Obra de Manuel Ruiz Ruiz.
AQUELLA SEMANA SANTA
Tito Ortiz.-
Cronista Oficial de Granada
Con cuatro o cinco años yo ya
sabía que era semana santa porque, mí abuela guisaba el potaje de garbanzos con
bacalao, hacía una fuente de torrijas de leche y, otra de vino tinto para los mayores.
La programación de la radio desaparecía, emitiéndose únicamente música sacra y
el tráfico era imperceptible en nuestras calles. La televisión no había llegado
aún a casa y el jueves santo se comenzaban a visitar los monumentos.
Fui creciendo y detectando
otros síntomas como que, en las iglesias se ocultaban las imágenes con unas
telas moradas o que el domingo de ramos, los soldados del batallón mixto de
ingenieros zapadores, aparecían por el Albayzín para instalar dos puentes con
los que salvar los escalones de la iglesia de San Miguel y, los de la cuesta de
san Gregorio, para que los costaleros de La Aurora, aquellos mozos de cuerda
asalariados, no tropezaran bajo el paso, y había que ser rápidos porque en
aquellos años sesenta del siglo pasado, la cofradía salía en la tarde noche del
martes santo.
Recuerdo que la hermandad
decana de la semana santa, Jesús de La Amargura y María Santísima de Las
Lágrimas, salía de La Catedral, cuyos penitentes calzaban unas sandalias de
piel, que siempre me llamaron la atención, en contra posición con el chapín de
hebilla de santa María de La Alhambra. No pisaba el Albayzín y su parroquia de
El Salvador donde fue concebida, y mucho menos hacía el vía crucis al cerro del
aceituno. Los vecinos decían que los habían castigado, por los desmanes
ocurridos en aquellas madrugadas y amaneceres camino de San Miguel.
AUSTERIDAD
Era una semana santa sin
florituras, sin casas de hermandad, clavel rojo para el Cristo y blanco para La
Virgen, sin más historias ni aspavientos estéticos, puesto que la economía no
estaba para dispendios. El gasto más importante era el de los costaleros, de
ahí que muchas hermandades salieran aún con ruedas en sus pasos como era el
caso de La Santa Cena, La Humildad, El Huerto de Los Olivos y tantos otros. A
la hermandad del silencio le salía gratis porque estaban hermanados con el arma
de artillería, cuyos soldados de reemplazo eran los encargados de portar al
Cristo de La Misericordia. Si a eso le añadimos que no llevan bandas de música,
el gasto se circunscribe solo a la flor y la cera, cosa más que lógica si
tenemos en cuenta que, su fundación se lleva a cabo, en gran medida, por los
empleados de hacienda, de ahí que el vulgo de manera chusca la llamara en
aquellos tiempos, la “hermandad de los ladrones”.
Las bandas de música eran pocas,
casi todas de cornetas y tambores, pero sin alharacas, no más de seis cornetas
y no más de seis tambores. Algunas hermandades contrataban a la banda de música
del Ave María. La municipal salía en aquellas donde el ayuntamiento era hermano
mayor, pongo por caso, la oficial del santo sepulcro, sentencia o paciencia. A
lo que se añadía alguna militar por vinculación cofrade.
CATEDRAL CERRADA
Puesto que las relaciones con
la iglesia instituida no eran fluidas, ni mucho menos, algunas hermandades en
señal de protesta por no permitirles el paso al interior de la Catedral para
realizar su estación de penitencia optaban por, una vez concluido el acto
protocolario de pasar por la tribuna oficial de la plaza del Carmen, ascendían
por Reyes Católicos arriba buscando su templo, sin pasar por la puerta de la
seo granatensis.
La mayoría de los cines
cerraban en señal de luto, aunque otros proyectaban películas alusivas a la
pasión y muerte de Cristo. Las pocas discotecas de entonces no abrían sus
puertas, al igual que las salas de fiestas y espectáculos flamencos, siendo
moneda de uso corriente los chistes y chascarrillos, a causa del paro forzoso
esos días por parte de las meretrices.
Eran días de preparar los
hábitos en casa de los cofrades, de ahí que las madres tuvieran a mano papel de
estraza, que al ponerlo sobre las manchas de cera, aplicando una plancha
caliente, absorbía con solvencia el emplaste, para después poder lavarlo y así
ir hecho un pincel a la procesión previo planchado, que en el caso de los
cargos, incluía la capa que daba más guerra para quitarle las arrugas, sobre
todo porque en las casas, habitualmente, no había un lugar con el tamaño
adecuado para extenderlas, a no ser la cama de matrimonio.
SE ESTABA GESTANDO EL RENACER
Una semana santa que
finalizaba el viernes santo, puesto que La Virgen de La Alhambra salía el
jueves, terminando los desfiles con la Soledad de Santa Paula, en ausencia de
resucitados el domingo. Con oficios en las iglesias escasos de fieles, puesto
que todo el mundo aprovechaba para tomarse unos días en la cercana costa,
aprovechando las vacaciones estudiantiles.
Aún eran grandes las ausencias
porque no teníamos a La Virgen de La Paz, Jesús Despojado, Cautivo, Trabajo,
San Agustín, Lanzada, Estudiantes, Nazareno, Amor y Entrega, Redención,
Estrella, Facundillos, Resurrección ni Resucitado. Nos faltaba más de la
tercera parte de la semana santa que hoy disfrutamos. Y aún así, siendo muy probetica,
la vivíamos con una ilusión y unas ganas, que cada año era un renacer por
ponerla en pie contra viento y marea surcando las calles de una ciudad
despoblada, pero entusiasmada con su tradición religiosa.
Las papeletas de sitio no
existían, con presentar el recibo pagado del mes, ya formabas parte del cortejo.
Por cierto, que, el cobrador de la hermandad venía a casa a cobrarlos mes a mes
de manera religiosa. Las bolsas de caridad eran inexistentes, cosa lógica si
tenemos en cuenta que la precariedad era tal, que la caridad tenía que empezar
por la propia hermandad. Así que visto de donde venimos, lo de ahora se me
antoja el paraíso cofrade de Granada.

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