sábado, 28 de marzo de 2026

 

Obra de Manuel Ruiz Ruiz.

AQUELLA SEMANA SANTA

 

Tito Ortiz.-

 

Cronista Oficial de Granada

 

Con cuatro o cinco años yo ya sabía que era semana santa porque, mí abuela guisaba el potaje de garbanzos con bacalao, hacía una fuente de torrijas de leche y, otra de vino tinto para los mayores. La programación de la radio desaparecía, emitiéndose únicamente música sacra y el tráfico era imperceptible en nuestras calles. La televisión no había llegado aún a casa y el jueves santo se comenzaban a visitar los monumentos.

Fui creciendo y detectando otros síntomas como que, en las iglesias se ocultaban las imágenes con unas telas moradas o que el domingo de ramos, los soldados del batallón mixto de ingenieros zapadores, aparecían por el Albayzín para instalar dos puentes con los que salvar los escalones de la iglesia de San Miguel y, los de la cuesta de san Gregorio, para que los costaleros de La Aurora, aquellos mozos de cuerda asalariados, no tropezaran bajo el paso, y había que ser rápidos porque en aquellos años sesenta del siglo pasado, la cofradía salía en la tarde noche del martes santo.

Recuerdo que la hermandad decana de la semana santa, Jesús de La Amargura y María Santísima de Las Lágrimas, salía de La Catedral, cuyos penitentes calzaban unas sandalias de piel, que siempre me llamaron la atención, en contra posición con el chapín de hebilla de santa María de La Alhambra. No pisaba el Albayzín y su parroquia de El Salvador donde fue concebida, y mucho menos hacía el vía crucis al cerro del aceituno. Los vecinos decían que los habían castigado, por los desmanes ocurridos en aquellas madrugadas y amaneceres camino de San Miguel.

AUSTERIDAD

Era una semana santa sin florituras, sin casas de hermandad, clavel rojo para el Cristo y blanco para La Virgen, sin más historias ni aspavientos estéticos, puesto que la economía no estaba para dispendios. El gasto más importante era el de los costaleros, de ahí que muchas hermandades salieran aún con ruedas en sus pasos como era el caso de La Santa Cena, La Humildad, El Huerto de Los Olivos y tantos otros. A la hermandad del silencio le salía gratis porque estaban hermanados con el arma de artillería, cuyos soldados de reemplazo eran los encargados de portar al Cristo de La Misericordia. Si a eso le añadimos que no llevan bandas de música, el gasto se circunscribe solo a la flor y la cera, cosa más que lógica si tenemos en cuenta que, su fundación se lleva a cabo, en gran medida, por los empleados de hacienda, de ahí que el vulgo de manera chusca la llamara en aquellos tiempos, la “hermandad de los ladrones”.

Las bandas de música eran pocas, casi todas de cornetas y tambores, pero sin alharacas, no más de seis cornetas y no más de seis tambores. Algunas hermandades contrataban a la banda de música del Ave María. La municipal salía en aquellas donde el ayuntamiento era hermano mayor, pongo por caso, la oficial del santo sepulcro, sentencia o paciencia. A lo que se añadía alguna militar por vinculación cofrade.

CATEDRAL CERRADA

Puesto que las relaciones con la iglesia instituida no eran fluidas, ni mucho menos, algunas hermandades en señal de protesta por no permitirles el paso al interior de la Catedral para realizar su estación de penitencia optaban por, una vez concluido el acto protocolario de pasar por la tribuna oficial de la plaza del Carmen, ascendían por Reyes Católicos arriba buscando su templo, sin pasar por la puerta de la seo granatensis.

La mayoría de los cines cerraban en señal de luto, aunque otros proyectaban películas alusivas a la pasión y muerte de Cristo. Las pocas discotecas de entonces no abrían sus puertas, al igual que las salas de fiestas y espectáculos flamencos, siendo moneda de uso corriente los chistes y chascarrillos, a causa del paro forzoso esos días por parte de las meretrices.

Eran días de preparar los hábitos en casa de los cofrades, de ahí que las madres tuvieran a mano papel de estraza, que al ponerlo sobre las manchas de cera, aplicando una plancha caliente, absorbía con solvencia el emplaste, para después poder lavarlo y así ir hecho un pincel a la procesión previo planchado, que en el caso de los cargos, incluía la capa que daba más guerra para quitarle las arrugas, sobre todo porque en las casas, habitualmente, no había un lugar con el tamaño adecuado para extenderlas, a no ser la cama de matrimonio.

SE ESTABA GESTANDO EL RENACER

Una semana santa que finalizaba el viernes santo, puesto que La Virgen de La Alhambra salía el jueves, terminando los desfiles con la Soledad de Santa Paula, en ausencia de resucitados el domingo. Con oficios en las iglesias escasos de fieles, puesto que todo el mundo aprovechaba para tomarse unos días en la cercana costa, aprovechando las vacaciones estudiantiles.

Aún eran grandes las ausencias porque no teníamos a La Virgen de La Paz, Jesús Despojado, Cautivo, Trabajo, San Agustín, Lanzada, Estudiantes, Nazareno, Amor y Entrega, Redención, Estrella, Facundillos, Resurrección ni Resucitado. Nos faltaba más de la tercera parte de la semana santa que hoy disfrutamos. Y aún así, siendo muy probetica, la vivíamos con una ilusión y unas ganas, que cada año era un renacer por ponerla en pie contra viento y marea surcando las calles de una ciudad despoblada, pero entusiasmada con su tradición religiosa.

Las papeletas de sitio no existían, con presentar el recibo pagado del mes, ya formabas parte del cortejo. Por cierto, que, el cobrador de la hermandad venía a casa a cobrarlos mes a mes de manera religiosa. Las bolsas de caridad eran inexistentes, cosa lógica si tenemos en cuenta que la precariedad era tal, que la caridad tenía que empezar por la propia hermandad. Así que visto de donde venimos, lo de ahora se me antoja el paraíso cofrade de Granada.

 

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