DE RODRÍGUEZ
Tito Ortiz.-
Hoy en día, estar de rodríguez
está sobrevalorado. Ese casado haciendo vida de soltero bajo el tórrido verano,
ha perdido mucho glamur, En los setenta y ochenta del siglo pasado, estar de
rodríguez era una categoría social al alcance de muy pocos, yo diría que de
unos privilegiados. Eso de empaquetar a la parienta y los niños tres meses en
la playa o en el pueblo de tus suegros, donde hace tanto fresquito, y cruza un
riachuelo suficiente para que te llegue el agua al flotador, no está pagado con
nada.
De hecho, está comprobado que
entonces había menos divorcios postvacacionales, no como ahora que en
septiembre hay cola en los despachos de abogados que llevan asuntos de familia.
¿Por qué, se preguntarán ustedes? Porque ahora el rodríguez se va también de
vacaciones con los niños y la parienta, y ahí nace la cruda de realidad de lo
que es tener que aguantarse veinticuatro horas al día, incluidos sábados,
domingos y festivos. Ese es el caldo de cultivo para llegar a la conclusión de
que, hasta aquí hemos llegado y tú a Boston y yo a California.
Atrás quedo ya la estampa de
aquel rodríguez que estaba deseando salir del trabajo para llegar a casa,
ducharse, cambiarse de ropa, quitarse el anillo de casado, embadurnarse de
“Brummel” que te ganaba en las distancias cortas, echarse desodorante “Fa” al aroma del jazmín
y, acodarse en la barra de la discoteca del pasaje de Recogidas El Flos Top, en
El Capricho, o en el Lady Pepa de Churriana propiedad de los hermanos Martín
Linares, con un “Vat 69” el wisky de moda, con dos cubitos nada más, y moviendo
el vaso suavemente, como aquel que pesca con liria a la espera de su presa. Eso
era un rodríguez de categoría y no los de ahora.
DIÓGENES EN VISITA TEMPORAL
Durante esos meses, el
rodríguez no invitaba a nadie a casa, tan solo alguna crédula que se había
tragado lo de su soltería gracias a Fernández Ordóñez y su ley de divorcio. Y
la verdad es que el pisito no estaba para entrar. Tan solo al abrir la puerta,
te daba la bienvenida un olor nauseabundo, mezcla de calcetín sudado, gayumbos
“apalominados”, basura de varios días y ceniceros repletos, incluyendo algunas
colillas apagadas en los posos de la taza de café matinal.
Todos los armarios de la casa
abiertos, ropa usada por los suelos, incluido el baño, la cama sin hacer, con
dos ejemplares de “Interviú” debajo, las sábanas -por lo tanto- sin cambiar. De
poner una lavadora o planchar ni hablamos. Restos de pizza en su
correspondiente estuche de cartón en la mesa del salón y bajo la tele y, el fregadero
en la cocina hasta arriba de cacharros, aderezado con un frigorífico con
telarañas, a modo de hospital robado, más un circuito cerrado de hormigas
peregrinas que jalonan el habitáculo.
Nada que no hubiera ocurrido
el verano anterior, el otro y el otro. El rodríguez hispánico es una especie
protegida por él mismo que, durante los mese de verano y en ausencia de la
parienta y los niños, se asilvestra del tal modo, que a su contraria le lleva
los nueve meses siguientes, reconducirlo por el camino de buen padre, esposo
ejemplar y, persona cívica compatible con el resto de la sociedad. De hecho, si
tú lo observas en la cena de navidad con su cuñado y sus suegros, es un santo
varón, adornado por todas las virtudes de alguien que debe ser imitado por los
de enfrente.
CON LO QUE HEMOS SIDO
Está claro que, con el paso de
los años, el rodríguez es una especie en extinción, hasta tal punto de que, no
sé si soy yo el único mortal que mete seis calcetines en la lavadora y solo
saca cinco. El por qué mi lavadora se come los calcetines, es un fenómeno
paranormal que, ya estudia el equipo de Iker Jiménez. Junto con lo que le pasa
a mi microondas, un artefacto inmundo que, dándole al mismo botón, unas veces
me saca el café frío y otras que te pela la lengua. Es como la venganza de los
electrodomésticos, para hacerme perder la paciencia y llorar desconsoladamente
esperando que llegue el día en que la parienta entre por la puerta y ponga orden en tamaño desconcierto. De
la freidora por aire, sin aceite que, me saca las patatas crudas ya ni les
cuento.
Y lo que se ha convertido en
un suplicio de la modernidad es intentar plancharte una camisa. Yo antes
planchaba unos pantalones y les sacaba hasta la raya, pero ahora, con los
modernos centros de planchado, te sale el vapor por donde menos piensas,
abrasándote los dedos con depilación instantánea y, cuando ya le has cogido el
truco, el invento del maligno se para en seco, porque se ha quedado sin agua en
el depósito, con lo que eso de planchar ahora y con estas temperaturas, se ha
convertido en una invitación gratis, para que, al mismo tiempo, obtengas una
sesión de sauna, por la cara.
Al no controlar los programas
del lavavajillas, ni la cantidad de sal, abrillantador y detergente, me
encuentro con la sorpresa de que los cacharros, salen más sucios que cuando
entraron en tan perverso habitáculo, lo que me hace expresar ciertos piropos en
arameo. Los mismos que cuando saco la ropa de la lavadora y observo con pavor
que la blusa blanca de la parienta es ahora rosa palo y, mis pantalones verdes,
siguen siendo verdes, pero ahora, son verde mar. Y a todo esto, llama la
parienta diciendo que prolonga las vacaciones porque le están sentando
divinamente. ¿Hay quién dé más?

No hay comentarios:
Publicar un comentario