon hasta en la casa de La Lona durante varios días. Y más, cuando nos permitían entrar a sentarnos en el suelo a ver por las tardes, “Silla de Pista”, con Boliche y Chapinete, o el “Telepequediario”. Así que en el ángulo que forman las calles, Hospital del Corpus Christi y de Peregrinos, entre la muralla natural de la calle de Elvira, y la Cuesta de San Gregorio hasta llegar a la Cruz Verde, todos éramos uno. Sus familias eran mi familia y la mía las suyas. No llamábamos a la puerta para entrar, un día merendabas en una casa y al otro en la siguiente, al tercero tocaba en la tuya, y todo se hacía con una naturalidad de lo que era justo y normal en la época. Compartir un humilde hoyuelo de pan de hogaza con aceite, era motivo de alegría. Un día te lo daba tu madre, y al siguiente cualquier vecina. El barrio imprime carácter, y une a las criaturas con unos lazos más fuertes, que la sangre del mismo grupo, o un idéntico ADN. Todavía saludo a aquella niña rubia de ojos celestes, que ahora vive junto al mercado de san Agustín, como si acabáramos de jugar al escondite o de saltar a la comba. Por eso dábamos saltos de júbilo, el día que el padre de, José Carlos, al que llamábamos “El Gasolinas”, porque su progenitor se dedicaba a reparar los surtidores de las estaciones de servicio, cambió su viejo Biscúter, - aquel que los niños le ayudábamos a aparcar levantándolo en peso – por un modernísimo Gordini, aquello constituyó un auténtico revuelo en el barrio. Aquello nos colocaba a todos en el nivel social de los del barrio de la Magdalena, o como mínimo, del Realejo. La vida estaba cambiando y nosotros éramos testigos de excepción, con derecho a disfrutarlo y sobre todo, contarlo.
El Biscúter de “El Gasolinas no era ninguna tontería. En su momento significó dejar atrás la moto, Lambretta con sidecar, donde su madre, fallecida prematuramente, se sentaba con un pañuelo anudado al cuello para no despeinarse, y dar el paso cualitativo de acceder a las cuatro ruedas, sin puertas ni techo, pero cuatro rudas, aquello no fue considerado nunca una cuestión baladí sino, todo lo contrario. Pero esto de acceder ya a un coche de cuatro puertas, con su techo y su maletero, esto era ya entrar en la época moderna con futuro. Cuando fray Marcelino salió a la puerta de los Hospitalicos, revestido con roquete de encaje blanco y estola al cuello, escoltado por mí, de monaguillo, que sostenía en la mano diestra, el calderillo de bronce con el agua bendita y sujetaba con la otra el hisopo, el silencio se hizo alrededor del coche, que de azul azafata, brillante y reluciente, acababa de llegar del concesionario para ser bendecido. Cuando el agustino recoleto alzó la voz para leer una oración, y encomendar la suerte del nuevo vehículo a san Cristóbal, patrón de los conductores, el silencio se hizo en la muchedumbre que rodeaba el vehículo en la calle de Elvira, hasta llegar incluso a cortar el tráfico. Pronto curiosos venidos de otras calles, y vecinas asomadas a los balcones, dieron fe del acto, y cuando fray Marcelino rociaba de agua bendita el coche, impartiendo a la vez su bendición sobre el automóvil, las gentes, respetuosas, después de persignarse, dieron unos vivas al coche, otros al propietario, mientras éste lo ponía en marcha y daba unos acelerones para que la gente le aplaudiera, hacía sonar el claxon lateral junto al volante, y encendía y apagaba los intermitentes, convirtiendo el momento en una pequeña feria, que los niños vivimos con pasión, y alborozo tal, que yo salí escopetado a la sacristía, solté el hisopo, me quite mi sotana de monaguillo y el roquete, uniéndome a mis amigos que en número aproximado de un centenar, salimos detrás del coche del padre de “El Gasolinas”, dando gritos de alegría, hasta que éste se nos perdió por plaza Nueva, camino de La Alhambra, donde se hizo unas fotos, en la placeta de Los Aljibes, con el Albayzín como fondo. Antes había colocado ceremoniosamente junto al cristal trasero, un cojín de croché de vistosos colores regalado ex profeso por una vecina, y en el salpicadero unas fotos de su mujer e hijos, y una estampa de fray Leopoldo, en quién confiaba más, que en san Cristóbal.
Con el tiempo, el Gordini fue cogiendo fama de coche de las viudas, porque al tener tracción trasera, y pesar muy poco por delante, al adquirir velocidad levantaba el morro como las lanchas motoras, lo que le hacía perder estabilidad y estrellarse con una facilidad extraordinaria, con el resultado casi siempre de la muerte del conductor como mínimo. Como a grandes males, grandes remedios, muchos utilizaron el maletero delantero del Gordini, para cargarlo con sacos de arena y ladrillos, para que pesara más y no se levantara tanto, logrando así de manera rudimentaria, una mayor seguridad en la conducción. En fin, que empezaban las preocupaciones para los conductores, cuando hasta entonces, todo había sido disfrutar de la libertad, de aquel Biscúter, que se puso a la venta el año que yo nací, que se arrancaba con un cable, se aparcaba levantándolo en peso con una mano, y sus nueve caballos eran más que suficientes para disfrutar, a pesar de que su motor fuera el de una moto ínfima, sus frenos dudosos, su tracción sólo a la rueda derecha, y su forma y comodidad, la de una “zapatilla”, como fue conocido hasta que desapareció de nuestras carreteras. ¡Qué daría yo hoy por un Biscúter!. Pero sobre todo, porque viniera acompañado de aquellos tiempos de ilusión y alegría.
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