PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE GRANADA 2026
Tito Ortiz.-
Cronista Oficial de Granada
Granada es como una rosa
Más bonita que ninguna
Que se duerme con el Sol
Y florece con la Luna
Enamorada del agua, flor de la brisa
Que vive sola por culpa de las espinas
Rosa de melancolía
Los ruiseñores le cantan
Y ella, como es flor de olvido
Con el silencio les paga
Granada vive en sí misma tan prisionera
Que solo tiene salida por las estrellas
Ay, amor, deja el balcón abierto del corazón
Ay, amor, que en la Vega te espero con una flor
Por un suspiro la Luna se lo llevó
Y en el destino de la sombra se quedó
Ay, amor, amor que se fue y no vino
Por el aire se perdió como los suspiros
De mi corazón
Granada, no tengas miedo
De que el mundo sea tan grande
De que el mar sea tan inmenso
Tú eres la novia del aire
La de la sombra de plata, la del almendro
La que parece de nieve y por dentro fuego
Tú eres rosa del rocío
Amor de los ruiseñores
Lamento del agua oculta
Que canta en los surtidores
Granada del alma mía, si tú quisieras
Contigo me casaría esta primavera
Ay, amor, deja el balcón abierto del corazón
Ay, amor, que en la Vega te espero con una flor
Por un suspiro la Luna se lo llevó
Y en el destino de la sombra se quedó
Ay, amor, amor que se fue y no vino
Por el aire se perdió como los suspiros
De mi corazón
Excelentísimas e ilustrísimas
autoridades civiles y militares…
He querido empezar este pregón con las palabras de mi amigo
Carlos Cano, porque él hubiera sido un excelente pregonero, como me confesó aquella
noche en la que excepcionalmente, La Virgen de La Alhambra regresaba a su
templo por el Realejo, y en compañía de los hermanos Garzón, la seguíamos
durante su ascensión alejados del tumulto. Al llegar a Los Alamillos, entramos
en la taberna de “La Trini” para tomar un tentempié, y allí me anunció que estaba
grabando en Sevilla la marcha, Pasan Los Campanilleros de López Farfán, porque
una de las cosas que más le gustaban de Andalucía era su semana santa, y que
estaría encantado de hacer algo así por Granada. Un encargo que nunca llegó.
Como sabéis, Carlos nació en la Cuesta Rodrigo del Campo,
así que, sin abandonar el barrio comienzo el recorrido:
Campanas de barro repican desde el Realejo a La Catedral,
con el bullicio y la alegría de niños y niñas que celebran la Resurrección,
portando un Niño Jesús Triunfante. Son los facundillos, que un año más, celebran
el misterio por el que Jesucristo resucitó y subió a los cielos. La Hermandad
del Dulce Nombre de Jesús, que hunde sus raíces en los años veinte, tras años
de inactividad recobra su protagonismo gracias a la vocalía de Juventud de la
Soledad realejeña. En 1982, cuando se dispone de casa de Hermandad, ya se
celebra el primer concurso infantil de dibujo para la semana santa, al que
seguirían otras muchas actividades como el de belenes, o posteriormente, la
creación y puesta en marcha del Pregón de La Juventud en la Semana santa de
Granada, todo ello con la gran colaboración e iniciativa de Manuel Padial,
“Manolón”, respaldado por Jacinto Morente.
Fue Paco González Arcas, hombre bueno y sabio de la semana
santa de Granada, que durante su militancia cofrade en la Hermandad de “La
Cañilla”, me explicó toda la historia que yo debía saber para entender la
hermandad del Realejo, entre otras cosas, de donde venía la palabra de
“Facundillos”. Me decía Francisco González Arcas, que todo venía de una canción
popular granadina cuyas raíces se perdían en la antigüedad. Todo comienza con
la fundación en 1925 de la hermandad de Jesús de la Humildad y Nuestra Señora
de La Soledad, en el corazón del Realejo, y continúa cuatro años más tarde con
la puesta en marcha de otra, adscrita a esta, que debería convertirse en una
escuela de cofrades a muy temprana edad. Se erige así, la Hermandad del Dulce
Nombre de Jesús.
Por primera vez, hay una hermandad que, de manera
visionaria, ve el futuro cofrade en los niños, a los que, hasta ahora, se les
tenía prohibido participar en los desfiles penitenciales hasta la mayoría de
edad, aunque algunas cofradías lo permitían si ya habías hecho la primera
comunión. Estos niños solían portar entonces un farol con luz de cera, de ahí
–como me explicó Paco González Arcas – la gente les comenzara a llamar
“Facundillos”, porque la canción popular decía: ¿Quién por la calle va? A modo de pregunta de los serenos de antaño
ante la inseguridad de la noche. Y la respuesta era: ¡Facundo con un farol! Así
que, de esta forma, quedaron bautizados los jovencísimos cofrades, como
“Facundillos”. Tiempos después, los faroles serían cambiados por campanitas de
barro, tras la recuperación de esta tradición que permaneció oculta durante
decenios.
Lo que comenzó siendo una procesión de la chiquillería con
sencillas andas por el barrio, años después tomó forma, al ser recibidos en la
Catedral por el arzobispo Antonio Cañizares, tras inundar las calles de Granada
con su inocencia y gozo, celebrando la Resurrección, no siendo ajenos a estos
hechos de auténtica escuela cofrade, todos los componentes de la familia, León
Guerra.
Parte de esa savia que impulsa “la cañilla y los
facundillos”, reside en la calle del Pan, desde finales de los cincuenta, en el
bar restaurante que rigen los hermanos León Guerra, herederos dignos de su
padre, que cantaba las tapas como nadie, y cuyos hijos son el orgullo de la
semana santa granadina, con iniciativas tan extraordinarias como la edición de
un cartel todos los años, que pregona nuestra semana santa al más alto nivel
artístico, cartel que fue presentado por mi hermano, Ángel Luís Sabador Medina,
hasta su fallecimiento, y que en la noche que precede a la Pasión, cuenta con
la presencia de la banda de “El Despojado”, que derrocha su buen hacer musical
en plena calle, como anuncio de lo que nos espera en los próximos siete días.
“El León” es, además, la tertulia permanente durante todo el año de nuestra
semana santa, habiéndose convertido en el lugar de cita obligado, no solo para
los cofrades de la tierra, sino, para todos aquellos que, llamados por su fama,
acuden procedentes de otras provincias, de las que se reciben los carteles
anunciadores de la Pasión. Algún día, la Granada cofrade tendrá que rendir el
homenaje que se merecen los hermanos, León Guerra.
En la calle Navas, Fernando y un grupo de cofrades, daban
vueltas a la cabeza para acabar con la ausencia de un resucitado en la semana
santa de Granada. Esta imagen faltaba de nuestros desfiles hacía decenas de
años, desde que procesionara un resucitado de la iglesia de Santa Ana. Así que,
contando con el entusiasmo de los parroquianos de San Miguel Arcángel, se
pusieron mano a la obra y en 1985, El Señor de la Resurrección y Santa María
del Triunfo, hicieron florecer los ánimos cofrades en la calle Primavera y sus
alrededores. Fernando Olmos y Antonio Cappa, daban también forma a un proyecto
de hermandad para culminar los desfiles de la semana santa granadina, con la
advocación de la Resurrección de nuestro Señor. Un proyecto que también contó
con la colaboración de otros entusiastas, de entre los que recuerdo a mi
compañero de benemérito instituto, Jesús, al que todos llamamos por su
profesión, “El Joyero”, que llegó a diseñar según me confesó, la original cruz
que forma el escudo de la Venerable Hermandad de Nuestro Señor de La
Resurrección y Santa María del Triunfo, que vino a dar alegría al barrio del
Zaidín, desde la Parroquia de San Miguel Arcángel. Fernando, su fundador y
primer hermano mayor, ya venía con la lección cofrade aprendida, desde su
militancia en las filas de la hermandad que abre la semana santa, por lo tanto,
se trataba de alumbrar un nuevo proyecto, con el que poner broche a la semana
mayor. En la parcela musical, se contó con un hombre imprescindible, para
contar la historia musical de la semana santa granadina: Mi admirado, y nunca
bien reconocido en esta ciudad, José Ripoll, que, desde su banda de Aviación, o
la extinta OJE, pasando por la desaparecida Banda Provincial, recaló en este
proyecto con nuevas ilusiones. Pepe Ripoll – para los amigos – forma parte de
la banda sonora musical de la semana granadina entre dos siglos, y yo sigo
admirándolo como el primer día que lo conocí, cuando ambos vestíamos pantalón
corto.
Resurrección y Triunfo, del arcángel San Miguel, el Zaidín
se hace de blanco a los sones de Francisco Higüero, y el buen andar costalero,
de éste otro lado del río, no es frontera ni pretexto, para gozar del joven
señorío de haber llegado al final, con resabios muy antiguos, de semanas santas
atrás, donde faltaba el tronío de un broche tan singular. Por Zúñiga Navarro
concebida, Señora de Blanco palio, crisol de costalería, los espacios de tu malla
son rayos de luz del día, que te acarician la cara al compás de la mecida, que Higüero
para ti ha creado, en pentagrama de amor, que al cielo suena elevado.
Y como todo es posible en Granada, pasamos de no tener
resucitados en nuestras calles, a tener dos, y con los facundillos tres. No hay
un Domingo de Resurrección como el nuestro en ningún otro sitio. Granada es así.
Somos irrepetibles e inconfundibles. Se nos ve venir de lejos.
Pero la idea de rematar la semana santa el domingo, ya
venía rondando a veteranos cofrades, que veían como el Viernes Santo
desaparecían los cortejos de nuestras calles, al salir Nuestra Señora de La
Alhambra, el Jueves Santo. Y fue precisamente un cofrade alhambreño, quién
quiso acabar con esa orfandad. Antonio Díaz Albea, funcionario del
ayuntamiento, y hombre colaborador con otras hermandades, se puso manos a la
obra, para que Granada tuviera su broche cofrade, en compañía de otros
incondicionales, de los que recuerdo a mi entrañable amigo de tardes taurinas,
Luís Rejón, o a mi hermano en la fe, Gerardo Sabador, que hicieron posible esta
ilusión radicada en la parroquia de Regina Mundi. Antonio Díaz Albea – al que
no sé por qué le quitábamos siempre el primer apellido – en compañía de otros,
puso en pie un proyecto, hasta entonces inexistente en Granada, La Hermandad del
Cristo Resucitado y Nuestra Señora de La Alegría, encargando a mi admirado,
Antonio Barbero, las tallas de sus titulares.
De Iglesia de las afueras, donde termina Granada, donde
comienza La Vega, es regina su morada. Resucitado valiente que sobre nubes
avanza, de dos a uno fundido cuán misterio en alabanza. Madre que, tras su
hijo, al saberlo resucitado busca con ansia, se agrupa en el mismo trono, el
sino es de Granada. Palmas reales retumban por Pasiegas y Cárcel Baja, cuando
el resucitado de Regina, ha puesto rumbo a su morada.
Y entre Los Facundillos, Resurrección y Resucitado, se
culminó la semana santa de Granada, con el blanco como color predilecto, en
mantillas y flor. Flores de nuestra semana de pasión que, del rojo o violeta
pasaron al blanco de la alegría. Flores como las que ponía cada semana santa la
popular Ana, que con su kiosco en la plaza de Bibarrambla, no solo surtía a las
hermandades, sino que, ayudada por sus hijas y otros componentes de la familia,
también las colocaba con primor y buen gusto en los pasos, sobre todo en su querida
hermandad de “La Cañilla”.
En la semana santa de 1936, Federico García Lorca es
invitado en Madrid por Unión Radio, a pregonar la semana santa de Granada. El
poeta se muestra crítico con todo lo que puede ser hojarasca alrededor de
nuestra tradición, como demuestra en este fragmento que escojo de su
intervención:
“El viajero sin
problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de
Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de
desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo
en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las
viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de
papel secante que son los muros de la Alhambra. A estar solo. En la
contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza
de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la
poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de
fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo
vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.
A estar solo, con la soledad que se desea tener en
Florencia; a comprender cómo el juego de agua no es allí juego como en
Versalles, sino pasión de agua, agonía de agua.
Estos últimos años, con un afán exclusivamente comercial.
hicieron procesiones que no iban con la seriedad, la poesía de la vieja Semana Santa
de mi niñez. Entonces toda la ciudad era como un lento tiovivo que entraba y
salía de las iglesias sorprendentes de belleza, con una fantasía gemela de las
grutas de la muerte y las apoteosis del teatro. Había altares sembrados de
trigo, altares con cascadas, otros con pobreza y ternura de tiro al blanco:
uno, todo de cañas, como un celestial gallinero de fuegos artificiales, y otro,
inmenso, con la cruel púrpura, el armiño y la suntuosidad de la poesía de
Calderón.
En una casa de la calle de la Colcha, que es la calle donde
venden los ataúdes y las coronas de la gente pobre, se reunían los
"soldaos" romanos para ensayar. Los "soldaos" no eran
cofradía, como los jacarandosos "armaos" de la maravillosa Macarena.
Eran gente alquilada: mozos de cuerda, betuneros, enfermos recién salidos del
hospital que van a ganarse un duro. Llevaban unas barbas rojas de Schopenhauer,
de gatos inflamados, de catedráticos feroces. El capitán era el técnico de
marcialidad y les enseñaba a marcar el ritmo, que era así: "porón...,
¡chas!", y daban un golpe en el suelo con las lanzas, de un efecto cómico
delicioso. Como muestra del ingenio popular granadino, les diré que un año no
daban los "soldaos" romanos pie con bola en el ensayo, y estuvieron
más de quince días golpeando furiosamente con las lanzas sin ponerse de
acuerdo. Entonces el capitán, desesperado, gritó: "Basta, basta; no
golpeen más, que, si siguen así, vamos a tener que llevar las lanzas en
palmatorias», dicho granadinísimo que han comentado ya varias generaciones.
Granada debe conservar para ella y para el viajero su
Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el
aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin
encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la plaza Nueva.
El viajero poco avisado encontrará con la variación
increíble de formas, de paisaje, de luz y de olor la sensación de que Granada
es capital de un reino con arte y literatura propios, y hallará una curiosa
mezcla de la Granada judía y la Granada morisca, aparentemente fundidas por el
cristianismo, pero vivas e insobornables en su misma ignorancia.
Todo eso debe mirar el viajero que visite Granada, que se
viste en este momento el largo traje de la primavera. Para las grandes
caravanas de turistas alborotadores y amigos de cabarets y grandes hoteles,
esos grupos frívolos que las gentes del Albaicín llaman "los tíos
turistas", para ésos no está abierta el alma de la ciudad”.
Señora de La Justicia, del Vino y de Las Granadas, que
atraviesas las tres puertas, desde la Alhambra a Granada, en visita misionera
de pastoral por Garnata. La campana de la Vela, incesante te reclama, pues no
puede vivir sin Ti, lucero de la mañana, que muestras en tu regazo en actitud
desmadejada, al descendido Jesús, que Torcuato concibió en escena de La Piedad
romana. El de Esfiliana, señora, en el tronco de una encina – dice Parro que
talló- una piedad granadina, y en La Alhambra le hizo altar. La mezquita donde
moras, cristiana la hiciste tú, poniendo el Patio de los Leones a tus plantas,
y de la mano, al buen Jesús, que abría las jaulas Madre, para dar la libertad a
las palomas al aire, junto al regio pilar, mientras bengalas bendecían tu
aparición proverbial, hacia el Real de Los Coches, y por Gomérez entrar, en
Plaza Nueva Señora, donde tus dominios ensanchar, que es Granada tu reinado y
De Vicente, tu juglar, el que te concibió Señora y jamás te pudo dar la
bienvenida a Granada, pero Tú lo hiciste llevar, a tu presencia, y lo premiaste
con la venia, con la venia celestial, de estar contigo Señora, a solas en el
altar. Cuándo Nuestra Señora de Las Angustias de La Alhambra Coronada, se
recoge en su iglesia, ¿eso no es una madrugá?
Faldones negros a modo de crespón, para la Soledad del
Campo, que siendo la de Santo Domingo, renace eterna a las tres de la tarde,
cuando el cornetín anuncia la hora nona. En ese instante, cuando la campana de
la Iglesia del Patrón de Granada suena a lamento incesante, la muchedumbre
agolpada en el Campo del Príncipe se arrodilla, se rinden las armas, y se
inclinan los estandartes. Jesús ha muerto en la Cruz, en ceremonia de siglos,
que no ocurre en ninguna otra parte, sólo en este barrio otrora judío, que,
como una herida abierta de parte a parte, reconoce en Él de La Cruz, al hijo de
Dios hecho carne.
Tuve la suerte en alguna ocasión de, sostener el cojín
cuajado de alfileres a don Antonio Pimentel, mientras vestía alguna imagen. En
aquellos años setenta, eran muy pocos los que se atrevían con tan solemne menester,
pero, el “Pimen” -como permitía que algunos le llamáramos- era todo un experto
en asunto tan delicado, llevado a cabo en la intimidad y el silencio de una
iglesia cerrada a cal y canto, mientras durara tan excelsa faena. Durante
nuestras conversaciones… dame ahora uno alfiler de cabeza gorda… me iba
comentando los secretos de un buen vestidor, de como aprovechar un retal
bordado para hacer un buen pecherín… Dame ahora un alfiler sin cabeza que es
para el plisado… De como aprovechar media mantilla para un rostrillo… esa
horquilla blanca que hay ahí, que va casi en la frente y no se puede ver… Me
enseñó la caída de un manto hasta el pavero y como sujetarlo para que aguantara
las levantás porque decía: Si vistes una imagen para que vaya subida en un paso
tienes que hacerlo con puntillas y alcayatas, cosa distinta es que lo hagas
para ponerla al culto en su capilla o para un besamanos, entonces en esos
casos, el asunto puede ser más liviano ¿Me entiendes? Sí Pimen.
Por eso quiero hoy rendir homenaje a todos los vestidores
de imágenes y vestidoras, que, con su trabajo anónimo, hacen posible que
nuestra semana santa haya alcanzado cotas de belleza jamás sospechadas en otros
tiempos. Hombres y mujeres que, desde el anonimato, ofrecen su trabajo
desinteresado para embellecer nuestros pasos y hacer más grande nuestra semana
santa.
Mis ojos de niño, divisan a lo lejos, un uniforme azul para
soldados, los ingenieros de ferrocarriles, cuya compañía de honores y escuadra
de gastadores, escoltan al Cristo de la Buena Muerte, desde san Juan de Letrán,
en filas de nazarenos con el verde y el granate, colores de nuestra tierra también
en los cristales, de esos faroles de mano, que revisan uno a uno, los vagones
de ese tren itinerante, que de Granada va al cielo en una chicotá constante,
alisándole el camino a la señora del Amor y del Trabajo, que en sinfonía de
lágrimas colgantes se va adentrando en Granada, desde la estación al pescante,
en coche con mil caballos de oro fino y diamantes, que surcan el cielo azul
dejando a su paso fugaz, tapada Granada... con su semblante, con el deseo perpetuo
de una Buena Muerte.
El tallista, dorador, escultor y pintor, Antonio López
Marín, restauró el viejo paso con apliques de alabastro, para el renacer
cofrade de la hermandad. Y en él represento a todos los compañeros del gremio,
que tanto y bueno han hecho por nuestras hermandades en semana santa, sin salir
de Granada. Sin olvidarme de Antonio Méndez que cuando la hermandad llevaba
tiempo sin salir, capitaneo un equipo de incondicionales para ponerla otra vez
en las calles de Granada.
Virgen del Mayor Dolor, maestra y madre escolapia, que por
méritos propios fuiste, a la Roma papal llamada, la aviación granadina con sus
alas te proclama, señora de altos vuelos, los más altos... los del alma.
Consuela a nuestro padre, Enrique Iniesta que en tu regazo declama, aquellos
versos que un día en el Pregón te lanzara, como piropo andaluz, con divisa
verde y blanca, como don Blás el notario, el que estudiara en mi Granada, que
ambos sepan que su recuerdo y obra, es una fuente que incesantemente mana, como
el costado divino de La Expiración, que un día Domingo Sánchez Mesa tallara.
Virgen del Mayor Dolor, granadina y escolapia, quien fuera alumno perpetuo del
magisterio de tu alma. Mis ojos de niño no olvidan, sobre y bajo el puente, las
hogueras y bengalas.
Celebramos los primeros cien años de la Real Federación de
Hermandades y Cofradías de Granada y, llegados a este punto, dejemos constancia
aquí para siempre, de la riqueza de la imaginería que paseamos por las calles,
sin complejos y con orgullo de mantener riquísimas obras de arte en nuestros
desfiles procesionales. Tenemos el orgullo de conservar auténticas joyas de los
Mora, Ruiz del Peral, Risueño, Espinosa Cuadros, Sánchez Mesa, López Azaustre,
Jacobo Florentino, Barbero Gor, Hermanos González, Pablo de Rojas, Zúñiga
Navarro, Diego de Siloé o Pedro de Mena, entre otros, que convierten a nuestras
hermandes, en sagrados custodios de la belleza de nuestras tallas, valoradas y
reconocidas a nivel internacional, por los más acreditados estudiosos de la imaginería
religiosa. Nada es comparable a lo que tenemos.
Parroquia de san Cecilio, del patrón de Granada su morada,
en tu capilla adosada hay dos altares en llamas. Fuego de fervor mariano que, a
La Misericordia idolatra, fuego de todos los viernes, el que por Los favores se
exclama. Crucificado paciente, que escucha uno a uno los favores que demanda,
un pueblo que sabe mucho de fatigas y proclamas, pero que en los dos confía
para aliviar sus pesares buscando la calma. Cornetas y tambores del Cuartel de
Las Palmas, con “el polilla” delante y su redoble de caja, escuela del mejor
tambor, la del Cuartel de Las Palmas. Cornetas que sin pistón beneméritos
pulmones exhalan, con música celestial que a Prieto bien le agrada, que en la
presidencia presume, de sus hombres de gran gala. Parroquia de San Cecilio,
casa donde vive el Patrón de mi Granada.
En el calvario de rodillas, señora de santa Ana rezas, Tú
Soledad de soledades, manos que en tu pecho sujetan, el dolor insoportable
nacido de una saeta. Mora quiso dotarte de resignada dolencia, con un gesto
virginal de aceptación por conciencia, pues Tú eres la Madre de Dios, y sabes
la trascendencia que para el mundo tendrá, Él que ahora nos priva de su
presencia. Él que delante de Ti, en urna de plata y nácar avanza, hacia un
sepulcro de piedra en el que tendrán breve estancia, pues pronto será llamado a
las más altas instancias. Mientras se suceden las notas, de la fúnebre tonada y
a paso lento rachean costaleros de alpargatas, con el ego ya agotado, sin
necesitar palios que se cimbrean, ni marchas que parten la pana, pues sólo con
el corazón dolido y en silencio, se lleva, al titular oficial... de la Semana
Santa en Granada.
Los santos varones portan en humildes angarillas, el cuerpo
muerto de Dios, en compañía de María, de todas las marías. Con escolta de
romanos, al redoble del tambor, las chías van proclamando que ha muerto el hijo
de Dios. Trompeta cuyo lúgubre lamento a los niños asusta y al tiempo, los
lleva a la inocente porfía de gritar... ¡Chía toca! Y al escuchar el redoble y
las trompetas macabras, los niños se sobrecogen y los mayores amagan, esperando
pase pronto el ratillo que separa, un toque de un redoble, y un Chía toca, por
las calles de Granada, que el Compás de san Jerónimo en primavera avanzada,
dejó salir para regresar pronto, a la Soledad de Granada, la que en oración
espera, junto a la tumba laureada, de don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran
Capitán de Granada, que la escolta y la custodia todo el año en su morada, y
por Dios que se impacienta si la dama se retrasa, por eso La Soledad se pasea
por Granada, sin prisa pero sin pausa, que Ella quiere ver pronto otra vez a su
fiel don Gonzalo, de rodillas y a la entrada de San Jerónimo, dándole la
bienvenida a su regreso de las calles de Granada, donde es bien sabido que el
corazón... el corazón es el que manda.
En este primer centenario de nuestra Real Federación de Cofradías,
justo es hacer aquí homenaje de admiración y respeto a, algunos hombres que
trabajaron desinteresadamente por mantener la institución en pie, con su trabajo
y esfuerzo. Uno de ellos fue el bueno de Antonio, secretario durante muchos
años de la institución que, con su sueldo pírrico de dependiente de Calzados
Garach en la Gran Vía, editaba de su pecunio todos los años un díptico muy
humilde a una sola tinta, con las salidas e itinerarios de las procesiones de
los años sesenta, que repartía gratuitamente en la zapatería, a todos los que
nos acercábamos cada año, para saber de nuestra semana santa. De hombres como
el, está hecha nuestra Federación y nuestra semana santa.
Una semana santa que comienza el Domingo de Ramos, a la
hora de Ángelus, con la preceptiva misa de la procesión de las palmas, esas que
nuestros niños y niñas a la usanza hebrea, portan en sus manos, como preludio
de aquel que, a lomos de una borriquilla, entró en Jerusalén. Esas ramas
amarillas de filigrana o no, reales o plebeyas, que, junto con alguna ramita de
olivo, acompañan la entrada de Jesús, de Espinosa Cuadros, por la puerta de
Elvira, Más Paz, es imposible. Joaquín Melgar, se encarga de su aderezo.
Con la Alhambra por testigo, a la vera del río que da oro,
Jesús de La Sentencia, acata su destino con la imagen que Mora quiso darle,
mientras, Pilatos se lava las manos, momento que el lector aprovecha para hacer
público el dictamen de crucifixión. La doble baranda pétrea del puente Cabrera,
que une el Albayzín con La Alhambra, es el lugar exacto donde hay que ponerse a
recibir tanta Maravilla, y con sólo girar el cuerpo, despedirla dejándola
entrar en Granada por la plaza de Santa Ana. Nadie lo sabe, pero bajo uno de
esos capillos, un año más hace estación de penitencia, Miguel López Escribano,
albacea perpetuo de este cortejo que nace y muere en san Pedro. Una luna de
angora y difuminada, ha madrugado en el firmamento, para ser testigo de tu
presencia Señora, por las calles de Granada. Sutil movimiento de palio,
acompasado por las notas que sabiamente, Sánchez Ruzafa arrebata a un
pentagrama de rosas, perladas por una escarcha de corcheas, fusas, blancas y
negras, que elegidos costaleros interpretan, transcribiendo a un paso de
contención y balanza, para que levites hermosa, por ésta Carrera, mitad calle,
mitad agua. Convergen en ésta Carrera, por cuya grieta mana el agua, corazones
que en volandas te llevan hacia Granada, para mostrarte orgullosos como la
Maravilla que eres, aunque durante el año te escondas a los pies de nuestra
Alhambra. Sus torres te dan sombra, arrullo el rumor de sus aguas, cobijo el de
tus cofrades, que velan por Tí a la vera de la Alhambra. Señora que tienes de
alfombra, la mejor de las Carreras, esta que sirve de puente entre san Pedro y
Plaza Nueva, la única Carrera Señora que por Tí es, mitad calle y mitad agua.
Desde el levante musical, a mediados de los setenta, nos
llegó la esperanza de la música de semana santa granadina, con uniforme militar
ocupando plaza en la banda de Música de la Novena Región Militar dirigida por
el capitán, Julio Marabotto Brocco, teniendo como compañeros a Lirio José Palomar
y Francisco Higuero, entre otros. Hablo del maestro Miguel Sánchez Ruzafa, que
en unos tiempos en los que nadie componía nuevas partituras para la semana
santa de Granada, tomó el lápiz, el papel pautado y se puso manos a la obra.
Otros y muy capacitados han venido después, a los que hay que agradecerles
igualmente sus composiciones, pero quede mi felicitación a todos ellos,
personificada en la persona de Miguel Sánchez Ruzafa, que, con sus marchas
dedicadas a nuestra semana santa y nuestras hermandades, abrió un camino que
cada vez es más ancho y exitoso.
La calle, Ancha de Santo Domingo se hace estrecha, cuando
de regreso, Jesús, acompañado de los doce apóstoles y de su madre victoriosa,
regresa a la catedral de Realejo. La Plaza de Santo Domingo, constituida en
cabildo ciudadano, bajo la presidencia de Fray Luís de Granada, recibe al grupo
escultórico más nutrido de la Semana Santa granadina. Desde la espadaña de la
parroquia de Santa Escolástica, don José Gómez Sánchez-Reina, vigila el
desarrollo de un regreso en olor de multitudes. Una última cena que se abre
paso entre el gentío al requinto de la corneta, mientras el tambor marca
solemne el paso con el izquierdo, en un andar costalero, que rezuma tradición
granatensis, desde la primera hornada.
El sevillano Ramos Corona, creó para la semana santa de la
ciudad de la Alhambra, una nueva advocación, presentándonos a Jesús Despojado
de sus Vestiduras, hasta entonces ausente de los desfiles penitenciales
granadinos, germinando un barrio hasta entonces, ayuno de hermandades y
cofrades. Es el de san Antón y sus contornos, el mejor lugar para visionar con
plenitud, a esta hermandad que ha ido cubriendo con los años su mesa de altar
andante, hasta lograr un grupo escultórico de primer orden, que ha tenido el
honor de pernoctar en la madrileña Colegiata de san Isidro, antigua catedral, y
pasear las calles de la Villa y Corte, en la última visita que un Papa ha
realizado a las Españas. De esta forma tan granadina, tuvo Madrid su Domingo de
Ramos en pleno agosto. Y el aire preñado de buena música de cornetas y
tambores, de galón de plata y casco con penacho emplumado, abre el paso de un
cortejo, imprescindible ya, para la historia en la Semana Santa de Granada.
De los fieles servidores de la Federación, no puedo
olvidarme de Jacinto Morente, que después de cubrir una etapa brillantísima en
su hermandad de la Humildad y Soledad, dedicó años a ensamblar y engrasar el
mecanismo federativo, para el bien de todas las hermandades y mayor esplendor
de nuestra semana santa.
Cautivo de Blanco roto y manos atadas, de mirada al suelo y
resignación humana que, desde la Iglesia de Nuestra Señora de La O, bordea la
Seo de Granada, a la mecida que marcan pies albaycineros, que saben mucho de
madrugadas sin fin por la cuesta de la Alhacaba. Cautivo del convento de La
Encarnación, de la hermandad de Los Negritos, de clausuras y Maitines, que, al
bamboleo de su túnica, va captando almas, precediendo a su madre de La
Encarnación, que un día fuera soñada por unos cofrades que también eran
devotos, del malagueño Fray Leopoldo, beato de la actual Garnata. Cautivo que
cautiva corazones, que consuela a los presos de la Calle de La Cárcel, vigilado
a la entrada y la salida, por el racionero de la catedral, el artista Alonso
Cano.
Y ya que hablo de una hermandad conventual, quiero aquí hoy
rendir homenaje de admiración y respeto a todas las monjas que, en sus
respectivos conventos, acogen a un buen número de hermandades de nuestra semana
santa, con el mismo entusiasmo y dedicación de los cofrades que las integran.
Monjas de clausura o no, que, con sus rezos, cánticos, y tareas de conservación
y limpieza, hacen que nuestro quehacer en las cofradías, sea mucho más
llevadero y sin cuya colaboración, nuestro trabajo no sería el mismo.
El Cristo del Trabajo y Nuestra señora de La Luz, abren la
temprana tarde del lunes santo granadino, desde el popular barrio del Zaidín,
donde sus gentes acogieron a la hermandad nueva, con el entusiasmo de viejos
cofrades venidos de barriadas antiguas. Como nuevos colonizadores de la
tradición semanasantera, hombres y mujeres entregados a la causa de la
militancia cofrade, han hecho de la joven hermandad, orgulloso estandarte con
el que ponerse en el centro de la carrera oficial, a pesar de la extremada
jornada. Este cortejo vibra mejor en la avenida de Dílar, o en las cercanías de
la parroquia del Corpus Cristi. Y ahora con energías renovadas, pues sus
hombres y mujeres se afanan en preparar su próxima coronación canónica, con el
apoyo de un cofrade veterano y experto como Jesús Muros, historia viva de
nuestra actual semana santa, cuyo ejemplar trabajo es motivo de admiración por
todos.
La Virgen de Los Dolores, dolorosa de vestir granaina de
manos juntas, nacida en los sesenta del siglo pasado, gracias a la virtud
artística del escultor imaginero, Aurelio López Azaustre, enraizada en el
tercio de requetés, Isabel La Católica, y en la capilla de los Gómez de Las
Cortinas, ha hecho del color salmón, baluarte identificativo, que luce de
manera especial, cuando es rozado por el sol del atardecer, en la Carrera del
Darro, a los pies de la Alhambra, cuando sobre sus nobles costaleros, la virgen
va buscando Granada. Don Antonio González Ortiz, con su boina calada, alinea
los ciriales que al paso preceden, mientras que “churrete”, sostiene firme el
estandarte mayor de la cruz de san Andrés, que el viento flamea, cuán galeón
conquistador al llegar a plaza nueva. Don Valentín Ruiz Aznar, capellán de
franciscanas, ha preparado espiritualmente a los componentes del cortejo, en la
auténtica fe mariana.
Los Padres Trinitarios Descalzos del Convento de Nuestra
Señora de Gracia, encargaron esta obra genial a los Mora, para la Cofradía
Trinitaria de Redención de Cautivos de Granada, y desde entonces, siglos ya que
el fervor de los granadinos siempre fue en su dirección. El noble barrio de La Magdalena
es el mejor entorno para rezarle cuando sale a las calles de Granada, ya que,
de su primitivo convento de la Plaza de La Trinidad, sólo nos queda la fuente
que mana agua. La antigua cofradía del Prendimiento de Jesús, lo introdujo en
la moderna semana santa de los felices años veinte, y hasta ahora, este Cristo
golpeado y coronado de espinas, constituye uno de los atractivos más venerados
de la semana santa granadina. Ellos también están de aniversario.
Eran noches de cuaresma interminables, en el patio de las
Comendadoras de Santiago, antiguo y primigenio “Campanario”, donde la Granada
cofrade, ante la ausencia de casas de hermandad, se reunía alrededor de una
caja de quintos de cerveza, para ir preparando la semana santa. Don Antonio
Maciá, hermano mayor del Huerto, pese a su avanzada edad, sintonizaba como
nadie con, aquel movimiento costalero emergente, que tanto bien haría en
beneficio de todas las hermandades. Y entre cigarrillo y botellín, Curro Andrés
y Manolo Ocón, entre otros, en nombre de la cuadrilla de costaleros Nazarenos,
llegaron al acuerdo de sacar el paso de María Santísima de La Amargura, con
aquella “igualá” en la que destacaban por su altura y buen hacer en la primera
trabajadera, Jesús Ortiz en una pata, y Miguel Ángel Soria Ubago en la otra.
Dos compadres que hicieron del andar costalero principiante, un arte
desinteresado y solidario, a las órdenes de Paco Carrasco, llevando como
contraguías a, Alberto Rodríguez Roldán, y Alfredo Navarro Santiago. Y así, por
primera vez, se echó La Amargura a las calles de Granada, a hombros de no
profesionales, con su paso dorado en madera, repleto de luces eléctricas
alrededor de los respiraderos, gracias a unas baterías de camión instaladas
bajo la mesa, cuyo ácido dio buena cuenta del cuello y la espalda, entre otros,
de José Antonio Sánchez, “El Pupus”, en la primera “levantá” ya que, al
ponerlas a cargar, a alguien se le olvidó ponerles los tapones. Esas cosas
pasan, que diría mi hermano Falo, que también iba debajo.
El paso del Señor del Huerto salía a la calle sobre un
artilugio de ruedas, que permitía curvar para cambiar de calle, gracias a un
timón metálico, en cuyo manejo se había convertido un gran experto, José
Carranza, “El Wily”, dado que su hermandad de “La Cañilla”, también sabía de mecanismos
análogos. Aunque le precedió en esa conducción y maestría, mi admirado e
inolvidable, Antonio García Orihuela, pelotero y cofrade mayor del reino, de
cuya conversación sabia, me ilustré durante decenios. Orihuela, para los
amigos, fue un cofrade ejemplar del Huerto, dispuesto a colaborar en todo, y
entusiasmado desde el primer día, con aquel movimiento de hermanos costaleros,
que tanto bien han hecho por nuestra semana santa, desde la entrega
desinteresada y el entusiasmo más desmedido.
Pero fue don Antonio Maciá, quién aupado por aquella
juventud, dio los primeros pasos para la renovación total de la hermandad del
Lunes Santo, que después seguiría cuando, su sobrino, José Luís Maciá, cogió la
vara de hermano mayor, y tras él, los que le siguieron. La hermandad de la
calle Santiago, que tiene su sede en el kilómetro cero del camino a Compostela,
pasó en pocos años, de tener un discreto papel en la noche del Lunes Santo, a
comandar un movimiento cofrade “realejeño”, que pronto irradió al resto de
cercanas hermandades, convirtiendo al barrio “greñúo”, en epicentro de la
Granada cofrade, que incluso ha tomado por su catedral, la iglesia de Santo
Domingo.
Las manos de un churrianero de la vega tallaron con primor
la escena del huerto de los olivos, cuando Jesús toma conciencia de su destino.
Domingo Sánchez Mesa, gubia en mano, sacó lo mejor de sí para alumbrar un
Cristo, un ángel y un apostolado, que pese a no ser los primeros presentados, ya
se hicieron con el barrio de los trenzados. En los terrenos de la madre de
Boabdil, se asienta el convento de los caballeros de la Orden de Santiago,
kilómetro cero de un camino a Santiago, y allí, desde su patio, sale la
Amargura a la calle, precedida del cante morentiano, que el último año de su
vida, rindió tributo a la reina del Realejo a los pies de su atrio. Engarzada
en la armonía de Font de Anta, la familia Morente al completo cantó tras las
tapias de Santiago, una amargura divina, que al tiempo resultó despedida, pues
la fatalidad quiso, o tal vez la voluntad divina, que aquel fuera el último
adiós de un Morente en despedida, que involuntariamente surcó el negro cielo
estrellado de la calle de Santiago, para unirse a un firmamento, que su llegada
colmó de vida. Calle de Santiago granadina, donde la saeta rasga el cielo, como
un velo, en despedida.
Y si hablamos de mantener en los años difíciles la Real
Federación de Cofradías, no podemos olvidarnos de don José Gómez Sánchez Reina,
que, desde su hermandad de La Santa Cena, que nunca soltó de la mano, apostó
por el organismo como nadie, llegando incluso en tiempos de penurias, a tener
que pregonar en más de una ocasión nuestra semana santa.
Callad gentes de fuera, ajenas a las costumbres, pues suena
el campanil del convento del santo ángel custodio. Callad y apagad las luces,
escuchad el rachear de alpargatas costaleras, oíd como lloran el clarinete, el
oboe y el fagot, sentid como un pelícano hiere su pecho y alimenta a sus
retoños, ved por el ojo entreabierto de éste mortecino crucificado nuestros
despojos. Él que nos salvó de la peste, de las inundaciones y los terremotos,
que nos sobrecoge el alma al no poder mantener la mirada de sus ojos. Cristo de
san Agustín, de la noche oscura del alma, de pasión y penitencia por las calles
de Granada, de Consolación y sagrado protector de Granada. Te acompaño por San
Antón, por Capuchinas, Trinidad y Jáudenes y vuelvo tras de ti a tu convento a
aguardar un nuevo año, cuando la noche te cobija, como un manto protector,
salpicado de escarcha.
Mujeres henchidas de Caridad, vienen desde el Zaidín a
Granada, para dar testimonio vivo de su poder y zancada. El trayecto se hace
corto, liviana la carga, mientras Longinos inclemente cumple con las escrituras
asestando certera Lanzada. Mecida al compás del tambor, que hombres y mujeres
levantan a los cielos, con el incienso formando nubes, que juegan con los
arcángeles, aromatizando el firmamento. Barbero Gor inspirado, talló un Cristo
sobre el Calvario que, en su semblante, ya se muestra entregado y convencido de
su altísima misión. Hombre que siendo del mismísimo Dios hijo, no tiene fácil
aceptar que la salvación del mundo pasa por su martirio, más llegada la hora, y
comprendido el macabro acertijo, acepta con serenidad su destino, entregando la
suya por la nuestra. Hablo... de la vida como sino.
Virgen verde Esperanza de Las Tres Necesidades, señora de
Plaza Nueva, de La Almanzora y la Cárcel, cuantos años aderezada por Dulce,
venerada por Crespo, regentada tu hermandad por la banca y los agentes de
cambio y bolsa, con las saetas de Arcadio Ortega, cantadas por La Parrona.
Cuantas noches el reloj de la Audiencia que te cobijó, desparramó sus
campanadas por el aire de Granada, convirtiendo la madrugada en cante jondo de
fragua. Hoy que recobra titularidad el señor del Gran Poder y la seguiriya es
palo apropiado, Juan Antonio Cuevas Pérez, El Piki, saldrá a tu paso y desde el
más allá, de un quejío parará a tus costaleros, para que sin avanzar... sobre
el terreno, aguanten el cante grande con dukelas encantadas, ese que el corazón
desangra, porque en Granada Señora, el corazón... ¡el corazón es el que manda!
De siempre he mantenido que, la larga y ancha sombra de la
Alhambra, mantiene ocultos otros monumentos granadinos que, por si solos, en
cualquier otra ciudad harían de ella una gran urbe monumental y artística de
primer orden. Por no hacer la lista muy larga, hablo por ejemplo de, La
Cartuja, San Jerónimo, La Catedral, La Abadía del Sacromonte, o La Capilla
Real. Admitiendo que somos conocidos en todo el mundo por lo que tenemos en la
Colina Roja, que es un auténtico tesoro, no deberíamos perder de vista los
restantes y, sobre todo, aquellos que más necesitan de nuestra ayuda para su
conservación.
Hablo de un lugar idílico, las piedras sobre las que se
asienta desde 1633, la Ermita del Santo Sepulcro sacromontana, a pocos metros
ya de la última subida a La Abadía. Lugar de encanto y embrujo, se me antoja
necesitado de una manita que, lo resucite de su estado de conservación y lo
coloque en el lugar que le corresponde por su importancia histórica.
Su origen está en 1633, cuando los terciarios franciscanos
erigieron un Vía Crucis entre la Cuesta del Chapiz y la ermita, que se
construirá posteriormente en 1636. En 1644 se pidió permiso al arzobispo para
formalizar el Vía Crucis y durante toda esta época se construyeron las cruces
que jalonaban las estaciones. Fue la cofradía de la Orden Tercera de San
Francisco que tenía su sede en el convento de San Francisco Casa Grande (Hoy
sede del MADOC), la pionera en
desarrollarse como una corporación de vía sacra iniciando esta práctica
devocional, según el cronista Francisco Henríquez de Jorquera, en 1633, con un
recorrido que partía de las casas del Chapiz y que continuaba por “la calle de
la Amargura” que les conducía hasta el cerro de Valparaiso, donde se encontraba
la abadía del Sacromonte (fundada en 1610), que desde 1595 se había convertido
en un importante centro de peregrinación, impulsado por el “descubrimiento” de
los restos de San Cecilio, primer obispo de la ciudad, y de otros santos
mártires. Un desatado fervor popular pobló el camino de cruces pétreas y de
madera ofrendadas por particulares, instituciones y corporaciones gremiales o
profesionales (ganapanes o palanquines de la plaza de Bibarrambla, hortelanos,
mercaderes del hierro, a las que se fueron sumando oratorios y capillas que
finalizaban en la ermita del Santo Sepulcro.
Henríquez de Jorquera nos da buena cuenta de este recorrido
(c. 1640) y describe con precisión algunas de sus cruces más significativas:
“Tenga el primer lugar en cuanto cruces el Sacro Monte
Ilipulitano y la Sacra Vía de los Terceros de la gran casa de nuestro seráfico
San Francisco, que comienzan desde las principales casas del Chapiz y acaba en
el monte Calvario y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, que están
fundados al principio y subida de la cuesta del dicho Sacro Monte Ilipulitano,
obra de grande admiración e igual costa hecha por la devoción y limosna de los
hermanos terceros que frecuentaban esta vía sacra todos los viernes del año por
la noche. Son muchas cruces de piedra repartidas a corta distancia donde se
meditan los pasos de la pasión”.
El académico granadino, Juan Ruiz Jiménez, en un trabajo
extraordinario y preciosista, detalla los entresijos de este vía crucis de una
manera brillante y, la importancia de la ermita del Santo Sepulcro,
sumergiéndonos en aquel siglo XVII.
Los hermanos cofrades y la gente que se sumaba al vía
crucis comenzarían el recorrido previo desde su sede en el convento de San
Francisco Casa Grande (lugar en el que guardarían los enseres que portaban en
la procesión) para dirigirse a la iglesia de San Pedro y San Pablo, donde tras
un acto de arrepentimiento y el rezo de la primeras oraciones continuaban el
itinerario por las tres estaciones previas que realizaban antes de llegar a las
casas del Chapiz, donde había, según Van der Hammen, “una imagen de Nuestra
Señora”, y que, como he apuntado, era donde daba comienzo la vía dolorosa. El
vía crucis constaba de catorce estaciones, en cada una de las cuales se
obtenían treinta indulgencias plenarias y se sacaban dos ánimas del purgatorio
si se cumplía con unos ciertos requisitos. Van der Hammen precisa los pasajes
de meditación y oraciones que se realizaban en cada una de las estaciones, así
como la distancia que separaba cada una de ellas.
Terminado el recorrido en la ermita del Santo Sepulcro, ya
en el Sacromonte, subían hasta la colegiata, donde continuaban con distintos
rezos durante la visita a los hornos en los que habían recibido martirio San
Cecilio y sus compañeros y a la iglesia de la abadía. En esta última, tenía
lugar una plática que estaba a cargo de uno de los canónigos de esta
institución y las disciplinas de los cofrades, ajenas a la exposición pública
característica de las procesiones de disciplinantes de otras cofradías penitenciales.
Durante el regreso a la ciudad, “se viene diciendo la corona de Nuestra Señora
para que, así como a la ida se hizo conmemoración de la sagrada pasión de
Christo, señor nuestro, a la venida se haga de los gozos de su purísima madre”.
A lo largo del camino se iban recitando otras oraciones marianas
correspondientes a los siete misterios gozosos y se obtenían nuevas
indulgencias. Llegados a las casas del Chapiz, postrados ante la imagen de la
Virgen, decían una última oración con la que concluía el vía crucis.
Finalmente, volvían a pasar por la iglesia de San Pedro: “donde con la
bendición del cura o de otro sacerdote se van a sus casas, casi a la media
noche y esto es todo el año, -los viernes y el miércoles de ceniza- aunque
llueva”.
Este es el nacimiento de la tradición del Via Crucis en
Granada que, a principios del siglo XX, tiene su máximo exponente en la Hermandad
de la parroquia albayzinera del Salvador, en torno a catorce tapices pintados
por Garrigues.
Hermandad decana de la semana santa de Granada, pionera de
vía crucis al Cerro del Aceituno, que desde el Salvador a san Miguel, derrama
fe por las veredas empedradas, con centurias de romanos sobre el arco de
Fajalauza, despertando a la madrugada, empujando al amanecer, con Jesús de La
Amargura en humildes andas, y tras Él, su eterna Madre de Las Lágrimas, más
tarde nuestra señora de Los Reyes, pues justicia y agradecimiento hay que
hacer, al hecho de finalizar prolongado exilio catedralicio, consiguiendo por
fin la titularidad de la primera iglesia de Granada, la mezquita de Teibir, en
callejuela estrecha frente a la Alhambra. Regreso al Albayzín, al barrio madre
de Granada, donde vio por vez primera la luz, la semana santa oficial de
Granada. Catorce estaciones penitenciales, catorce tapices pintados por
Garrigues, catorce saetas ensangrentadas, para coronar una noche frente a La
Alhambra.
El pie de la señora quisiera besar hoy y por siempre. ¿Para
qué si no? lo dejaron asomar los hermanos González por debajo de la enagua. Pie
que tímidamente sale por el dobladillo de la falda, pie que se insinúa, para
que le sea rendida pleitesía a la señora de la cava, de la Garnata al-yahud, de
la eterna Granada. Pie que al cristiano arrodilla, para besar sus dedos y orar
postrado, en símbolo de total entrega por su fervor mariano, pues la Soledad
dominica, es la soledad también del campo del Príncipe, es la Soledad de
soledades. La de túnica granate, que sobre su regazo apenada contempla los
estigmas de la pasión, siempre prologada por la Humildad de su hijo, con
clámide y cañilla, que avanza en austero estilismo, a las órdenes del Sánchez
Osuna, o José Carranza, eternos y perpetuos capataces del Realejo... y de
Granada.
Cuando por fin floreció la primavera, se acallaron los
tiros, y los hermanos dejaron de matarse, salió el Consuelo a la Calle para
poner orden en las veredas. Del Sacromonte a Granada, en mayo del treinta y
nueve, se ponen los cimientos de ésta legendaria hermandad, que, gracias a tres
ilustres cofrades, perdura en el tiempo gozando de sus bodas de diamantes
otrora celebradas. José Estévez, Agustín Pacceti y José Jiménez, tienen la
visión perfecta para crear una hermandad, en el lugar más gitano de Granada.
Teniendo La Abadía como sede, no se puede pedir mayor emblema, para realizar el
mayor recorrido imaginado hasta la fecha, serpenteando entre las pitas, para
jugar con las bengalas y las hogueras, para dejarse mecer por las mejores
saetas, esas que brotan en la madrugada a las puertas de las cuevas, donde el
quejío flamenco tiene su cuna, y el duende del baile sus recovecos junto a la
luna. Y así, de esta manera suave, con la mecida justa y el corazón en balanza,
nos acercamos madre, a la madrugá de Granada. Porque madrugada es la que nace
en la verea de en medio, y muere con el amanecer reflejado en la fachada de una
abadía incomparable, en un monte desde siglos consagrado. Cristo de cuatro
clavos, tiznado por las hogueras, semblante del buen descanso por escuchar las
saetas. Que la luz de las bengalas, en arco iris la noche convierta, pues el
Sacromonte es pleno día, aunque de noche parezca. Sinfonía de las gargantas que
a tu paso desencadenas, entre payos y gitanos rivalizando en buena lid la
contienda, de cantes grandes de fragua entre vereda y vereda. Consuelo de
cuatro clavos, único en tu ralea granaina, de la capilla de Aeropagita sales
para reinar en la abadía, mientras Modesto Velasco te graba en su retina,
devolviéndonos tu imagen entre mecida y mecida. Señora del Sacromonte, patrona
eterna del cante, con tu poderío dominas también el toque y el baile, que unos
churumbeles hacen en la puerta de sus cuevas, a tu paso, con garbo y flamenco
desplante. Señora de canastos de mimbre, de repujados en cobre, de pleita de
esparto, de esquiladores de crines al instante, recibid la ofrenda cantaora de esta
Granada que, se hace gitana de noche y jesuita de tarde.
Y ya que hablamos de Modesto Velasco, policía del gabinete
dactiloscópico, pero fotógrafo de la semana santa en Granada, mi homenaje a
todos los que, con su cámara al hombro, se echan a la calle para tomar las instantáneas
que perduran en el tiempo, y que, gracias a ellos, tenemos carteles memorables
de nuestra historia en la calle, publicaciones ilustradas y, siempre con el
desinterés por delante, pues son muchos más los gastos que la recompensas, pero
ellos también son cofrades.
Es Granada la ciudad de los mil pregones, y entre ellos, el
más nuevo, es el cartel de nuestra semana santa. Ese que no necesita de voces y
ruido para hacerse oír. El que, desde un escaparate, una puerta o fachada, es
capaz de hacer volver sobre sus pasos, al tranquilo paseante y enfrentarlo a la
verdad de su mensaje. Ese sin duda es el cartel cofrade. Porque a la verdad del
motivo, Granada añade al cartel sin proponérselo, tres virtudes teologales: La
riqueza infinita de su imaginería, imposible de encontrar en otras partes. La
sinuosidad y escarpado de sus calles, y el paisaje con más Patrimonio Mundial
por metro cuadrado por donde discurren sus desfiles de penitencia. Esto si que
no nos lo puede quitar nadie.
Medita Jesús sobre una roca sentado, en mitad de su
martirio, con orgullo por mujeres transportado. Medita el Hijo de Dios, que
durante años vivió la Granada de san Juan de Dios muy a su lado, y medita ahora
su suerte, cuando desde san Justo Y Pastor, con vitola de estudiante, por la
tuna es cantado cuando avanza su sextante por el barrio de san Jerónimo,
avanzada ya la tarde. Cristo de los estudiantes, de colegios mayores, escuelas
y facultades, tuyo es el poder y la nota, cuando en la Plaza de La Universidad,
se examinan tus cofrades, de su militar en la fe, formando cortejo a tu sereno
semblante, paseándote por Granada, con aroma de incienso, a ritmo de Gaudeamus
ígitur. Virgen de Los Remedios, remedia
nuestros males, que tú intercesión ante Jesús mitigue nuestras fatigas. Alegrémonos
pues, de haberos recuperado, y ayudadnos a aprobar, en las aulas, en la iglesia
y en la calle.
Imperial de San Matías, parroquia de las eternas, con un
barrio como el tuyo se conquistan nuevas tierras. Altar de calle con ángeles de
chupete y gafas, con techo de palio de Ortuño, cofrade del alma, de una Virgen
de Las Penas, que de rodillas es portada, por costaleros de historia, en las
calles de Granada. Precede Él de La Paciencia, morador de biblioteca en la casa
de Juan Ciudad, que tanto sabe de sacrificio por los demás. Cortejo al convento
del Carmen, por documento hermanado, de hábito y capillo en oro viejo y morado,
de una semana santa presidida por Montalvo. Barrio de san Matías, otrora poco
horadado por cortejos vecinales, pero de paso obligado al común de los
cofrades, como arteria que conecta varias granadas cuaresmales, que a ritmo de
costalero va arracimando cofrades.
Salve, estrella de los mares, de los mares iris de eterna
ventura, salve, Fénix de hermosura, madre del Divino Amor. De tus doce varales
penden rosarios de amor, que, con su tintineo, van componiendo la partitura
musical del mejor andar costalero. Costalero del Realejo, a la señora del
Rosario entregado, como el marinero al timón de la nave que, surcando, va por
las aguas, en busca de un horizonte preñado de amor, de espuma y azul empapado.
Cristo de las Tres Caídas, del palo mayor tallado, en tu semblante cetrino está
la escuela imaginera granadina de mayor calado. Melena al viento la tuya y de
espinas coronado, te escolta el buen cirineo involuntariamente captado, para
evitar que sucumbas antes de llegar al Calvario. Cristo de la Tres Caídas, en
el Albayzín venerado, en Real clausura de reina, la mayor cristiana del pago,
cae sobre mis hombros Señor, como si fueras El del Paño.
Y llegado este momento, tiempo es ya de agradecer a todos
los medios de comunicación granadinos, el seguimiento y promoción de nuestra
semana santa. Prensa escrita, radio, Tv, medios digitales, cuyos hombres y
mujeres se desviven por dar noticias durante todo el año, de cuanto acontece en
torno a nuestra semana santa. Cofrades y periodistas convertidos en
propagadores de todo lo que acontece en derredor de las hermandades, en la
mayoría de los casos, de manera altruista, con el solo pago de la recompensa desinteresada,
por el solo hecho de sentir nuestra semana santa como algo propio y digno de
publicar.
Amor y Entrega fundaron desde san Ildefonso a San Isidro,
un Cristo de Cruz acuestas, con túnica de pajizo, que, al llegar a Concepción,
franciscano sé rehízo. Cristo aristócrata de Las Heras, que Zúñiga reinventó
para poder gozar así en el frontispicio, de una postal sin igual con el fondo
de la Alhambra, junto al hospital del Maristán. Convento de La Concepción,
donde como por hechizo, costaleros novatos se convertirán en padres de un
oficio, que tiene por gallardía, portar a los titulares por amor y en simpatía,
que sólo con ese pago, satisfechos se dan de por vida. Aurelio López Azaustre,
hacedor de rostros virginales, echa el resto con La Concha, no hay parangón, es
de cabales. Su rostro es de cante hondo, los plateros ya lo saben, por eso en
su carmen albaicinero se gestó tal grandeza, con hechura maestrante, que el
azul es el del cielo, y la plata su sextante, para no perder el rumbo cuando
hasta la Catedral baje, buscando la madrugada, en esa noche de luna, que solo
tiene Granada.
En el principio, fue El Amor y La Entrega, y María
Santísima de La Concepción, y el verbo estaba en Dios. Y como crisálida divina
de germen muy cofradiero, por los mismos hacederos, apareció El Nazareno y, una
virgen carcelaria patrona de muros adentro, salió de la clausura a la calle, de
La Merced, Señora, yo soy vuestro siervo. Cedro noble para Barbero, que gubia a
gubia fue tallando al nazareno, gota de sangre del pómulo, que cae sobre la uña
del dedo grueso. En los muros donde habitó Gonzalo Fernández de Córdoba, fiel
servidor de la reina católica, se velan las armas antes de combatir al infiel,
que aún mora en la ciudadela. Muros conjuntos donde aguardan al nazareno y su
virgen, al sonar de madrugada la campana alhambreña, en Miércoles Santo de
rezo, rechazando las tinieblas, esperando al nuevo día, en que san Juan de La
Cruz, entre por la cancela, y como buen confesor, declare la noche abierta,
pues oscura ya no está, desde que Élla, bajo palio la regenta.
Y llegamos así a la noche, la del jueves santo, que por lo
visto no tiene madrugada en Granada. Los antiguos alumnos salesianos tienen
mucho que ver en el nacimiento, de la más joven hermandad del Jueves Santo. Al
amparo de María Auxiliadora, donde Torremocha ensancha los campos y, se adivina
a lo lejos el río Dílar surcando páramos, en capillas adosadas al templo el
Cristo de La Redención, in memoriam de aquel año, recuerda al menesteroso Sáez,
y a tantos alumnos olvidados, que con orgullo vistieron el azul y negro del
hábito. La Virgen de La Salud, en trono madera y plata basado, cruza la semana
santa de norte a sur, de este a oeste, desde el moderno Zaidín, camino del
Puente Blanco, para llegar la primera a la seo granatensis, regresando pronto
al barrio, pues de nuevo, cuando del río está a éste otro lado, es cuando mejor
se comprende el significado del sudario, que aún habiendo sido menguado, paño
de pureza generoso se antoja al crucificado, más lejos de ser mácula esto, muy
por el contrario, es signo de distinción, de diferencia y de garbo, pues quiso
así el imaginero, que éste Cristo de mechón alado, no fuera así confundido, con
ninguno que a su lado, pudiera también situar su cruz en el Monte del Calvario.
Llegado es el momento pues, de agradecer aquí a esa nueva
hornada de pintores cofrades, su imprescindible colaboración para con nuestras
hermandades y, por ende, con nuestra semana mayor. Son muchos los que han
retomado la pintura para ofrecernos en la última década excelentes carteles que
representan nuestras advocaciones y nuestra semana de pasión. Permítaseme ante
la tentación de pasar lista y olvidarme de alguno, representarlos en algunos
que nos precedieron en ese inmenso amor artístico, como José Ortuño en su
cofradía de Las Penas, Hipólito Llanes en su Cristo de Los Favores y Nuestra
Señora de Las Angustias y el maestro Manuel López Vázquez en María Santísima de
La Concepción. Todos ellos y los actuales, pintores de gloria para nuestra
semana santa.
Aurora de los toreros, sultana de los jazmines, del mirto,
el arrayán, el tomillo y el romero, del galán de noche y la albahaca. Señora de
Mariscales y Montenegros, que con sus vestidos de luces te han cosido el palio
de blanco y oro para subir al cielo, baja a Granada como volando por las rampas
que los soldados del Batallón Mixto, los ingenieros zapadores, rinden a tu
paso, para más que andar, levites por san Gregorio hacia abajo. Y en llegando a
Plaza Nueva, a la voz del buen Tamayo, tus costaleros te posen como en una nube
en el asfalto, que aguarda desde hace rato, el buen Jesús del Perdón, tu Hijo
muy amado, que atado a una columna, antes que tu ha paseado, desde San Miguel a
la Chancillería, por los Grifos de san José serpenteando, hasta la Casa de Enrique
Morente, donde una saeta se ha abierto paso, y en seco los costaleros, por
seguiriyas andando, en la acabá de Molina, han puesto todo su encanto, para
abordar desde dentro, la carcelera y el taranto, en noche de primavera, la del
mismísimo, antaño, Martes Santo, cuando la Aurora preside ahora, la noche del
Jueves Santo. Encabezando el cortejo, junto al diputado de Cruz Guía, va la
banda que dirige el Sargento Patricio, corneta ilustre de España, que te tiene
sorpresa asegurada, porque al pasar por tribuna estrenará por vez primera, el
Silencio de Roy Etzel y el Himno de La Alegría, para que la gente empiece a
llamarte... Aurora, guapa, guapa, y guapa.
Dubé de Luque trabaja en su taller sevillano, para dar
imagen cierta de un Albayzín artesano, que con casticismo sale en primavera
descalzo. Jesús de La Pasión, con el cobre entre sus manos, rescata templo en
Granada, de San Cristóbal llamado, corona así el Albayzín, extramuros va
rezando, recordando Vía Crucis por el aceituno andando. Su Estrella le va
guiando por la Cuesta de La Alhacaba, al tambor va retornando, a ritmo de su
banda que va Quino comandando, subido sobre una estrella a Plaza Larga llegando.
En la calle Panaderos, el aguador va refrescando, a esa buena gente que, con
los pies, bajo el faldón va rezando, retornando por Pagés, va naciendo la
alborada, con los primeros rayos de luz, la noche ya no es callada, pues los
pajarillos toman, el relevo a la decana banda, que en Estrella de amaneceres va
bordando el pentagrama.
Las doce en punto están dando, es noche oscura del alma,
las luces se apagan sordas, el silencio es el que manda. Chirría la puerta
eclesial bajo la Alhambra cobijada, se escucha en el aire una voz... ¡Cristo de
la Misericordia, Granada te espera! Y al ritmo de un tambor destemplado que
encabeza el negro cortejo, Granada comienza a ser de negro luto tintada. Color
cetrino en su rostro a imagen de aquel cadáver, que en la Casa albaicinera de
Los Mascarones, de Mora tuvo delante, para poder darle vida a Éste Silencio
gritante. Muerte que a gritos pregona desde el Silencio gestante, a un solo
Dios verdadero que sobre taracea va reinante, entre cera de tinieblas, entre
pistilos y estambres, mientras los artilleros lo mecen en silencio y para
adelante, con marcialidad medida, armas a la funerala colgantes, en señal de
pleitesía, con la testa descubierta, como un ¡Rindan armas! Constante. Silencio
del saetero, que rasga el velo distante, de un templo de Salomón, que piedra a
piedra se cae. Silencio desde san Pedro hasta que en san Nicolás atraque, ésta
nave que por bandera, lleva a Jesús por estandarte. Granada rindióse a sus pies
una vez más sin alharacas, rezando por lo bajini, como se hace el buen cante,
el que Morente le dice, bajo el alminar de san José, cuando la noche se cierra,
sin la “sonanta” en la calle. Dios sube hasta San Nicolás, mientras el día se
abre paso, por los caminos del cante.
Mi reconocimiento y respeto con admiración y cariño a la
iglesia instituida, a la que pertenecemos todos. Atrás quedaron los años del
ostracismo, los sesenta y setenta del siglo pasado, en el que parte de esa
iglesia daba la espalda a la semana santa, hasta el punto de que nos obligaban
al incumplimiento de nuestros estatutos, que dicen que el sentido de salir a
las calles, es hacer estación de penitencia a la santa iglesia catedral
metropolitana, algo que nos fue vedado durante decenios, hasta que el hoy
cardenal Antonio Cañizares, abrió las puertas del templo a la hermandades, con
la llegada del tercer milenio. Recuerdo con cariño, aquel martillo de madera de
la hermandad de Las penas, con el que se golpeaba la cerrada cancela catedralicia
al paso de la hermandad, año tras año, suplicando nuestra entrada. Mucho han
cambiado los tiempos y los cofrades reconocemos ahora el buen trato que
recibimos de la autoridad eclesiástica, en perfecta sintonía con nuestras
hermandades de gloria y penitencia. Somos miles y miles de hombres y mujeres
los que, conformamos estas asociaciones de la iglesia, que hoy si nos sentimos
respaldados y conducidos, como así debió ser siempre.
Aunque las nuevas hornadas de cofrades solo conocen al
compadre por sus acostumbradas saetas, deben saber que ha sido persona
imprescindible en la historia de nuestra semana santa, sobre todo en el
mantenimiento y recuperación de diversas hermandades. Y lógicamente, fundador y
primera semilla germinadora de la Granada rociera, o recuperador y secretario
perpetuo de la Asociación de Amigos de La Capa, bajo mi presidencia.
Inaugurando la década de los ochenta del siglo pasado, José
Ocaña Carmona, “El Sota”, a la sazón hermano mayor de la Hermandad del Rosario,
con sede en la catedral del realejo, trajo como era tradición, a la Banda de
Música de La Armada Española, para acompañar el cortejo del Miércoles Santo,
pero el día anterior, bajo las órdenes de su director, Manuel Galduf Verdeguer,
los marineros dieron un concierto memorable en el Auditorio Manuel de Falla
–antes del incendio – a base de marchas de semana santa y militares, que
todavía está en el recuerdo de muchos granadinos. Tuvimos la suerte de que
Radio Popular de Granada, lo retransmitiera en directo para todas las Españas,
gracias a un montaje técnico, del todavía no superado en su sapiencia, Pepe
Campos de España, que, para tal menester, estrenó el primer micrófono de cañón
que vino a esta tierra, con poderes sobrenaturales, sabiamente instalado en el
palquillo de cámaras.
Por entonces, algunos teníamos algunas dificultades para
entonar la Salve Marinera, que la Compañía de Honores y la Escuadra de
Gastadores, entonaban solo a la salida de la imagen en la Plaza de Santo
Domingo, y a su regreso. Pero “El Sota,” hizo imprimir miles de fotografías de
La Virgen del Rosario, en cuyo reverso se podía leer con claridad la letra de
la oración, que todos los marineros de la armada, rezan al atardecer,
debidamente formados, en las cubiertas de nuestros barcos, por muy lejos que
estén de la Patria. Aquel año, a las voces habituales de la marinería, nos
unimos los cientos de cofrades, que estampa en mano, resolvimos con solvencia y
a voz en grito, el rezo de la salve a nuestra señora. Yo jugaba con ventaja,
porque en mi niñez, ya me la había enseñado mí tío, Antonio López Marín, que
sirvió en El Minador Marte y en La Fragata Magallanes, durante sus dos años de
mili. El mismo que ya en esa época, estaba con el proyecto del tallado y dorado
del que sería el nuevo paso de Jesús de Las Tres Caídas. Esa imagen tan
especial, que días antes habíamos bajado en solemne vía crucis, desde el
albaicinero convento de Santa Isabel La Real, cuyo cortejo, por su sobriedad y
seriedad, al pasar por una antigua
bodega a la altura de La Cruz Verde, dio el susto más grande del mundo a dos
parroquianos, que con más de media en las agujas, salían de la taberna con
destino a sus casas, pero al toparse por sorpresa con la cara del Cristo sobre
ellos, exclamaron: ¡Compadre que es esto!, volviendo rápidamente sobre sus
pasos a la barra del bar. Asunto este más que comprensible, si tenemos en
cuenta que ya caía la noche sobre el barrio, las pocas farolas no se habían
encendido, y la única luz eran las pocas velas que portábamos los componentes
del lúgubre cortejo, que en unas parigüelas hacíamos que la melena natural del
Cristo, de la que tanto sabe Barrales, se bamboleara de un lado a otro de su
rostro.
Aquella tarde del Domingo de Ramos de 1976, la semana santa
de Granada, mostraba una de sus peores caras desde su nacimiento. Cortejos
menguados y deteriorados, junto a una escasez de flor en tronos abandonados por
el paso del tiempo, hermandades que ya no salían a la calle como era el caso,
entre otras, de Escolapios o Ferroviarios, o las que salían contra todo
pronóstico, aunque tuvieran que hacerlo de un garaje en la Placeta de
Cuchilleros, como ocurría con la de los gitanos, que peregrinaba sin cesar por
iglesias, de entre las que destacó, San Matías. El propio Consejo de
Hermandades de Sevilla, al comprobar la tragedia granatensis, abre una cuenta
corriente en el Banco Hispano Americano, para que los cofrades hispalenses que
lo deseen echen una mano para salvar nuestra semana santa, y eso hay que
agradecerlo eternamente. Pues en ese panorama desolador, tras comprobar el
paupérrimo regreso de la Hermandad de la Santa Cena, cuyo paso iba sobre
ruedas, y La Victoria a hombros de profesionales, mandados por el padre de
Jaime, el futbolista portero del Zaidín,
en la taberna de “El Sota”, coinciden y se lamentan de la trágica situación de
la semana santa de Granada, un puñado de amigos, entre los que destacan, Curro
Andrés, Ángel Rodríguez, Alberto Rodríguez y Pepe Montero, entre otros,
llegando a la conclusión de que lo que Granada necesita es un auténtico
revulsivo para volver a ponerla en el mapa de la semana santa. No era justo
que, la ciudad que aporta el paisaje más bello a los recorridos procesionales
de todo el mundo, la que conserva su tradición centenaria como la que más, la
que posee auténticas joyas de la imaginería para procesionarlas, estuviera a
punto de la catarsis. Y estos fueron los que se pusieron manos a la obra y en
menos de un año, tenían aprobados estatutos de una nueva Hermandad que
engrosaría las filas cofrades de Granada, después de decenios. Tuvieron el
acierto de no recuperar ninguna de las que salían, porque eso hubiera
ralentizado el proceso de recuperación. Fueron más allá, y contra todo
pronóstico y contra la opinión de muchos, erigieron una nueva hermandad, desde
la que dirigir con savia nueva no solo los destinos de una nueva cofradía,
sino, la historia venidera de la semana santa de Granada.
La nueva incorporación a nuestras calles, bajo la
advocación de Nuestro Padre Jesús del Amor y La Entrega – primero al que se le
llamó “Manué” en esta plaza, y María Santísima de La Concepción- “La Concha”
por la saeta que le escribió José María Parro, que terminaba diciendo:...Que
una perla hubo en tu vientre, que fue nuestra salvación, fue la envidia de
muchos, y el acicate de otros, que no dudaron en unirse al entusiasmo y rescatar
la semana santa de Granada, del pozo oscuro donde había caído, por la desidia y
la indolencia de algunos irresponsable, que no dando paso a la juventud en sus
juntas de gobierno, se habían cerrado el futuro, prefiriendo que se perdieran
las hermandades, antes que dejar la vara de mando.
Eran tiempos en los que, contra todo pronóstico, Antonio
Medina, hermano mayor de “La Borriquilla”, lograba cada año el milagro de poner
en la calle, la hermandad encargada de abrir la semana santa de Granada.
Pepito, mi amigo de entonces y de ahora, que sabe de vestir de hebreo y cargar
con una palmera cuatro veces más grande que tú, ya apuntaba maneras para llevar
un día el báculo dorado de La Entrada de Jesús en Jerusalén. Cuando en los
sesenta y setenta del siglo pasado, la iglesia de San Andrés se hacía grande
para sacar por la calle de Elvira, el primer cortejo de la semana santa, con
solo un paso, mi amigo Pepe, a quién no me he atrevido a pedir el secreto de,
como se fríe el pescado para que sepa a gloria como el suyo, ya profesaba su
amor por esta su hermandad. “La Borriquilla” siempre fue escuela de cofrades,
es muy raro que, siendo niño, no hayas salido en ella, pero son muy pocos los
que tienen el valor y el sentimiento de cuando son adultos, seguir en la
cofradía, y ese amor desinteresado siempre lo ha tenido mi amigo Pepe, el de
“Los Diamantes”.
Años en los que Dubé de Luque, no había concebido aún a la
Virgen de La Paz, tras el paso del maestro Espinosa. Todavía no había llegado
con su total entrega a la Señora, mi admirado Joaquín Melgar, hombre que
entendía de dulces, y como tal, aderezaba a la nueva Virgen de la calle de
Elvira, con el donaire de una manola, de las que suben a la Alhambra. Y fue en
esos tiempos cuando la hermandad alhambreña, empuñando llave de plata, comenzó
a golpear la puerta de San Andrés, para abrir la semana santa de Granada al
mundo, en un gesto que ya es histórico. Miguel López Escribano, de certera
sentencia en sus argumentos, con posada a los pies de esa maravilla llamada
Alhambra, que no dudó nunca en poner sus conocimientos a disposición de,
cuantos le necesitaron para llevar adelante proyectos que, hoy jalonan nuestro
historial cofrade. Años de escasez y de penurias, pero con dosis de ilusión
inquebrantables, como aquella banda de cornetas y tambores que don José Gómez
Sánchez Reina, incluía en el desfile de su Santa Cena, y que por todo uniforme
vestían el hábito de la hermandad, con capillos y capirotes, con ancha
bandolera para los tambores con porta baquetas, y agujero en el antifaz a la
altura de la boca para los cornetas. Y todo ello lo viví con mi amigo Pepito
“el de Los diamantes”.
Pero nuestra semana santa ha pasado por momentos difíciles,
de los que afortunadamente ha salido victoriosa, gracias a la voluntad de sus
componentes que han sabido sobreponerse ante la adversidad. Lo mismo que a
mediados de los años setenta del siglo pasado, no vivíamos nuestro mejor
momento, tampoco fueron años fáciles los que coinciden con el resurgimiento de
nuestros desfiles en el primer cuarto del siglo pasado, y la llegada poco
después de la república. Nos cuenta Antonio Padial que, el resurgir moderno de
nuestra Semana Mayor tiene dos causas inmediatas muy determinadas en el primer
cuarto del siglo XX: el interés demostrado por los arzobispos José Meseguer y
Costa (1905-1920) y Vicente Casanova y Marzol (1921-1930) en la fundación y
vigorización de las hermandades penitenciales; y el enriquecimiento y
consolidación de la burguesía granadina, que impregnaría la vida social de
nuestra ciudad de su impronta tradicional y católica. El resultado es que en
sólo diez años se fundan el Vía Crucis y la Entrada en Jerusalén (Burriquilla),
que tras diversos avatares, tendría que esperar hasta 1943 para lograr su
normalización—; la Misericordia (Silencio) (1924), el Rescate (1925), la
Humildad (1925) y la Santa Cena (1926); y se reorganizan el Santo Entierro
(1924) y la Soledad (1925), más antiguas que las anteriores. Pero esta “primera
oleada fundacional” evidenció inmediatamente las dificultades que implicaba la
organización de los desfiles procesionales; y la solución fue similar a la ya
puesta en práctica en ciudades como Málaga: crear una Federación de Cofradías,
cuyos objetivos fundamentales serían coordinar la distribución de los días de
salida y los horarios e itinerarios; unificar la gestión ante las autoridades
civiles y eclesiásticas de las autorizaciones pertinentes y las posibles
ayudas; y establecer un cauce adecuado para la relación con otras asociaciones
sociales, culturales y religiosas de la ciudad. En la Cuaresma de 1926, el 11
de marzo, el Cardenal-Arzobispo Casanova y Marzol firma los Estatutos de la
Federación de Cofradías. Su primer Presidente, José Casinello Núñez, Hermano
Mayor de la Soledad, se encargó de que entre sus primeras labores estuviera,
naturalmente, la organización de los horarios e itinerarios de los desfiles
procesionales, difundidos popularmente con un programa de mano incluido en
prensa; además, el recorrido de las calles por las cuales pasaban esas
hermandades fueron cubiertas con sillas, cuyo alquiler constituyó la primera
fuente de ingresos de la Federación, junto a la cuestación entre empresarios y
comerciantes. Ese mismo año se funda e ingresa en la Federación la Cofradía del
Rosario, filial de la Archicofradía del mismo nombre fundada por los Reyes
Católicos, mientras que la Cofradía de la Esperanza, aun habiendo sido fundada
ese año, tuvo que esperar a 1930 para procesionar y ser federada. Al año
siguiente, en 1928, se procedió a la renovación de presidente, cargo que
durante muchos años sería anual y que recayó en Vicente Ibáñez Alonso, Hermano
Mayor de la Humildad. Se fundan las Cofradías de Santa María de la Alhambra y
la de los Favores, que revitalizó una arraigada corporación devocional con
orígenes en el siglo XVII (federadas ambas en 1929). En los primeros años 30 se
sucede una serie de eventos federativos de profundo arraigo en la vida cofrade
local: la edición del primer cartel de la Semana Santa granadina, posiblemente
el más antiguo de España (experiencia que volvería a repetirse y que desde 1940
ha sido una tradición estable); y la celebración de sendos Vía-Crucis solemnes
en la Iglesia Catedral metropolitana durante los años 1932 a 1934, a causa de
la imposibilidad de realizar los desfiles procesionales. En 1935, y con Miguel
García Batllé, Hermano Mayor de la Santa Cena, en la presidencia, las
Hermandades y Cofradías vuelven a desfilar, uniéndose a ellas en esta ocasión
la de los Escolapios, que debido a la guerra no pudo federarse hasta 1940.
Celebramos el primer siglo de vida de la Real Federación de
Cofradías de Granada, rindiendo homenaje a ese puñado de valientes que han
protagonizado su historia. Tras la guerra, y bajo el mandato de Santiago
Valenzuela Suárez, Hermano Mayor del Vía Crucis, en 1940 vuelven a salir la
totalidad de las federadas, a las que ese año se une la Cofradía del Cristo del
Consuelo (Gitanos), y en 1941 la de los Dolores, fundada durante la guerra por
el Tercio de Requetés “Isabel la Católica”. Con García Batllé de nuevo en la
Presidencia (1941-1944), se reorganiza la de la Entrada de Jesús en Jerusalén
(Borriquilla), tutelada en la práctica por la Federación hasta que se federa en
1947. Debido a su fallecimiento, lo sustituye provisionalmente el Hermano Mayor
del Rescate, Ramón de Contreras Pérez de Herrasti, durante cuyo breve mandato
se federan dos nuevas hermandades: la Oración en el Huerto y la Sentencia
(1944). Al proceder a la elección correspondiente, el cargo recae en el Hermano
Mayor de la entonces joven Cofradía de los Escolapios, Félix Infantes Vílchez.
Él impulsó y organizó el Pregón Oficial de la Semana Santa de Granada, que,
pese a su inicial intermitencia, se convirtió en una de las actividades
cofrades más características de la Federación. El primer Pregón lo llevó a cabo
Federico García Sanchís, escritor y conferenciante de fama en la década de los
40, el Miércoles Santo, en el Real Monasterio de San Jerónimo. En los últimos
años de la década fueron presidentes Luis González Rodríguez, Hermano Mayor y
fundador de la Sentencia (1946-1949), bajo cuyo mandato firma el
Cardenal-Arzobispo Agustín Parrado García (1934-1946) un nuevo Decreto para las
Hermandades y su Federación, y se federa la Cofradía de la Aurora (1949); y
nuevamente Ramón de Contreras (1949-1952). Entre 1952 y 1955 ocupa la
presidencia José Gómez Sánchez-Reina, Hermano Mayor de la Santa Cena, que
seguiría presente en el mundo cofrade hasta la hora misma de su muerte, en los
años 80.
Sería Francisco Gómez Montalvo, Hermano Mayor de la
Cofradía de las Penas, quien como nuevo presidente de la Federación (1975-1983)
solventaría esa crisis, que tenía sus signos más evidentes en los conflictos
con los costaleros asalariados, fruto de un momento difícil para la situación
económica y política del país, que se movía en la incertidumbre ante el final
del franquismo. La decisión de Gómez Montalvo es entonces drástica: anuncia
públicamente que, de no conseguirse superar las dificultades económicas, se
suspenderán los desfiles. Desde Sevilla, el Consejo de Cofradías se ofreció a
aportar la cantidad necesaria y llegó a programar una suscripción popular; pero
no fue necesaria, pues el Gobernador Civil logró de la Caja Provincial de
Ahorros, que estaba en pleno proceso de constitución, que adelantara la
cantidad necesaria. Esta situación de penuria se remediará cuando a partir de
1978 comiencen a llegar los jóvenes a Hermandades y Cofradías. La formación de
las primeras cuadrillas de costaleros “devocionales”, inmediatamente
generalizada, supuso no sólo la supresión del gasto más importante en la
organización de las procesiones, sino una fuente de ingresos, desde el momento
en que, como hermanos cofrades, los costaleros contribuyen con sus cuotas y papeletas
de sitio, además de con su labor, al mantenimiento de las Hermandades y
Cofradías. Unido a este resurgir, comienza una “tercera oleada fundacional”: en
1977 se crea la Hermandad de la Concepción; en 1980, la de la Estrella y los
Estudiantes; y en 1982, la Encarnación y el Nazareno. La Semana Santa granadina
comenzaba un periodo de esplendor no igualado y, en correspondencia, el peso
específico de la Federación se hizo más evidente, lo que le impulsaba también a
renovar sus estructuras y formas (comenzando por el propio escudo). A ello se
une el hecho de que el predominio político del PSOE en el Ayuntamiento vaya
acompañado de una decidida protección e impulso de las tradiciones, entre ellas
los desfiles procesionales —con la fundamental presencia en el gobierno
municipal de José Miguel Castillo Higueras. Las subvenciones del Ayuntamiento
aumentan considerablemente y la Federación es premiada con la Granada de Oro,
que años más tarde recoge Gómez Montalvo de manos del entonces alcalde de
Granada, Antonio Jara Andreu.
De la magnífica historia que de la Real Federación hace de
manera brillantísima Antonio Padial, quiero poner especial énfasis en la figura
irrepetible de mi amigo, José María Ortiz Rodríguez, el primer presidente de
Federación, para cuya elección, por vez primera, no es necesario ser Hermano
Mayor, y que tiene ahora una duración de cuatro años. Bajo su presidencia, y en
el año 1999, el arzobispo de Granada, Antonio Cañizares Llovera (1997-2002)
comunica a las hermandades o cofradías de la ciudad su intención de que a
partir del siguiente año (2000) realicen sus estaciones de penitencia en el
interior de la Santa Iglesia Catedral. Aunque, primeramente, declara que se
hace para obtener las indulgencias jubilares, la tradición de pasar por las
naves catedralicias se ha venido manteniendo desde entonces. Entre los logros
más destacados del mandato de José María Ortiz sobresalen la ampliación a tres
números anuales de la revista “Gólgota”, el traslado de la sede oficial de la
Federación, en octubre de 2000, al “Centro Ágora”; y la celebración de los
diversos actos conmemorativos del 75 Aniversario de la Federación, bajo el lema
“Unidos por el mismo Espíritu” —que sirvió igualmente como título para la
primera publicación de la Federación destinada a la formación de los cofrades—.
José María Ortiz recibió la Medalla de Oro de la Real Federación en junio de
2010 por el gran esfuerzo renovador y dedicación a la institución y a las
hermandades granadinas. En octubre de ese año, Ortiz fallecía dejando un enorme
legado de trabajo y sacrificio por la Real Federación y por su Hermandad del
Cristo de la Misericordia (Silencio). El azar ha querido que otro Ortiz,
Armando en éste caso, sea el que celebre el primer centenario de la Real
Federación y otro Ortiz el que lo proclame, no sin reconocerle a Armando que,
durante su mandato, la institución ha tenido una penetración en la sociedad
como antes no se había conocido, con una conexión con las instituciones
públicas y privadas de primer orden, fortaleciendo el vínculo con la autoridad
eclesiástica y haciendo mucho más permeable a la sociedad el mensaje cofrade.
A lo largo de estos primeros cien años de la Real
Federación de Cofradías, el anecdotario es amplio y rico en matices de todo
tipo. Por ejemplo, podemos presumir de una colección de carteles de los
primeros veinte años, que son una auténtica joya que conservar. De igual manera,
los pregoneros han sido de un altísimo nivel, pero es muy difícil mantener el
listón durante un siglo, así que, tuvimos años sin pregón, pregoneros que
llegaron a cantar las excelencias de nuestra semana santa hasta en tres
ocasiones y, otros que no estuvieron a la altura de las expectativas. Algún
compañero periodista de muy reconocido prestigio a nivel nacional, no alcanzó las
cotas deseadas, porque entre otras cosas, dijo sin pestañear: Esta mañana,
cuando en mi suit del hotel Alhambra Palace escribía éste pregón,,, Ante lo que
cabe preguntarse qué, si escribes el pregón de la semana santa de tu ciudad,
dos horas antes de darlo, a lo mejor, el resultado no es el que esperábamos de
ti. Yo no digo que tardes como yo, treinta años, pero en el término medio está
la virtud.
El pregón de 1983 celebrado en el salón de plenos de
nuestro ayuntamiento, tuvo una anécdota para la historia. Lo daba el rector de
la Universidad, Antonio Gallego Morell, que ya había sido pregonero en otras
ocasiones, y lo presentaba el alcalde de la ciudad, Antonio Jara Andreu. Dado
que el alcalde, en aquel momento, era solo profesor no numerario de la facultad
de derecho y, tenía que presentar al pregonero que, era nada más y nada menos
que Rector Magnífico de la Universidad de Granada, y por lo tanto su jefe. El
alcalde hizo una larga y extensa presentación de la persona de Gallego Morell,
sin escatimar en abundancia de currículum y elogios de todo tipo. Finalizada la
extensa presentación, tomo la palabra el pregonero rector, dando el asunto como
resultado que, la presentación de su persona había durado 25 minutos y el
pregón tan solo 18. Quedando así, más que patente que, es la primera vez que
una presentación dura más que el propio pregón.
De los pregones a los que he asistido, guardo un recuerdo
muy emocionado de la gran lección sobre nuestra semana santa que dio en 1999,
Ángel Luís Sabador Medina. Fue un pregón realmente extraordinario, pero tuvo la
mala suerte de quedar eclipsado porque finalizado el mismo, tomó la palabra
nuestro arzobispo entonces, Antonio Cañizares, para anunciar lo que la semana
santa de Granada estaba esperando desde su nacimiento: Que al siguiente año
2000, las hermandades ya entrarían a la Catedral. En ese momento el teatro
rugió en pie, la ovación se prolongó eternamente y, el pregón de Sabador, pese
a ser uno de los mejores pronunciados en toda la historia, pasó a un segundo
plano sin mayor repercusión.
En el año 1968 tuvimos nuestra primera experiencia con la
televisión en directo. Televisión Española, asesorada por dos granadinos de la
casa, los hermanos José Luís y Armando López Murcia, vino a dar las mejores
imágenes de la semana santa que impactaran a todo el país, así que fue elegida
la hermandad de los gitanos para protagonizar la jornada del miércoles santo, pero
para mayor realce y que la imagen fuera más atractiva, se desvió su recorrido
de tal manera que, el Cristo de Los Gitanos atravesó toda la placeta de san
Nicolás con el fondo de la Alhambra iluminada. En un practicable junto a la
casa del pintor Apperley, ponía voz en directo a la escena maravillosa el gran
presentador de la española Pedro Macía, protegido por un impermeable con
capucha, ante la presencia de la lluvia que, se encargaría de aguar la
transmisión del día siguiente. La Virgen de La Alhambra salía entonces el
jueves santo, pero televisión española solo pudo transmitir en directo, al
escuadrón de caballería de la Guardia Civil formado bajo la lluvia ante la
Puerta de La Justicia, a la espera de la salida de la imagen que nunca se
produjo.
Voy camino de cumplir sesenta y cinco años de cofrade, si
mi virgen de La Aurora lo considera conveniente y, he conocido a tantos amantes
de la semana santa que, necesitaría horas y horas para hacer justicia con todos
ellos, pero, no me resisto a compartir con todos vosotros algunos hechos
vividos en primera persona y que forman parte de nuestra historia.
Serían como las tres de la madrugada, cuando agazapados en
el interior de la taberna, ”El Sota”, a media luz, con un radiocasete con
marchas procesionales y, más de la mitad, con media en las agujas, dábamos una
y otra chicotá al futbolín, por aquel comedor de comidas caseras del que,
habíamos apartado las mesas y las sillas, cuando de pronto escuchamos que,
alguien subía el cierre metálico de la puerta con gran vigor, descubriéndonos
en plena faena etílica y cofrade, que se repetía noche tras noche, sin importar
fecha ni estación del año, cuando la buena de Carmela se retiraba a su
dormitorio, Pepe “El Sota” se salía de la barra, y el resto sucumbíamos al trance cofrade en toda su magnitud y
grandeza. Fue entonces cuando una voz recia, de caverna, dijo desde la puerta:”
Id sacando la cartera y firmar la inscripción como hermanos, que tenemos que
sacar a la calle la Hermandad de Los Escolapios, que no tiene perdón de dios
esta ciudad, si la deja encerrada otro año”. Así que uno a uno fuimos firmando
la papeleta, acoquinando la anualidad de los recibos, y Antonio Sánchez
Ramírez, “El Compadre”, hizo la colecta logrando poner de nuevo en pie una
hermandad tan señera como la del colegio al otro lado del puente del Genil, y
de aquesta manera, volvieron al cauce del río las hogueras, y las bengalas al
pretil.
Y dije yo a Pepe Campos de España - el más cualificado
ingeniero de sonido que ha tenido radio Popular de Granada- ¿A que no eres
capaz de montar un artilugio para que yo transmita por primera vez en la
historia, el paso de la Virgen de La Alhambra, por la doble ese interior de la Puerta de La Justicia? Y dicho
y hecho, porque Pepe disfrutaba con los retos, y pese a estar en plena
Alhambra, sin un enchufe y sin posibilidad de instalar un enlace por aquello
de, Bellas Artes y el Patronato a nivel de estética, yo lo que hice fue pedirle
permiso a mi hermano, José Luís Ramírez Domenec, para que me dejara estar en el
interior de la puerta de La Justicia, junto al capataz, Antonio Sánchez Osuna.
Pepe se encargó del resto, y así escuchó toda España, el único tramo ciego que
existe para los espectadores, en todo el recorrido de la Señora de La Alhambra,
el paso de su trono por el interior de la puerta judiciaria. Tuve el honor de
que aceptara mi invitación para los comentarios, José Luís de Vicente, nieto
del fundador de la hermandad, quien por tal motivo, ese año no salió en la
procesión vistiendo el hábito de su abuelo.
Llevo varios años pidiendo el carné de cofrade, y hasta
ahora, nadie me lo ha expedido, y eso que lo he solicitado en distintas
instancias. Lo cierto es que me piden mucho. No solo años de veteranía en la
militancia cofrade, sino modelo de conducta, sabiduría de la materia, años de
experiencia en el ejercicio de la vocación, testimonio de Fe o pedagogía
impartida. De esto último, aporto diploma acreditativo de que fui el segundo
granadino, que impartió un curso de conocimientos cofrades en la Universidad de
Verano de La Complutense, allá por los años noventa en tierras almerienses,
aceptando la cariñosa invitación que una noche en la casa hermandad del Cautivo
de Málaga, en el barrio de La Trinidad, me hizo el rector, Gustavo Villapalos,
en presencia de Pepe París, su hermano mayor y de mí admirado, Antonio Garrido
Moraga. De mi antigüedad en las filas nazarenas, presento los recibos de todo
el año, pagados al retirar el hábito blanco de La Aurora, para formar parte de
su procesión en 1960, hecho que tuvo lugar en la zapatería de Antonio, en la
Calderería del bajo Albayzín. También foto, vistiendo el morado y oro viejo del
Cristo de La Paciencia, cuando La Virgen de Las Penas salía sin palio. Digo yo
que por trienios no será, pero el asunto es que no reúno aún las condiciones
exigidas para tener el carnet de cofrade granatensis. Presento certificados de
mi cercanía a la fundación de nuevas hermandades, de pregones y presentaciones.
Exaltaciones varias, salpican mi curriculum, al que añado la primera guía
práctica de la semana santa granadina, agotada en varias ediciones, costalería
como aficionado práctico, capatacía con nombramiento oficial en Los Escolapios.
Pues con todo esto, la instancia rellenada y su póliza de tres pesetas, me
acerqué a la ventanilla, y aquel funcionario de gafitas redondas, manguitos
negros y visera a juego, me dijo... ¡vuelva usted mañana! Las amonestaciones
están corriendo todavía en cuatro iglesias, y los plazos se deben cumplir, no
vaya a ser que alguien tenga que alegar algo en su contra. Si será seria la
iglesia, que para los curas que quieren ordenarse, también corren las
amonestaciones. Y no basta que el día 19 de marzo, día de San José Obrero, la
iglesia festeje el día del seminario, y a las puertas de las iglesias se
aposten jóvenes seminaristas con su sotana negra y su fajín rojo, ofreciendo
estampitas de los santos a los feligreses que acuden a misa. Tampoco que los lunes
en la iglesia de San José, se ofrezcan a los feligreses los panecillos
milagrosos, para dar a tomar a los enfermos, rezando preceptivamente a san
Nicolás de Tolentino, que ya por el siglo XIII fue llamado a la vocación, y eso
si es antigüedad en el escalafón, y no la mía. Soy un monaguillo preconciliar,
de los de misa en latín de espaldas a los fieles, que vio con alborozo, como se
instalaban en las iglesias altares para decir la misa mirando a los fieles. Soy
de Juan XXIII y Francisco, que poco a poco me convenció de que la Iglesia
instituida, tiene en su seno a personas que piensan como yo, pero aun así, no
me dan el carnet de cofrade. ¿Mira que si al final, el carné de cofrade no
existe, y lo he soñado cualquier noche en una casa de hermandad, cuando el
gallo que delató a Pedro en su tercera negación me anunció que la barra estaba
cerrada, y nos echaban al Café Fútbol a desayunar? A fin de cuentas, donde se
hace uno cofrade, mejor que en una casa de hermandad.
Massiel había ganado ya Eurovisión, Salomé también, y el
hombre estaba a punto de llegar a la Luna. En ese ambiente de euforia
colectiva, aquella Granada de tan solo tres emisoras de radio en Onda Media,
ponía las bases para lo que en un futuro sería contar la semana santa, algo que
solo ocurría con un programa dedicado al efecto, en la sintonía de Radio
Popular. El cofrade murciano, José Antonio Lacárcel, ponía como sintonía la
marcha, Amarguras, de Font de Anta. El cofrade alhambreño, José Luís de Vicente,
de voz radiofónica, unía a sus cualidades profesionales, la suerte de ser nieto
del fundador de la hermandad, que desde hace tanto tiempo reina en el recinto
Nazarí. El tándem era perfecto y de Vicente eligió el nombre del programa sin
demasiado esfuerzo. Lo llamó, Cruz de Guía, lo mismo que el boletín informativo
que editaba su hermandad querida de La Alhambra. Aquellas noches de cuaresma
fueron inolvidables. Escuchar por la radio a dos hombres hablar de nuestra
semana santa, de nuestros pasos, de nuestras imágenes, de nuestro paisaje, de
nuestra música sacra, era algo sin precedentes, que después sería copiado por
la competencia de forma seriada, pero de ellos fue la primera piedra, de un
edificio que hoy afortunadamente sigue en pie. Pero quiso el destino, que, a
comienzos de los setenta del siglo pasado, yo apareciera por los estudios para
ser entrevistado por José Antonio Lacárcel, con motivo de dirigir el
recientemente creado grupo de teatro de Juventudes Musicales en Granada, no
desaproveché la ocasión para felicitarlo por aquel programa de semana santa que
me enganchaba a la radio todas las noches. Me preguntó si yo era cofrade, le
respondí que, de La Virgen de La Aurora, desde los siete años, e inmediatamente
me invitó a formar parte de su equipo. Pasaron pocos años, José Luís de Vicente
marchó a Sevilla a expandir su empresa, José Antonio Lacárcel, asumió otras
responsabilidades, y me dejaron solo ante el peligro de contar la semana santa
de mi tierra. En agradecimiento a los dos que me precedieron, seguí llamando al
programa Cruz de Guía, y la sintonía fue siempre, Amarguras, de Font de Anta.
Pero yo quería más, y para eso tuve un aliado, que sin él, no hubiera sido
posible llevar a cabo otros logros que hasta entonces no se habían conseguido.
Pepe Campos de España, fue siempre mi compañero inseparable, que no dudó en
poner toda su sabiduría como operador de sonido y técnico electrónico, al
servicio de mis ideas. Hasta entonces, solo con una línea microfónica, se
solían trasmitir los desfiles de penitencia, desde la tribuna oficial instalada
en la plaza del Carmen. Pero yo quería más, deseaba llevar hasta el oyente, no
solo la solemnidad del paso por la carrera oficial, yo quería que el bullicio,
la alegría, el calor de los barrios se transmitiera por la radio, y le propuse
a Pepe poder radiar las salidas de las hermandades de sus templos, las
llegadas, y los puntos del recorrido con mayor interés, y Pepe se puso manos a
la obra. En una lata de carne de membrillo, Pepe Campos de España, en su taller
estudio instalado en el campanario de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús,
comenzó a soldar cables, transistores, placas, y en pocos días, tuvo lista una
unidad móvil, que, con un alambre por antena, y chupando corriente de su coche
particular, un Seat 124 de la época, nos permitió transmitir, momentos que
hasta entonces no se habían vivido en directo por la radio. Desde la salida de
la Borriquilla por la puerta de San Andrés, a la llegada en solitario del
Rescate. Especialmente emocionante fue transmitir por vez primera el paso de mi
Aurora, por los Grifos de San José, junto a la casa de Enrique Morente, la
llegada del Silencio, y ya para rizar el rizo, algo único, conseguir permiso de
la hermandad alhambreña, y de su capataz, Antonio Sánchez Osuna, para narrar en
directo el paso de La Alhambra, por el interior de la Puerta de La Justicia.
Aquel Jueves Santo, tuve la suerte de que me acompañara en la narración, venido
expresamente de Sevilla, José Luís de Vicente. Fue una tarde inolvidable, con
la suelta de las palomas y el encendido de las bengalas. Pero la magia de la
radio no se quedó en eso. También tuvimos oportunidad de contarles a los
oyentes lo que no estaba pasando, y fue uno de los mayores éxitos. Acreditado
como estaba ya nuestro programa de cuaresma, y valoradas las transmisiones en
directo por todos, la cadena se interesó por nosotros, y nos propusieron
transmitir para toda España desde Granada, algo que fuera llamaba mucho la
atención: La procesión de los Gitanos. Acordamos una conexión desde la Plaza
del Carmen, entre las siete y las ocho de la tarde, para contarle al mundo como
era el cortejo del Santísimo Cristo del Consuelo. Pero el hombre propone, y
Dios dispone. Quiso la divina providencia que en aquellos años, la hermandad
errante de los gitanos, anduviera sin iglesia de salida, hasta el punto de que
tenía que echarse a la calle, desde un garaje prestado al afecto en la placeta
de Cuchilleros, pero la organización se fue complicando tanto, que a la hora en
que la cabeza de procesión debería estar en la esquina de Paños Ramos, para
pedir la venia en tribuna, aún no había salido el primer penitente del famoso
garaje, así que de esta guisa, nos dieron paso desde nuestra central en Madrid,
para transmitir la procesión de los gitanos para toda España, en vivo y en
directo, y dicho y hecho. Ante la sorpresa de los pocos ocupantes de los
palcos, y en ausencia del cortejo, yo dije: Muy buenas tardes desde la ciudad
de La Alhambra, y a partir de ahí, comencé a describir desde la Cruz de Guía
escoltada por sus dos faroles, a las distintas secciones de penitentes, el paso
del cristo, con sus promesas en los varales externos, y así hasta llegar al
último músico que cerraba el cortejo. Pepe Campos, al oírme y comprobar que
estaba describiendo en directo un cortejo inexistente, se vino a mi lado, sacó
dos destornilladores de su maletín, y recordando sus tiempos de mili, como
tambor en la marina, comenzó a redoblar sobre el asiento metálico de una silla
de la tribuna marcha a paso lento. Con aquel fondo a mis palabras, a oídos del
oyente todo discurría con total normalidad. Terminada la procesión, di por
concluida la conexión y me despedí. Aún no había salido la cruz de los gitanos
de la placeta de Cuchilleros, pero los españoles la habían escuchado pasar por
la tribuna oficial. Misión cumplida. El Lunes de Pascua a primera hora, había
un fax de la dirección general de Madrid, sobre la mesa del director,
felicitándonos a Pepe y a mí, por los momentos emocionantes vividos durante el
paso del cristo de los gitanos por la tribuna de Granada. Nunca supieron que la
hermandad llegó con casi dos horas de retraso, cuando la conexión ya estaba más
que terminada, casi olvidada. Con aquella rudimentaria unidad móvil,
transmitimos en directo los primeros ensayos de los costaleros cofrades, figura
emergente entonces que vino para quedarse, rescatando así a la semana santa de
un abandono que a punto estuvo de hacerla desaparecer. Radiamos el nacimiento
de nuevas hermandades, el cambio de día de salida, los nuevos itinerarios, el
paso por la plaza de Bibarrambla, pedimos insistentemente el paso de las
hermandades por el interior de la Catedral, la total inclusión de la mujer, en
fin, que nos pusimos en la vanguardia de un movimiento cofrade, que ha
transformado la semana santa, y que, en los últimos cincuenta años, ha tenido
como protagonista de excepción, abriendo el camino a otros, a Radio Popular de
Granada. Lo mejor de éste medio siglo, es sin duda, el equipo humano que lo ha
hecho posible, sin cuyo entusiasmo y dedicación no hubiera sido posible, porque
la semana santa, no solo hay que contarla, hay que trasmitirla, para que el
oyente se emocione con nosotros. Ese es el éxito. Gracias, compañeros/as, que
habéis recogido el testigo en la prensa escrita, la radio, la televisión y
medios digitales, sin vuestro trabajo, hoy no se entendería la semana santa de
Granada.
La semana santa de Granada es tan rica y hermosa que, corre
el grave peligro de crecer. Me llegan campanas que suenan a nuevas advocaciones
henchidas de renovado entusiasmo. Por mi parte, al írseme Manolo Ocón, se nos
quedó a medias un proyecto de nueva hermandad que, tendría su sede canónica en
el cementerio de Granada, saldría a las doce de la noche del viernes santo, sus
nazarenos vestirían de negro sin capa, en lugar de cirio portarían antorchas,
bajaría a la ciudad por el Barranco del Abogado y, tendrían la condición de
disciplinantes pues harían el recorrido de rodillas, poniéndose en pie solo
para descansar. Pero lo mejor de todo es que procesionaría un solo paso, con la
imagen tallada en cedro del Cristo Crucificado de Benito Prieto Coussent. En la
última reunión que tuvimos, dilucidábamos sobre autorizar el uso de rodilleras
y, como amortizar los hábitos rotos para el año siguiente.
Lo malo de ir cumpliendo años, como es mi caso, es que, ya
tengo más amigos en el cementerio que en la agenda de mi teléfono. También se
me ha ido mi entrañable maestro, Paco Carrasco, y con él, el proyecto de una
nueva hermandad de la que Granada carece. “La Quinta Angustia”, una idea
madurada durante años, tantos que no nos ha dado tiempo a ponerla en pie. Se
trataría de un solo paso en el que se representaría el momento en que Jesús es descendido
de La Cruz y posado sobre el regazo de su madre. En los últimos bocetos que
hicimos juntos, la escena la componían un total de diez figuras sobre el
Calvario. Yo… ahí la dejo.
Dice Joan Manuel Serrat que, los viejos nos convertimos en
fantasmas con memoria, cada vez dormimos menos y, a veces, cosa rara esta,
soñamos despiertos. Por eso mis ojos de niño quisieran volver a ver aquellos
soldados romanos aupados a lo más alto de la Puerta de Fajalauza, mientras la
atravesaba Jesús de La Amargura camino de San Miguel, o a las tres Marías
vivientes que, cuando aún no se había incorporado nuestra señora de La Paz,
desfilaban tras el paso de la entrada de Jesús en Jerusalén. Ojos que recuerdan
-como si los ojos tuvieran memoria- aquella escuadra de romanos que precedía al
Santo Entierro, o los santos varones portando a mano el descendimiento de Jesús,
aquellas hogueras en el cauce del Genil mientras regresaba por el puente romano
El Cristo de La Expiración flanqueado por bengalas, las mismas que recibían a
la señora de La Alhambra saliendo por la puerta de La Justicia, antes de dar
suelta a cientos de palomas, hermanas de aquella que no se separaba de la
imagen durante todo el recorrido. O ver de nuevo a Jesús de La Paciencia
horadar la estrecha calle de Ballesteros, mientras Manolo Montes canta una
saeta al unísono con Pepe Albayzín.
Queridos amigos y amigas, en la primavera de 1960 un niño
del Albayzín vistió por primera vez el hábito blanco de la Hermandad de La
Aurora. Creció como cofrade y a los pocos años, lo compartió con el color oro
viejo y bocamangas moradas de La Virgen de Las Penas, a donde lo llevó un amigo
de la familia, el pintor granadino, José Ortuño. Pasaron los años y fue testigo
de la fundación de la hermandad de La Concha y el Manuel, también de Jesús
Nazareno y María Santísima de La Merced. Ese niño ha tenido el honor de
pregonar hoy La Semana santa de Granada en vuestra presencia, por lo que os doy
las gracias y agradezco vuestra atención. Muchas gracias.

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