sábado, 18 de agosto de 2018
PALACIO MUSICAL DE LOS CAICEDO
PALACIO MUSICAL DE LOS CAICEDO
Tito Ortiz.-
Muchas de nuestras casas nobles granadinas, de no haberles dado una utilidad pública, ya habrían desaparecido. Es verdad que su mantenimiento y adaptación a las necesidades docentes, casi siempre van descabalgadas en el tiempo, pero son joyas que debemos conservar.
No todos los conservatorios de España son Reales, solo el nuestro y el de Madrid. Y tampoco tienen la suerte de albergar sus enseñanzas en un palacio como el que nos ocupa, construido avanzado el siglo XVI como la casa de Los Rueda, y dos más tarde, ya en manos de Luís Beltrán de Caicedo y Solís, primer Marqués de Caicedo. Pasados los años, y para no perder esta joya, aquí se instaló el Instituto de Enseñanza Media de Granada, después la Facultad de Farmacia, y por fin, avanzado el siglo XX, el Real Conservatorio Superior de Música “Victoria Eugenia”, título que solicitó, Isidoro Pérez de Herrasti, Conde de Padul, y que le concedió el rey Alfonso XIII, al inicio de los felices años veinte. El camino para llegar hasta este palacio ha sido tortuoso y lleno de instalaciones provisionales, como las que yo conocí en Condes de Gabia o, la calle de Las Tablas. Recuerdo los esfuerzos de Dámaso García Alonso, y Julio Marabotto Brocco, entre otros, por lograr una sede digna para la enseñanza musical en Granada, topándose una y otra vez, con el mirar hacia otro lado de la administración.
NADIE QUERÍA SABER NADA
Soy consciente de que instalar aire acondicionado o calefacción en un edificio histórico es una odisea, a veces insalvable, y aunque esto que relato no lo justifique, recuerdo en aquellas sedes itinerantes de mi juventud, como se daban clases en crudo invierno con los guantes puestos, o con estufas eléctricas traídas de casa por alumnos y profesores. En 1967, dicen que la administración va a resolver el problema, argumentando unas obras de restauración cortas, para las que ni siquiera se saca el mobiliario, pero once años más tarde las obras seguían empantanadas, y su director, Julio Marabotto, cansado de llamar a las puertas que nunca se abrían. En 1978, el edificio de la Institución Riquelme que ocupaban provisionalmente sale a subasta y deben abandonarlo a la mayor brevedad, además de que habían tenido que cerrar aulas por un derrumbe a causa de las lluvias. Los suelos cedían y las paredes se agrietaban. En ese tiempo transcurrido, las obras del palacio que se presupuestaron en cuatro millones y medio de pesetas ya iban por veinticinco millones, a lo que había que añadir los destrozos en el mobiliario docente, incluidos la pérdida de instrumentos por causas de las obras, con pianos inservibles, entre otros.
LA ESPERANZA TRUNCADA
Les mantenía la ilusión de que una vez finalizadas las obras, anexo al palacio se estaba construyendo un auditorio con el que todos soñaban, y confiaban en los buenos auspicios del entonces Rector de la Universidad, Antonio Gallego Morell, que no cesaba de hacer gestiones en Madrid para acabar con el calvario de nuestros futuros músicos y profesores. En aquel mes de junio de 1978, había venido a Granada para asistir al Festival Internacional de Música y Danza, el recién nombrado Comisario General de Música, Jesús Aguirre, en quién tenían puestas todas sus esperanzas. Con tal motivo, un grupo de profesores de nuestro conservatorio, encabezados por su director, Marabotto Brocco, fueron a cumplimentarlo y a comunicarle su deseo de que, tras once años, las obras finalizaran y pudieran retornar a su centro, pero cuando estaban a tan solo unos metros de él, el máximo responsable de la música en España se negó a recibirlos, advirtiéndoles que, para eso, tenían que solicitar cita a su secretaria en Madrid. El jarro de agua fría, helada, los dejó sin palabras y se dieron educadamente la vuelta cabizbajos, pensando en como le iban a contar aquel bochornoso espectáculo a los más de mil alumnos matriculados ese curso, aunque las solicitudes casi habían duplicado esa cantidad, pero no había sitio donde cobijarlos. Nada más que en piano y guitarra, había más de setecientos matriculados, entonces.
Algo bueno saqué de aquella entrevista con el desesperado director del conservatorio hace 40 años. Durante todo el tiempo que estuvimos hablando, en sala contigua, Susana Mederer, se estaba examinando de quinto curso de piano, con una interpretación extraordinaria de Albéniz. Julio me despidió con estas palabras: Seguiremos enseñando música, aunque nos obliguen a hacerlo, sin más techo que el cielo, y sin más silla que una piedra. Todo sea por la música y por la estupenda cantera que hay en Granada. La historia de nuestro Real Conservatorio nunca ha sido un camino de rosas, y si no, se lo preguntaremos a Ángel Barrios, lo más tarde posible, eso sí, que lo dirigió en años trágicos para España.
viernes, 17 de agosto de 2018
CAMELAMOS A MARIO MAYA
CAMELAMOS A MARIO MAYA
Tito Ortiz.-
Su baile comenzó en el Sacromonte, y con el, recorió el mundo varias veces. Su casa de Nueva York, fue parada y fonda de muchos españoles que por allí pasaron y con su creatividad, supo complementar al bailaor con el coreógrafo, gracias a las enseñanzas, entre otras, de su maestra, Pilar López, hermana de La Argentinita.
Nunca me expliqué, como podía salir como si tal cosa, de aquel BMW Z4 biplaza, del que a mí me costaba un mundo apearme. Cada vez que me decía: Vamos en mi coche, a mí me entraban los sudores de la muerte, porque si difícil era entrar en el bólido plateado descapotable, lo de salir era jugarse las vértebras y las rodillas. Muchas veces para evitarle la triste escena de verme salir a gatas de su coche, yo le decía: Anda tira tu delante que, te sigo en mi moto. Eran los tiempos en los que yo era su jefe de prensa, y él dirigía su escuela para profesionales en la Chumbera. De puntualidad prusiana, Mario llegaba a las instalaciones a las ocho de la mañana. Nunca pude adelantarme. Por mucho que yo corría, cuando subía a la placeta mirador, Mario ya estaba esperándome mirando fijamente la Alhambra, imaginando mil coreografías para el interior del monumento nazarí, una por patio, decía. Tito, es tan bella, que tengo en mi cabeza un baile distinto para cada estancia de ese recinto, algún día lo haré y tú lo contarás.
DEL SACROMONTE AL UNIVERSO
Mario Maya Fajardo, granadino nacido en Córdoba, porque como se sabe, los granaínos nacemos donde queremos, comenzó siendo un niño a bailar en las cuevas del camino de la Abadía, donde su madre, Trinidad Maya, “La Rana”, trabajaba en la cueva de “La Rocío”. Hace ahora 65 años, ya había pateado Madrid y bailado para el gran Manolo Caracol. En la segunda mitad de los años cincuenta, comienza a tomar clases de doña Pilar López, junto a otros artistas como, Antonio Gades o “El Güito” saliendo de gira internacional con la hermana de La Argentinita, de la que siempre guardó un hermoso recuerdo, no solo de lo aprendido con ella, sino de su educación exquisita, el trato recibido y la apertura de mente al mundo flamenco por venir. Con ese acento neoyorkino, sacromontano y musicalidad mexicana, Mario me contaba como eran las clases con doña Pilar, donde la disciplina y el rigor artístico estaban por encima de todo. De sus parejas de baile siempre me mostró admiración. “La Chunga”, Rosa Durán, María Baena, o Carmen Mora, fueran algunas de las mujeres con las que realizó coreografías para el recuerdo. El año 1965, ya le coge asentado por mucho tiempo en Nueva York, donde sus actuaciones se cuentan por éxitos, y como en el inolvidable pasodoble, “En Tierra Extraña”, su casa se convierte en la parada y fonda de, todos los amigos y artistas que pasan por la capital estadounidense.
REGRESO A ESPAÑA
A su regreso, nota que aquí el rotundo éxito obtenido en el extranjero no parece haber tenido mucho eco, así que forma compañía y comienza de nuevo, como si nada hubiera pasado. Es a mediados de los años setenta cuando le llega el reconocimiento a su trabajo de coreógrafo con el estreno de la obra, “Camalemos Naquerar”, del profesor de la Universidad, poeta y escritor gitano, Pepe Heredia Maya, cuyo argumento se basa en la persecución histórica y reivindicación del pueblo gitano. La suerte le sonríe de nuevo, cuando después monta junto a la bailaora, Carmen Cortés, el “Ay Jondo” de Juan de Loxa, con la que recorren el mundo una vez más, cosechando éxitos por cada actuación.
Durante el tiempo que tuve responsabilidades en la edición del programa “Flamenco’s”, de Canal Sur TV, fui un día a entrevistarle a su casa sevillana del barrio de Triana. Quedamos a eso de la hora del aperitivo. Cuando llegué con el equipo de televisión, en el portal de aquella casa noble, ya se escuchaba de fondo de manera nítida, la 40 sinfonía de Mozart. Nos abrió la puerta y entramos a un patio con más de quinientas macetas, que él, descalzo y en bañador estaba regando personalmente con una regadera metálica de las de toda la vida. A la derecha tomamos asiento en su estudio personal, con cientos de libros apiñados en mesas y estanterías, discos de música clásica de todos los autores, en grabaciones de vinilo de la Deutsche Grammophon. Tanta cultura en un artista flamenco no era habitual. Hablaba dos idiomas, conocía a Platón y todos los clásicos, la lectura le apasionaba, incluida la contemporánea, y en sus brazos y sus pies atesoraba el arte más puro del baile flamenco, con el que recorrió el mundo en varias ocasiones, sin reclamar nunca la recompensa. Era un señor, de los pies a la cabeza.
jueves, 16 de agosto de 2018
EL CLUB LARRA
EL CLUB LARRA
Tito Ortiz.-
Para entender la transición política en Granada y completar su estudio, es imprescindible contar con la participación de “El Club Larra”. Un lugar de encuentro, una especie de ateneo libertario, en el que las ideas políticas, la nueva cultura y la vanguardia del arte, se dieron cita sin censura, para ventilar una Granada apolillada.
Durante mi infancia en los bajos del Club Larra se confeccionaba, “La Goleada”, una hojita que, por dos reales, te permitía saber, una vez terminados los partidos de fútbol el domingo, cuál era su resultado, la clasificación y la quiniela. ¡Ha salido “La Goleada, ¡con la victoria del Granada!, pregonaban los chaveas que la vendían por las calles, para cuyos puestos había lista de espera, porque en un par de horas, te ganabas unas pesetillas para la semana, y eso no era moco de pavo en aquella época. Precisamente allí estuvo mucho tiempo el patronato de Apuestas, pero en este lugar de la Plaza de Los Campos, junto al Cuarto Real de Santo Domingo, en este edificio que siempre estuvo ligado al nombre del emperador, tuvo sus instalaciones el Club Larra. “El Larra”, como le decíamos los periodistas, significó en el segundo lustro de los años setenta, un soplo renovador de aire fresco, con las ventanas abiertas a todo lo venidero. Un lugar maldito para la Granada tradicionalista y de la jons, que llegó incluso a encargar misas desagravio, en la iglesia de Nuestra Señora de La O, cuando se enteró de que el diablo con cuernos y tridente, o sea, Santiago Carrillo, venía a dar una conferencia a su salón de actos. La actual comisaría, era la sede de la OJE, y allí ensayaba su banda juvenil de música. En la esquina de la calle del Rosario, tenía su tienda de electrodomésticos y fotografía, José María Caballero, responsable de la Falange Española en Granada. Un Montefrieño, con el que charlé muchas veces en presencia de Pepe Campos de España, mi amigo y compañero de la COPE, que militaba en la CNT, y que mantenía cordiales charlas con Caballero, que nunca rehusaba el diálogo. También fui testigo de alguna conversación de éste con, José García Ladrón de Guevara, entonces en las filas clandestinas del PSP de Tierno Galván, compañero de Ideal, y con el que coincidí en muchas ocasiones en el Club Larra.
HACE CUARENTA AÑOS
En 1978, “El Larra” comienza a funcionar significando un auténtico revulsivo en el panorama cultural y político de una Granada ñoña y anquilosada por la dictadura. Los abogados, Jerónimo Páez, y Antonio Jiménez Blanco, que, por otra parte, como le pasaba al propio Adolfo Suárez, descienden políticamente del anterior régimen establecido a la fuerza, se posicionan en la agonía de la dictadura, en una discreta oposición al franquismo, que va tomando fuerza y consolidando una postura claramente aperturista y ecuménica, con ansia de libertad, que no se queda en los gestos, sino que apuesta de manera contundente por un camino sin retorno hacia las libertades. Era impensable para la Granada de la época, imaginar que Santiago Carrillo, líder internacional del Partido Comunista de España, iba a venir a nuestra ciudad, y poder dar una conferencia en el Club Larra. Pero con ser esta apuesta valiente, por parte de Páez y Jiménez Blanco, el asunto no se queda desnudo, sino que por “El Larra”, pasan personas importantísimas de todo signo político, dejando su mensaje ideológico. También lo hacen conferenciantes de ramas distintas, y artistas de todas las ramas, dejando testimonio de que el afán rupturista de España con su pasado no es un sueño, sino que el futuro libre para todos ha llegado ya.
EXPOSICIONES Y PERSONAJES
En aquellos años yo, era el crítico de arte del Diario Patria y La Hoja del Lunes, así que mis visitas al Club Larra eran cuando menos, semanales. Para el segundo aniversario de la muerte de Franco, El Larra, colgó una exposición del pintor, José Vivancos Plazas, que, rompiendo con su etapa anterior academicista, presenta una nueva obra vanguardista y proyectada al futuro. Ese mismo año (1977) para la Navidad, en El Larra cuelgan sus cuadros como artistas emergentes, Miguel Martínez, A. Rubio, mi primo, José Luís Cabrera, y el archidonense-granadino, Jesús Conde. Cabrera con su estudio en el Pie de La Torre, junto al Titi el afilador, mostró por primera vez sus acuarelas al papel mojado, una técnica solo al alcance de unos pocos. Jesús colgó tres dibujos excelentes y tres grabados al agua fuerte de una factura exquisita. En enero de 1978, allí colgaron sus fotos el denominado entonces, Grupo “Albaicín”, o sea, Torres Casado, Fornieles Franco, García García, Jiménez Mingorance, Martínez Fajardo, Ortiz Albarín, Sánchez Caravaca y Algarra López. El grupo pide además en llamamiento público, que se unan a ellos, cuantos fotógrafos quieran, ya sean profesionales o no. El contacto es en la Calle, Almez de San Pedro, número tres, los jueves a partir de las nueve de la noche. Los precios de las fotos para su compra, van desde las seis mil, a las veinte mil pesetas. Algo muy asequible para la época.
miércoles, 15 de agosto de 2018
GUITARRAS GRANADINAS HECHAS EN JAPÓN
GUITARRAS GRANADINAS, HECHAS EN JAPÓN
Tito Ortiz.-
En 1966, el constructor de guitarras granadino, Eduardo Ferrer, viajó por primera vez a Japón, para enseñar su oficio a distinguidos ingenieros de la fábrica Yamaha, que ya en aquellos años, hacían miles de guitarras al mes, para la exportación. Él les enseñó a construirlas a mano.
Hace más de cuarenta años, una mañana encaminé mis pasos a la Cuesta de Gomérez, para charlar amigablemente, con el que entonces ya era, el decano de los constructores de guitarras granadinos. Eduardo Ferrer Castillo, me recibió amablemente, y mientras hablábamos, interpretaba a la guitarra algunas piezas. Había escogido para la ocasión una clásica, y se detuvo en explicarme cual era la diferencia técnica y de material empleado en la realización de una guitarra, dependiendo de si se iban a utilizar para interpretar música clásica o flamenca. Aquella mañana yo aprendí lo que no hay en los escritos, de la historia de la guitarra, las maderas que se utilizan en su construcción, y el destino de alguna de sus piezas, que estaban en las mejores manos internacionales, repartidas por todo el mundo, como las de Andrés Segovia, o el propio, Sabicas.
JAPÓN Y YAMAHA
El motivo de aquella entrevista para Patria era que alguien me había comentado que Eduardo Ferrer Castillo, volvía a Japón para seguir enseñando a construir guitarras a mano, pero él se encargó de desmentirlo. A sus setenta y tres años, entonces, ya no tenía más ganas de viajar tan lejos. La primera vez que los nipones le invitaron a que los enseñara a construir guitarras, fue en el año 1966, y aceptó la oferta, no solo por lo interesante de su cuantía, sino porque los japoneses también le pagaban un viaje a Venezuela para visitar a su hijo, que de otra forma era imposible verlo desde hacía muchos años que había emigrado. Llegó a la ciudad de Hamarsu, donde Yamaha tiene su factoría, y allí comprobó que las máquinas hacían, quinientas mil guitarras al mes para la exportación. Eduardo estuvo tres meses enseñando a los altos directivos de la fábrica a realizar una guitarra a mano, y esa experiencia la repitió en 1967 y 68. Pero en 1978 cuando los japoneses volvieron a invitarlo, el guitarrero granadino declinó la invitación, debido a su avanzada edad y algún achaque sin importancia. Aquella mañana me habló de un amigo de la familia, el concertista de guitarra internacional, linarense granadino, Andrés Segovia, que se pasaba las horas muertas hablando con su tío, Benito Ferrer, fundador de la saga de guitarreros. Le pregunté como tocaba también la guitarra, algo que no era obligatorio en un guitarrero, y me dijo que, de joven, recibió clases del mismísimo, don Manuel Jofré, porque su tío le insistía en que, si se iba a dedicar a la construcción de guitarras, tenía también que saber tocarlas para demostrar al cliente todo el potencial del instrumento, y dado que Andrés Segovia pasaba muchas horas en el taller familiar, también recibió consejos y enseñanzas de él.
LOS INICIOS
Después de muchos años de construir guitarras en su propio domicilio, el fundador de los Ferrer, Benito, abrió establecimiento comercial y taller cara al público en 1875. Ahí fue cuando muchos años después, daba sus primeros pasos como lutier mi interlocutor, Eduardo Ferrer Castillo, que, con tan solo doce años, comenzó el aprendizaje del oficio, y 71 años después me lo estaba contando a mí, en su taller de la Cuesta de Gomérez. Me contó que cuando su tío era el único taller de Granada en el siglo XIX, en España solo estaban, Marcelo Barbero y los Ramírez Esteso en Madrid, Rodríguez en Córdoba y, en Barcelona, Simplicio. Me insistió en que, para hacer una buena guitarra, la madera había que prepararla un año antes, y que, dándole a las manos, él no podía hacer más de tres piezas al mes. Todo lo que fuera incrementar el número en ese tiempo, iba en detrimento de la calidad del instrumento. No le gustaba que los nuevos guitarreros llamaran “mango” al mástil, y “tacón” al soque. Decía que mantener el lenguaje antiguo de la construcción de guitarras, formaba parte de la historia, y no había que desvirtuarla. Insistía con vehemencia, en que la guitarra se embelleciera con barniz añejo a la goma laca, ya que los modernos barnices, deterioraban el sonido del instrumento. Su guitarra más barata, valía unas veinticinco mil pesetas de entonces (1978), y la más cara, firmada por él, unas sesenta mil de la época. Basaba la continuidad de su oficio, en sus yernos, José López Bellido y Antonio Durán, y en su hijo Benito, dedicado a la construcción del “cuatro” en Venezuela. La Casa Ferrer se prolonga en el tiempo, y su historia también.
martes, 14 de agosto de 2018
NOS ENGAÑAN
NOS ENGAÑAN
Tito Ortiz.-
Que conste que solo lo he hecho por si el anuncio era verdad y podía ligar algo. El caso es que he sucumbido a la publicidad, y me he comprado una cafetera de cápsulas de las que anuncia, éste chico de Hollywood, que tiene el pelo canoso, que ahora no recuerdo como se llama. El caso es, que cuando abres el paquete para extraer la dosis y ponerla en el artefacto, aquello huele a gloria bendita, pero otra cosa es el sabor. Nada que ver con aquel café en grano que compraba mi abuela Juana, y que me ponía a convertirlo en polvo en aquel molinillo manual de madera, cuando sacabas el cajoncito y lo echabas en la cafetera, al subir, la casa quedaba perfumada de tal forma, que los vecinos ya sabían que ese día no tomábamos el de malta, que era el habitual por su bajo precio. El bueno era solo para los domingos. Pero con esto pasa como cuando en el concesionario entras por primera vez en el coche que te vas a comprar, ese olor que desprende te lleva hasta la mesa del vendedor, y empiezas a firmar letras con gastos como un loco, como si no hubiera un mañana y te lo pudieran quitar para dárselo a otro. El caso es que cuando te lo llevas, el coche no vuelve a oler así en la vida. Nos atrapan por la nariz, y nadie hace nada para remediarlo. Me pasa igual con la cerveza sin alcohol. Hay etapas en que se anuncian más que las que lo contienen, pero yo por más que pruebo, todas me saben a agua con bicarbonato, sean de la marca que sean. Debe ser algo psicológico. Te llevan a la compra por el olfato, y después te llevas una decepción. Me pasa con los zapatos de piel. Desprenden un aroma que llegas a la caja como un poseso, los pagas y te los llevas puestos, pero pasados unos días, es mejor no meter la nariz en ellos. Algo falla en el gancho para comprar. Te compras el piso de tus sueños, hipotecando a tus nietos que seguirán pagándolo, y una vez que vives en el, adviertes que en la cocina no entran más de dos personas de canto, que los muebles están altos para tu mujer, que no alcanza a poner las perolas en su sitio, que el cuarto de baño no respira suficiente por esa diminuta rejilla del techo, que se empaña cuando te duchas, no te ves en el espejo, y cuando haces algo más que pipí, tienen que pasar dos dias antes de que entre el siguiente, o morirá apestado. Y todo tiene que ver con el olor. No hay cosa que me guste más que la coliflor emborrizada, o sola con mayonesa, pero a ver quién es el guapo que aguanta en la cocina durante el tiempo de cocción, parece como si de repente se hubieran abierto todas las alcantarillas del barrio, y el olor de los darros ambientara toda la casa. Yo me pirro por los huevos rellenos que hace mi mujer, pero en cuanto empiezan a hervir en la olla, cojo la puerta y me voy a comprar el Ideal, me lo leo en un banco de la calle, y antes de subir llamo, por si ya están enfriándose en el frigorífico. De subir antes, tienes que volver a casa con mascarilla anti-gas. Me pasa igual con los ambientadores. Huelen cuando los abres, pero al rato, esa agradable sensación aromática ya ha desaparecido de la habitación, y como no metas la nariz en el cacharro, yo al menos, soy incapaz de olerlo. Estoy convencido de que alguien nos está manejando por el olor, o ¿seré yo?, que ya estoy más “pallá” que “pacá”.
A PLUMILLA
A PLUMILLA
Tito Ortiz.-
Pintor, de novias eternas con las que jamás casó, Enrique Villar Yebra, fue saxofonista de orquesta romántica, guía turístico del patrimonio, ilustrador de la Granada caduca y ferviente mantenedor de la amistad. En éstas páginas mostró durante decenas de años su hacer, con el cariño de un granadino enamorado de su tierra.
Estábamos – como tantos días – apurando en la barra de “Los Manueles” de la calle Zaragoza, nuestros respectivos cubiletes de arroz. Es curioso recordar, que en éste centenario restaurante, el arroz no se sirviera por platos como en todo el mundo, sino que para los clientes acreditados que solíamos comer de pie en la barra, se tuviera la deferencia de servir una medida de arroz tan especial: Un cubilete, como si de un flan o tocino de cielo se tratara. Yo le estaba contando como se me presentaba la jornada en Patria, y el me rogaba que lo acompañara, tras la comida, al local de Juventudes Musicales en Campillo Bajo 32 segunda planta, donde el bueno de Dámaso García, lo dejaba ensayar con el saxo, ya que, según Enrique, sus vecinos le habían amenazado con tirarlo a la acequia Gorda, si seguía martirizándolos en su casa. Quería que le diera mi opinión acerca de sus progresos con el instrumento.
ALJIBES
Estaba Enrique por entonces – década de los setenta – publicando en Ideal, una serie de rincones de Granada en peligro de extinción, acompañando – como siempre – al texto, sus extraordinarios dibujos a plumilla. De esos parajes, destacaban sobre manera los aljibes de Granada, unas edificaciones de las que ya habían desparecido algunas, y Villar Yebra se empeñaba en que se conservaran a toda costa, así que las publicaba con texto y dibujo, en una especie de grito de socorro, para que alguien saltara a su protección y conservación. Una noche estábamos en la taberna del Sota, donde cenábamos antes de irnos a la cama, y entró Armando López Murcia, que le apetecía tomarse la penúltima con nosotros, antes de retirarse a su casa palacio de la mismísima calle Real de La Alhambra. Armando era, el corresponsal de Televisión Española en Granada. Poco menos que un dios en la tierra, porque si la ciudad quería salir en la tele, no tenía más remedio que encomendarse a López Murcia. Por entonces, los trabajos de grabación se hacían con cámara de cine en 18 milímetros. Era un espectáculo verlo cambiar de rollo, a mitad de un acto cuando el carrete de película se acababa. En una especie de saco negro, con unas aberturas para meter las manos, Armando introducía el carrete de filme nuevo, sacaba la cámara montada lista para grabar, y el ya grabado, metido en su caja de lata, listo para etiquetarlo y llevarlo por la noche en el Exprés de las 22 horas, para que al día siguiente fuera revelado en los estudios del Paseo de la Habana, y rescatar las imágenes para informativos y programas.
SIN BULLA
Armando López Murcia nos dijo que podíamos hacer una joya, dado que, en unos meses, les iban a cambiar las cámaras a los corresponsales de la única televisión de España, y ya que las grabaciones había que hacerlas a color, a él le quedaban decenas de carretes de película en blanco y negro, que podríamos aprovechar para hacer una película de todos los aljibes granadinos que aún quedaban en pie, y de esta manera no se dejarían perder. Yo abordé el guion, que lo presentamos en rueda de prensa en el café Suizo de Puerta Real con Mesones, y todo iba bien, hasta que alguno de los tres dijo, el día que empezábamos… bueno despacito y sin bulla, esto tiene que ser un trabajo que quede para la historia, así, que vamos a tomarnos un café, y a empezar, pero muy despacito. A ver, ¿cómo estamos de luz? Esas nubes no me gustan, vamos a esperar. ¡Que nos llenen! Las bullas son para los cobardes y los malos toreros, que ésta película tiene que ganar Oscar, paso a paso, los aljibes llevan ahí toda la vida, no se los van a llevar, así que con mucho tiento. ¿Tú que estas tomando? Yo quiero lo mismo. Y así llegamos al día de hoy, en el que no hemos grabado ni un metro de película de los aljibes, ni lo vamos a grabar, porque los dos, se me adelantaron en eso de rendir cuentas al Altísimo, y yo solo no me veo. ¿Quién soy yo? sin mi cubilete de arroz en Los Manueles, junto a mi Enrique Villar Yebra, enciclopedia viviente de la que tanto aprendo, y sin mi vino alpujarreño con Armando en la calle Jarrería, que no, que no, que yo si no es con ellos, no lo hago.
domingo, 12 de agosto de 2018
EXPENDEDURÍA DE TABACO Y TIMBRES
EXPENDEDURÍA DE TABACOS Y TIMBRES
Tito Ortiz.-
Nacidos en el siglo XIV, los estancos han formado parte de nuestra vida, y no solo para envenenarnos de forma voluntaria, sino que protegidos por los Gobiernos, ha gozado de varios monopolios a lo largo de su historia, en ocasiones, con rango de exclusividad en diversos productos.
Descubrí lo que era un Estanco, cuando mi padre me mandaba a comprarle un paquete de “Peninsulares”. Era un tabaco negro sin emboquillar, más barato que el clásico, “Caldo de Gallina”, los “Ideales” o los “Celtas”. Yo no alcanzaba al mostrador, así que la estanquera, solo escuchaba una voz aflautada que venía del suelo, y veía una mano pequeña, que depositaba la peseta en el viejo y desgastado mostrador de madera, donde en un rincón, había una esponjilla humedecida en un recipiente redondo de goma, para pegar sellos. Y digo, estanquera, porque en mi niñez era frecuente que estos establecimientos estuvieran regidos por viudas enlutadas, cuyos maridos habían fallecido en la guerra del 36. De ahí que también fuera muy frecuente encontrarlas de muy mal humor, con mal genio o simplemente, con una malafollá aplastante, que las hacía protagonistas de chistes y chacotas, en una dura competición para comprobar cual de ellas te trataba con peores humos.
HISTORIA
Al parecer, está comprobado históricamente, que ya en el siglo XIV se inventaron los estancos, para que solo en ellos, y amparados por el Estado, se vendieran productos como la Sal, el Aguardiente, la Pólvora o el Plomo, entre otros. Un siglo más tarde, se añade a la actividad del Salitre, o la Goma Laca, la expedición desde éstos mostradores, de Naipes homologados por el Gobierno, para que los jugadores no puedan hacer trampas, y papel sellado, éste último llegando a pervivir hasta hace algunos años. Fue el Rey Felipe II, quién dio un gran impulso a la implantación de los estancos, con el pretexto de que nadie traficara con la Sal y sus desequilibrantes precios, dependiendo de la región donde se adquiriera. Y de ésta forma, se garantizaba una entrada de impuestos a la corona, nada desdeñable y continua. Avanzado el tiempo, era imprescindible acudir a un estanco, no solo, para comprar un sello de correos y echar una carta. Solo allí te vendían las pólizas, obligatorias en cada instancia que tuvieras que presentar en cualquier estamento, pegándola en el recuadrito superior que ya traía impreso el papel. En mis tiempos de juventud, fueron moneda de uso corriente las pólizas de tres pesetas, imprescindibles para cualquier trámite oficial por nimio que éste fuera.
PAPEL DEL ESTADO
A muchos jóvenes sorprenderá saber, que para pagar una multa de tráfico – por ejemplo- no bastaba ir con el dinero en la mano y saldar la cuenta, o hacer una moderna transferencia. El importe exacto de la sanción, tenías que comprarlo en, Papel del Estado, en un estanco, y con el, dirigirte al centro oficial que se tratara, hacer cola en la ventanilla, y abonarla con esos papeles timbrados adquiridos donde comprabas el tabaco. En esa Expendeduría, también tenías que comprar el certificado timbrado, en el que tu médico advertía de tus dolencias o estado de salud. Al igual que el Certificado de Penales, donde constaba tu historial delictivo, o, por el contrario, la ausencia de antecedentes penales, circunstancia imprescindible para pertenecer a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, por ejemplo. Sobres, papel para escribir y postales, eran otros artículos que encontrar en el estanco del barrio, donde la estanquera te espantaba con un tratamiento a base de exabruptos, consciente de que ese trato, no le iba a privar de fidelizar a los clientes, ya que sus productos no podías encontrarlos en otro lugar, así que, a aguantar el chaparrón y hasta la siguiente.
NUEVOS TIEMPOS
De vender el tabaco de cuarterón y la picadura selecta con libritos de papel, piedras para encendedores, y mechas para los yesqueros, los estancos actuales han pasado a ser lugares -por lo general- alegres, coloristas, con una gran variedad de productos que ofrecer, impensables en aquellos años. Hablo de libros, peluches, bebidas refrescantes, o guías para turistas, con un horario flexible, nada que ver con el estricto tirar de la persiana de entonces. Los estancos de mi niñez son lugares oscuros, sombríos, iluminados con una bombilla de 25, una mesa camilla con su falda y su brasero, y una tertulia de personas mayores, que cuando yo entraba se callaban a la voz de: ¡Cuidado! Que hay ropa tendida. Algo que tardé años en descifrar y comprender. Aún así, sigo fumando. Sé que es un error que algún día pagaré muy caro, pero es que yo crecí entrando a los estancos, y ahora ya es muy tarde para dejarlo. Mis amigos dicen que de esto… También se sale.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)