lunes, 23 de febrero de 2026

 


PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE GRANADA 2026

 

Tito Ortiz.-

 

Cronista Oficial de Granada

 

Granada es como una rosa

Más bonita que ninguna

Que se duerme con el Sol

Y florece con la Luna

Enamorada del agua, flor de la brisa

Que vive sola por culpa de las espinas

Rosa de melancolía

Los ruiseñores le cantan

Y ella, como es flor de olvido

Con el silencio les paga

Granada vive en sí misma tan prisionera

Que solo tiene salida por las estrellas

Ay, amor, deja el balcón abierto del corazón

Ay, amor, que en la Vega te espero con una flor

Por un suspiro la Luna se lo llevó

Y en el destino de la sombra se quedó

Ay, amor, amor que se fue y no vino

Por el aire se perdió como los suspiros

De mi corazón

Granada, no tengas miedo

De que el mundo sea tan grande

De que el mar sea tan inmenso

Tú eres la novia del aire

La de la sombra de plata, la del almendro

La que parece de nieve y por dentro fuego

Tú eres rosa del rocío

Amor de los ruiseñores

Lamento del agua oculta

Que canta en los surtidores

Granada del alma mía, si tú quisieras

Contigo me casaría esta primavera

Ay, amor, deja el balcón abierto del corazón

Ay, amor, que en la Vega te espero con una flor

Por un suspiro la Luna se lo llevó

Y en el destino de la sombra se quedó

Ay, amor, amor que se fue y no vino

Por el aire se perdió como los suspiros

De mi corazón

 Excelentísimas e ilustrísimas autoridades civiles y militares…

He querido empezar este pregón con las palabras de mi amigo Carlos Cano, porque él hubiera sido un excelente pregonero, como me confesó aquella noche en la que excepcionalmente, La Virgen de La Alhambra regresaba a su templo por el Realejo, y en compañía de los hermanos Garzón, la seguíamos durante su ascensión alejados del tumulto. Al llegar a Los Alamillos, entramos en la taberna de “La Trini” para tomar un tentempié, y allí me anunció que estaba grabando en Sevilla la marcha, Pasan Los Campanilleros de López Farfán, porque una de las cosas que más le gustaban de Andalucía era su semana santa, y que estaría encantado de hacer algo así por Granada. Un encargo que nunca llegó.

Como sabéis, Carlos nació en la Cuesta Rodrigo del Campo, así que, sin abandonar el barrio comienzo el recorrido:

Campanas de barro repican desde el Realejo a La Catedral, con el bullicio y la alegría de niños y niñas que celebran la Resurrección, portando un Niño Jesús Triunfante. Son los facundillos, que un año más, celebran el misterio por el que Jesucristo resucitó y subió a los cielos. La Hermandad del Dulce Nombre de Jesús, que hunde sus raíces en los años veinte, tras años de inactividad recobra su protagonismo gracias a la vocalía de Juventud de la Soledad realejeña. En 1982, cuando se dispone de casa de Hermandad, ya se celebra el primer concurso infantil de dibujo para la semana santa, al que seguirían otras muchas actividades como el de belenes, o posteriormente, la creación y puesta en marcha del Pregón de La Juventud en la Semana santa de Granada, todo ello con la gran colaboración e iniciativa de Manuel Padial, “Manolón”, respaldado por Jacinto Morente.

Fue Paco González Arcas, hombre bueno y sabio de la semana santa de Granada, que durante su militancia cofrade en la Hermandad de “La Cañilla”, me explicó toda la historia que yo debía saber para entender la hermandad del Realejo, entre otras cosas, de donde venía la palabra de “Facundillos”. Me decía Francisco González Arcas, que todo venía de una canción popular granadina cuyas raíces se perdían en la antigüedad. Todo comienza con la fundación en 1925 de la hermandad de Jesús de la Humildad y Nuestra Señora de La Soledad, en el corazón del Realejo, y continúa cuatro años más tarde con la puesta en marcha de otra, adscrita a esta, que debería convertirse en una escuela de cofrades a muy temprana edad. Se erige así, la Hermandad del Dulce Nombre de Jesús.

Por primera vez, hay una hermandad que, de manera visionaria, ve el futuro cofrade en los niños, a los que, hasta ahora, se les tenía prohibido participar en los desfiles penitenciales hasta la mayoría de edad, aunque algunas cofradías lo permitían si ya habías hecho la primera comunión. Estos niños solían portar entonces un farol con luz de cera, de ahí –como me explicó Paco González Arcas – la gente les comenzara a llamar “Facundillos”, porque la canción popular decía: ¿Quién por la calle va?  A modo de pregunta de los serenos de antaño ante la inseguridad de la noche. Y la respuesta era: ¡Facundo con un farol! Así que, de esta forma, quedaron bautizados los jovencísimos cofrades, como “Facundillos”. Tiempos después, los faroles serían cambiados por campanitas de barro, tras la recuperación de esta tradición que permaneció oculta durante decenios.

Lo que comenzó siendo una procesión de la chiquillería con sencillas andas por el barrio, años después tomó forma, al ser recibidos en la Catedral por el arzobispo Antonio Cañizares, tras inundar las calles de Granada con su inocencia y gozo, celebrando la Resurrección, no siendo ajenos a estos hechos de auténtica escuela cofrade, todos los componentes de la familia, León Guerra.

Parte de esa savia que impulsa “la cañilla y los facundillos”, reside en la calle del Pan, desde finales de los cincuenta, en el bar restaurante que rigen los hermanos León Guerra, herederos dignos de su padre, que cantaba las tapas como nadie, y cuyos hijos son el orgullo de la semana santa granadina, con iniciativas tan extraordinarias como la edición de un cartel todos los años, que pregona nuestra semana santa al más alto nivel artístico, cartel que fue presentado por mi hermano, Ángel Luís Sabador Medina, hasta su fallecimiento, y que en la noche que precede a la Pasión, cuenta con la presencia de la banda de “El Despojado”, que derrocha su buen hacer musical en plena calle, como anuncio de lo que nos espera en los próximos siete días. “El León” es, además, la tertulia permanente durante todo el año de nuestra semana santa, habiéndose convertido en el lugar de cita obligado, no solo para los cofrades de la tierra, sino, para todos aquellos que, llamados por su fama, acuden procedentes de otras provincias, de las que se reciben los carteles anunciadores de la Pasión. Algún día, la Granada cofrade tendrá que rendir el homenaje que se merecen los hermanos, León Guerra.

En la calle Navas, Fernando y un grupo de cofrades, daban vueltas a la cabeza para acabar con la ausencia de un resucitado en la semana santa de Granada. Esta imagen faltaba de nuestros desfiles hacía decenas de años, desde que procesionara un resucitado de la iglesia de Santa Ana. Así que, contando con el entusiasmo de los parroquianos de San Miguel Arcángel, se pusieron mano a la obra y en 1985, El Señor de la Resurrección y Santa María del Triunfo, hicieron florecer los ánimos cofrades en la calle Primavera y sus alrededores. Fernando Olmos y Antonio Cappa, daban también forma a un proyecto de hermandad para culminar los desfiles de la semana santa granadina, con la advocación de la Resurrección de nuestro Señor. Un proyecto que también contó con la colaboración de otros entusiastas, de entre los que recuerdo a mi compañero de benemérito instituto, Jesús, al que todos llamamos por su profesión, “El Joyero”, que llegó a diseñar según me confesó, la original cruz que forma el escudo de la Venerable Hermandad de Nuestro Señor de La Resurrección y Santa María del Triunfo, que vino a dar alegría al barrio del Zaidín, desde la Parroquia de San Miguel Arcángel. Fernando, su fundador y primer hermano mayor, ya venía con la lección cofrade aprendida, desde su militancia en las filas de la hermandad que abre la semana santa, por lo tanto, se trataba de alumbrar un nuevo proyecto, con el que poner broche a la semana mayor. En la parcela musical, se contó con un hombre imprescindible, para contar la historia musical de la semana santa granadina: Mi admirado, y nunca bien reconocido en esta ciudad, José Ripoll, que, desde su banda de Aviación, o la extinta OJE, pasando por la desaparecida Banda Provincial, recaló en este proyecto con nuevas ilusiones. Pepe Ripoll – para los amigos – forma parte de la banda sonora musical de la semana granadina entre dos siglos, y yo sigo admirándolo como el primer día que lo conocí, cuando ambos vestíamos pantalón corto.

Resurrección y Triunfo, del arcángel San Miguel, el Zaidín se hace de blanco a los sones de Francisco Higüero, y el buen andar costalero, de éste otro lado del río, no es frontera ni pretexto, para gozar del joven señorío de haber llegado al final, con resabios muy antiguos, de semanas santas atrás, donde faltaba el tronío de un broche tan singular. Por Zúñiga Navarro concebida, Señora de Blanco palio, crisol de costalería, los espacios de tu malla son rayos de luz del día, que te acarician la cara al compás de la mecida, que Higüero para ti ha creado, en pentagrama de amor, que al cielo suena elevado.

Y como todo es posible en Granada, pasamos de no tener resucitados en nuestras calles, a tener dos, y con los facundillos tres. No hay un Domingo de Resurrección como el nuestro en ningún otro sitio. Granada es así. Somos irrepetibles e inconfundibles. Se nos ve venir de lejos.

Pero la idea de rematar la semana santa el domingo, ya venía rondando a veteranos cofrades, que veían como el Viernes Santo desaparecían los cortejos de nuestras calles, al salir Nuestra Señora de La Alhambra, el Jueves Santo. Y fue precisamente un cofrade alhambreño, quién quiso acabar con esa orfandad. Antonio Díaz Albea, funcionario del ayuntamiento, y hombre colaborador con otras hermandades, se puso manos a la obra, para que Granada tuviera su broche cofrade, en compañía de otros incondicionales, de los que recuerdo a mi entrañable amigo de tardes taurinas, Luís Rejón, o a mi hermano en la fe, Gerardo Sabador, que hicieron posible esta ilusión radicada en la parroquia de Regina Mundi. Antonio Díaz Albea – al que no sé por qué le quitábamos siempre el primer apellido – en compañía de otros, puso en pie un proyecto, hasta entonces inexistente en Granada, La Hermandad del Cristo Resucitado y Nuestra Señora de La Alegría, encargando a mi admirado, Antonio Barbero, las tallas de sus titulares.

De Iglesia de las afueras, donde termina Granada, donde comienza La Vega, es regina su morada. Resucitado valiente que sobre nubes avanza, de dos a uno fundido cuán misterio en alabanza. Madre que, tras su hijo, al saberlo resucitado busca con ansia, se agrupa en el mismo trono, el sino es de Granada. Palmas reales retumban por Pasiegas y Cárcel Baja, cuando el resucitado de Regina, ha puesto rumbo a su morada.

Y entre Los Facundillos, Resurrección y Resucitado, se culminó la semana santa de Granada, con el blanco como color predilecto, en mantillas y flor. Flores de nuestra semana de pasión que, del rojo o violeta pasaron al blanco de la alegría. Flores como las que ponía cada semana santa la popular Ana, que con su kiosco en la plaza de Bibarrambla, no solo surtía a las hermandades, sino que, ayudada por sus hijas y otros componentes de la familia, también las colocaba con primor y buen gusto en los pasos, sobre todo en su querida hermandad de “La Cañilla”.

 

En la semana santa de 1936, Federico García Lorca es invitado en Madrid por Unión Radio, a pregonar la semana santa de Granada. El poeta se muestra crítico con todo lo que puede ser hojarasca alrededor de nuestra tradición, como demuestra en este fragmento que escojo de su intervención:

 

       “El viajero sin problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra. A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.

A estar solo, con la soledad que se desea tener en Florencia; a comprender cómo el juego de agua no es allí juego como en Versalles, sino pasión de agua, agonía de agua.

Estos últimos años, con un afán exclusivamente comercial. hicieron procesiones que no iban con la seriedad, la poesía de la vieja Semana Santa de mi niñez. Entonces toda la ciudad era como un lento tiovivo que entraba y salía de las iglesias sorprendentes de belleza, con una fantasía gemela de las grutas de la muerte y las apoteosis del teatro. Había altares sembrados de trigo, altares con cascadas, otros con pobreza y ternura de tiro al blanco: uno, todo de cañas, como un celestial gallinero de fuegos artificiales, y otro, inmenso, con la cruel púrpura, el armiño y la suntuosidad de la poesía de Calderón.

En una casa de la calle de la Colcha, que es la calle donde venden los ataúdes y las coronas de la gente pobre, se reunían los "soldaos" romanos para ensayar. Los "soldaos" no eran cofradía, como los jacarandosos "armaos" de la maravillosa Macarena. Eran gente alquilada: mozos de cuerda, betuneros, enfermos recién salidos del hospital que van a ganarse un duro. Llevaban unas barbas rojas de Schopenhauer, de gatos inflamados, de catedráticos feroces. El capitán era el técnico de marcialidad y les enseñaba a marcar el ritmo, que era así: "porón..., ¡chas!", y daban un golpe en el suelo con las lanzas, de un efecto cómico delicioso. Como muestra del ingenio popular granadino, les diré que un año no daban los "soldaos" romanos pie con bola en el ensayo, y estuvieron más de quince días golpeando furiosamente con las lanzas sin ponerse de acuerdo. Entonces el capitán, desesperado, gritó: "Basta, basta; no golpeen más, que, si siguen así, vamos a tener que llevar las lanzas en palmatorias», dicho granadinísimo que han comentado ya varias generaciones.

Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la plaza Nueva.

El viajero poco avisado encontrará con la variación increíble de formas, de paisaje, de luz y de olor la sensación de que Granada es capital de un reino con arte y literatura propios, y hallará una curiosa mezcla de la Granada judía y la Granada morisca, aparentemente fundidas por el cristianismo, pero vivas e insobornables en su misma ignorancia.

Todo eso debe mirar el viajero que visite Granada, que se viste en este momento el largo traje de la primavera. Para las grandes caravanas de turistas alborotadores y amigos de cabarets y grandes hoteles, esos grupos frívolos que las gentes del Albaicín llaman "los tíos turistas", para ésos no está abierta el alma de la ciudad”.

 

Señora de La Justicia, del Vino y de Las Granadas, que atraviesas las tres puertas, desde la Alhambra a Granada, en visita misionera de pastoral por Garnata. La campana de la Vela, incesante te reclama, pues no puede vivir sin Ti, lucero de la mañana, que muestras en tu regazo en actitud desmadejada, al descendido Jesús, que Torcuato concibió en escena de La Piedad romana. El de Esfiliana, señora, en el tronco de una encina – dice Parro que talló- una piedad granadina, y en La Alhambra le hizo altar. La mezquita donde moras, cristiana la hiciste tú, poniendo el Patio de los Leones a tus plantas, y de la mano, al buen Jesús, que abría las jaulas Madre, para dar la libertad a las palomas al aire, junto al regio pilar, mientras bengalas bendecían tu aparición proverbial, hacia el Real de Los Coches, y por Gomérez entrar, en Plaza Nueva Señora, donde tus dominios ensanchar, que es Granada tu reinado y De Vicente, tu juglar, el que te concibió Señora y jamás te pudo dar la bienvenida a Granada, pero Tú lo hiciste llevar, a tu presencia, y lo premiaste con la venia, con la venia celestial, de estar contigo Señora, a solas en el altar. Cuándo Nuestra Señora de Las Angustias de La Alhambra Coronada, se recoge en su iglesia, ¿eso no es una madrugá?

Faldones negros a modo de crespón, para la Soledad del Campo, que siendo la de Santo Domingo, renace eterna a las tres de la tarde, cuando el cornetín anuncia la hora nona. En ese instante, cuando la campana de la Iglesia del Patrón de Granada suena a lamento incesante, la muchedumbre agolpada en el Campo del Príncipe se arrodilla, se rinden las armas, y se inclinan los estandartes. Jesús ha muerto en la Cruz, en ceremonia de siglos, que no ocurre en ninguna otra parte, sólo en este barrio otrora judío, que, como una herida abierta de parte a parte, reconoce en Él de La Cruz, al hijo de Dios hecho carne.

 

Tuve la suerte en alguna ocasión de, sostener el cojín cuajado de alfileres a don Antonio Pimentel, mientras vestía alguna imagen. En aquellos años setenta, eran muy pocos los que se atrevían con tan solemne menester, pero, el “Pimen” -como permitía que algunos le llamáramos- era todo un experto en asunto tan delicado, llevado a cabo en la intimidad y el silencio de una iglesia cerrada a cal y canto, mientras durara tan excelsa faena. Durante nuestras conversaciones… dame ahora uno alfiler de cabeza gorda… me iba comentando los secretos de un buen vestidor, de como aprovechar un retal bordado para hacer un buen pecherín… Dame ahora un alfiler sin cabeza que es para el plisado… De como aprovechar media mantilla para un rostrillo… esa horquilla blanca que hay ahí, que va casi en la frente y no se puede ver… Me enseñó la caída de un manto hasta el pavero y como sujetarlo para que aguantara las levantás porque decía: Si vistes una imagen para que vaya subida en un paso tienes que hacerlo con puntillas y alcayatas, cosa distinta es que lo hagas para ponerla al culto en su capilla o para un besamanos, entonces en esos casos, el asunto puede ser más liviano ¿Me entiendes? Sí Pimen.

Por eso quiero hoy rendir homenaje a todos los vestidores de imágenes y vestidoras, que, con su trabajo anónimo, hacen posible que nuestra semana santa haya alcanzado cotas de belleza jamás sospechadas en otros tiempos. Hombres y mujeres que, desde el anonimato, ofrecen su trabajo desinteresado para embellecer nuestros pasos y hacer más grande nuestra semana santa.

 

Mis ojos de niño, divisan a lo lejos, un uniforme azul para soldados, los ingenieros de ferrocarriles, cuya compañía de honores y escuadra de gastadores, escoltan al Cristo de la Buena Muerte, desde san Juan de Letrán, en filas de nazarenos con el verde y el granate, colores de nuestra tierra también en los cristales, de esos faroles de mano, que revisan uno a uno, los vagones de ese tren itinerante, que de Granada va al cielo en una chicotá constante, alisándole el camino a la señora del Amor y del Trabajo, que en sinfonía de lágrimas colgantes se va adentrando en Granada, desde la estación al pescante, en coche con mil caballos de oro fino y diamantes, que surcan el cielo azul dejando a su paso fugaz, tapada Granada... con su semblante, con el deseo perpetuo de una Buena Muerte.

El tallista, dorador, escultor y pintor, Antonio López Marín, restauró el viejo paso con apliques de alabastro, para el renacer cofrade de la hermandad. Y en él represento a todos los compañeros del gremio, que tanto y bueno han hecho por nuestras hermandades en semana santa, sin salir de Granada. Sin olvidarme de Antonio Méndez que cuando la hermandad llevaba tiempo sin salir, capitaneo un equipo de incondicionales para ponerla otra vez en las calles de Granada.

Virgen del Mayor Dolor, maestra y madre escolapia, que por méritos propios fuiste, a la Roma papal llamada, la aviación granadina con sus alas te proclama, señora de altos vuelos, los más altos... los del alma. Consuela a nuestro padre, Enrique Iniesta que en tu regazo declama, aquellos versos que un día en el Pregón te lanzara, como piropo andaluz, con divisa verde y blanca, como don Blás el notario, el que estudiara en mi Granada, que ambos sepan que su recuerdo y obra, es una fuente que incesantemente mana, como el costado divino de La Expiración, que un día Domingo Sánchez Mesa tallara. Virgen del Mayor Dolor, granadina y escolapia, quien fuera alumno perpetuo del magisterio de tu alma. Mis ojos de niño no olvidan, sobre y bajo el puente, las hogueras y bengalas.

Celebramos los primeros cien años de la Real Federación de Hermandades y Cofradías de Granada y, llegados a este punto, dejemos constancia aquí para siempre, de la riqueza de la imaginería que paseamos por las calles, sin complejos y con orgullo de mantener riquísimas obras de arte en nuestros desfiles procesionales. Tenemos el orgullo de conservar auténticas joyas de los Mora, Ruiz del Peral, Risueño, Espinosa Cuadros, Sánchez Mesa, López Azaustre, Jacobo Florentino, Barbero Gor, Hermanos González, Pablo de Rojas, Zúñiga Navarro, Diego de Siloé o Pedro de Mena, entre otros, que convierten a nuestras hermandes, en sagrados custodios de la belleza de nuestras tallas, valoradas y reconocidas a nivel internacional, por los más acreditados estudiosos de la imaginería religiosa. Nada es comparable a lo que tenemos.

Parroquia de san Cecilio, del patrón de Granada su morada, en tu capilla adosada hay dos altares en llamas. Fuego de fervor mariano que, a La Misericordia idolatra, fuego de todos los viernes, el que por Los favores se exclama. Crucificado paciente, que escucha uno a uno los favores que demanda, un pueblo que sabe mucho de fatigas y proclamas, pero que en los dos confía para aliviar sus pesares buscando la calma. Cornetas y tambores del Cuartel de Las Palmas, con “el polilla” delante y su redoble de caja, escuela del mejor tambor, la del Cuartel de Las Palmas. Cornetas que sin pistón beneméritos pulmones exhalan, con música celestial que a Prieto bien le agrada, que en la presidencia presume, de sus hombres de gran gala. Parroquia de San Cecilio, casa donde vive el Patrón de mi Granada.

En el calvario de rodillas, señora de santa Ana rezas, Tú Soledad de soledades, manos que en tu pecho sujetan, el dolor insoportable nacido de una saeta. Mora quiso dotarte de resignada dolencia, con un gesto virginal de aceptación por conciencia, pues Tú eres la Madre de Dios, y sabes la trascendencia que para el mundo tendrá, Él que ahora nos priva de su presencia. Él que delante de Ti, en urna de plata y nácar avanza, hacia un sepulcro de piedra en el que tendrán breve estancia, pues pronto será llamado a las más altas instancias. Mientras se suceden las notas, de la fúnebre tonada y a paso lento rachean costaleros de alpargatas, con el ego ya agotado, sin necesitar palios que se cimbrean, ni marchas que parten la pana, pues sólo con el corazón dolido y en silencio, se lleva, al titular oficial... de la Semana Santa en Granada.

Los santos varones portan en humildes angarillas, el cuerpo muerto de Dios, en compañía de María, de todas las marías. Con escolta de romanos, al redoble del tambor, las chías van proclamando que ha muerto el hijo de Dios. Trompeta cuyo lúgubre lamento a los niños asusta y al tiempo, los lleva a la inocente porfía de gritar... ¡Chía toca! Y al escuchar el redoble y las trompetas macabras, los niños se sobrecogen y los mayores amagan, esperando pase pronto el ratillo que separa, un toque de un redoble, y un Chía toca, por las calles de Granada, que el Compás de san Jerónimo en primavera avanzada, dejó salir para regresar pronto, a la Soledad de Granada, la que en oración espera, junto a la tumba laureada, de don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán de Granada, que la escolta y la custodia todo el año en su morada, y por Dios que se impacienta si la dama se retrasa, por eso La Soledad se pasea por Granada, sin prisa pero sin pausa, que Ella quiere ver pronto otra vez a su fiel don Gonzalo, de rodillas y a la entrada de San Jerónimo, dándole la bienvenida a su regreso de las calles de Granada, donde es bien sabido que el corazón... el corazón es el que manda.

En este primer centenario de nuestra Real Federación de Cofradías, justo es hacer aquí homenaje de admiración y respeto a, algunos hombres que trabajaron desinteresadamente por mantener la institución en pie, con su trabajo y esfuerzo. Uno de ellos fue el bueno de Antonio, secretario durante muchos años de la institución que, con su sueldo pírrico de dependiente de Calzados Garach en la Gran Vía, editaba de su pecunio todos los años un díptico muy humilde a una sola tinta, con las salidas e itinerarios de las procesiones de los años sesenta, que repartía gratuitamente en la zapatería, a todos los que nos acercábamos cada año, para saber de nuestra semana santa. De hombres como el, está hecha nuestra Federación y nuestra semana santa.

Una semana santa que comienza el Domingo de Ramos, a la hora de Ángelus, con la preceptiva misa de la procesión de las palmas, esas que nuestros niños y niñas a la usanza hebrea, portan en sus manos, como preludio de aquel que, a lomos de una borriquilla, entró en Jerusalén. Esas ramas amarillas de filigrana o no, reales o plebeyas, que, junto con alguna ramita de olivo, acompañan la entrada de Jesús, de Espinosa Cuadros, por la puerta de Elvira, Más Paz, es imposible. Joaquín Melgar, se encarga de su aderezo.

Con la Alhambra por testigo, a la vera del río que da oro, Jesús de La Sentencia, acata su destino con la imagen que Mora quiso darle, mientras, Pilatos se lava las manos, momento que el lector aprovecha para hacer público el dictamen de crucifixión. La doble baranda pétrea del puente Cabrera, que une el Albayzín con La Alhambra, es el lugar exacto donde hay que ponerse a recibir tanta Maravilla, y con sólo girar el cuerpo, despedirla dejándola entrar en Granada por la plaza de Santa Ana. Nadie lo sabe, pero bajo uno de esos capillos, un año más hace estación de penitencia, Miguel López Escribano, albacea perpetuo de este cortejo que nace y muere en san Pedro. Una luna de angora y difuminada, ha madrugado en el firmamento, para ser testigo de tu presencia Señora, por las calles de Granada. Sutil movimiento de palio, acompasado por las notas que sabiamente, Sánchez Ruzafa arrebata a un pentagrama de rosas, perladas por una escarcha de corcheas, fusas, blancas y negras, que elegidos costaleros interpretan, transcribiendo a un paso de contención y balanza, para que levites hermosa, por ésta Carrera, mitad calle, mitad agua. Convergen en ésta Carrera, por cuya grieta mana el agua, corazones que en volandas te llevan hacia Granada, para mostrarte orgullosos como la Maravilla que eres, aunque durante el año te escondas a los pies de nuestra Alhambra. Sus torres te dan sombra, arrullo el rumor de sus aguas, cobijo el de tus cofrades, que velan por Tí a la vera de la Alhambra. Señora que tienes de alfombra, la mejor de las Carreras, esta que sirve de puente entre san Pedro y Plaza Nueva, la única Carrera Señora que por Tí es, mitad calle y mitad agua.

Desde el levante musical, a mediados de los setenta, nos llegó la esperanza de la música de semana santa granadina, con uniforme militar ocupando plaza en la banda de Música de la Novena Región Militar dirigida por el capitán, Julio Marabotto Brocco, teniendo como compañeros a Lirio José Palomar y Francisco Higuero, entre otros. Hablo del maestro Miguel Sánchez Ruzafa, que en unos tiempos en los que nadie componía nuevas partituras para la semana santa de Granada, tomó el lápiz, el papel pautado y se puso manos a la obra. Otros y muy capacitados han venido después, a los que hay que agradecerles igualmente sus composiciones, pero quede mi felicitación a todos ellos, personificada en la persona de Miguel Sánchez Ruzafa, que, con sus marchas dedicadas a nuestra semana santa y nuestras hermandades, abrió un camino que cada vez es más ancho y exitoso.

La calle, Ancha de Santo Domingo se hace estrecha, cuando de regreso, Jesús, acompañado de los doce apóstoles y de su madre victoriosa, regresa a la catedral de Realejo. La Plaza de Santo Domingo, constituida en cabildo ciudadano, bajo la presidencia de Fray Luís de Granada, recibe al grupo escultórico más nutrido de la Semana Santa granadina. Desde la espadaña de la parroquia de Santa Escolástica, don José Gómez Sánchez-Reina, vigila el desarrollo de un regreso en olor de multitudes. Una última cena que se abre paso entre el gentío al requinto de la corneta, mientras el tambor marca solemne el paso con el izquierdo, en un andar costalero, que rezuma tradición granatensis, desde la primera hornada.

El sevillano Ramos Corona, creó para la semana santa de la ciudad de la Alhambra, una nueva advocación, presentándonos a Jesús Despojado de sus Vestiduras, hasta entonces ausente de los desfiles penitenciales granadinos, germinando un barrio hasta entonces, ayuno de hermandades y cofrades. Es el de san Antón y sus contornos, el mejor lugar para visionar con plenitud, a esta hermandad que ha ido cubriendo con los años su mesa de altar andante, hasta lograr un grupo escultórico de primer orden, que ha tenido el honor de pernoctar en la madrileña Colegiata de san Isidro, antigua catedral, y pasear las calles de la Villa y Corte, en la última visita que un Papa ha realizado a las Españas. De esta forma tan granadina, tuvo Madrid su Domingo de Ramos en pleno agosto. Y el aire preñado de buena música de cornetas y tambores, de galón de plata y casco con penacho emplumado, abre el paso de un cortejo, imprescindible ya, para la historia en la Semana Santa de Granada.

De los fieles servidores de la Federación, no puedo olvidarme de Jacinto Morente, que después de cubrir una etapa brillantísima en su hermandad de la Humildad y Soledad, dedicó años a ensamblar y engrasar el mecanismo federativo, para el bien de todas las hermandades y mayor esplendor de nuestra semana santa.

Cautivo de Blanco roto y manos atadas, de mirada al suelo y resignación humana que, desde la Iglesia de Nuestra Señora de La O, bordea la Seo de Granada, a la mecida que marcan pies albaycineros, que saben mucho de madrugadas sin fin por la cuesta de la Alhacaba. Cautivo del convento de La Encarnación, de la hermandad de Los Negritos, de clausuras y Maitines, que, al bamboleo de su túnica, va captando almas, precediendo a su madre de La Encarnación, que un día fuera soñada por unos cofrades que también eran devotos, del malagueño Fray Leopoldo, beato de la actual Garnata. Cautivo que cautiva corazones, que consuela a los presos de la Calle de La Cárcel, vigilado a la entrada y la salida, por el racionero de la catedral, el artista Alonso Cano.

Y ya que hablo de una hermandad conventual, quiero aquí hoy rendir homenaje de admiración y respeto a todas las monjas que, en sus respectivos conventos, acogen a un buen número de hermandades de nuestra semana santa, con el mismo entusiasmo y dedicación de los cofrades que las integran. Monjas de clausura o no, que, con sus rezos, cánticos, y tareas de conservación y limpieza, hacen que nuestro quehacer en las cofradías, sea mucho más llevadero y sin cuya colaboración, nuestro trabajo no sería el mismo.

El Cristo del Trabajo y Nuestra señora de La Luz, abren la temprana tarde del lunes santo granadino, desde el popular barrio del Zaidín, donde sus gentes acogieron a la hermandad nueva, con el entusiasmo de viejos cofrades venidos de barriadas antiguas. Como nuevos colonizadores de la tradición semanasantera, hombres y mujeres entregados a la causa de la militancia cofrade, han hecho de la joven hermandad, orgulloso estandarte con el que ponerse en el centro de la carrera oficial, a pesar de la extremada jornada. Este cortejo vibra mejor en la avenida de Dílar, o en las cercanías de la parroquia del Corpus Cristi. Y ahora con energías renovadas, pues sus hombres y mujeres se afanan en preparar su próxima coronación canónica, con el apoyo de un cofrade veterano y experto como Jesús Muros, historia viva de nuestra actual semana santa, cuyo ejemplar trabajo es motivo de admiración por todos.

La Virgen de Los Dolores, dolorosa de vestir granaina de manos juntas, nacida en los sesenta del siglo pasado, gracias a la virtud artística del escultor imaginero, Aurelio López Azaustre, enraizada en el tercio de requetés, Isabel La Católica, y en la capilla de los Gómez de Las Cortinas, ha hecho del color salmón, baluarte identificativo, que luce de manera especial, cuando es rozado por el sol del atardecer, en la Carrera del Darro, a los pies de la Alhambra, cuando sobre sus nobles costaleros, la virgen va buscando Granada. Don Antonio González Ortiz, con su boina calada, alinea los ciriales que al paso preceden, mientras que “churrete”, sostiene firme el estandarte mayor de la cruz de san Andrés, que el viento flamea, cuán galeón conquistador al llegar a plaza nueva. Don Valentín Ruiz Aznar, capellán de franciscanas, ha preparado espiritualmente a los componentes del cortejo, en la auténtica fe mariana.

Los Padres Trinitarios Descalzos del Convento de Nuestra Señora de Gracia, encargaron esta obra genial a los Mora, para la Cofradía Trinitaria de Redención de Cautivos de Granada, y desde entonces, siglos ya que el fervor de los granadinos siempre fue en su dirección. El noble barrio de La Magdalena es el mejor entorno para rezarle cuando sale a las calles de Granada, ya que, de su primitivo convento de la Plaza de La Trinidad, sólo nos queda la fuente que mana agua. La antigua cofradía del Prendimiento de Jesús, lo introdujo en la moderna semana santa de los felices años veinte, y hasta ahora, este Cristo golpeado y coronado de espinas, constituye uno de los atractivos más venerados de la semana santa granadina. Ellos también están de aniversario.

Eran noches de cuaresma interminables, en el patio de las Comendadoras de Santiago, antiguo y primigenio “Campanario”, donde la Granada cofrade, ante la ausencia de casas de hermandad, se reunía alrededor de una caja de quintos de cerveza, para ir preparando la semana santa. Don Antonio Maciá, hermano mayor del Huerto, pese a su avanzada edad, sintonizaba como nadie con, aquel movimiento costalero emergente, que tanto bien haría en beneficio de todas las hermandades. Y entre cigarrillo y botellín, Curro Andrés y Manolo Ocón, entre otros, en nombre de la cuadrilla de costaleros Nazarenos, llegaron al acuerdo de sacar el paso de María Santísima de La Amargura, con aquella “igualá” en la que destacaban por su altura y buen hacer en la primera trabajadera, Jesús Ortiz en una pata, y Miguel Ángel Soria Ubago en la otra. Dos compadres que hicieron del andar costalero principiante, un arte desinteresado y solidario, a las órdenes de Paco Carrasco, llevando como contraguías a, Alberto Rodríguez Roldán, y Alfredo Navarro Santiago. Y así, por primera vez, se echó La Amargura a las calles de Granada, a hombros de no profesionales, con su paso dorado en madera, repleto de luces eléctricas alrededor de los respiraderos, gracias a unas baterías de camión instaladas bajo la mesa, cuyo ácido dio buena cuenta del cuello y la espalda, entre otros, de José Antonio Sánchez, “El Pupus”, en la primera “levantá” ya que, al ponerlas a cargar, a alguien se le olvidó ponerles los tapones. Esas cosas pasan, que diría mi hermano Falo, que también iba debajo.

El paso del Señor del Huerto salía a la calle sobre un artilugio de ruedas, que permitía curvar para cambiar de calle, gracias a un timón metálico, en cuyo manejo se había convertido un gran experto, José Carranza, “El Wily”, dado que su hermandad de “La Cañilla”, también sabía de mecanismos análogos. Aunque le precedió en esa conducción y maestría, mi admirado e inolvidable, Antonio García Orihuela, pelotero y cofrade mayor del reino, de cuya conversación sabia, me ilustré durante decenios. Orihuela, para los amigos, fue un cofrade ejemplar del Huerto, dispuesto a colaborar en todo, y entusiasmado desde el primer día, con aquel movimiento de hermanos costaleros, que tanto bien han hecho por nuestra semana santa, desde la entrega desinteresada y el entusiasmo más desmedido.

Pero fue don Antonio Maciá, quién aupado por aquella juventud, dio los primeros pasos para la renovación total de la hermandad del Lunes Santo, que después seguiría cuando, su sobrino, José Luís Maciá, cogió la vara de hermano mayor, y tras él, los que le siguieron. La hermandad de la calle Santiago, que tiene su sede en el kilómetro cero del camino a Compostela, pasó en pocos años, de tener un discreto papel en la noche del Lunes Santo, a comandar un movimiento cofrade “realejeño”, que pronto irradió al resto de cercanas hermandades, convirtiendo al barrio “greñúo”, en epicentro de la Granada cofrade, que incluso ha tomado por su catedral, la iglesia de Santo Domingo.

Las manos de un churrianero de la vega tallaron con primor la escena del huerto de los olivos, cuando Jesús toma conciencia de su destino. Domingo Sánchez Mesa, gubia en mano, sacó lo mejor de sí para alumbrar un Cristo, un ángel y un apostolado, que pese a no ser los primeros presentados, ya se hicieron con el barrio de los trenzados. En los terrenos de la madre de Boabdil, se asienta el convento de los caballeros de la Orden de Santiago, kilómetro cero de un camino a Santiago, y allí, desde su patio, sale la Amargura a la calle, precedida del cante morentiano, que el último año de su vida, rindió tributo a la reina del Realejo a los pies de su atrio. Engarzada en la armonía de Font de Anta, la familia Morente al completo cantó tras las tapias de Santiago, una amargura divina, que al tiempo resultó despedida, pues la fatalidad quiso, o tal vez la voluntad divina, que aquel fuera el último adiós de un Morente en despedida, que involuntariamente surcó el negro cielo estrellado de la calle de Santiago, para unirse a un firmamento, que su llegada colmó de vida. Calle de Santiago granadina, donde la saeta rasga el cielo, como un velo, en despedida.

Y si hablamos de mantener en los años difíciles la Real Federación de Cofradías, no podemos olvidarnos de don José Gómez Sánchez Reina, que, desde su hermandad de La Santa Cena, que nunca soltó de la mano, apostó por el organismo como nadie, llegando incluso en tiempos de penurias, a tener que pregonar en más de una ocasión nuestra semana santa.

Callad gentes de fuera, ajenas a las costumbres, pues suena el campanil del convento del santo ángel custodio. Callad y apagad las luces, escuchad el rachear de alpargatas costaleras, oíd como lloran el clarinete, el oboe y el fagot, sentid como un pelícano hiere su pecho y alimenta a sus retoños, ved por el ojo entreabierto de éste mortecino crucificado nuestros despojos. Él que nos salvó de la peste, de las inundaciones y los terremotos, que nos sobrecoge el alma al no poder mantener la mirada de sus ojos. Cristo de san Agustín, de la noche oscura del alma, de pasión y penitencia por las calles de Granada, de Consolación y sagrado protector de Granada. Te acompaño por San Antón, por Capuchinas, Trinidad y Jáudenes y vuelvo tras de ti a tu convento a aguardar un nuevo año, cuando la noche te cobija, como un manto protector, salpicado de escarcha.

Mujeres henchidas de Caridad, vienen desde el Zaidín a Granada, para dar testimonio vivo de su poder y zancada. El trayecto se hace corto, liviana la carga, mientras Longinos inclemente cumple con las escrituras asestando certera Lanzada. Mecida al compás del tambor, que hombres y mujeres levantan a los cielos, con el incienso formando nubes, que juegan con los arcángeles, aromatizando el firmamento. Barbero Gor inspirado, talló un Cristo sobre el Calvario que, en su semblante, ya se muestra entregado y convencido de su altísima misión. Hombre que siendo del mismísimo Dios hijo, no tiene fácil aceptar que la salvación del mundo pasa por su martirio, más llegada la hora, y comprendido el macabro acertijo, acepta con serenidad su destino, entregando la suya por la nuestra. Hablo... de la vida como sino.

Virgen verde Esperanza de Las Tres Necesidades, señora de Plaza Nueva, de La Almanzora y la Cárcel, cuantos años aderezada por Dulce, venerada por Crespo, regentada tu hermandad por la banca y los agentes de cambio y bolsa, con las saetas de Arcadio Ortega, cantadas por La Parrona. Cuantas noches el reloj de la Audiencia que te cobijó, desparramó sus campanadas por el aire de Granada, convirtiendo la madrugada en cante jondo de fragua. Hoy que recobra titularidad el señor del Gran Poder y la seguiriya es palo apropiado, Juan Antonio Cuevas Pérez, El Piki, saldrá a tu paso y desde el más allá, de un quejío parará a tus costaleros, para que sin avanzar... sobre el terreno, aguanten el cante grande con dukelas encantadas, ese que el corazón desangra, porque en Granada Señora, el corazón... ¡el corazón es el que manda!

De siempre he mantenido que, la larga y ancha sombra de la Alhambra, mantiene ocultos otros monumentos granadinos que, por si solos, en cualquier otra ciudad harían de ella una gran urbe monumental y artística de primer orden. Por no hacer la lista muy larga, hablo por ejemplo de, La Cartuja, San Jerónimo, La Catedral, La Abadía del Sacromonte, o La Capilla Real. Admitiendo que somos conocidos en todo el mundo por lo que tenemos en la Colina Roja, que es un auténtico tesoro, no deberíamos perder de vista los restantes y, sobre todo, aquellos que más necesitan de nuestra ayuda para su conservación.

Hablo de un lugar idílico, las piedras sobre las que se asienta desde 1633, la Ermita del Santo Sepulcro sacromontana, a pocos metros ya de la última subida a La Abadía. Lugar de encanto y embrujo, se me antoja necesitado de una manita que, lo resucite de su estado de conservación y lo coloque en el lugar que le corresponde por su importancia histórica.

Su origen está en 1633, cuando los terciarios franciscanos erigieron un Vía Crucis entre la Cuesta del Chapiz y la ermita, que se construirá posteriormente en 1636. En 1644 se pidió permiso al arzobispo para formalizar el Vía Crucis y durante toda esta época se construyeron las cruces que jalonaban las estaciones. Fue la cofradía de la Orden Tercera de San Francisco que tenía su sede en el convento de San Francisco Casa Grande (Hoy sede del MADOC),  la pionera en desarrollarse como una corporación de vía sacra iniciando esta práctica devocional, según el cronista Francisco Henríquez de Jorquera, en 1633, con un recorrido que partía de las casas del Chapiz y que continuaba por “la calle de la Amargura” que les conducía hasta el cerro de Valparaiso, donde se encontraba la abadía del Sacromonte (fundada en 1610), que desde 1595 se había convertido en un importante centro de peregrinación, impulsado por el “descubrimiento” de los restos de San Cecilio, primer obispo de la ciudad, y de otros santos mártires. Un desatado fervor popular pobló el camino de cruces pétreas y de madera ofrendadas por particulares, instituciones y corporaciones gremiales o profesionales (ganapanes o palanquines de la plaza de Bibarrambla, hortelanos, mercaderes del hierro, a las que se fueron sumando oratorios y capillas que finalizaban en la ermita del Santo Sepulcro.

Henríquez de Jorquera nos da buena cuenta de este recorrido (c. 1640) y describe con precisión algunas de sus cruces más significativas:

 

“Tenga el primer lugar en cuanto cruces el Sacro Monte Ilipulitano y la Sacra Vía de los Terceros de la gran casa de nuestro seráfico San Francisco, que comienzan desde las principales casas del Chapiz y acaba en el monte Calvario y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, que están fundados al principio y subida de la cuesta del dicho Sacro Monte Ilipulitano, obra de grande admiración e igual costa hecha por la devoción y limosna de los hermanos terceros que frecuentaban esta vía sacra todos los viernes del año por la noche. Son muchas cruces de piedra repartidas a corta distancia donde se meditan los pasos de la pasión”.

El académico granadino, Juan Ruiz Jiménez, en un trabajo extraordinario y preciosista, detalla los entresijos de este vía crucis de una manera brillante y, la importancia de la ermita del Santo Sepulcro, sumergiéndonos en aquel siglo XVII.

Los hermanos cofrades y la gente que se sumaba al vía crucis comenzarían el recorrido previo desde su sede en el convento de San Francisco Casa Grande (lugar en el que guardarían los enseres que portaban en la procesión) para dirigirse a la iglesia de San Pedro y San Pablo, donde tras un acto de arrepentimiento y el rezo de la primeras oraciones continuaban el itinerario por las tres estaciones previas que realizaban antes de llegar a las casas del Chapiz, donde había, según Van der Hammen, “una imagen de Nuestra Señora”, y que, como he apuntado, era donde daba comienzo la vía dolorosa. El vía crucis constaba de catorce estaciones, en cada una de las cuales se obtenían treinta indulgencias plenarias y se sacaban dos ánimas del purgatorio si se cumplía con unos ciertos requisitos. Van der Hammen precisa los pasajes de meditación y oraciones que se realizaban en cada una de las estaciones, así como la distancia que separaba cada una de ellas.

Terminado el recorrido en la ermita del Santo Sepulcro, ya en el Sacromonte, subían hasta la colegiata, donde continuaban con distintos rezos durante la visita a los hornos en los que habían recibido martirio San Cecilio y sus compañeros y a la iglesia de la abadía. En esta última, tenía lugar una plática que estaba a cargo de uno de los canónigos de esta institución y las disciplinas de los cofrades, ajenas a la exposición pública característica de las procesiones de disciplinantes de otras cofradías penitenciales. Durante el regreso a la ciudad, “se viene diciendo la corona de Nuestra Señora para que, así como a la ida se hizo conmemoración de la sagrada pasión de Christo, señor nuestro, a la venida se haga de los gozos de su purísima madre”. A lo largo del camino se iban recitando otras oraciones marianas correspondientes a los siete misterios gozosos y se obtenían nuevas indulgencias. Llegados a las casas del Chapiz, postrados ante la imagen de la Virgen, decían una última oración con la que concluía el vía crucis. Finalmente, volvían a pasar por la iglesia de San Pedro: “donde con la bendición del cura o de otro sacerdote se van a sus casas, casi a la media noche y esto es todo el año, -los viernes y el miércoles de ceniza- aunque llueva”.

Este es el nacimiento de la tradición del Via Crucis en Granada que, a principios del siglo XX, tiene su máximo exponente en la Hermandad de la parroquia albayzinera del Salvador, en torno a catorce tapices pintados por Garrigues.

Hermandad decana de la semana santa de Granada, pionera de vía crucis al Cerro del Aceituno, que desde el Salvador a san Miguel, derrama fe por las veredas empedradas, con centurias de romanos sobre el arco de Fajalauza, despertando a la madrugada, empujando al amanecer, con Jesús de La Amargura en humildes andas, y tras Él, su eterna Madre de Las Lágrimas, más tarde nuestra señora de Los Reyes, pues justicia y agradecimiento hay que hacer, al hecho de finalizar prolongado exilio catedralicio, consiguiendo por fin la titularidad de la primera iglesia de Granada, la mezquita de Teibir, en callejuela estrecha frente a la Alhambra. Regreso al Albayzín, al barrio madre de Granada, donde vio por vez primera la luz, la semana santa oficial de Granada. Catorce estaciones penitenciales, catorce tapices pintados por Garrigues, catorce saetas ensangrentadas, para coronar una noche frente a La Alhambra.

El pie de la señora quisiera besar hoy y por siempre. ¿Para qué si no? lo dejaron asomar los hermanos González por debajo de la enagua. Pie que tímidamente sale por el dobladillo de la falda, pie que se insinúa, para que le sea rendida pleitesía a la señora de la cava, de la Garnata al-yahud, de la eterna Granada. Pie que al cristiano arrodilla, para besar sus dedos y orar postrado, en símbolo de total entrega por su fervor mariano, pues la Soledad dominica, es la soledad también del campo del Príncipe, es la Soledad de soledades. La de túnica granate, que sobre su regazo apenada contempla los estigmas de la pasión, siempre prologada por la Humildad de su hijo, con clámide y cañilla, que avanza en austero estilismo, a las órdenes del Sánchez Osuna, o José Carranza, eternos y perpetuos capataces del Realejo... y de Granada.

 

Cuando por fin floreció la primavera, se acallaron los tiros, y los hermanos dejaron de matarse, salió el Consuelo a la Calle para poner orden en las veredas. Del Sacromonte a Granada, en mayo del treinta y nueve, se ponen los cimientos de ésta legendaria hermandad, que, gracias a tres ilustres cofrades, perdura en el tiempo gozando de sus bodas de diamantes otrora celebradas. José Estévez, Agustín Pacceti y José Jiménez, tienen la visión perfecta para crear una hermandad, en el lugar más gitano de Granada. Teniendo La Abadía como sede, no se puede pedir mayor emblema, para realizar el mayor recorrido imaginado hasta la fecha, serpenteando entre las pitas, para jugar con las bengalas y las hogueras, para dejarse mecer por las mejores saetas, esas que brotan en la madrugada a las puertas de las cuevas, donde el quejío flamenco tiene su cuna, y el duende del baile sus recovecos junto a la luna. Y así, de esta manera suave, con la mecida justa y el corazón en balanza, nos acercamos madre, a la madrugá de Granada. Porque madrugada es la que nace en la verea de en medio, y muere con el amanecer reflejado en la fachada de una abadía incomparable, en un monte desde siglos consagrado. Cristo de cuatro clavos, tiznado por las hogueras, semblante del buen descanso por escuchar las saetas. Que la luz de las bengalas, en arco iris la noche convierta, pues el Sacromonte es pleno día, aunque de noche parezca. Sinfonía de las gargantas que a tu paso desencadenas, entre payos y gitanos rivalizando en buena lid la contienda, de cantes grandes de fragua entre vereda y vereda. Consuelo de cuatro clavos, único en tu ralea granaina, de la capilla de Aeropagita sales para reinar en la abadía, mientras Modesto Velasco te graba en su retina, devolviéndonos tu imagen entre mecida y mecida. Señora del Sacromonte, patrona eterna del cante, con tu poderío dominas también el toque y el baile, que unos churumbeles hacen en la puerta de sus cuevas, a tu paso, con garbo y flamenco desplante. Señora de canastos de mimbre, de repujados en cobre, de pleita de esparto, de esquiladores de crines al instante, recibid la ofrenda cantaora de esta Granada que, se hace gitana de noche y jesuita de tarde.

Y ya que hablamos de Modesto Velasco, policía del gabinete dactiloscópico, pero fotógrafo de la semana santa en Granada, mi homenaje a todos los que, con su cámara al hombro, se echan a la calle para tomar las instantáneas que perduran en el tiempo, y que, gracias a ellos, tenemos carteles memorables de nuestra historia en la calle, publicaciones ilustradas y, siempre con el desinterés por delante, pues son muchos más los gastos que la recompensas, pero ellos también son cofrades.

Es Granada la ciudad de los mil pregones, y entre ellos, el más nuevo, es el cartel de nuestra semana santa. Ese que no necesita de voces y ruido para hacerse oír. El que, desde un escaparate, una puerta o fachada, es capaz de hacer volver sobre sus pasos, al tranquilo paseante y enfrentarlo a la verdad de su mensaje. Ese sin duda es el cartel cofrade. Porque a la verdad del motivo, Granada añade al cartel sin proponérselo, tres virtudes teologales: La riqueza infinita de su imaginería, imposible de encontrar en otras partes. La sinuosidad y escarpado de sus calles, y el paisaje con más Patrimonio Mundial por metro cuadrado por donde discurren sus desfiles de penitencia. Esto si que no nos lo puede quitar nadie.

Medita Jesús sobre una roca sentado, en mitad de su martirio, con orgullo por mujeres transportado. Medita el Hijo de Dios, que durante años vivió la Granada de san Juan de Dios muy a su lado, y medita ahora su suerte, cuando desde san Justo Y Pastor, con vitola de estudiante, por la tuna es cantado cuando avanza su sextante por el barrio de san Jerónimo, avanzada ya la tarde. Cristo de los estudiantes, de colegios mayores, escuelas y facultades, tuyo es el poder y la nota, cuando en la Plaza de La Universidad, se examinan tus cofrades, de su militar en la fe, formando cortejo a tu sereno semblante, paseándote por Granada, con aroma de incienso, a ritmo de Gaudeamus ígitur.  Virgen de Los Remedios, remedia nuestros males, que tú intercesión ante Jesús mitigue nuestras fatigas. Alegrémonos pues, de haberos recuperado, y ayudadnos a aprobar, en las aulas, en la iglesia y en la calle.

Imperial de San Matías, parroquia de las eternas, con un barrio como el tuyo se conquistan nuevas tierras. Altar de calle con ángeles de chupete y gafas, con techo de palio de Ortuño, cofrade del alma, de una Virgen de Las Penas, que de rodillas es portada, por costaleros de historia, en las calles de Granada. Precede Él de La Paciencia, morador de biblioteca en la casa de Juan Ciudad, que tanto sabe de sacrificio por los demás. Cortejo al convento del Carmen, por documento hermanado, de hábito y capillo en oro viejo y morado, de una semana santa presidida por Montalvo. Barrio de san Matías, otrora poco horadado por cortejos vecinales, pero de paso obligado al común de los cofrades, como arteria que conecta varias granadas cuaresmales, que a ritmo de costalero va arracimando cofrades.

 

Salve, estrella de los mares, de los mares iris de eterna ventura, salve, Fénix de hermosura, madre del Divino Amor. De tus doce varales penden rosarios de amor, que, con su tintineo, van componiendo la partitura musical del mejor andar costalero. Costalero del Realejo, a la señora del Rosario entregado, como el marinero al timón de la nave que, surcando, va por las aguas, en busca de un horizonte preñado de amor, de espuma y azul empapado. Cristo de las Tres Caídas, del palo mayor tallado, en tu semblante cetrino está la escuela imaginera granadina de mayor calado. Melena al viento la tuya y de espinas coronado, te escolta el buen cirineo involuntariamente captado, para evitar que sucumbas antes de llegar al Calvario. Cristo de la Tres Caídas, en el Albayzín venerado, en Real clausura de reina, la mayor cristiana del pago, cae sobre mis hombros Señor, como si fueras El del Paño.

Y llegado este momento, tiempo es ya de agradecer a todos los medios de comunicación granadinos, el seguimiento y promoción de nuestra semana santa. Prensa escrita, radio, Tv, medios digitales, cuyos hombres y mujeres se desviven por dar noticias durante todo el año, de cuanto acontece en torno a nuestra semana santa. Cofrades y periodistas convertidos en propagadores de todo lo que acontece en derredor de las hermandades, en la mayoría de los casos, de manera altruista, con el solo pago de la recompensa desinteresada, por el solo hecho de sentir nuestra semana santa como algo propio y digno de publicar.

 

 

Amor y Entrega fundaron desde san Ildefonso a San Isidro, un Cristo de Cruz acuestas, con túnica de pajizo, que, al llegar a Concepción, franciscano sé rehízo. Cristo aristócrata de Las Heras, que Zúñiga reinventó para poder gozar así en el frontispicio, de una postal sin igual con el fondo de la Alhambra, junto al hospital del Maristán. Convento de La Concepción, donde como por hechizo, costaleros novatos se convertirán en padres de un oficio, que tiene por gallardía, portar a los titulares por amor y en simpatía, que sólo con ese pago, satisfechos se dan de por vida. Aurelio López Azaustre, hacedor de rostros virginales, echa el resto con La Concha, no hay parangón, es de cabales. Su rostro es de cante hondo, los plateros ya lo saben, por eso en su carmen albaicinero se gestó tal grandeza, con hechura maestrante, que el azul es el del cielo, y la plata su sextante, para no perder el rumbo cuando hasta la Catedral baje, buscando la madrugada, en esa noche de luna, que solo tiene Granada.

En el principio, fue El Amor y La Entrega, y María Santísima de La Concepción, y el verbo estaba en Dios. Y como crisálida divina de germen muy cofradiero, por los mismos hacederos, apareció El Nazareno y, una virgen carcelaria patrona de muros adentro, salió de la clausura a la calle, de La Merced, Señora, yo soy vuestro siervo. Cedro noble para Barbero, que gubia a gubia fue tallando al nazareno, gota de sangre del pómulo, que cae sobre la uña del dedo grueso. En los muros donde habitó Gonzalo Fernández de Córdoba, fiel servidor de la reina católica, se velan las armas antes de combatir al infiel, que aún mora en la ciudadela. Muros conjuntos donde aguardan al nazareno y su virgen, al sonar de madrugada la campana alhambreña, en Miércoles Santo de rezo, rechazando las tinieblas, esperando al nuevo día, en que san Juan de La Cruz, entre por la cancela, y como buen confesor, declare la noche abierta, pues oscura ya no está, desde que Élla, bajo palio la regenta.

 

Y llegamos así a la noche, la del jueves santo, que por lo visto no tiene madrugada en Granada. Los antiguos alumnos salesianos tienen mucho que ver en el nacimiento, de la más joven hermandad del Jueves Santo. Al amparo de María Auxiliadora, donde Torremocha ensancha los campos y, se adivina a lo lejos el río Dílar surcando páramos, en capillas adosadas al templo el Cristo de La Redención, in memoriam de aquel año, recuerda al menesteroso Sáez, y a tantos alumnos olvidados, que con orgullo vistieron el azul y negro del hábito. La Virgen de La Salud, en trono madera y plata basado, cruza la semana santa de norte a sur, de este a oeste, desde el moderno Zaidín, camino del Puente Blanco, para llegar la primera a la seo granatensis, regresando pronto al barrio, pues de nuevo, cuando del río está a éste otro lado, es cuando mejor se comprende el significado del sudario, que aún habiendo sido menguado, paño de pureza generoso se antoja al crucificado, más lejos de ser mácula esto, muy por el contrario, es signo de distinción, de diferencia y de garbo, pues quiso así el imaginero, que éste Cristo de mechón alado, no fuera así confundido, con ninguno que a su lado, pudiera también situar su cruz en el Monte del Calvario.

Llegado es el momento pues, de agradecer aquí a esa nueva hornada de pintores cofrades, su imprescindible colaboración para con nuestras hermandades y, por ende, con nuestra semana mayor. Son muchos los que han retomado la pintura para ofrecernos en la última década excelentes carteles que representan nuestras advocaciones y nuestra semana de pasión. Permítaseme ante la tentación de pasar lista y olvidarme de alguno, representarlos en algunos que nos precedieron en ese inmenso amor artístico, como José Ortuño en su cofradía de Las Penas, Hipólito Llanes en su Cristo de Los Favores y Nuestra Señora de Las Angustias y el maestro Manuel López Vázquez en María Santísima de La Concepción. Todos ellos y los actuales, pintores de gloria para nuestra semana santa.

Aurora de los toreros, sultana de los jazmines, del mirto, el arrayán, el tomillo y el romero, del galán de noche y la albahaca. Señora de Mariscales y Montenegros, que con sus vestidos de luces te han cosido el palio de blanco y oro para subir al cielo, baja a Granada como volando por las rampas que los soldados del Batallón Mixto, los ingenieros zapadores, rinden a tu paso, para más que andar, levites por san Gregorio hacia abajo. Y en llegando a Plaza Nueva, a la voz del buen Tamayo, tus costaleros te posen como en una nube en el asfalto, que aguarda desde hace rato, el buen Jesús del Perdón, tu Hijo muy amado, que atado a una columna, antes que tu ha paseado, desde San Miguel a la Chancillería, por los Grifos de san José serpenteando, hasta la Casa de Enrique Morente, donde una saeta se ha abierto paso, y en seco los costaleros, por seguiriyas andando, en la acabá de Molina, han puesto todo su encanto, para abordar desde dentro, la carcelera y el taranto, en noche de primavera, la del mismísimo, antaño, Martes Santo, cuando la Aurora preside ahora, la noche del Jueves Santo. Encabezando el cortejo, junto al diputado de Cruz Guía, va la banda que dirige el Sargento Patricio, corneta ilustre de España, que te tiene sorpresa asegurada, porque al pasar por tribuna estrenará por vez primera, el Silencio de Roy Etzel y el Himno de La Alegría, para que la gente empiece a llamarte... Aurora, guapa, guapa, y guapa.

Dubé de Luque trabaja en su taller sevillano, para dar imagen cierta de un Albayzín artesano, que con casticismo sale en primavera descalzo. Jesús de La Pasión, con el cobre entre sus manos, rescata templo en Granada, de San Cristóbal llamado, corona así el Albayzín, extramuros va rezando, recordando Vía Crucis por el aceituno andando. Su Estrella le va guiando por la Cuesta de La Alhacaba, al tambor va retornando, a ritmo de su banda que va Quino comandando, subido sobre una estrella a Plaza Larga llegando. En la calle Panaderos, el aguador va refrescando, a esa buena gente que, con los pies, bajo el faldón va rezando, retornando por Pagés, va naciendo la alborada, con los primeros rayos de luz, la noche ya no es callada, pues los pajarillos toman, el relevo a la decana banda, que en Estrella de amaneceres va bordando el pentagrama.

 

Las doce en punto están dando, es noche oscura del alma, las luces se apagan sordas, el silencio es el que manda. Chirría la puerta eclesial bajo la Alhambra cobijada, se escucha en el aire una voz... ¡Cristo de la Misericordia, Granada te espera! Y al ritmo de un tambor destemplado que encabeza el negro cortejo, Granada comienza a ser de negro luto tintada. Color cetrino en su rostro a imagen de aquel cadáver, que en la Casa albaicinera de Los Mascarones, de Mora tuvo delante, para poder darle vida a Éste Silencio gritante. Muerte que a gritos pregona desde el Silencio gestante, a un solo Dios verdadero que sobre taracea va reinante, entre cera de tinieblas, entre pistilos y estambres, mientras los artilleros lo mecen en silencio y para adelante, con marcialidad medida, armas a la funerala colgantes, en señal de pleitesía, con la testa descubierta, como un ¡Rindan armas! Constante. Silencio del saetero, que rasga el velo distante, de un templo de Salomón, que piedra a piedra se cae. Silencio desde san Pedro hasta que en san Nicolás atraque, ésta nave que por bandera, lleva a Jesús por estandarte. Granada rindióse a sus pies una vez más sin alharacas, rezando por lo bajini, como se hace el buen cante, el que Morente le dice, bajo el alminar de san José, cuando la noche se cierra, sin la “sonanta” en la calle. Dios sube hasta San Nicolás, mientras el día se abre paso, por los caminos del cante.

Mi reconocimiento y respeto con admiración y cariño a la iglesia instituida, a la que pertenecemos todos. Atrás quedaron los años del ostracismo, los sesenta y setenta del siglo pasado, en el que parte de esa iglesia daba la espalda a la semana santa, hasta el punto de que nos obligaban al incumplimiento de nuestros estatutos, que dicen que el sentido de salir a las calles, es hacer estación de penitencia a la santa iglesia catedral metropolitana, algo que nos fue vedado durante decenios, hasta que el hoy cardenal Antonio Cañizares, abrió las puertas del templo a la hermandades, con la llegada del tercer milenio. Recuerdo con cariño, aquel martillo de madera de la hermandad de Las penas, con el que se golpeaba la cerrada cancela catedralicia al paso de la hermandad, año tras año, suplicando nuestra entrada. Mucho han cambiado los tiempos y los cofrades reconocemos ahora el buen trato que recibimos de la autoridad eclesiástica, en perfecta sintonía con nuestras hermandades de gloria y penitencia. Somos miles y miles de hombres y mujeres los que, conformamos estas asociaciones de la iglesia, que hoy si nos sentimos respaldados y conducidos, como así debió ser siempre.

 

 

Aunque las nuevas hornadas de cofrades solo conocen al compadre por sus acostumbradas saetas, deben saber que ha sido persona imprescindible en la historia de nuestra semana santa, sobre todo en el mantenimiento y recuperación de diversas hermandades. Y lógicamente, fundador y primera semilla germinadora de la Granada rociera, o recuperador y secretario perpetuo de la Asociación de Amigos de La Capa, bajo mi presidencia.

 

 

Inaugurando la década de los ochenta del siglo pasado, José Ocaña Carmona, “El Sota”, a la sazón hermano mayor de la Hermandad del Rosario, con sede en la catedral del realejo, trajo como era tradición, a la Banda de Música de La Armada Española, para acompañar el cortejo del Miércoles Santo, pero el día anterior, bajo las órdenes de su director, Manuel Galduf Verdeguer, los marineros dieron un concierto memorable en el Auditorio Manuel de Falla –antes del incendio – a base de marchas de semana santa y militares, que todavía está en el recuerdo de muchos granadinos. Tuvimos la suerte de que Radio Popular de Granada, lo retransmitiera en directo para todas las Españas, gracias a un montaje técnico, del todavía no superado en su sapiencia, Pepe Campos de España, que, para tal menester, estrenó el primer micrófono de cañón que vino a esta tierra, con poderes sobrenaturales, sabiamente instalado en el palquillo de cámaras.

Por entonces, algunos teníamos algunas dificultades para entonar la Salve Marinera, que la Compañía de Honores y la Escuadra de Gastadores, entonaban solo a la salida de la imagen en la Plaza de Santo Domingo, y a su regreso. Pero “El Sota,” hizo imprimir miles de fotografías de La Virgen del Rosario, en cuyo reverso se podía leer con claridad la letra de la oración, que todos los marineros de la armada, rezan al atardecer, debidamente formados, en las cubiertas de nuestros barcos, por muy lejos que estén de la Patria. Aquel año, a las voces habituales de la marinería, nos unimos los cientos de cofrades, que estampa en mano, resolvimos con solvencia y a voz en grito, el rezo de la salve a nuestra señora. Yo jugaba con ventaja, porque en mi niñez, ya me la había enseñado mí tío, Antonio López Marín, que sirvió en El Minador Marte y en La Fragata Magallanes, durante sus dos años de mili. El mismo que ya en esa época, estaba con el proyecto del tallado y dorado del que sería el nuevo paso de Jesús de Las Tres Caídas. Esa imagen tan especial, que días antes habíamos bajado en solemne vía crucis, desde el albaicinero convento de Santa Isabel La Real, cuyo cortejo, por su sobriedad y seriedad,  al pasar por una antigua bodega a la altura de La Cruz Verde, dio el susto más grande del mundo a dos parroquianos, que con más de media en las agujas, salían de la taberna con destino a sus casas, pero al toparse por sorpresa con la cara del Cristo sobre ellos, exclamaron: ¡Compadre que es esto!, volviendo rápidamente sobre sus pasos a la barra del bar. Asunto este más que comprensible, si tenemos en cuenta que ya caía la noche sobre el barrio, las pocas farolas no se habían encendido, y la única luz eran las pocas velas que portábamos los componentes del lúgubre cortejo, que en unas parigüelas hacíamos que la melena natural del Cristo, de la que tanto sabe Barrales, se bamboleara de un lado a otro de su rostro.

Aquella tarde del Domingo de Ramos de 1976, la semana santa de Granada, mostraba una de sus peores caras desde su nacimiento. Cortejos menguados y deteriorados, junto a una escasez de flor en tronos abandonados por el paso del tiempo, hermandades que ya no salían a la calle como era el caso, entre otras, de Escolapios o Ferroviarios, o las que salían contra todo pronóstico, aunque tuvieran que hacerlo de un garaje en la Placeta de Cuchilleros, como ocurría con la de los gitanos, que peregrinaba sin cesar por iglesias, de entre las que destacó, San Matías. El propio Consejo de Hermandades de Sevilla, al comprobar la tragedia granatensis, abre una cuenta corriente en el Banco Hispano Americano, para que los cofrades hispalenses que lo deseen echen una mano para salvar nuestra semana santa, y eso hay que agradecerlo eternamente. Pues en ese panorama desolador, tras comprobar el paupérrimo regreso de la Hermandad de la Santa Cena, cuyo paso iba sobre ruedas, y La Victoria a hombros de profesionales, mandados por el padre de Jaime, el  futbolista portero del Zaidín, en la taberna de “El Sota”, coinciden y se lamentan de la trágica situación de la semana santa de Granada, un puñado de amigos, entre los que destacan, Curro Andrés, Ángel Rodríguez, Alberto Rodríguez y Pepe Montero, entre otros, llegando a la conclusión de que lo que Granada necesita es un auténtico revulsivo para volver a ponerla en el mapa de la semana santa. No era justo que, la ciudad que aporta el paisaje más bello a los recorridos procesionales de todo el mundo, la que conserva su tradición centenaria como la que más, la que posee auténticas joyas de la imaginería para procesionarlas, estuviera a punto de la catarsis. Y estos fueron los que se pusieron manos a la obra y en menos de un año, tenían aprobados estatutos de una nueva Hermandad que engrosaría las filas cofrades de Granada, después de decenios. Tuvieron el acierto de no recuperar ninguna de las que salían, porque eso hubiera ralentizado el proceso de recuperación. Fueron más allá, y contra todo pronóstico y contra la opinión de muchos, erigieron una nueva hermandad, desde la que dirigir con savia nueva no solo los destinos de una nueva cofradía, sino, la historia venidera de la semana santa de Granada.

La nueva incorporación a nuestras calles, bajo la advocación de Nuestro Padre Jesús del Amor y La Entrega – primero al que se le llamó “Manué” en esta plaza, y María Santísima de La Concepción- “La Concha” por la saeta que le escribió José María Parro, que terminaba diciendo:...Que una perla hubo en tu vientre, que fue nuestra salvación, fue la envidia de muchos, y el acicate de otros, que no dudaron en unirse al entusiasmo y rescatar la semana santa de Granada, del pozo oscuro donde había caído, por la desidia y la indolencia de algunos irresponsable, que no dando paso a la juventud en sus juntas de gobierno, se habían cerrado el futuro, prefiriendo que se perdieran las hermandades, antes que dejar la vara de mando.

Eran tiempos en los que, contra todo pronóstico, Antonio Medina, hermano mayor de “La Borriquilla”, lograba cada año el milagro de poner en la calle, la hermandad encargada de abrir la semana santa de Granada. Pepito, mi amigo de entonces y de ahora, que sabe de vestir de hebreo y cargar con una palmera cuatro veces más grande que tú, ya apuntaba maneras para llevar un día el báculo dorado de La Entrada de Jesús en Jerusalén. Cuando en los sesenta y setenta del siglo pasado, la iglesia de San Andrés se hacía grande para sacar por la calle de Elvira, el primer cortejo de la semana santa, con solo un paso, mi amigo Pepe, a quién no me he atrevido a pedir el secreto de, como se fríe el pescado para que sepa a gloria como el suyo, ya profesaba su amor por esta su hermandad. “La Borriquilla” siempre fue escuela de cofrades, es muy raro que, siendo niño, no hayas salido en ella, pero son muy pocos los que tienen el valor y el sentimiento de cuando son adultos, seguir en la cofradía, y ese amor desinteresado siempre lo ha tenido mi amigo Pepe, el de “Los Diamantes”.

Años en los que Dubé de Luque, no había concebido aún a la Virgen de La Paz, tras el paso del maestro Espinosa. Todavía no había llegado con su total entrega a la Señora, mi admirado Joaquín Melgar, hombre que entendía de dulces, y como tal, aderezaba a la nueva Virgen de la calle de Elvira, con el donaire de una manola, de las que suben a la Alhambra. Y fue en esos tiempos cuando la hermandad alhambreña, empuñando llave de plata, comenzó a golpear la puerta de San Andrés, para abrir la semana santa de Granada al mundo, en un gesto que ya es histórico. Miguel López Escribano, de certera sentencia en sus argumentos, con posada a los pies de esa maravilla llamada Alhambra, que no dudó nunca en poner sus conocimientos a disposición de, cuantos le necesitaron para llevar adelante proyectos que, hoy jalonan nuestro historial cofrade. Años de escasez y de penurias, pero con dosis de ilusión inquebrantables, como aquella banda de cornetas y tambores que don José Gómez Sánchez Reina, incluía en el desfile de su Santa Cena, y que por todo uniforme vestían el hábito de la hermandad, con capillos y capirotes, con ancha bandolera para los tambores con porta baquetas, y agujero en el antifaz a la altura de la boca para los cornetas. Y todo ello lo viví con mi amigo Pepito “el de Los diamantes”.

Pero nuestra semana santa ha pasado por momentos difíciles, de los que afortunadamente ha salido victoriosa, gracias a la voluntad de sus componentes que han sabido sobreponerse ante la adversidad. Lo mismo que a mediados de los años setenta del siglo pasado, no vivíamos nuestro mejor momento, tampoco fueron años fáciles los que coinciden con el resurgimiento de nuestros desfiles en el primer cuarto del siglo pasado, y la llegada poco después de la república. Nos cuenta Antonio Padial que, el resurgir moderno de nuestra Semana Mayor tiene dos causas inmediatas muy determinadas en el primer cuarto del siglo XX: el interés demostrado por los arzobispos José Meseguer y Costa (1905-1920) y Vicente Casanova y Marzol (1921-1930) en la fundación y vigorización de las hermandades penitenciales; y el enriquecimiento y consolidación de la burguesía granadina, que impregnaría la vida social de nuestra ciudad de su impronta tradicional y católica. El resultado es que en sólo diez años se fundan el Vía Crucis y la Entrada en Jerusalén (Burriquilla), que tras diversos avatares, tendría que esperar hasta 1943 para lograr su normalización—; la Misericordia (Silencio) (1924), el Rescate (1925), la Humildad (1925) y la Santa Cena (1926); y se reorganizan el Santo Entierro (1924) y la Soledad (1925), más antiguas que las anteriores. Pero esta “primera oleada fundacional” evidenció inmediatamente las dificultades que implicaba la organización de los desfiles procesionales; y la solución fue similar a la ya puesta en práctica en ciudades como Málaga: crear una Federación de Cofradías, cuyos objetivos fundamentales serían coordinar la distribución de los días de salida y los horarios e itinerarios; unificar la gestión ante las autoridades civiles y eclesiásticas de las autorizaciones pertinentes y las posibles ayudas; y establecer un cauce adecuado para la relación con otras asociaciones sociales, culturales y religiosas de la ciudad. En la Cuaresma de 1926, el 11 de marzo, el Cardenal-Arzobispo Casanova y Marzol firma los Estatutos de la Federación de Cofradías. Su primer Presidente, José Casinello Núñez, Hermano Mayor de la Soledad, se encargó de que entre sus primeras labores estuviera, naturalmente, la organización de los horarios e itinerarios de los desfiles procesionales, difundidos popularmente con un programa de mano incluido en prensa; además, el recorrido de las calles por las cuales pasaban esas hermandades fueron cubiertas con sillas, cuyo alquiler constituyó la primera fuente de ingresos de la Federación, junto a la cuestación entre empresarios y comerciantes. Ese mismo año se funda e ingresa en la Federación la Cofradía del Rosario, filial de la Archicofradía del mismo nombre fundada por los Reyes Católicos, mientras que la Cofradía de la Esperanza, aun habiendo sido fundada ese año, tuvo que esperar a 1930 para procesionar y ser federada. Al año siguiente, en 1928, se procedió a la renovación de presidente, cargo que durante muchos años sería anual y que recayó en Vicente Ibáñez Alonso, Hermano Mayor de la Humildad. Se fundan las Cofradías de Santa María de la Alhambra y la de los Favores, que revitalizó una arraigada corporación devocional con orígenes en el siglo XVII (federadas ambas en 1929). En los primeros años 30 se sucede una serie de eventos federativos de profundo arraigo en la vida cofrade local: la edición del primer cartel de la Semana Santa granadina, posiblemente el más antiguo de España (experiencia que volvería a repetirse y que desde 1940 ha sido una tradición estable); y la celebración de sendos Vía-Crucis solemnes en la Iglesia Catedral metropolitana durante los años 1932 a 1934, a causa de la imposibilidad de realizar los desfiles procesionales. En 1935, y con Miguel García Batllé, Hermano Mayor de la Santa Cena, en la presidencia, las Hermandades y Cofradías vuelven a desfilar, uniéndose a ellas en esta ocasión la de los Escolapios, que debido a la guerra no pudo federarse hasta 1940.

Celebramos el primer siglo de vida de la Real Federación de Cofradías de Granada, rindiendo homenaje a ese puñado de valientes que han protagonizado su historia. Tras la guerra, y bajo el mandato de Santiago Valenzuela Suárez, Hermano Mayor del Vía Crucis, en 1940 vuelven a salir la totalidad de las federadas, a las que ese año se une la Cofradía del Cristo del Consuelo (Gitanos), y en 1941 la de los Dolores, fundada durante la guerra por el Tercio de Requetés “Isabel la Católica”. Con García Batllé de nuevo en la Presidencia (1941-1944), se reorganiza la de la Entrada de Jesús en Jerusalén (Borriquilla), tutelada en la práctica por la Federación hasta que se federa en 1947. Debido a su fallecimiento, lo sustituye provisionalmente el Hermano Mayor del Rescate, Ramón de Contreras Pérez de Herrasti, durante cuyo breve mandato se federan dos nuevas hermandades: la Oración en el Huerto y la Sentencia (1944). Al proceder a la elección correspondiente, el cargo recae en el Hermano Mayor de la entonces joven Cofradía de los Escolapios, Félix Infantes Vílchez. Él impulsó y organizó el Pregón Oficial de la Semana Santa de Granada, que, pese a su inicial intermitencia, se convirtió en una de las actividades cofrades más características de la Federación. El primer Pregón lo llevó a cabo Federico García Sanchís, escritor y conferenciante de fama en la década de los 40, el Miércoles Santo, en el Real Monasterio de San Jerónimo. En los últimos años de la década fueron presidentes Luis González Rodríguez, Hermano Mayor y fundador de la Sentencia (1946-1949), bajo cuyo mandato firma el Cardenal-Arzobispo Agustín Parrado García (1934-1946) un nuevo Decreto para las Hermandades y su Federación, y se federa la Cofradía de la Aurora (1949); y nuevamente Ramón de Contreras (1949-1952). Entre 1952 y 1955 ocupa la presidencia José Gómez Sánchez-Reina, Hermano Mayor de la Santa Cena, que seguiría presente en el mundo cofrade hasta la hora misma de su muerte, en los años 80.

Sería Francisco Gómez Montalvo, Hermano Mayor de la Cofradía de las Penas, quien como nuevo presidente de la Federación (1975-1983) solventaría esa crisis, que tenía sus signos más evidentes en los conflictos con los costaleros asalariados, fruto de un momento difícil para la situación económica y política del país, que se movía en la incertidumbre ante el final del franquismo. La decisión de Gómez Montalvo es entonces drástica: anuncia públicamente que, de no conseguirse superar las dificultades económicas, se suspenderán los desfiles. Desde Sevilla, el Consejo de Cofradías se ofreció a aportar la cantidad necesaria y llegó a programar una suscripción popular; pero no fue necesaria, pues el Gobernador Civil logró de la Caja Provincial de Ahorros, que estaba en pleno proceso de constitución, que adelantara la cantidad necesaria. Esta situación de penuria se remediará cuando a partir de 1978 comiencen a llegar los jóvenes a Hermandades y Cofradías. La formación de las primeras cuadrillas de costaleros “devocionales”, inmediatamente generalizada, supuso no sólo la supresión del gasto más importante en la organización de las procesiones, sino una fuente de ingresos, desde el momento en que, como hermanos cofrades, los costaleros contribuyen con sus cuotas y papeletas de sitio, además de con su labor, al mantenimiento de las Hermandades y Cofradías. Unido a este resurgir, comienza una “tercera oleada fundacional”: en 1977 se crea la Hermandad de la Concepción; en 1980, la de la Estrella y los Estudiantes; y en 1982, la Encarnación y el Nazareno. La Semana Santa granadina comenzaba un periodo de esplendor no igualado y, en correspondencia, el peso específico de la Federación se hizo más evidente, lo que le impulsaba también a renovar sus estructuras y formas (comenzando por el propio escudo). A ello se une el hecho de que el predominio político del PSOE en el Ayuntamiento vaya acompañado de una decidida protección e impulso de las tradiciones, entre ellas los desfiles procesionales —con la fundamental presencia en el gobierno municipal de José Miguel Castillo Higueras. Las subvenciones del Ayuntamiento aumentan considerablemente y la Federación es premiada con la Granada de Oro, que años más tarde recoge Gómez Montalvo de manos del entonces alcalde de Granada, Antonio Jara Andreu.

De la magnífica historia que de la Real Federación hace de manera brillantísima Antonio Padial, quiero poner especial énfasis en la figura irrepetible de mi amigo, José María Ortiz Rodríguez, el primer presidente de Federación, para cuya elección, por vez primera, no es necesario ser Hermano Mayor, y que tiene ahora una duración de cuatro años. Bajo su presidencia, y en el año 1999, el arzobispo de Granada, Antonio Cañizares Llovera (1997-2002) comunica a las hermandades o cofradías de la ciudad su intención de que a partir del siguiente año (2000) realicen sus estaciones de penitencia en el interior de la Santa Iglesia Catedral. Aunque, primeramente, declara que se hace para obtener las indulgencias jubilares, la tradición de pasar por las naves catedralicias se ha venido manteniendo desde entonces. Entre los logros más destacados del mandato de José María Ortiz sobresalen la ampliación a tres números anuales de la revista “Gólgota”, el traslado de la sede oficial de la Federación, en octubre de 2000, al “Centro Ágora”; y la celebración de los diversos actos conmemorativos del 75 Aniversario de la Federación, bajo el lema “Unidos por el mismo Espíritu” —que sirvió igualmente como título para la primera publicación de la Federación destinada a la formación de los cofrades—. José María Ortiz recibió la Medalla de Oro de la Real Federación en junio de 2010 por el gran esfuerzo renovador y dedicación a la institución y a las hermandades granadinas. En octubre de ese año, Ortiz fallecía dejando un enorme legado de trabajo y sacrificio por la Real Federación y por su Hermandad del Cristo de la Misericordia (Silencio). El azar ha querido que otro Ortiz, Armando en éste caso, sea el que celebre el primer centenario de la Real Federación y otro Ortiz el que lo proclame, no sin reconocerle a Armando que, durante su mandato, la institución ha tenido una penetración en la sociedad como antes no se había conocido, con una conexión con las instituciones públicas y privadas de primer orden, fortaleciendo el vínculo con la autoridad eclesiástica y haciendo mucho más permeable a la sociedad el mensaje cofrade.

A lo largo de estos primeros cien años de la Real Federación de Cofradías, el anecdotario es amplio y rico en matices de todo tipo. Por ejemplo, podemos presumir de una colección de carteles de los primeros veinte años, que son una auténtica joya que conservar. De igual manera, los pregoneros han sido de un altísimo nivel, pero es muy difícil mantener el listón durante un siglo, así que, tuvimos años sin pregón, pregoneros que llegaron a cantar las excelencias de nuestra semana santa hasta en tres ocasiones y, otros que no estuvieron a la altura de las expectativas. Algún compañero periodista de muy reconocido prestigio a nivel nacional, no alcanzó las cotas deseadas, porque entre otras cosas, dijo sin pestañear: Esta mañana, cuando en mi suit del hotel Alhambra Palace escribía éste pregón,,, Ante lo que cabe preguntarse qué, si escribes el pregón de la semana santa de tu ciudad, dos horas antes de darlo, a lo mejor, el resultado no es el que esperábamos de ti. Yo no digo que tardes como yo, treinta años, pero en el término medio está la virtud.

El pregón de 1983 celebrado en el salón de plenos de nuestro ayuntamiento, tuvo una anécdota para la historia. Lo daba el rector de la Universidad, Antonio Gallego Morell, que ya había sido pregonero en otras ocasiones, y lo presentaba el alcalde de la ciudad, Antonio Jara Andreu. Dado que el alcalde, en aquel momento, era solo profesor no numerario de la facultad de derecho y, tenía que presentar al pregonero que, era nada más y nada menos que Rector Magnífico de la Universidad de Granada, y por lo tanto su jefe. El alcalde hizo una larga y extensa presentación de la persona de Gallego Morell, sin escatimar en abundancia de currículum y elogios de todo tipo. Finalizada la extensa presentación, tomo la palabra el pregonero rector, dando el asunto como resultado que, la presentación de su persona había durado 25 minutos y el pregón tan solo 18. Quedando así, más que patente que, es la primera vez que una presentación dura más que el propio pregón.

De los pregones a los que he asistido, guardo un recuerdo muy emocionado de la gran lección sobre nuestra semana santa que dio en 1999, Ángel Luís Sabador Medina. Fue un pregón realmente extraordinario, pero tuvo la mala suerte de quedar eclipsado porque finalizado el mismo, tomó la palabra nuestro arzobispo entonces, Antonio Cañizares, para anunciar lo que la semana santa de Granada estaba esperando desde su nacimiento: Que al siguiente año 2000, las hermandades ya entrarían a la Catedral. En ese momento el teatro rugió en pie, la ovación se prolongó eternamente y, el pregón de Sabador, pese a ser uno de los mejores pronunciados en toda la historia, pasó a un segundo plano sin mayor repercusión.

En el año 1968 tuvimos nuestra primera experiencia con la televisión en directo. Televisión Española, asesorada por dos granadinos de la casa, los hermanos José Luís y Armando López Murcia, vino a dar las mejores imágenes de la semana santa que impactaran a todo el país, así que fue elegida la hermandad de los gitanos para protagonizar la jornada del miércoles santo, pero para mayor realce y que la imagen fuera más atractiva, se desvió su recorrido de tal manera que, el Cristo de Los Gitanos atravesó toda la placeta de san Nicolás con el fondo de la Alhambra iluminada. En un practicable junto a la casa del pintor Apperley, ponía voz en directo a la escena maravillosa el gran presentador de la española Pedro Macía, protegido por un impermeable con capucha, ante la presencia de la lluvia que, se encargaría de aguar la transmisión del día siguiente. La Virgen de La Alhambra salía entonces el jueves santo, pero televisión española solo pudo transmitir en directo, al escuadrón de caballería de la Guardia Civil formado bajo la lluvia ante la Puerta de La Justicia, a la espera de la salida de la imagen que nunca se produjo.

Voy camino de cumplir sesenta y cinco años de cofrade, si mi virgen de La Aurora lo considera conveniente y, he conocido a tantos amantes de la semana santa que, necesitaría horas y horas para hacer justicia con todos ellos, pero, no me resisto a compartir con todos vosotros algunos hechos vividos en primera persona y que forman parte de nuestra historia.

 

Serían como las tres de la madrugada, cuando agazapados en el interior de la taberna, ”El Sota”, a media luz, con un radiocasete con marchas procesionales y, más de la mitad, con media en las agujas, dábamos una y otra chicotá al futbolín, por aquel comedor de comidas caseras del que, habíamos apartado las mesas y las sillas, cuando de pronto escuchamos que, alguien subía el cierre metálico de la puerta con gran vigor, descubriéndonos en plena faena etílica y cofrade, que se repetía noche tras noche, sin importar fecha ni estación del año, cuando la buena de Carmela se retiraba a su dormitorio, Pepe “El Sota” se salía de la barra, y el resto sucumbíamos al  trance cofrade en toda su magnitud y grandeza. Fue entonces cuando una voz recia, de caverna, dijo desde la puerta:” Id sacando la cartera y firmar la inscripción como hermanos, que tenemos que sacar a la calle la Hermandad de Los Escolapios, que no tiene perdón de dios esta ciudad, si la deja encerrada otro año”. Así que uno a uno fuimos firmando la papeleta, acoquinando la anualidad de los recibos, y Antonio Sánchez Ramírez, “El Compadre”, hizo la colecta logrando poner de nuevo en pie una hermandad tan señera como la del colegio al otro lado del puente del Genil, y de aquesta manera, volvieron al cauce del río las hogueras, y las bengalas al pretil.

Y dije yo a Pepe Campos de España - el más cualificado ingeniero de sonido que ha tenido radio Popular de Granada- ¿A que no eres capaz de montar un artilugio para que yo transmita por primera vez en la historia, el paso de la Virgen de La Alhambra, por la doble ese  interior de la Puerta de La Justicia? Y dicho y hecho, porque Pepe disfrutaba con los retos, y pese a estar en plena Alhambra, sin un enchufe y sin posibilidad de instalar un enlace por aquello de, Bellas Artes y el Patronato a nivel de estética, yo lo que hice fue pedirle permiso a mi hermano, José Luís Ramírez Domenec, para que me dejara estar en el interior de la puerta de La Justicia, junto al capataz, Antonio Sánchez Osuna. Pepe se encargó del resto, y así escuchó toda España, el único tramo ciego que existe para los espectadores, en todo el recorrido de la Señora de La Alhambra, el paso de su trono por el interior de la puerta judiciaria. Tuve el honor de que aceptara mi invitación para los comentarios, José Luís de Vicente, nieto del fundador de la hermandad, quien por tal motivo, ese año no salió en la procesión vistiendo el hábito de su abuelo.

 

Llevo varios años pidiendo el carné de cofrade, y hasta ahora, nadie me lo ha expedido, y eso que lo he solicitado en distintas instancias. Lo cierto es que me piden mucho. No solo años de veteranía en la militancia cofrade, sino modelo de conducta, sabiduría de la materia, años de experiencia en el ejercicio de la vocación, testimonio de Fe o pedagogía impartida. De esto último, aporto diploma acreditativo de que fui el segundo granadino, que impartió un curso de conocimientos cofrades en la Universidad de Verano de La Complutense, allá por los años noventa en tierras almerienses, aceptando la cariñosa invitación que una noche en la casa hermandad del Cautivo de Málaga, en el barrio de La Trinidad, me hizo el rector, Gustavo Villapalos, en presencia de Pepe París, su hermano mayor y de mí admirado, Antonio Garrido Moraga. De mi antigüedad en las filas nazarenas, presento los recibos de todo el año, pagados al retirar el hábito blanco de La Aurora, para formar parte de su procesión en 1960, hecho que tuvo lugar en la zapatería de Antonio, en la Calderería del bajo Albayzín. También foto, vistiendo el morado y oro viejo del Cristo de La Paciencia, cuando La Virgen de Las Penas salía sin palio. Digo yo que por trienios no será, pero el asunto es que no reúno aún las condiciones exigidas para tener el carnet de cofrade granatensis. Presento certificados de mi cercanía a la fundación de nuevas hermandades, de pregones y presentaciones. Exaltaciones varias, salpican mi curriculum, al que añado la primera guía práctica de la semana santa granadina, agotada en varias ediciones, costalería como aficionado práctico, capatacía con nombramiento oficial en Los Escolapios. Pues con todo esto, la instancia rellenada y su póliza de tres pesetas, me acerqué a la ventanilla, y aquel funcionario de gafitas redondas, manguitos negros y visera a juego, me dijo... ¡vuelva usted mañana! Las amonestaciones están corriendo todavía en cuatro iglesias, y los plazos se deben cumplir, no vaya a ser que alguien tenga que alegar algo en su contra. Si será seria la iglesia, que para los curas que quieren ordenarse, también corren las amonestaciones. Y no basta que el día 19 de marzo, día de San José Obrero, la iglesia festeje el día del seminario, y a las puertas de las iglesias se aposten jóvenes seminaristas con su sotana negra y su fajín rojo, ofreciendo estampitas de los santos a los feligreses que acuden a misa. Tampoco que los lunes en la iglesia de San José, se ofrezcan a los feligreses los panecillos milagrosos, para dar a tomar a los enfermos, rezando preceptivamente a san Nicolás de Tolentino, que ya por el siglo XIII fue llamado a la vocación, y eso si es antigüedad en el escalafón, y no la mía. Soy un monaguillo preconciliar, de los de misa en latín de espaldas a los fieles, que vio con alborozo, como se instalaban en las iglesias altares para decir la misa mirando a los fieles. Soy de Juan XXIII y Francisco, que poco a poco me convenció de que la Iglesia instituida, tiene en su seno a personas que piensan como yo, pero aun así, no me dan el carnet de cofrade. ¿Mira que si al final, el carné de cofrade no existe, y lo he soñado cualquier noche en una casa de hermandad, cuando el gallo que delató a Pedro en su tercera negación me anunció que la barra estaba cerrada, y nos echaban al Café Fútbol a desayunar? A fin de cuentas, donde se hace uno cofrade, mejor que en una casa de hermandad.

Massiel había ganado ya Eurovisión, Salomé también, y el hombre estaba a punto de llegar a la Luna. En ese ambiente de euforia colectiva, aquella Granada de tan solo tres emisoras de radio en Onda Media, ponía las bases para lo que en un futuro sería contar la semana santa, algo que solo ocurría con un programa dedicado al efecto, en la sintonía de Radio Popular. El cofrade murciano, José Antonio Lacárcel, ponía como sintonía la marcha, Amarguras, de Font de Anta. El cofrade alhambreño, José Luís de Vicente, de voz radiofónica, unía a sus cualidades profesionales, la suerte de ser nieto del fundador de la hermandad, que desde hace tanto tiempo reina en el recinto Nazarí. El tándem era perfecto y de Vicente eligió el nombre del programa sin demasiado esfuerzo. Lo llamó, Cruz de Guía, lo mismo que el boletín informativo que editaba su hermandad querida de La Alhambra. Aquellas noches de cuaresma fueron inolvidables. Escuchar por la radio a dos hombres hablar de nuestra semana santa, de nuestros pasos, de nuestras imágenes, de nuestro paisaje, de nuestra música sacra, era algo sin precedentes, que después sería copiado por la competencia de forma seriada, pero de ellos fue la primera piedra, de un edificio que hoy afortunadamente sigue en pie. Pero quiso el destino, que, a comienzos de los setenta del siglo pasado, yo apareciera por los estudios para ser entrevistado por José Antonio Lacárcel, con motivo de dirigir el recientemente creado grupo de teatro de Juventudes Musicales en Granada, no desaproveché la ocasión para felicitarlo por aquel programa de semana santa que me enganchaba a la radio todas las noches. Me preguntó si yo era cofrade, le respondí que, de La Virgen de La Aurora, desde los siete años, e inmediatamente me invitó a formar parte de su equipo. Pasaron pocos años, José Luís de Vicente marchó a Sevilla a expandir su empresa, José Antonio Lacárcel, asumió otras responsabilidades, y me dejaron solo ante el peligro de contar la semana santa de mi tierra. En agradecimiento a los dos que me precedieron, seguí llamando al programa Cruz de Guía, y la sintonía fue siempre, Amarguras, de Font de Anta. Pero yo quería más, y para eso tuve un aliado, que sin él, no hubiera sido posible llevar a cabo otros logros que hasta entonces no se habían conseguido. Pepe Campos de España, fue siempre mi compañero inseparable, que no dudó en poner toda su sabiduría como operador de sonido y técnico electrónico, al servicio de mis ideas. Hasta entonces, solo con una línea microfónica, se solían trasmitir los desfiles de penitencia, desde la tribuna oficial instalada en la plaza del Carmen. Pero yo quería más, deseaba llevar hasta el oyente, no solo la solemnidad del paso por la carrera oficial, yo quería que el bullicio, la alegría, el calor de los barrios se transmitiera por la radio, y le propuse a Pepe poder radiar las salidas de las hermandades de sus templos, las llegadas, y los puntos del recorrido con mayor interés, y Pepe se puso manos a la obra. En una lata de carne de membrillo, Pepe Campos de España, en su taller estudio instalado en el campanario de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, comenzó a soldar cables, transistores, placas, y en pocos días, tuvo lista una unidad móvil, que, con un alambre por antena, y chupando corriente de su coche particular, un Seat 124 de la época, nos permitió transmitir, momentos que hasta entonces no se habían vivido en directo por la radio. Desde la salida de la Borriquilla por la puerta de San Andrés, a la llegada en solitario del Rescate. Especialmente emocionante fue transmitir por vez primera el paso de mi Aurora, por los Grifos de San José, junto a la casa de Enrique Morente, la llegada del Silencio, y ya para rizar el rizo, algo único, conseguir permiso de la hermandad alhambreña, y de su capataz, Antonio Sánchez Osuna, para narrar en directo el paso de La Alhambra, por el interior de la Puerta de La Justicia. Aquel Jueves Santo, tuve la suerte de que me acompañara en la narración, venido expresamente de Sevilla, José Luís de Vicente. Fue una tarde inolvidable, con la suelta de las palomas y el encendido de las bengalas. Pero la magia de la radio no se quedó en eso. También tuvimos oportunidad de contarles a los oyentes lo que no estaba pasando, y fue uno de los mayores éxitos. Acreditado como estaba ya nuestro programa de cuaresma, y valoradas las transmisiones en directo por todos, la cadena se interesó por nosotros, y nos propusieron transmitir para toda España desde Granada, algo que fuera llamaba mucho la atención: La procesión de los Gitanos. Acordamos una conexión desde la Plaza del Carmen, entre las siete y las ocho de la tarde, para contarle al mundo como era el cortejo del Santísimo Cristo del Consuelo. Pero el hombre propone, y Dios dispone. Quiso la divina providencia que en aquellos años, la hermandad errante de los gitanos, anduviera sin iglesia de salida, hasta el punto de que tenía que echarse a la calle, desde un garaje prestado al afecto en la placeta de Cuchilleros, pero la organización se fue complicando tanto, que a la hora en que la cabeza de procesión debería estar en la esquina de Paños Ramos, para pedir la venia en tribuna, aún no había salido el primer penitente del famoso garaje, así que de esta guisa, nos dieron paso desde nuestra central en Madrid, para transmitir la procesión de los gitanos para toda España, en vivo y en directo, y dicho y hecho. Ante la sorpresa de los pocos ocupantes de los palcos, y en ausencia del cortejo, yo dije: Muy buenas tardes desde la ciudad de La Alhambra, y a partir de ahí, comencé a describir desde la Cruz de Guía escoltada por sus dos faroles, a las distintas secciones de penitentes, el paso del cristo, con sus promesas en los varales externos, y así hasta llegar al último músico que cerraba el cortejo. Pepe Campos, al oírme y comprobar que estaba describiendo en directo un cortejo inexistente, se vino a mi lado, sacó dos destornilladores de su maletín, y recordando sus tiempos de mili, como tambor en la marina, comenzó a redoblar sobre el asiento metálico de una silla de la tribuna marcha a paso lento. Con aquel fondo a mis palabras, a oídos del oyente todo discurría con total normalidad. Terminada la procesión, di por concluida la conexión y me despedí. Aún no había salido la cruz de los gitanos de la placeta de Cuchilleros, pero los españoles la habían escuchado pasar por la tribuna oficial. Misión cumplida. El Lunes de Pascua a primera hora, había un fax de la dirección general de Madrid, sobre la mesa del director, felicitándonos a Pepe y a mí, por los momentos emocionantes vividos durante el paso del cristo de los gitanos por la tribuna de Granada. Nunca supieron que la hermandad llegó con casi dos horas de retraso, cuando la conexión ya estaba más que terminada, casi olvidada. Con aquella rudimentaria unidad móvil, transmitimos en directo los primeros ensayos de los costaleros cofrades, figura emergente entonces que vino para quedarse, rescatando así a la semana santa de un abandono que a punto estuvo de hacerla desaparecer. Radiamos el nacimiento de nuevas hermandades, el cambio de día de salida, los nuevos itinerarios, el paso por la plaza de Bibarrambla, pedimos insistentemente el paso de las hermandades por el interior de la Catedral, la total inclusión de la mujer, en fin, que nos pusimos en la vanguardia de un movimiento cofrade, que ha transformado la semana santa, y que, en los últimos cincuenta años, ha tenido como protagonista de excepción, abriendo el camino a otros, a Radio Popular de Granada. Lo mejor de éste medio siglo, es sin duda, el equipo humano que lo ha hecho posible, sin cuyo entusiasmo y dedicación no hubiera sido posible, porque la semana santa, no solo hay que contarla, hay que trasmitirla, para que el oyente se emocione con nosotros. Ese es el éxito. Gracias, compañeros/as, que habéis recogido el testigo en la prensa escrita, la radio, la televisión y medios digitales, sin vuestro trabajo, hoy no se entendería la semana santa de Granada.

La semana santa de Granada es tan rica y hermosa que, corre el grave peligro de crecer. Me llegan campanas que suenan a nuevas advocaciones henchidas de renovado entusiasmo. Por mi parte, al írseme Manolo Ocón, se nos quedó a medias un proyecto de nueva hermandad que, tendría su sede canónica en el cementerio de Granada, saldría a las doce de la noche del viernes santo, sus nazarenos vestirían de negro sin capa, en lugar de cirio portarían antorchas, bajaría a la ciudad por el Barranco del Abogado y, tendrían la condición de disciplinantes pues harían el recorrido de rodillas, poniéndose en pie solo para descansar. Pero lo mejor de todo es que procesionaría un solo paso, con la imagen tallada en cedro del Cristo Crucificado de Benito Prieto Coussent. En la última reunión que tuvimos, dilucidábamos sobre autorizar el uso de rodilleras y, como amortizar los hábitos rotos para el año siguiente.

Lo malo de ir cumpliendo años, como es mi caso, es que, ya tengo más amigos en el cementerio que en la agenda de mi teléfono. También se me ha ido mi entrañable maestro, Paco Carrasco, y con él, el proyecto de una nueva hermandad de la que Granada carece. “La Quinta Angustia”, una idea madurada durante años, tantos que no nos ha dado tiempo a ponerla en pie. Se trataría de un solo paso en el que se representaría el momento en que Jesús es descendido de La Cruz y posado sobre el regazo de su madre. En los últimos bocetos que hicimos juntos, la escena la componían un total de diez figuras sobre el Calvario. Yo… ahí la dejo.

Dice Joan Manuel Serrat que, los viejos nos convertimos en fantasmas con memoria, cada vez dormimos menos y, a veces, cosa rara esta, soñamos despiertos. Por eso mis ojos de niño quisieran volver a ver aquellos soldados romanos aupados a lo más alto de la Puerta de Fajalauza, mientras la atravesaba Jesús de La Amargura camino de San Miguel, o a las tres Marías vivientes que, cuando aún no se había incorporado nuestra señora de La Paz, desfilaban tras el paso de la entrada de Jesús en Jerusalén. Ojos que recuerdan -como si los ojos tuvieran memoria- aquella escuadra de romanos que precedía al Santo Entierro, o los santos varones portando a mano el descendimiento de Jesús, aquellas hogueras en el cauce del Genil mientras regresaba por el puente romano El Cristo de La Expiración flanqueado por bengalas, las mismas que recibían a la señora de La Alhambra saliendo por la puerta de La Justicia, antes de dar suelta a cientos de palomas, hermanas de aquella que no se separaba de la imagen durante todo el recorrido. O ver de nuevo a Jesús de La Paciencia horadar la estrecha calle de Ballesteros, mientras Manolo Montes canta una saeta al unísono con Pepe Albayzín.

Queridos amigos y amigas, en la primavera de 1960 un niño del Albayzín vistió por primera vez el hábito blanco de la Hermandad de La Aurora. Creció como cofrade y a los pocos años, lo compartió con el color oro viejo y bocamangas moradas de La Virgen de Las Penas, a donde lo llevó un amigo de la familia, el pintor granadino, José Ortuño. Pasaron los años y fue testigo de la fundación de la hermandad de La Concha y el Manuel, también de Jesús Nazareno y María Santísima de La Merced. Ese niño ha tenido el honor de pregonar hoy La Semana santa de Granada en vuestra presencia, por lo que os doy las gracias y agradezco vuestra atención. Muchas gracias.

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario