domingo, 6 de septiembre de 2026

 

Gonzalo Piédrola Ängulo.

DON GONZALO

 

Tito Ortiz.-

 

Asistir a sus clases era duplicar el conocimiento de la asignatura porque, no se limitaba a hablar de virus y riquetsias, de allí salías con una lección magistral de historia de la medicina, de la importancia de la sanidad preventiva, de como con algo tan sencillo como lavarse las manos, evitabas enfermedades o lavarse los dientes por la noche, era mucho mejor que por la mañana, porque así no le dabas una oportunidad a la fermentación nocturna en la cavidad bucal que, tanto podía complicarte la vida.

Don Gonzalo – como lo llamábamos sus alumnos- nos hablaba a todos de usted, por eso nosotros no le apeábamos el tratamiento. Su mirada penetrante de ojos azules te escaneaba durante la conversación, hasta el punto de no darte oportunidad a la excusa y, mucho menos, a la mentira. Cuando don Gonzalo se dirigía a ti, eras su centro de atención, su única preocupación era que, de sus clases, salieras sabiendo Microbiología, una asignatura tan árida pero que, con sus explicaciones, se sobrellevaba con normalidad y, hasta los menos versados, teníamos la oportunidad de sacar buena nota.

Nos conocía a todos por nuestro nombre y apellidos y, tratándose de hombres y mujeres jóvenes con las hormonas a flor de piel, no era infrecuente que, en sus clases, dedicara unos minutos a las enfermedades venéreas y como evitarlas tomando las debidas precauciones. En aquel último año de la década de los setenta y primeros de los ochenta del siglo pasado, le preocupaba la estadística elevada de las enfermedades resultantes de las relaciones sexuales, algo que en sus últimos días le habrá causado asombro porque, según las estadísticas actuales al respecto, parece ser que hemos avanzado muy poco en su prevención, con lo fácil que es evitarlas con una adecuada higiene.

MENUDO EQUIPO

De educación victoriana y disciplina castrense, pues no hay que olvidar que siendo muy joven ya entró por oposición al Cuerpo de Sanidad Militar, Piédrola Angulo era constante como una gota continua de agua sobre una roca en cuanto a la docencia, y un incansable investigador científico, amante de la formación continuada, sin dejar de estudiar y publicar durante toda su vida profesional. La vocación en su trayectoria es digna de estudiar por generaciones venideras, no es frecuente encontrar tanta entrega en actividad tan singular, teniendo además como virtud, el saber divulgarla como pocos. Su capacidad de trabajo nos causaba asombro a todos, además de su talante mesurado, en cuyo ejercicio se permitía la sonrisa, la cortesía y la amabilidad, sin perder un ápice el norte de su cometido.

Dado su alto reconocimiento por parte de la comunidad científica, sobre todo fuera de Granada, por sus muchos compromisos algunos días venía a dar la asignatura, su compañera de vocación y vida, María del Carmen Maroto. Otro portento de la comunidad científica y docente, -aún sin el reconocimiento debido a su labor- que no desmerecía en absoluto las enseñanzas de don Gonzalo. Carmen Maroto fue un expediente brillantísimo a muy temprana edad, con reconocimiento exterior, sin que Granada se inmutara, como ha ocurrido a lo largo de nuestra historia. Ambos trabajaron brillantemente fuera del foco mediático, sin alardear de nada y, eso en esta ciudad, te condena a la invisibilidad.

Resulta sorprendente que, en el año 2000, fuera la Universidad de Málaga la que lo nombrara doctor honoris causa. Y en el caso de Maroto, que fuera Miembro de número de la Real Academia Nacional de Medicina, y presidenta en 2004 de la de Andalucía Oriental, siendo la primera mujer en ostentar este cargo en los 267 años de historia de la Academia. Sin olvidar que, es también jurado del Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica. Dos eminencias que en nuestra ciudad pasan desapercibidas, mientras son más que reconocidas fuera de nuestras provincianas fronteras.

NO HAY DOS SÍN TRES

Pese a ser creyente, Pepe Liébana no fue nunca un talibán del catolicismo, fue un cristiano que te ganaba en las distancias cortas, aunque cuando discutíamos sobre la Sindone yo hacía de abogado del diablo y él no sobrepasaba nunca los límites de la ciencia, como buen hombre de ciencia que era. Nos conocimos en la Universidad, cuando me daba la asignatura de Microbiología, en ausencia de Gonzalo Piédrola o María del Carmen Maroto, y pronto comenzó a sospechar de mí, hasta que un día me citó en su despacho. Quería conocer al alumno que, en cada examen, cuando él daba hora y media para resolverlo éste –yo– se lo entregaba en diez minutos y salía corriendo de clase, porque me estaba esperando en la puerta Pepe Campos de España, con la unidad móvil de Radio Popular arrancada, para salir pitando hacia nuestra conexión en directo para la programación local.

Esto de ser estudiante y comunicador en las ondas, al unísono, es lo que tenía. Cuando se lo conté se sorprendía de que en tan solo diez minutos yo le pusiera lo necesario en el examen para no suspender. Empatizamos, terminé la carrera y nuestra amistad se fue fortaleciendo, sin necesidad de estar todos los días juntos. Un año en que el Ayuntamiento me nombró jurado del concurso de belenes, quiso la providencia que yo aterrizara en su casa y pudiera comprobar cómo se montaba un belén en condiciones, así que Pepe me siguió enseñando también en esta disciplina, en la que él ya era una referencia nacional del belenismo y sus virtudes. Por ello no me extrañó nada cuando hace pocos años me llamó para anunciarme una iniciativa en la que había implicado a su barrio y a la Asociación de Comerciantes, con el fin de colocar en algunos comercios distintas escenas del Nacimiento, lo que logró con mucho trabajo y gran entusiasmo. El mismo que sentía por su vocación cofrade, de la que tanto presumía, y de la que tanto hablamos en la fe compartida. Pepe, ahora que don Gonzalo está contigo, ponte en contacto conmigo por el procedimiento que quieras, ya sabes que a mí no me da miedo, y dime qué hago yo ahora con el belén, compañero del alma… compañero.

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