lunes, 19 de enero de 2015
¡LOS IGUALES, PARA HOY!
¡LOS IGUALES, PARA HOY!
Tito Ortiz.-
No había rasca de Navidad, ni sorteo todos los días de la semana, ni tan siquiera, cupones de gran tamaño, con ilustraciones convenientes. Las tiras de “los ciegos” eran estrechas, de sólo tres cifras, y el sorteo se hacía cada noche a las diez, en cada provincia. En nuestra ciudad, lo patrocinó durante años en EAJ-16 Radio Granada, “Almacenes La Santa Cruz”, de don Paulino Vico, que en algún momento llegó a ser concejal del ayuntamiento, aunque yo lo solía ver tras el viejo mostrador de madera en El Zacatín, con la cinta métrica colgada sobre el cuello, y la sonrisa campechana de una institución del comercio granadino. Pero a lo que vamos. Que el cupón se pregonaba por las calles, en las esquinas más transitadas, y en los bares de más renombre, como El Aliatar, Las Bodegas San Luís, El Café Lisboa, en la esquina de Paños Ramos, - precisamente donde hoy está la ONCE- Los Mariscos o El Jandilla, sin olvidarme del Cisco y Tierra. Con un imperdible gigante, cada ciego colgaba de su solapa las tiras de lo que pregonaban como: ¡Iguales... para hoy!. Era habitual que cada establecimiento de restauración en Granada, tuviera su propio lotero, que muchas veces coincidía con el betunero, y además, un ciego de cabecera, o sea, que habitualmente montaba guardia en la puerta, pregonando los iguales con recia voz, o incluso, llamándoles por sus apellidos: La Niña Bonita para el quince. Los dos patitos para el veintidós y así hasta completar la centena, porque pregonar las cifras de ésta forma, llegó en algún momento a ser un dialecto o jerga, que sólo conocían los habituales del cupón. Algunos como mi padre, que se defendía bastante bien con los sobrenombres de los números, cuando hablaba con aquel ciego habitual que visitaba el taller de barnizado todos los días, y que le fiaba el cupón cuando la cosa estaba tiesa. Contaba mi progenitor riendo, como después de más de veinte años comprando el mismo número al ciego que ya era amigo como de la familia, una mañana mi padre se levantó con el pie izquierdo, o cambiado, vaya usted a saber... y le dijo que por favor le diera otro número, porque aquel tenía un cenizo terrible ya que en más de veinte años no le había tocado más que algún reintegro escaso. El ciego, amigo sabio le dijo: Juan no hagas eso que es tentar a la suerte. Mira que si esta noche toca te vas a tirar de los pelos. Mi padre no cedió un milímetro, así que por la noche, encendió la vieja Marconi con tapete de ganchillo, que tardaba unos minutos en dar sonido, y al poco sonó el anuncio de La Santa Cruz. Mi padre sostenía en sus manos el nuevo número de los iguales, esperando oírlo, pero Pepe del Real soltó sin anestesia, el que después de veinte años había rechazado aquella misma mañana. Mi padre juró en arameo, los gritos recorrieron todas las veletas del Albayzín, y como castigo se impuso volver al número de antaño, que jugó sin que le tocara hasta el mismo día de su muerte, decenas de años más tarde de aquel aciago día.
El destino del cupón pro ciegos, cuya idea se gestó un día trece por aquello del “malarate”, mientras hermanos se entrecruzaban tiros y bombas, decía el que me crió, que no se portaba bien con él, porque ponía en el sorteo, toda la esperanza debida para cambiar de vida, y eso no era bueno, que el que nació pobre, debería palmar en idénticas circunstancias, como ley de vida. Pero, Juan El Barnizador, se resistía a la idea de que la diosa fortuna no lo visitara, aunque sólo fuera una sola vez, y le dejara un pellizquito, como ya hizo con su compadre Serafín, barnizador como él, con el taller en la Posada del Sol, al que un buen día le tocaron los iguales, y se pudo comprar un traje nuevo y le sobró para ponerle un sidecar a la Vespa. Era la ilusión de todos los días, que años más tarde fue un buen eslogan, y que ahora nos lleva a ILUNION. Desde aquellos cupones de color sepia de la posguerra, de unidad, decena y centena, gritados en una esquina fría, al son inigualable de... ¡iguales para hoy!. De la intemperie, al quiosco de diseño calefactado en invierno, y con aire acondicionado en verano, la Organización Nacional de Ciegos, ha pasado de quitar las hambres a los invidentes de una España destruida, a la gran labor social de ponerlos a la altura de cualquier otra persona sin discapacidad. La escuela, la universidad, el deporte, las bellas artes, todo es posible hoy día, gracias a decenas de hombres y mujeres que a lo largo de la España de La Paz, han apostado por una labor cuya antorcha, nadie había empuñado hasta entonces, como defensa de los discapacitados visuales, y que hoy se amplía a otros colectivos, gracias a ellos, y a la colaboración de una ciudadanía, que en los resultados de la empresa y la fundación, ve que – como a mi padre – aunque no te toque nunca en tu vida el cupón, cada noche te vas más tranquilo a la cama si en la cartera llevas ese trocito de papel, con el que entre todos, hacemos posible lo imposible. Que un ciego sea una persona tan normal como el que ve. ¿Quincas? o endiquelas.
jueves, 8 de enero de 2015
CIEGO EN GRANADA
CIEGO EN GRANADA
Tito Ortiz.-
Despatarrado el burro, con el mismo compás abierto, con el que Curro Romero se abría por verónicas, la estampa era de belleza tal, que yo me quedaba embobado con mis ojos de niño, viendo el ritual de aquel aguador, que con rapidez y eficacia, apenas con un hilillo de agua de sus cántaras, traída desde la Fuente del Avellano, mojaba y restregaba el borde del multiusado vaso, para evitar boqueras e infecciones en el siguiente sediento, que pusiera en el, sus labios por el módico precio de dos reales de peseta, aquellos del agujerito, y saciara la sed del viandante, en el Arco de Las Cucharas, a la entrada de la plaza de Bibarrambla. Con la barbilla en el pecho, gustándose, como cuando Paula perfilaba la media verónica, el aguador escanciaba con su chisporroteo habitual, el agua fresca y cristalina de la margen izquierda del río que da oro, recogida junto al carmen del miedo, aquel abandonado a los pies de las escuelas del Ave María, del que los viejos contaban haber escuchado por las noches, lamentos de encadenados que deambulaban, mientras luces blanquecinas vagaban por el interior de la viejas cristaleras, estancia otrora salón de baile de unos marqueses venidos a menos. Los visillos de encaje, habían perdido el blanco inmaculado de sus rosetones, para acercarse mas al sepia de una postal antigua, como aquella foto en la que el abuelo, luciendo el uniforme del Tabor de Regulares, con su camisa color garbanzo, como manda la ordenanza, con su faja roja melillera, presumía de Sulham al viento sahariano, y de su Tarbuch, que le fue impuesto por el oficial al mando, en ceremonia de alta alcurnia, tras la cual tuvo que invitar a churros a todos los componentes, mientras sonaban los acordes de las chirimías en La Nuba.
Condecorado en la vigilancia de islas, islotes y peñones, había sido el orgullo de su Tabor, el año que se hundió el Titánic durante la toma de, Haddu Al-lal u Kaddur. Mientras la Gran Guerra destruía Europa, el se afanaba en consolidar las posiciones españolas en África, muy especialmente, en el Desastre de Annual, y en los felices años veinte, mientras sus vecinos fundaban la Hermandad del Cristo del Silencio en Granada, el se batía el cobre, en Taguaid, donde continuó hasta que en 1958, falleció el protectorado. Condecorado, laureado, y felicitado varias veces en la Orden del Día (Descubrirse a la Orden), metió su barra de jabón, la brocha y su navaja barbera en la vieja maleta de madera atada con una correa, y regresó al Albayzín, con tan suculenta nómina de retirado de los gloriosos ejércitos de Franco, que ni derecho a entrar en el economato le dejaron. Hasta tal punto creció su infortunio, que se vio obligado a trabajar de trapero por las casas, cambiando ropa vieja por un tazón o un plato de yeso blanquecino.
Laureado en África, y pregonero de miserias en Granada, el condecorado caballero del Tabor de Regulares de Melilla, se ponía orgulloso sobre sus harapos, el fajín rojo que tantas veces había lucido, mientras se jugaba la vida en los desiertos africanos, recordando el oropel de un pasado no muy lejano, en el que poner en juego la vida propia, no merecía más que una palmada en la espalda de su oficial al mando, y con eso se daba por más que satisfecho. Ahora, cuando el borlo del Tarbuch no repiqueteaba en su frente, ni las chirimias invitaban al desfile parsimonioso de los señores de la guerra de uniforme color garbanzo, que tanto los diferenciaba del ritmo legionario. El aguador decía: Los legionarios desfilan como huyendo de la quema, en cambio, nosotros los Regulares, lo hacemos con el empaque y el señorío de un vals vienés en un salón de Versalles. Esa es la diferencia. Todas somos tropas en África, pero el señorío de un Regular, no es comparable. Camisas verdes abiertas hasta el ombligo, no pueden compararse con la elegancia de una capa al viento, con el paso más lento y armonioso que jamás se haya descrito en un militar desfilando. Siempre ha habido clases. Y mientras relataba una y otra vez, viejas historias de escaramuzas en Alhucemas, el aguador, con movimientos mecánicos, enjuagaba una y otra vez el vaso y escanciaba a los viandantes, agua fresquita del Avellano, con cuyas ramas verdes, había tapizado las metálicas cántaras, para que los rayos de sol tardarán más en zaherirla con su temperatura. De trapero abandonado a su suerte, consiguió vender peines, brillantina y pastillas de jabón de estraperlo, hasta poder comprarse unas cántaras de segunda mano, y un amigo fiel, emparentado con Platero, al que puso por nombre, ”Voluntario”, en recuerdo al día en que él mismo, siendo un chiquillo, se acercó al banderín de enganche, procurando quitar una boca de las que se sentaban a comer en su casa, donde sobraban cucharas y faltaban platos. Por cierto; Ni se les ocurra pensar que mi aguador del Arco de Las Cucharas, tiene algo que ver con ese engendro, que un mal día se colocó en la Plaza de La Romanilla. Quién hizo eso, primero, no había visto un aguador granadino en su vida. Y segundo; sentía mucha, pero que mucha pena por ser... Ciego en Granada.
viernes, 2 de enero de 2015
DOCTORÁNDOME EN FLAMENCO
DOCTORÁNDOME EN FLAMENCO
Tito Ortiz.-
Tengo el vinilo de Rafael Romero, “El Gallina” gastado, de tanto estudio comparativo entre El Polo y La Caña, sus diferencias y como reconocerlas en el oído al instante. Son manías de viejo aficionado que, empeñado en saber de flamenco desde mi infancia, descubro que el arte gitano andaluz, es como la asignatura interminable, de una carrera universitaria sin fin, donde los conocimientos afloran, conforme comparas y encuentras distintos intérpretes, que aportan su sello personal al cante en cuestión. Así que ya que estaba metido en harina, he continuado con La Serrana, su correspondiente Macho, sin olvidar el comienzo por la Liviana. Tu te crees que el asunto va por Seguiriyas, pero a poco que el guitarrista quiera, te sacará de dudas y, pronto te darás cuenta que estás en otro palo. Porque esto de estudiar flamenco, es como el juego de las siete y media. Un juego vil que no hay que jugarlo a ciegas, por juegas cien veces... mil, y mil veces que té pasas o no llegas. Y si té pasas es peor, porque indica que eres del otro deudor, o sea, que no has estado atento a la falseta de la guitarra, ni a la salía del cantaor. Y esto que debería estudiarse en La Sorbona, Oxford, o Cambrige, resulta que no te lo explica nadie, a no ser que tengas un buen amigo que te saca de la ignorancia flamenca que arrastras, cuantos más años de aficionado sumas a tu trayectoria en el arte.
Llevo desde la transición escuchando el soniquete de que, el flamenco debe estudiarse en las escuelas como asignatura obligada, y tengo la sensación de que cuando la Meripen, o Moriben venga a por mí, el flamenco no habrá entrado aún en las aulas, tal y como se merece un arte Patrimonio de La Humanidad. Mi amigo Calixto Sánchez, que para eso es profesor, tiene un método listo para ser aplicado, desde que tenía el pelo negro, y cantó en aquel amanecer de la placeta de Los Aljibes de La Alhambra, traído a cerrar el Concurso de la Peña de La Platería, y no hay forma de generalizarlo, con la fuerza y contundencia con la que un catalán promociona la sardana. Que ya hay que tener valor para promocionar semejante corro, soso y triste, donde los haya. Alejado de mis sesenta, sigo estudiando el flamenco en la soledad de mi habitación, entre elepés negros, sencillos de cuatro cantes y viejas cintas de cassette, que se me paran y estiran, por razones de la edad. A éstas alturas es lo único que se me estira, la cintas y el cuello, cuando escucho el quejío de Juanillo “El Gitano” en su cueva de Sacromonte, grabado en mi viejo magnetofón de carrete abierto, haciendo esos cantes de la Granada cantaora, irrepetible y eterna, que jamás ha podido ser copiada por el resto de las distintas andalucías. Cierro los ojos y veo a Fuensanta, “La Moneta”, bailando en la “Verea denmedio” al ritmo de La Serrana, y sigo estudiando, prendido ahora de la belleza de ésta gitana, que aborda con su mantón, la Liviana de entrada. Cante y baile irrepetible en un tablao de La Alhambra, que habla de originalidad y rito en lo jondo de Granada. Y sigo estudiando y me detengo, para llevar el brazo del tocadiscos otra vez hacia atrás, y pongo la aguja en el mismísimo surco del arte, y el viejo altavoz de rejilla dorada de mí pikú alquilado, me devuelve el eco inconfundible de don Antonio Ranchal y Álvarez de Sotomayor, interpretando con la elegancia flamenca de quién lleva pañuelo blanco en el bolsillo de la chaqueta, un fandango de Lucena, cuya letra dedicada a La Virgen de Araceli, habla de una visita del pecador a su Patrona.
Explicarle a mi amigo Günter, director de la Joven Orquesta de Colonia, que el Mirabrás y la Rosa, eran familia de las Alegrías, como las Romeras y Los Caracoles, me llevó en los setenta toda una gira por Andalucía, que me encargó mi admirado, Dámaso García Alonso, presidente perpetuo de Juventudes Musicales en Granada. Pero de aficionado a músico, fue mucho más difícil explicarle que todos esos cantes entran al toque por Soleá, ahí ya el orondo alemán, comenzaba a tener palpitaciones, los ojos se le volvían blancos y me pedía por piedad una sangría bajo el sauce que cubría el viejo kiosco de madera pintado en verde, de La Mimbre, lugar donde el eco de la Cuesta de Los Chinos, devolvía mis torpes intentos de demostrarle por qué La Media Granaína, era más difícil de interpretar que la Granaína entera, y que ambas podían confundirse con la entrada por Malagueñas. Ahí era donde Günter Hässy se desesperaba y me decía que era imposible que, el arte flamenco, fuera más difícil de estudiar que la música clásica, así que yo le recitaba de carrerilla para ponerlo más nervioso, la lista de los compositores nacionalistas que se habían acercado al flamenco, sin llegar al contacto íntimo transcrito a un pentagrama, del que podía presumir Manuel de Falla, pero claro, por muy adusto que fuera el músico de La Antequeruela, en algún sitio de sus cromosomas, tenía que tener por fuerza, la enjundia de La Perla de Cádiz, El Mellizo, o el mismísimo, Pericón. Como yo no hablo alemán y Günter entonces tampoco español, ambos teníamos que esperar la traducción de nuestros argumentos, a cargo de un compañero de la orquesta, que había estudiado nuestro idioma con un profesor mexicano, con lo cual, era desternillante ver al corpulento y rubio alemán, decir cosas como: ¡Buenos días compadre?, O, ahora mismito nos vamos cuate. Aquella gira andaluza fue inolvidable, y yo sigo estudiando el flamenco, por si Günter aparece por aquí de nuevo, cosa que suele hacer con cierta frecuencia. Tengo previsto explicarle, el cambio de Manolito María, en la Seguiriya, a ver si ya le da un síncope y no hay sangría que lo remedie.
jueves, 18 de diciembre de 2014
CONSULTE A SU FARMACÉUTICO
CONSULTE A SU FARMACÉUTICO
Tito Ortiz.-
Básculas de precisión de la diezmillonésima parte de un gramo, pipetas, mecheros, probetas, peras de succión, pisetas, frascos lavadores, en fin, que aquel mostrador de la rebotica, era un laboratorio en perfecto funcionamiento, donde las fórmulas magistrales se preparaban con la naturalidad, con la que se servía fuera, en la oficina de farmacia, un sobre de bicarbonato sódico puro, dos optalidones, una pastilla de Okal y tres de Calmante Vitaminado, porque las grageas se vendían sueltas, algo que ahora quiere implantar el sistema de salud, y no alcanza a poner en marcha. Un parche Sor Virginia, unas pastillas Juanolas, y una botella de Agua de Carabaña, podían ser una compra habitual. El alcohol y el yodo a granel, el algodón enrollado en papel azul azafata. Era aquel un entorno de confianza, donde el boticario era mi amigo. Don Pedro Luque del Moral, me conocía desde que nací. A su Farmacia de La Placeta de San Gil, me llevó mi madre, aún sin bautizar, para pesarme. Allí nos dio el farmacéutico una libretita, donde anotaba los gramos que yo ganaba cada semana, y las botellas de Calcio 20, o de Ceregumil que me endiñaban, pues siempre tuve aspecto de raquítico, de ahí mis cucharadas diarias, de aceite de hígado de bacalao con un terrón de azúcar, y más tarde mis chupitos de quina Santa Catalina, o San Clemente. Fui un infante esquelético criado con Pelargón y papillas de harina tostada en la sartén de mi casa. Y don Pedro Luque, era como de la familia, pues no había día que al pasar por la puerta, o nos saludara, o entrábamos a comprar unos caramelos de eucalipto, para la tos de mi padre, o un bote de linimento Sloan (El tío del bigote) para unturas, friegas y dolores varios, pues lo alternábamos con el alcohol alcanforado, o en su defecto, alcohol de romero.
El matraz y el espectrómetro, el mortero y el embudo, son artilugios de mi infancia, pues en aquella rebotica, Pedro Camacho, practicante y mancebo ejemplar, nos ponía las inyecciones cuando estábamos malos, con un cariño y un sentido del humor envidiables, mientras hervía la jeringa y la aguja, con un poco de alcohol, en el estuche metálico que servía para transportarla. Inolvidable aquella diminuta balanza de platillos, la cucharilla o el termómetro de bulbo, el viejo microscopio, y los tarros de cerámica con aquellos nombres tan raros, a los ojos de un niño enclenque, que estuvo siempre más enfermo que sano, y contó con el cariño de los dos pedros. Don Pedro, el boticario alto de pelo blanco, educado y amable. Y Pedro Camacho, su fiel auxiliar, más bajito, pero más simpático y cariñoso, que ponía las inyecciones como los ángeles, o como los arcángeles, porque para eso es de Córdoba. La farmacia de San Gil, con su peso de hierro macizo esmaltado en blanco, con sus pesas cilíndricas a la izquierda, de aquel tallado mostrador con piedra de mármol blanco, veteada en tonos grises, era para nosotros la catedral de la salud, regida por dos hombres buenos. Sus sabios consejos siempre nos vinieron bien, pues era nuestro primer paño de lágrimas en torno a los males. La Farmacia de don Pedro, siempre fue la casa de Socorro más cercana ante los accidentes caseros, como el corte con un cuchillo guisando, o la caída del niño jugando que se saldaba con un chorro de agua oxigenada, una gasa y un esparadrapo, con unos polvillos de Azol, para que no se infectara. Pero antes de ir al médico, la visita obligada era al farmacéutico, para que don Pedro nos dijera si era conveniente o no visitarlo. La familia confió en él ciegamente, porque siempre acertaba, y en no pocas ocasiones, evitó que acudiéramos a consulta, con el sólo hecho de comunicarle lo que nos pasaba. Mi abuela decía que con sólo ir a que don Pedro le tomara la tensión, ya salía buena de la farmacia, sin necesidad de ir al médico, tal era la conversación con el boticario, y la sabiduría que manaba de sus palabras.
Ese trato cercano y profesional es el que hoy están recuperando los farmacéuticos granadinos, que se esfuerzan por dar un servicio a la sociedad, aparte de facilitarles las medicinas, pues no son pocas las campañas en la que están implicados, desde la violencia de género, hasta la fibromialgia, nada escapa al sabio consejo de los herederos de Dioscórides, que a pesar de no contar con tertulias culturales, políticas o artísticas en sus reboticas, mantienen el dogma de servicio a la sociedad, cuán juramento hipocrático. Tal vez las reboticas no cuenten ya con el comandante de puesto, el alcalde, el cura y el boticario, para chequear la actualidad del país ante un café vespertino, pero están esperando a sus vecinos, para informarles del banco de medicamentos, el sistema Sigre, para no almacenar en casa, dosificar y aconsejar como tomar sus medicamentos, cuidar su piel, sus ojos y su correcta y equilibrada alimentación. Al pasar de los años, los boticarios han tenido que reciclarse - como todos nosotros – y han pasado de recomendar algo para abrir las ganas de comer, a aconsejar sobre dietas sanas que eviten la obesidad, por mor de los desequilibrios gastronómicos vigentes, en la sociedad de las prisas y los estresses, que nos ha tocado vivir. Desde las sales de fruta, a la dieta mediterránea, su farmacéutico le dirá los pasos a seguir, sin necesidad de convertirse en un kamikaze ante la ingesta de una comida, que debe ser saludable y apetitosa. Por cierto: Lea las instrucciones de éste artículo, y, consulte a su farmacéutico.
martes, 9 de diciembre de 2014
¡ VA POR USTEDES !
¡VA POR USTEDES!
Tito Ortiz.-
Ahora que tan de moda está denostar la fiesta de los toros: Ahora que algunos de aquellos “modernos” que no sabíamos que pintaban en la barrera de sombra ya no están. Ahora que algunos políticos que gustaban de ir al callejón para sentir así mejor la emoción del ritual taurino, hacen declaraciones diciendo que jamás pisaron una plaza de toros, y que hay que acabar con ésta barbarie cuanto antes, ahora, es cuando más me esfuerzo por defender nuestras tradiciones y señas de identidad. Desde la izquierda mental en la que milito desde que nací, sin avergonzarme de nada, sino de aquellos que hace años fueron compañeros de viaje en lo taurino, y ahora se apuntan a los vientos catalanes, dándoselas como entonces, de “modernos”, porque son los mismos que sirven para el blanco o para el negro, ellos siempre van con la moda, no tienen ideas, ni ética, ni moral, pero siempre están en las vanguardias del pensamiento, situados en la foto de lo que toca, y rechazando frontalmente lo que defendieron antes. Sirven para un roto y un descosido, siempre están en la pomada mediática, y son capaces -si tiras de hemeroteca-, de defender los hornos crematorios hitlerianos, o a Mahatma Gandhi, les da lo mismo, ellos siempre están con el ganador, con el “moderno” y sobre todo, con lo que se lleva ahora. Hace muy pocos años, la barrera de sombra de Las Ventas, o de La Maestranza, era un escaparate de la sociedad española en su conjunto. Desde escritores, a pintores, cantantes, políticos, modelos, toda una pasarela de la “beautiful people”, de todas las diferentes españas, puro en mano, disfrutaban de las faenas de los toreros de moda. Hoy, muchos de aquellos reniegan de un espectáculo como los toros, y afirman sin pestañear – insisto - que jamás pisaron una plaza de toros, pese haber mantenido durante años su carnet de abonado, para departir con quienes podían, dogmatizando en su saber taurino al más puro estilo de Frascuelo, y dando glamour al asiento, con almohadillas de diseño firmadas por el mejor talabartero del país.
Son los mismos que ahora escupen sobre la fiesta, los que han desaparecido de los tendidos, pregonando a los cuatro vientos que jamás fueron aficionados, ni les gustó aquello de los toros. Los que llaman analfabetos a los toreros, porque creen que todos nacieron al oficio, como única salida al hambre y la ignorancia. Pues sepan, que generaciones de matadores de toros, han pasado desde siempre por las aulas de la universidad, y algunos con brillantes expedientes. Roberto Domínguez, Vicente Barrera, Chamaco, Litri, Cepeda, Aparicio. Podría relatar aquí una larguísima lista de matadores con estudios universitarios, y no de últimas generaciones como sería fácil argumentar. A lo largo de toda la historia del toreo, la cultura y la educación, junto con la formación universitaria, han ido de la mano de auténticos figurones del toreo. No olvidemos a Ignacio Sánchez Megias, llorado por Federico García Lorca, que no sólo fue hombre culto sino que, destacó como brillante autor teatral de la época. Pero antes que él, y sin ánimo de aburrir, encontramos en el siglo XIX, al gran Luis Mazzantini, hijo de ingeniero italiano y madre donostierra, que estudió Bellas Artes en Italia y tras conseguir fama y dinero como matador de toros, llegó a ser concejal en el ayuntamiento de Madrid, Diputado provincial, y Gobernador Civil de Guadalajara y Ávila. Sólo aporto unas pinceladas de formación y nivel cultural, de gran número de matadores de toros a lo largo de toda la historia, que desmontan los arquetipos erróneos, de quienes desde el desconocimiento, desprecian la extracción social de los toreros, apuntándolos a la marginalidad social del hambre, la miseria y el analfabetismo. No digo que alguno sí, pero no se puede generalizar con toda una profesión cinco veces centenaria, en la que a lo largo de la historia, siempre hubo una completa representación social. No olvidemos que el principio de la tauromaquia, es de nacimiento noble, pues son los cortesanos los que comienzan alanceando toros en las plazas mayores de las villas, con motivo de festejos reales o plebeyos. Erran por ignorancia, los que se apuntan a los nuevos aires de despreciar la fiesta, solo por el hecho de incorporarse a las nuevas corrientes fundamentalistas, que pretenden acabar con un ritual tan antiguo como nuestra propia historia. Esto es algo que hay que abordar desde la sapiencia, con el don de la palabra, y no con el insulto pancartero, o la desnudez de tetas y culos manchados de rojo a las puertas de las plazas. El futuro de la fiesta se debe enjuiciar desde la culta palabra, única herramienta que debe utilizarse en el dispar parecer de ésta cuestión, y a ser posible, desde la tranquilidad de una taza de café alrededor de una buena tertulia, en la que todos participen, como han hecho los toreros a lo largo de la historia, con los intelectuales, políticos y periodistas de la época. Tiren otra vez de hemeroteca, y vean a Juan Belmonte, debatiendo con los cultos de su generación y a tantos y tantos toreros, que en tardes de no paseillo, cultivaban la amistad de la España vanguardista de todas las artes, alrededor de una mesa, con agua, azucarillos y aguardiente, junto a un tenor de moda, o un cantaor de solera. Esa es la mejor representación de que todas las españas, convergen en una sola: La de la tolerancia y la palabra, con el respeto por montera.
¡Va por ustedes!
miércoles, 26 de noviembre de 2014
EL DUQUE DEL ALBAYZÍN
EL DUQUE DEL ALBAYZÍN
Tito Ortiz.-
Era su consulta, un remanso de paz en la bulliciosa calle Pagés, del Albayzín. Cuando entrabas, el recibidor era humilde, con las revistas atrasadas de la época, pero cuando, don Antonio, “el médico del Albayzín”, te hacía pasar, aquello era otra cosa. Su primer consejo era siempre, que había que tranquilizar los nervios. Que la vida había que tomársela con otra filosofía, que debíamos esforzarnos en aplicar a la cotidianidad, otro “tempo”, para poder sobrellevar la vida de gente pobre y, estresada por el pluriempleo y las obligaciones en casa. Don Antonio, fue un adelantado a su tiempo, detectando en los años sesenta lo que ya iba a ser el mal de nuestros días, el maldito estrés, por mucho trabajo, por muchas obligaciones familiares, por penurias económicas, o por paro contumaz, que prolonga el desempleo y el desaliento en las gentes de bien, machacados por una crisis inventada por banqueros, con la complicidad de unos políticos corruptos, a cuyas casas no ha llegado la estrechez monetaria, porque bien que se han guardado sus señorías, de que los únicos que paguen ésta crisis inventada por ellos, seamos nosotros, los pobres de a pie, mientras ellos nos prometen durante lustros, que nos vana sacar de ésta. ¡Dios nos libre de ésta y de ellos!.
Decía don Antonio, cuando te sentaba en su consulta, que ya estaba bien de Optalidones y Bellergal. Que escucharas la música, porque sonaba en el ambiente, un viejo tocadiscos, con un vinilo de 33 revoluciones, con los acordes de los grandes clásicos, antes de que Argenta los hiciera populares en las ondas. Era la de don Antonio, la única consulta de médico con música clásica de fondo, y era además, una consulta barata, porque listo como el hambre de sus pacientes, don Antonio cobraba según veía el nivel adquisitivo del enfermo, así que más de una vez salí de la mano de mi abuela de aquella consulta, sin que nos cobrara un duro, y además, con el cesto lleno de medicinas gratis, para que no tuviéramos que gastar en la farmacia. Era don Antonio un santo, al que media Granada le debe homenaje de cariño, y sobre todo, su barrio del Albayzín, al que tanto sirvió, con el ejercicio de su consulta privada, para pobres de solemnidad de aquellos tiempos, que éramos casi todos.
Era don Antonio, un ciudadano ejemplar, con una vocación extraordinaria, por el ejercicio de la medicina enfocado a los más necesitados, y que solía disfrutar cada domingo desde la tribuna cubierta del viejo Los Cármenes, del juego de su Granada. Sólo en éste espacio y, cuando se trataba de sus colores del alma, se permitía don Antonio, sufrir la transformación del doctor, Yekyll a Mister Hyde, y soltar a los aires de Granada, su visión de la actuación arbitral, o de la contundencia física de algún defensa visitante, como por ejemplo, Benito, o el trencilla, Franco Martínez, que fueron objeto de sus decires, en presencia del que esto escribe, que se asombraba por el comportamiento de aquel aficionado enfervorecido, que durante dos horas, hacía olvidar de repente, aquel galeno tan bondadoso, que ejercía la caridad con los pobres en su consulta albaycinera y que tanto bien hizo, desde la generosidad más absoluta, por lo que yo pido para él, reconocimiento noble de que le sea concedido, el Ducado del Albayzín, por haber sido un gran médico, pero sobre todo, por haber dado testimonio con su prójimo, de ser sobre todo, un hombre bueno. Honor y gloria siempre, por los siglos de los siglos a Don Antonio, Él Médico del Albayzín, al que tantos vecinos debemos tanto, algunos, incluso la vida. Y junto a él, quiero también rendir homenaje de reconocimiento a un médico ejemplar de la seguridad social, del ambulatorio de Postigo Velutti, don Faustino, que vivía en la calle del Beso, junto a Plaza Nueva, en la puerta de al lado del Bar de Julio, y que si ya no era hora de consulta, te atendía en su casa a la que fuera, incluidos los Sábados y Domingos, y si además no podías permitirte un practicante, él mismo te ponía las inyecciones, e iba a tu casa si no te podías levantar de la cama. Y todo gratis y con una sonrisa. Como la que te ponía don Juan, Médico militar, que por la tarde pasaba consulta en su casa de calle Elvira, esquina a Joaquín Costa, en el piso que había sido de mí abuelo, Rafael Rubio. Don Juan, te atendía, te cobraba una miseria, o no, dependiendo de sí los semaneros habían pasado ya por tu casa, y no te quedaba ni para comer. Te daba las medicinas que sacaba de aquella vitrina blanca de su despacho, te ponía las inyecciones, te pasaba por la pantalla de rayos X, y te despedía en la puerta con una sonrisa, bueno, media sonrisa, porque don Juan vivía con la pena de no poder tener hijos, y aquello afectaba a la alegría de su rostro, pero no mermó nunca su bondad y generosidad, para con los vecinos pobres del Albayzín y los aledaños de plaza Nueva. Cuanto bueno hicieron los tres por los humildes, y que poco se les ha reconocido. Pero éstas tres batas blancas, merecen un lugar de honor en nuestro recuerdo. ¿Verdad vecinos?.
domingo, 23 de noviembre de 2014
“POLITERCOS” COMO UNA MULA
“POLITERCOS” COMO UNA MULA
Tito Ortiz.-
Como añoro aquel pesoe ecuménico, de la calle Águila, en el que lo mismo tenían cabida un viejo militante del Partido Comunista en la clandestinidad, perseguido y encarcelado por la Brigada Político Social de Franco, como Antonio Cruz, y la no menos socialista, Virginia, hija del teniente de la Guardia Civil, Prieto, que persiguió a tiros a los hermanos Quero por las calles de Granada, y que la noche del 23 F, vistió gabardina sobre el uniforme frente al Congreso. Un pesoe en el que se abrieron los brazos –entre otros- a los Guevara, y Quero, procedentes del PSP de Tierno Galván. Era aquel pesoe granatensis, un partido en el que todos los socialismos tenían su puesto, todos eran oídos, todos aceptados y todos en apuesta común por los dictados de Pablo Iglesias, - el de Casa Labra de Madrid, digo, no el capitán Poldark,- y la sociedad granadina que entusiasmada, despegaba hacia la etapa más brillante post dictadura. Un pesoe en el que los no militantes, éramos escuchados y consultados, en igualdad de condiciones, a la hora de valorar nuestros juicios y argumentos, sobre los temas más dispares, pero así se tenía en cuenta la voz de la calle, esa que ahora no llega a la Torre de La Pólvora, por el concepto endogámico de no tratarse más que entre ellos, sin admitir el contraste de pareceres como riqueza política e idearia, de las soluciones sociales a los problemas de los ciudadanos. El desconocimiento que de la realidad granatansis hacen gala ahora, es el producto de no rozarse con el contrario, o lo que es peor, no hablarse con el compañero que difiere. Pero el asunto comenzó a torcerse con la revolución de los catetos, y es que, los lados que forman el ángulo recto en un triángulo rectángulo siempre lo fastidian todo, incluso dan lugar a partidos unipersonales, hechos a imagen y semejanza de los mesiánicos disidentes, esos que yo he dado en llamar, “politercos” como una mula, que no admiten disciplina democrática de una organización, y registran la suya propia para eternizarse en la actividad política, rodeados de una corte plebeya, ayuna de inteligencia, y por lo tanto, dúctil como la plastilina, para ser moldeada a imagen y semejanza del guía omnipotente de las siglas. Que algún ejemplo de esto, nos queda por la costa granadina, reivindicando conducciones de la presa ruleña... por ejemplo.
Cuando el pesoe pierde la calle – como ahora – ésta cae rendida en los brazos de la derecha. Ya lo dijo Fraga en 1976: “La Calle es Mía”, y aquel ministro de la dictadura que fundó Alianza Popular, para que la heredara su delfín, Antonio Hernández Mancha, era el mismo candidato con el que compartí un plato de morcilla en “Bienvenido” de Huétor Vega, donde nos llevó Kiki Díaz Berbel, para que don Manuel probara el mosto, en presencia de África Gran, Jorge Verstrynge y Kirkpatrick, con su sombrero de ala ancha, que le caía como a un santo dos pistolas, pero es que José Gabriel era así. Y a eso de la hora vespertina, cuando don Manuel había probado la salchicha, los chicharrones, las migas y los alcaparrones en vinagre, todo bien regado del caldo asalmonado de la tierra, vino en gracia el Kiki en imitar a Fraga, hasta tal punto acertado en tono y modismos, que el propio Fraga a punto estuvo de atragantarse con un torrezno, que por poco nos da la tarde.
Eran los tiempos de Eladio Fernández Nieto y Arturo Pérez Arcas en el PSA, los de ballesteros o Javier Terrientes con mi inolvidable Pepe Guardia en el PC. Los de, Juan Tapia concejal en el ayuntamiento, de voz recia, que siempre tenía un caramelo a mano para ofrecerte: Niñico, toma un caramelo, niñico. Señores de la política sin distinción de partidos. Personas humanas con la educación por bandera, que sin renunciar a sus convicciones políticas, hacían gala de un comportamiento ejemplar entre iguales y con los contrarios. Ahora los políticos no difieren en sus argumentos, ladran, cada cual, con mayor potencia y desvergüenza, porque ahora no hay que convencer con la razón, hay que humillar al contrario con el ensañamiento propio de quién sin educación ni respeto, se hace oír más por el volumen de su voz, y sus incívicos ademanes, que por lo acertado y conveniente de sus razonamientos. Ahora en política, no priman los argumentos, lo que se lleva es un buen despacho de abogados, para salvar a tanto político corrupto de las garras de la justicia, siempre tan lenta, pero siempre tan segura. Tan falta de medios, premeditadamente, porque al carecer de ellos, y depender éstos de los políticos, no les son concedidos a los señores de la toga, para así, impedir mayor diligencia en sus actuaciones contra la clase política, que es ahora mismo la que copa los juzgados, de un país que ha sido esquilmado por ellos y en compañía de otros, otorgando así a las criaturas de bien tal descreimiento y desconfianza en sus políticos, que algunos ya preferimos ser gobernados por Diego Corrientes o José María “El Tempranillo”. Al menos éstos, robaban a los ricos y lo repartían entre los pobres. Honor y gloria a los bandoleros, antes que a ciertos políticos.
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