martes, 27 de diciembre de 2016

VIENEN A POR TÍ

VIENEN A POR TÍ Tito Ortiz.- Nadie sabe lo aburrido que es, estar muerto, hasta que no se muere. Eso de levantarte por la mañana y no saber que hacer, porque no tienes nada de lo que preocuparte... bueno levantarte por la mañana es un decir. Aquí no existe ni el día ni la noche. De hecho, es bien sabido en el mundo de los vivos, que los muertos, de aparecernos, lo solemos hacer más bien por la noche, y eso es producto de que aquí no existe el tiempo, ni las estaciones, vamos aquí no llegan ni las de Vivaldi. En un momento estás pensando en los pelos de pascua, y ¡zas!, se te ocurre aparecerte a los tuyos, aunque les des un susto de muerte, que no son pocos los que han muerto, tras haber tenido la experiencia de ver junto a su cama, a su difunto padre, sonriendo como si tal cosa. Claro son muertes comprensibles, pero a ver como las explica el forense en su informe, porque es muy difícil que un juez admita, que el ahora yacente, dormía como un bendito a las tres de la madrugada – las tres de la madrugada es cuando nosotros tenemos recreo – y en esto que sin saber por qué, se despertó viendo un resplandor blanquecino a los pies del edredón, y en levantando la mirada, vio como flotando en el aire a su difunto padre, cuyo cuerpo dejó embutido en un nicho a perpetuidad, hace diez años. El caso es que en principio aquella aparición le gustó por ver a su progenitor después de tanto tiempo, luego estuvo a punto de preguntarle, pero el fantasma de su padre se le adelantó, y con media sonrisa en la cara blanquecina, mirándole fijo a los ojos le espetó: No se te ocurra dejar de pagarle a Emucesa el canon anual de mi nicho, si no quieres que venga otra noche y te arrastre de los pelos. En ese instante, un dolor intenso que salía del corazón y se irradió por su brazo izquierdo, comenzó a dejarlo sin respiración, hasta el punto de que cuando ya se le nublaba la vista, en el último aliento de vida, vio como el fantasma de su progenitor, le alargaba el brazo para tirar de él, al tiempo que le decía: Perdóname hijo, pero es que aquí me sentía muy solo, ahora con tu compañía, esto será más llevadero. Y es que, ese es el peligro de estar muerto. Que en un momento determinado te aburres, y te da por hacer una excursión al mundo de los vivos y traerte a alguien para que te haga compañía. Sé que no es comprarte una mascota porque te sientes solo. Sé que ahí abajo, en el mundo de los vivos, cuando menos se arma la marimorena, por estos caprichitos que a veces nos dan a los muertos, pero eso es lo que tenemos los palmados. Que nos aburrimos, que no tenemos nada que hacer, que la eternidad se nos cae encima como una losa, y no sabemos en que emplear nuestro tiempo libre, que es todo. Manda castañas. Que no es que tengamos un ratito libre, que es que tenemos todo el tiempo del mundo, vamos que la eternidad es nuestra, y en ese plan, a ver quien es el guapo que aguanta solo. Que la muerte es muy mala, pero que una vez superado el trauma, lo que de verdad es malo es la soledad. Una soledad que comienza cuando los “emucesos” encorbatos y enlutados, te dejan dentro del nicho, en el interior del panteón familiar, o te sacan de la sala del adiós, para arrearte un fogonazo y dejarte mas frito que los pajarillos de, Los Altramuces. ¿Alguien puede decirme para qué me he muerto yo?. Ay... que me tenéis más frito que un chicharrón.

martes, 20 de diciembre de 2016

EL EMBOVEDADO

EL EMBOVEDADO Tito Ortiz.- Que hay vida después de la vida, es algo que ya nadie debe poner en duda: Aquí estoy yo, hace meses muerto, y sin embargo, atento a la actualidad como un curtido gacetillero. El no tener cuerpo, pero sí espíritu, o alma ó lo que ustedes quieran, me permite comunicarme con el mundo de los vivos, pero al mismo tiempo, el privilegio de entrar en conversación con cualquier muerto, pues donde me encuentro, no tengo más que desear entrar en contacto con el, y al instante, ya estamos de cháchara como si no hubiera un mañana. Bueno, para nosotros los maullados, la verdad es que no lo hay, pero es una forma de hablar. La otra tarde me encontré con mí admirado, Manuel López Vázquez, pintor de la calle del Carnero, junto a La Concha y El Manuel, y hablábamos de uno de sus referentes, el también paisano, José María López Mezquita, de su obra costumbrista y moderna, para su época. Recordamos aquella mañana de frío invierno, en el museo de Bellas Artes en Carlos V, cuando nos referíamos al genial pintor granadino, en compañía de Enrique Pareja, y Francisco González de La Oliva. Los cuatro analizamos con detenimiento, la aportación de López Mezquita, a la pintura nacional del momento, y en concreto, López Vázquez, me insistía en que echara un vistazo a un cuadro, pintado por José María, allá por 1904, que él había visto cuando estaba de aprendiz en el taller de Navas Parejo, y al que le había perdido la pista. Aquellas conversaciones nuestras, tenían lugar en el taller de restauración del museo alhambreño, mientras López Vázquez realizaba su trabajo, y Pareja, de La Oliva, y yo, lo admirábamos en su procedimiento y enjundia. Todavía no había ingresado, en la Real Academia de Bellas Artes Nuestra Señora de Las Angustias, tampoco Enrique Pareja había marchado a Sevilla, para dirigir el Bellas Artes hispalense. Ni de La Oliva, regentaba aún La Casa de Los Tiros. Yo era el crítico de arte de Patria, y Marino Antequera, el de Ideal. Franco estaba con una pierna aquí y otra allá – lo digo por la flebitis – y su yerno, el Marqués de Villaverde, intentaba lo imposible por obtener credibilidad como médico, asunto éste del que llegó desposeído a la tumba, con no pocas responsabilidades médicas a su espalda. Pero volvamos al arte. El maestro López Vázquez, me insistió una y otra vez en que tenía que conocer, “El Embovedado”. Un cuadro de pequeño formato de López Mézquita, en el que se apreciaba una imagen de Puerta Real, casi aérea, cuando todavía no habían llegado las vías del tranvía a rodear la fuente, y en ese lugar, aparecía un viejo quiosco de madera, que al inicio de la carrera de La Virgen, ofertaba agua de cebada a los viandantes. Al fondo, una de las torres de la Basílica coronada por Sierra Nevada, y una Acera del Darro, por la que circulan algunos coches de la época, - los del punto - con sus cocheros de mantas a los pies, tabaco de chasca entre los labios y su látigo en la mano. López Vázquez, me insistía para que no me equivocara cuando lo viera por primera vez: Acuérdate Tito, que éste cuadro lo firmó, José María López Mezquita, no abajo en una esquina, ni por detrás. La firma está bien visible, a media altura de la obra, en el margen izquierdo, aunque algo centrada. No siempre nuestro paisano firmó así sus obras. Esa es la clave. Dicho y hecho. Desde entonces me dediqué a buscar éste cuadro, aunque en vida no tuve éxito. Ha sido después de muerto, cuando he tenido que ir al museo de la Varonesa Thyssen en Málaga a verlo, y a descubrirlo rodeado de la mejor colección de pintura costumbrista de los siglos XIX y XX. Nuestro paisano reina allí, al abrigo de los mejores compañeros de su época. Honor y gloria a López Mezquita, y a Manuel López Vázquez, que me lo enseñó e inculcó. Gracias maestro.

martes, 13 de diciembre de 2016

EMPEDRAILLO ALABAYCINERO

EMPEDRAILLO ALBAYCINERO Tito Ortiz.- Aquella perola hirviendo desde la mañana, en la vieja cocina de carbón, iba desprendiendo su aroma, através de la apertura que dejaba al haber colocado la tapadera, ligeramente ladeada, tal y como se ajustaba el sombrero andaluz, Juanito Valderrama. Aquellas judías riñoneras de la vega de Granada, junto a una hermosa cabeza de ajos, un puñado generoso de arroz, un pimiento cornicabra, y un sabroso chorizo de guisar, sometidos al fuego lento, con su carterilla de colorante, “El Aeroplano” y una hebra de Azafrán, expelían desde el fogón escaleras abajo de la casa de vecinos, el perfume de todo un manjar que iba a ser degustado, por los Ortiz López, en el viejo caserón de vecinos. Cuando llegabas del colegio a medio día, y aquel olor inundaba el zaguán, hasta los vecinos más despistados, anunciaban el plato que te esperaba: ¡ Anda Juanito, que hoy tenéis Empedraillo Albaycinero! Como te vas a poner. Y tenían razón. De todas las comidas, ese era uno de mis platos preferidos. Tal y como ha llegado hasta nosotros, se trata de un potaje clásico del siglo XX, cocinado en los fogones albaycineros de un barrio humilde, cuyas casas de vecinos estaban pobladas por la clase obrera, contrastando junto a los cármenes de grandes fortunas y blasonados apellidos. Aunque su origen es muy anterior, pues se sabe que los romanos granadinos ya consumían arroz, aunque lo importaban de China. En honor a la verdad, fueron los árabes, quienes introdujeron su cultivo en la península, y lo cocinaron, junto a otras legumbres. Ya en la Granada conquistada por los Reyes Católicos, y tras el descubrimiento de América por el almirante, Cristóbal Colón, se sabe que en las bodegas de sus barcos de regreso a España, vienen las alubias, que serán cultivadas en la Vega de Granada en su variedad de riñonada blanca, que forma parte de éste plato. El Empedraillo Albaycinero, recibe su nombre del aspecto una vez emplatado, muy parecido al empedrado de las calles del popular barrio, en cuyos hogares vivieron los obreros y arquitectos que levantaron la Alhambra. Es cierto que se trata de un plato humilde de la riquísima gastronomía granadina de los últimos cinco siglos, y no lo es menos, que una vez servido, con dos toques simples de imaginación, se puede convertir en un manjar de dioses, habiéndose llegado incluso, a servir frío, como contundente entrante granatensis, que abre el apetito para ingerir otras viandas. Arroz, Alubias, un tomate, un pimiento verde, una cabeza de ajos, una patata para trabar el caldo, colorante, aceite, unas hebras de azafrán, una cuarta de chorizo dulce y un huevo duro, son ingredientes suficientes, para preparar éste guiso competidor, con cualquier otro hervido de la piel de toro. Si se sirve al comensal con el boato suficiente, siguiendo el ritual de la tradición, el éxito está asegurado, y el placer en las papilas gustativas, también. Yo ya estoy salivando, al recordar éste ceremonial: Se emplata solo el arroz y las judías. Al chorizo que ha cocido en la cazuela, se le quita la piel y se pica a daditos muy pequeños, que se ponen sobre el guiso en la parte central, a modo del corazón de una flor, cuyos pétalos se formarán en derredor con finas láminas del huevo duro, formando el tallo de la flor con un chorreoncito de aceite virgen extra. Después de saborear éste guiso, no echará de menos ni el caviar, ni la langosta... se lo aseguro. Hay quiénes hemos tenido que volver del mundo de los muertos, temporalmente, solo para ponernos cerca de uno de éstos platos, y disfrutar hasta el éxtasis de ésta maravilla gastronómica granatensis, que como en tantas otras ocasiones, demuestra que no se necesita ser un guiso caro, para ser bueno.

martes, 6 de diciembre de 2016

LUCES DE NAVIDAD

LUCES DE NAVIDAD Tito Ortiz Los que piensan que porque esté muerto, no me doy cuenta de las cosas, es que no me conocen. Que uno de los primeros que dio la voz de alarma, aquí en el otro mundo, fui yo. Era imposible no advertir a finales de Septiembre, que las luces de Navidad, ya estaban puestas. Éste año los instaladores han madrugado más que nunca, posiblemente, para que nos demos cuenta de lo globalizado que hoy día está todo. Una de las ventajas de ser un espíritu, que en su día dio vida a una pulcra osamenta, es la de viajar por el éter y poder desplazarme donde me plazca. Así que ni corto ni perezoso, me he dedicado en los dos últimos meses a visitar algunas provincias andaluzas a las que he añadido, Madrid y Barcelona, por aquello de tener una referencia clara sobre el asunto. Y en efecto, éste año las luces de Navidad se han puesto antes, como si una sola empresa hubiera accedido al concurso luminoso de todo el país, y por falta de personal e infraestructuras, se hubieran echado a atravesar las calles de fachada a fachada, para poder llegar a tiempo del encendido en todos los pueblos. Si se dan cuenta, observarán que todos los dibujos y figuras habituales de las bombillitas de colores, son los mismos, y ya para remate de la uniformidad lumínica del suelo patrio, en todo lugar, villa, concejo, o territorio conquistado a los belenistas, la autoridad competente ha hecho instalar un cono enorme, a modo de árbol navideño, que aunque compite en metros de altura de una provincia a otra, iguala plazas y explanadas, como si en el subsuelo habitara el mago Merlin, y éste artefacto coronara su testa de blanca pelambrera. Menos mal que en la capital del reino de Granada, hombres y mujeres capitaneados por Antonio Pipó y mi admirado maestro, Pepe Liébana se han decidido a dar un paso adelante, y hacen de ésta Navidad algo especial y sin precedentes. Que en cada comercio elegido, se vea con luz propia una escena belenista, un portalico, un misterio, una escena navideña de nuestra más pura tradición, que al igual que con, El Santo y La Limosna, recorre nuestros comercios, convirtiendo sus escaparates, en una puerta abierta a la tradición y el buen gusto. Los hombres y mujeres belenistas de Granada, han querido éste año, importar ésta costumbre del Diorama, arraigada en otros lares, para dotar a nuestra capital, de un atractivo más, en colaboración con menesterosos comerciantes que con ilusión viven ésta primera experiencia. Junto a los belenes históricos, artesanales, populares o infantiles, éste año la familia crece con éstas escenas de belenes Diorama, que por sí solas, constituyen toda una ruta, para el disfrute de grandes y pequeños. Estos pesebres al paso del viandante, se transforman en parada obligatoria, para aquellos que gustan de la tradición de nuestro nacimiento, del portalico albayzinero, de las figuras de barro de nuestro sin par, Mariscal, y de su alumno aventajado, Manuel Collado, que tanto arte hecho barro ha dejado en Granada. Yo, porque estoy muerto, si no, me los veía todos, pero es que ya no doy más de sí. A éste paso no me como los mantecados. Pero me anima mucho, Alfonso Alcalá, que ha llegado aquí antes de tiempo. Él, como hombre de teatro, sabe tanto de tramoyas y atrezos, que viendo lo que son capaces de hacer estos artistas vocacionales, en el receptáculo que les permite una caja a modo de fondo teatral, es el que me anima para que bajemos al entorno de Emperatriz Eugenia, y disfrutemos como niños. Lo mismo le hago caso.

martes, 29 de noviembre de 2016

MARTÍN MORALES VIVE

MARTÍN MORALES, VIVE. Tito Ortiz.- Con la muerte de mí padre el dos de octubre de mil novecientos noventa y cinco, no sólo se me fue el gran soporte de mi vida, sino el conversador infatigable con el sentido del humor más grande del mundo. Mi padre le ponía siempre la sonrisa, - y a veces hasta la carcajada- a los temas más dramáticos. Desde niño fui un apasionado de las conversaciones de mí padre con sus amigos y conocidos. Mi progenitor, hablaba de cirugía taurina con su buen amigo, don Juan Pulgar, y yo aprendía de medicina y toros. Siempre fui un niño tímido y callado, con lo cual, jamás interrumpí una charla paterna, ni en casa ni fuera, y siempre presté gran atención a lo que se decía. Tal vez por eso conservo una buena memoria de Granada y sus gentes, desde la década de los cincuenta hasta ahora. Con el doctor La Serna hablaban de la próstata, que finalmente le extirpó. Con Miguel Rodríguez-Acosta, en su Carmen del Albayzín, mi padre charlaba de pintura, mientras barnizaba la baranda exterior de madera con barniz de barco. De mantillas bordadas con, doña Isabel de Medinilla, de fútbol con el doctor Rancaño, y de Dios con el padre Arcoya, párroco de Las Angustias, y eso sí que tenía mérito, porque mi padre era un descreído, sobre todo recelaba del clero, y sus conversaciones siempre me parecieron de Don Camilo y don Pepón. Pero si disfruté de conversaciones de mí padre con sus amigos, las que se llevan la palma, son las que mantenía con Paco Martín Morales, cada vez que el humorista gráfico, aparecía por el taller greñúo de la calle, Cuartelillo, en el lateral del hospital militar. En aquel patio de vecinos donde mí padre se dedicaba a restaurar y barnizar muebles, se llevaban a cabo las tertulias más importantes del momento, al olor de la goma laca y el Celtas sin emboquillar. Mí padre juraba en arameo, cada vez que Martín Morales bajaba de la Alpujarra con un “foel” metido en un saco, pretendiendo que aquello, después de pasar por las manos de mi progenitor, terminara siendo un mueble de época en su mejor esplendor. Pongo por ejemplo, el día que en una talega, Paco traía unos palos rotos, y al cabo de un mes, recogió del taller, un mueble de lavabo de dormitorio, con su espejo, jarra y palangana, propio de un marquesado. Paco Martín Morales, no era el cliente desentendido de sus encargos, todo lo contrario, mientras mi padre emprendía el proceso de, resucitar las cuatro tablas viejas que el humorista le llevaba, cada tarde Paco se pasaba para seguir el proceso de restauración, y poder conversar con mi padre de lo divino y de lo humano. Aquello no era la típica relación, artesano, cliente, sino la de dos amigos en una competición, para ver cual soltaba el disparate más gordo y desternillante. El día que Paco apareció con un baúl desvencijado y apolillado, que había encontrado abandonado en un cobertizo de Caratáunas, y pretendía que mi padre lo convirtiera en algo que adornara el zaguán, terminaron cantando a dúo, Tatuaje, de Concha Piquer y con la firme promesa de mi progenitor de matarlo, si volvía por el taller con cuatro tablas viejas confiado en que un mes más tarde, se las llevaría convertidas en un mueble presentable, como ocurría siempre. Hoy, al ver la exposición que mi admirado Alejandro Víctor García, ha comisariado con algunas obras de Paco, resuenan en mi mente los chascarrillos, dejes, modismos, y costumbres, vertidas en aquel patio de la calle Cuartelillo, en el corazón del Realejo, cuando el gran Martín Morales, y Juanillo el barnizador, se enfangaban en los dichos de una época irrepetible, que yo tuve el honor y la suerte de ver y vivir en primera fila. La otra tarde me llevé a mí padre e ver la exposición de su amigo, Paco Martín Morales, se lo pasó también que me ha hecho prometerle que lo llevaré otro día, porque en una sola visita, se te pasan muchos detalles. Al salir a la Acera del Casino, mí padre tenía los ojos húmedos, pero con una amplia sonrisa. Siempre lo admiró y predijo que triunfaría. Mi padre era un sabio. Barnizador... pero sabio.

martes, 22 de noviembre de 2016

ESCOBILLA Y REMATE

ESCOBILLA Y REMATE Tito Ortiz.- Estoy muerto, y bien muerto, pero eso no es motivo para aburrirme. Al contrario. Ahora que tengo tiempo, y puedo avanzar en él hacia delante y hacia atrás, aprovecho para tener las conversaciones con los amigos y conocidos, que en vida, por aquello de las prisas, siempre posponía, con inusual indolencia, como corresponde a un granaíno, hasta los tuétanos. También hago uso del privilegio de todo muerto que convive con los que me han precedido en el solemne acto de entregar la cuchara. Por ejemplo: Ayer eché un rato de charla con Carmen Amaya, de esos que son todo un privilegio, y se te quedan pegados a las entretelas del alma. Escuchar a la genial bailaora catalana, como fue su paso por Granada, es todo un privilegio solo al alcance de un muerto como yo. Carmen Amaya, me contaba con ojos desorbitados, como fue su descubrimiento del Sacromonte y sus gentes, como se empapó de todo lo nuestro, aprovechando su visita a Granada al principio de los años treinta, formando parte de la compañía del genial, Manuel Vallejo. Y esa no fue la única ocasión en la que convivió con los gitanos granadinos, puesto que evidencias hay de temporadas en nuestras cuevas, al abrigo de La Alhambra. Igualmente, disfruto como nadie, cuando hablo con Vicente Escudero. Él vallisoletano que nació el mismo año que Federico García Lorca, me cuenta con alegría, que le supuso un gran impacto conocer el Sacromonte, y un privilegio, poder bailar con los vecinos y vecinas, de los que tanto aprendió éste genio que ya en 1929, supo lo que era triunfar en Francia. Que Carmen Amaya y Vicente Escudero, dos monstruos de la historia del baile flamenco, que recorrieron todo el mundo en varias ocasiones, advirtieran el valor intrínseco de la jondura granadina, personificado en el arte gitano andaluz de nuestro Sacromonte, no hace más que ratificar la aportación personalísima y única que el flamenco ha mantenido en Granada desde la noche de los tiempos. Una catalana y un vallisoletano, a los que no se les cayeron los anillos, al reconocer la verdad y originalidad de nuestra flamencura. Los dos son un claro exponente, de todos los que no siendo de aquí, han visto en nosotros, lo que a veces los nuestros nos niegan, o no están dispuestos a reconocer, babeando ante lo de fuera y ninguneando lo de dentro. Por eso es tan importante que Sevilla, la Sevilla de los conversos, como Miguel Acal, que habiendo nacido en una cueva de la Cuesta de Los Chinos, a la vera de la Torre de La Cautiva, se guardaba de confesar su procedencia. O la Sevilla acogedora, que amorosa hace suyos a Miguel Ángel Cortés, o Beatriz Martín, entre otros, haya reconocido con su Giraldillo, el galardón más preciado de su bienal de arte flamenco, inventada por el archidonense, José Luís Ortiz Nuevo, el baile como una Catedral, de Patricia Guerrero, y el Cante con Sabor a Fragua, de Marina Heredia, heredera de los ayes y quejíos más puros, nacidos de las gargantas ilustres de los Parrones, o Juanillo “El Gitano”. De nuevo, el Albayzín con el baile de Patricia, y el Sacromonte con el cante de Marina, han sido reconocidos por la gente de fuera, y por la cúpula de los entendidos, como los claros exponentes de una ciudad, que todavía tiene mucho que decir en el flamenco, que lo viene diciendo desde que éste arte se inventó, y que Juanito Varea, aunque nacido en Burriana, de Castellón de La Plana, enriqueció con su arte, al reconocer en ésta tierra, singularidades flamencas que no encontró nunca en otras que cultivan el mismo arte, llegando incluso a contraer matrimonio aquí, con una posterior celebración sacromontana, cuyos ecos perduran en Valparaíso. Patricia Guerrero y Marina Heredia, son ya dos princesas alhambreñas, que pernoctan en Los Reales Alcáceres. Honor y gloria a las dos damas.

martes, 15 de noviembre de 2016

LA SAGA DE LOS PORRETAS

LA SAGA DE LOS PORRETAS Tito Ortiz.- En éste país donde la política está judicializada, y la justicia es lenta y politizada, lo mejor que le puede pasar a uno, es estar muerto, así no sufro, pero eso no quiere decir que no me subleve contra la sinrazón y la sinvergonzonería. Aquí en el otro mundo, los muertos como yo, nos reímos mucho cuando comprobamos, que ese partido nuevo, limpio e impoluto, que da lecciones a todos de buen comportamiento y honradez, de vez en cuando, deja emerger algún personajillo que se les ha infiltrado en las listas, y que mete la mano en el cajón del pan. Unas veces son los que no declaran a Hacienda ingresos millonarios, otras los que especulan con viviendas de protección oficial, o los que como en Baleares, al más puro estilo Jaume Matas, siguiendo la estela de la corrupción peperiana, se hacen favores entre sí, dentro del partido que va a salvar a la Patria, llamado Podemos. Lo de Xelo Huertas, Montse Seijas y Daniel Bachiller, dice el policía de asuntos internos en Podemos, Pablo Echenique, que huele mal, y por eso los suspende y pone en cuarentena, cercanos a la rampa de expulsión. ¿Comprenderá alguna vez en su vida el Capitan Poldark, que la corrupción es una enfermedad histórica en éste país nuestro, y que afecta a todos?. Que no se trata de siglas, no, que va en nuestros genes, y que aquí, el que no manga es porque no puede, que éste es un país de trincones, pillos y maleantes, y si no se lo llevan es porque ya están conmigo en el otro mundo, y a nosotros los muertos, no se nos permite delinquir, para poder servir de ejemplo, pero una vez muerto, ya se sabe, la cebada... al rabo. Segismundo Porretas en el Casino del Buen Jubilado, la difícil relación con su nuera, Candelaria, y su amor por la Bella Chulita. Avelino, el hijo calzonazos, don Hermógenes, Saturnino Festón, Roque Cus-cus de La Ensenada, Tía Luzgarda y hasta, Piluchi, hermosas criaturas nacidas a las ondas inmortales de la mano del dios de la radio española, Eduardo Vázquez, bajo el paraguas inolvidable de, “La Saga de Los Porretas”, son los que ahora ocupan escaños en la carrera de San Jerónimo, y cansados de haber protagonizado una transición política y radiofónica envidiable, ahora se dan al tango por los portales, a los sones del trincón. No hay bandoneón que se resista a ponerle música a un sainete de Podemos, donde se albergan personajes de la genial saga radiofónica, junto a las peleas al estilo, Juanito Valderrama y Dolores Abril, de Íñigo y Pablo, y la intrascendencia silenciada por los andaluces, de las primarias protagonizadas por, Rodríguez, Gutiérrez y Lizárraga, ayunas de una ideología definida e identificable, y sobradas de rebufos asamblearios de la Puerta del Sol, con tintes atisistema, incapaces de mostrar un proyecto ilusionante a los ciudadanos en general, quemados por el bipartidismo y conformándose con decirle a los suyos lo que quieren oír, pero ese es su mal, que sólo son capaces de convencer a los de casa, a Los Porretas, cuando lo conveniente sería ampliar el círculo, y llegar a más descontentos con el pesoe. Fagocitar a Izquierda Unida, no les ha servido para nada. Bueno sí, para que Julio Anguita convulsione por las noches, pero eso no resuelve los graves problemas de éste país, ni procura una mayoría de izquierdas representada en escaños parlamentarios, como es la que arrojan las urnas. Una vez más, los intereses particulares y partidistas, nos hurtan a los ciudadanos un gobierno que refleje la verdad del escrutinio, y no el encanallamiento de nuestros personajillos políticos, ya sean bisoños o vetustos en el ejercicio del joder... a los demás, aunque ya estemos muertos.