FLAMENCAS
Tito Ortiz.-
En aquella década de los años
ochenta del siglo pasado, mi amigo Ignacio Mauri, director del Colegio Mayor
Loyola, me invitaba a dar unas conferencias sobre flamenco, en unas jornadas que
un comenzaban tras la cena de los colegiales, a las que se unían las chicas del
cercano Colegio Mayor Jesús-María. Yo las ilustraba con la audición de
grabaciones, como me había enseñado mi admirado Pepe Heredia, en su Semanario
de Estudios Flamencos de la Universidad de Granada en el Palacio de La Madraza.
Tras la sesión, lo mejor del
trasnoche tenía lugar en el despacho de Ignacio, donde compartíamos puro y
brandy, convirtiéndolo en una especie de camarote de los hermanos Marx,
abarrotado de colegiales/as, donde me preguntaban todas sus dudas y
curiosidades de lo explicado en el salón de actos.
Una noche les expliqué una
obra maestra recién salida al mercado. Era un doble LP de Vinilo titulado, “Ven
y Sígueme, un gitano llamado Mateo” con la música de Manolo Sanlúcar, Juan Peña
el Lebrijano y la majestuosa voz de Rocío Jurado. Que al buen amigo Juan Peña,
El Lebrijano, le atraían los textos evangélicos ya lo dejó patente en 1972 con
su L. P. “La palabra de Dios a un gitano”, del que esperamos hablar algún día.
Años más tarde, en 1982 concretamente, se embarcó en el proyecto más ambicioso
realizado a medias con el guitarrista Manolo Sanlúcar, autor de parte de los
textos cantados y de todos los arreglos musicales. Y por si las personalidades
de Juan y Manuel no fueran suficientes para llevar la obra a feliz puerto, que
lo eran, se apoyan en la indiscutible señora de la copla (que nunca olvidó sus
comienzos como cantaora), la chipionera Rocío Jurado.
Fruto de esta conjunción a
tres fue un álbum con dos elepés titulado VEN Y SÍGUEME con subtítulo Un gitano
llamado Mateo. Se trata de una versión, de una interpretación de ciertos
fragmentos de los Evangelios, pero trasladados a nuestro tiempo y a la
geografía andaluza en la que Manuel, Rocío y Juan no están solos. También toca
la guitarra Enrique de Melchor, cantan El Moro, Miguel El Rubio, Fernando
Gálvez, Adela La Chaqueta y Loli de Melchor, hay un coro flamenco y un coro
clásico (dirigido por José Miguel Évora), intervienen dos recitadores: Enrique
Pantoja y el omnipresente Jesús Quintero.
LAS MUJERES EN EL FLAMENCO
El caso fue que, en aquella
ágora distendida, a todos/as sorprendió la voz y hechuras flamencas de Rocío
Jurado a la que tenían por coplera y no flamenca. Este hecho me dio pie para
adentrarlos en el mundo de la mujer referido al flamenco, desde la mítica Tía
Marina, brillante “tocaora” de guitarra, a Pastora Pavón, La Niña de Los Peines,
pasando por tantas otras que dieron gloria al cante y el baile. Por eso ha sido
para mí una satisfacción enorme que, mí compañero periodista, escritor y
académico Eduardo Castro, haya alumbrado un libro que hace justicia a tantas
mujeres que lo dieron todo por el arte gitano andaluz. Unas lograron fama,
otras no, pero todas aportaron a nuestro arte universal, la impagable faceta de
sus conocimientos y buen hacer para encumbrar el arte jondo.
Es ésta una obra de cabecera
para cualquier buen aficionado que se precie que, lo adentrará en un mundo
apasionante por descubrir a pesar de los años transcurridos, puesto que, en el
flamenco, también la mujer ha sufrido esa invisibilidad hasta que por fin ha
podido romper el dichoso techo de cristal y ponerse a la altura del hombre,
sobre todo en la faceta del baile, donde el árbol de la danza flamenca está
jalonado por nombres que jalonan una historia de raza y tronío como nunca se
sospechó.
LO NUESTRO
Por hacer referencia a algunos
tesoros que el lector encontrará en este libro, Eduardo Castro dice: “ Como
cantaora, Tía Marina brilló en los cantes por fandangos, las tarantas, las granaínas
y las seguidillas, pero sobre todo, en los palos propios del Sacromonte, los
tangos, en los que llegó a dar nombre a uno de los estilos más recientes y
populares. Como se sabe, en Granada hay documentados múltiples estilos de
tangos, casi todos nacidos o desarrollados por los gitanos del Sacromonte, en
el ambiente de las primitivas zambras. Están por ejemplo los tangos del cerro.
los del camino, los canasteros, los merengazos, los paraos, los de la casera y,
luego están los personales de Tía Marina, de Tere Maya y de Carmel la del monte,
a los que finalmente hay también que añadir las creaciones más recientes de
Enrique Morente. Algunos de los tangos de Tía Marina han sido interpretados por
Carmen Linares, en su antología de “la mujer en el cante”, también los canta
Marina Heredia. En cuanto a su vertiente como tocaora y el papel que la saga de
Los Habichuela representa en El Mundo de la guitarra flamenca, Eduardo Castro
nos remite a la tercera parte del libro donde también dará cumplida cuenta del
origen de su apodo artístico.
Yo les dejo con éste entremés
de la obra de Eduardo Castro, para que les pique el gusanillo y, vayan a
hacerse con un ejemplar editado por Almuzara, en la confianza de que no les va
a defraudar. Todo lo contrario, con esta obra se hace justicia a muchas mujeres
semiocultas por el rigor del patriarcado que ha imperado de forma obtusa en
nuestra sociedad, y se realza aún más, la historia de aquellas que rompieron
fronteras en el flamenco, cuya trayectoria artística estuvo a la altura de los
hombres y, no en pocas ocasiones, la sobrepasaron. Este libro contiene, verdad,
historia y justicia con las mujeres del flamenco. Hoy, Dia de la mujer; ¡Ole
por ellas!.

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