Gonzalo Piédrola Ängulo.
DON GONZALO
Tito Ortiz.-
Asistir a sus clases era
duplicar el conocimiento de la asignatura porque, no se limitaba a hablar de
virus y riquetsias, de allí salías con una lección magistral de historia de la
medicina, de la importancia de la sanidad preventiva, de como con algo tan
sencillo como lavarse las manos, evitabas enfermedades o lavarse los dientes
por la noche, era mucho mejor que por la mañana, porque así no le dabas una
oportunidad a la fermentación nocturna en la cavidad bucal que, tanto podía
complicarte la vida.
Don Gonzalo – como lo
llamábamos sus alumnos- nos hablaba a todos de usted, por eso nosotros no le
apeábamos el tratamiento. Su mirada penetrante de ojos azules te escaneaba
durante la conversación, hasta el punto de no darte oportunidad a la excusa y,
mucho menos, a la mentira. Cuando don Gonzalo se dirigía a ti, eras su centro
de atención, su única preocupación era que, de sus clases, salieras sabiendo
Microbiología, una asignatura tan árida pero que, con sus explicaciones, se
sobrellevaba con normalidad y, hasta los menos versados, teníamos la
oportunidad de sacar buena nota.
Nos conocía a todos por
nuestro nombre y apellidos y, tratándose de hombres y mujeres jóvenes con las
hormonas a flor de piel, no era infrecuente que, en sus clases, dedicara unos
minutos a las enfermedades venéreas y como evitarlas tomando las debidas
precauciones. En aquel último año de la década de los setenta y primeros de los
ochenta del siglo pasado, le preocupaba la estadística elevada de las
enfermedades resultantes de las relaciones sexuales, algo que en sus últimos
días le habrá causado asombro porque, según las estadísticas actuales al
respecto, parece ser que hemos avanzado muy poco en su prevención, con lo fácil
que es evitarlas con una adecuada higiene.
MENUDO EQUIPO
De educación victoriana y
disciplina castrense, pues no hay que olvidar que siendo muy joven ya entró por
oposición al Cuerpo de Sanidad Militar, Piédrola Angulo era constante como una
gota continua de agua sobre una roca en cuanto a la docencia, y un incansable
investigador científico, amante de la formación continuada, sin dejar de
estudiar y publicar durante toda su vida profesional. La vocación en su
trayectoria es digna de estudiar por generaciones venideras, no es frecuente
encontrar tanta entrega en actividad tan singular, teniendo además como virtud,
el saber divulgarla como pocos. Su capacidad de trabajo nos causaba asombro a
todos, además de su talante mesurado, en cuyo ejercicio se permitía la sonrisa,
la cortesía y la amabilidad, sin perder un ápice el norte de su cometido.
Dado su alto reconocimiento
por parte de la comunidad científica, sobre todo fuera de Granada, por sus
muchos compromisos algunos días venía a dar la asignatura, su compañera de
vocación y vida, María del Carmen Maroto. Otro portento de la comunidad científica
y docente, -aún sin el reconocimiento debido a su labor- que no desmerecía en
absoluto las enseñanzas de don Gonzalo. Carmen Maroto fue un expediente
brillantísimo a muy temprana edad, con reconocimiento exterior, sin que Granada
se inmutara, como ha ocurrido a lo largo de nuestra historia. Ambos trabajaron
brillantemente fuera del foco mediático, sin alardear de nada y, eso en esta
ciudad, te condena a la invisibilidad.
Resulta sorprendente que, en
el año 2000, fuera la Universidad de Málaga la que lo nombrara doctor honoris
causa. Y en el caso de Maroto, que fuera Miembro de número de la Real Academia
Nacional de Medicina, y presidenta en 2004 de la de Andalucía Oriental, siendo
la primera mujer en ostentar este cargo en los 267 años de historia de la
Academia. Sin olvidar que, es también jurado del Premio Príncipe de Asturias de
Investigación Científica y Técnica. Dos eminencias que en nuestra ciudad pasan
desapercibidas, mientras son más que reconocidas fuera de nuestras provincianas
fronteras.
NO HAY DOS SÍN TRES
Pese a ser creyente, Pepe Liébana
no fue nunca un talibán del catolicismo, fue un cristiano que te ganaba en las
distancias cortas, aunque cuando discutíamos sobre la Sindone yo hacía de
abogado del diablo y él no sobrepasaba nunca los límites de la ciencia, como
buen hombre de ciencia que era. Nos conocimos en la Universidad, cuando me daba
la asignatura de Microbiología, en ausencia de Gonzalo Piédrola o María del
Carmen Maroto, y pronto comenzó a sospechar de mí, hasta que un día me citó en
su despacho. Quería conocer al alumno que, en cada examen, cuando él daba hora
y media para resolverlo éste –yo– se lo entregaba en diez minutos y salía
corriendo de clase, porque me estaba esperando en la puerta Pepe Campos de
España, con la unidad móvil de Radio Popular arrancada, para salir pitando
hacia nuestra conexión en directo para la programación local.
Esto de ser estudiante y
comunicador en las ondas, al unísono, es lo que tenía. Cuando se lo conté se
sorprendía de que en tan solo diez minutos yo le pusiera lo necesario en el
examen para no suspender. Empatizamos, terminé la carrera y nuestra amistad se
fue fortaleciendo, sin necesidad de estar todos los días juntos. Un año en que
el Ayuntamiento me nombró jurado del concurso de belenes, quiso la providencia
que yo aterrizara en su casa y pudiera comprobar cómo se montaba un belén en
condiciones, así que Pepe me siguió enseñando también en esta disciplina, en la
que él ya era una referencia nacional del belenismo y sus virtudes. Por ello no
me extrañó nada cuando hace pocos años me llamó para anunciarme una iniciativa
en la que había implicado a su barrio y a la Asociación de Comerciantes, con el
fin de colocar en algunos comercios distintas escenas del Nacimiento, lo que
logró con mucho trabajo y gran entusiasmo. El mismo que sentía por su vocación
cofrade, de la que tanto presumía, y de la que tanto hablamos en la fe
compartida. Pepe, ahora que don Gonzalo está contigo, ponte en contacto conmigo
por el procedimiento que quieras, ya sabes que a mí no me da miedo, y dime qué
hago yo ahora con el belén, compañero del alma… compañero.

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