domingo, 17 de abril de 2022

LOS FACUNDILLOS

 LOS FACUNDILLOS


Tito Ortiz.-


Conocí a doña Angustias Arcas cuando yo trabajaba en “Tejidos El Ahorro”, y cada dos o tres días, Manuel Balboa Fernández, me mandaba a su casa, para llevarle las telas que tenía que confeccionar para la tienda. Doña Angustias tenía el porte y la educación de una señora noble, y en su puerta de la Cuesta de Gomérez, frente a la casa del Alcalde de Granada, Manuel Sola, junto al timbre, había una plaquita de hojalata que rezaba: Angustias Arcas, Modista.

De trato cariñoso y vivaracho, con el pelo recogido en un moño, y siempre con tacones, la modista me recibía con amabilidad, y me entregaba las prendas confeccionadas para llevar a la tienda de la calle Cárcel Baja. Yo seguía viéndola, cada domingo en misa de once en Santa Ana, ya que en mi condición de monaguillo, le ponía la patena bajo la barbilla a la hora de comulgar, cosa que con mucha frecuencia, hacía junto a su hija, que iba con el uniforme de enfermera militar, portando sobre su cara, los ojos más bonitos que he visto en mi vida a los pies de La Alhambra. Asunto éste que no le pasó desapercibido a Joaquín León, que terminó llevándola ante el altar, convirtiéndola en madre de sus hijos.

GONZÁLEZ ARCAS

Pasaron aquellos años sesenta del siglo pasado, y tuve contacto con varios de los hijos de doña Angustias. Primero fue Arturo González Arcas, que militó en el partido socialista andaluz, y llevó a cabo una labor importante en nuestro ayuntamiento, siempre relacionado con el mundo de la cultura. También fui amigo del más pequeño de los Arcas, pero con quién más contacto tuve, fue con Paco, hombre bueno y sabio de la semana santa de Granada, que durante su militancia cofrade en la Hermandad de “La Cañilla”, me explicó toda la historia que yo debía saber para entender la hermandad del Realejo, entre otras cosas, de donde venía la palabra de “Facundillos”. Me decía Francisco González Arcas, que todo venía de una canción popular granadina cuyas raíces se perdían en la antigüedad. Todo comienza con la fundación en 1925 de la hermandad de Jesús de la Humildad y Nuestra Señora de La Soledad, en el corazón del Realejo, y continúa cuatro años más tarde con la puesta en marcha de otra, adscrita a esta, que debería convertirse en una escuela de cofrades a muy temprana edad. Se erige así, la Hermandad del Dulce Nombre de Jesús, que procesiona un niño Jesús pasionista, del mismo autor que La Virgen de La Alhambra, o sea, Torcuato Ruiz del Peral, y tiene sus singularidades, hasta entonces inéditas en la semana santa de Granada.

FACUNDILLOS

Por primera vez, hay una hermandad que de manera visionaria, ve el futuro cofrade en los niños, a los que hasta ahora, se les tenía prohibido participar en los desfiles penitenciales hasta la mayoría de edad, aunque algunas cofradías lo permitían si ya habías hecho la primera comunión. Estos niños solían portar entonces un farol con luz de cera, de ahí –como me explicó Paco González Arcas – la gente les comenzara a llamar “Facundillos”, porque la canción popular decía: ¿Quién por la calle va?  A modo de pregunta de los serenos de antaño ante la inseguridad de la noche. Y la respuesta era: ¡Facundo con un farol! Así que de esta forma, quedaron bautizados los jovencísimos cofrades, como “Facundillos”. Tiempos después, los faroles serían cambiados por campanitas de barro, tras la recuperación de esta tradición que permaneció oculta durante decenios.

MORENTE Y PADIAL

La Hermandad de la Humildad y Soledad de Nuestra Señora, sobrevive a toda clase de avatares a través de los años, pero tiene un resurgimiento importante cuando, Jacinto Morente, accede a la jefatura como hermano mayor, y nombra como vocal de Juventud a Manuel Padial, (Manolón). Juntos recuperan la tradicional procesión de los Facundillos, llevándola hasta el Domingo de Resurrección, y cambiando los farolillos por campanitas de barro. Es entonces cuando la Soledad de Santo Domingo comanda el último domingo de la semana santa, al que posteriormente se incorporarían los resucitados. La importancia de la procesión infantil es tal, que el arzobispo los invita años después a que presidan la misa de doce en la Catedral.

EL LEÓN

Parte de esa savia que impulsa “la cañilla y los facundillos”, reside en la calle del Pan, desde finales de los cincuenta, en el bar restaurante que rigen los hermanos León Guerra, herederos dignos de su padre, que cantaba las tapas como nadie, y cuyos hijos son el orgullo de la semana santa granadina, con iniciativas tan extraordinarias como la edición de un cartel todos los años, que pregona nuestra semana santa al más alto nivel artístico, cartel que fue presentado por mi hermano, Ángel Luís Sabador Medina, hasta su fallecimiento, y que en la noche que precede a la Pasión, cuenta con la presencia de la banda de “El Despojado”, que derrocha su buen hacer musical en plena calle, como anuncio de lo que nos espera en los próximos siete días. “El León” es además, la tertulia permanente durante todo el año de nuestra semana santa, habiéndose convertido en el lugar de cita obligado, no solo para los cofrades de la tierra, sino, para todos aquellos que llamados por su fama, acuden procedentes de otras provincias, de las que se reciben los carteles anunciadores de la Pasión. Algún día, la Granada cofrade tendrá que rendir el homenaje que se merecen los hermanos, León Guerra. Que sea pronto.



domingo, 10 de abril de 2022

LA BURRIQUILLA

 LA BURRIQUILLA


Tito Ortiz.-


En domingo de ramos, el que no estrena, ni tiene pies ni tiene manos. Y así, con esta sentencia tan disgregante nos educaron a los niños de mí época. El primer día de la semana santa había que vestirse con la ropa de los domingos, y además, estrenar algo, aunque solo fueran unos calcetines, porque eso significaba que seguías formando parte de la sociedad. Lo contrario sería preocupante. Era un día comandado por la misa de doce, en la que se aprovechaba para bendecir las palmas, incluso hacer una pequeña procesión por el interior del templo. Las palmas se bendecían, no solo porque, después formarían parte de la procesión de la burriquilla, sino porque de esa manera, ya estaban listas para colgarlas. En el balcón de mi casa albayzinera siempre hubo una palmera colgada en diagonal, atada a los barrotes con un lazo blanco, que con el paso de los meses se iba oscureciendo, hasta mostrarse casi negro, el domingo de ramos, cuando tocaba tirar la del año anterior y colgar la nueva recién bendecida. Mi abuela Juana, atea y republicana mantuvo hasta el final de sus días que, una palmera bendecida en la misa de doce del domingo en el que comenzaba la semana santa, no debía faltar en ninguna casa decente y de gente de fiar, colgada del balcón principal con su lazo blanco.

SAN ANDRÉS

Del Albayzín bajábamos a la calle de Elvira, hasta la iglesia de San Andrés, donde era costumbre bendecir las palmas que por la tarde los chiquillos sacaban en procesión, y algunos llegábamos con el encargo de alguna vecina para rogar al párroco que nos diera aunque fuera una rama de palmera para lucirla en el balcón de casa. La palmera, su tamaño, su ramaje y labor artesanal, servían a la vista de todos para baremar el poder adquisitivo de quienes vivían de puertas para adentro de aquel balcón. Palmera colgada, pequeña y sin rizos o filigranas, familia del montón. Ni fu ni fa. Palmera que pendía de un balcón reluciente, atada con lazo blanco de seda, con rizos y filigranas en su enramado, familia de posibles, burgueses, cristianos viejos, y tal vez, incluso nobles. La palmera en el balcón era un baremo exacto de la economía familiar pregonada a los cuatro vientos, para general conocimiento del barrio y sus contornos. Por eso era tan importante ir hasta la iglesia de san Andrés, y hacerse con una tras la celebración de la Eucaristía. Yo contaba con enchufe porque tuve la suerte de hacer la primera comunión en esa joya mudéjar, cuando cursaba mis estudios en la escuela nacional del cenete, bajo la regla de don Afrodísio Hernández, maestro y guía turístico de la Alhambra, padre de mi admirado José Luís Hernández Gómez, excelente árbitro de fútbol y mejor médico, con el que tanto he viajado.

A LA USANZA HEBREA

Era entonces de natural la costumbre de que, los chiquillos que de mayores queríamos salir en las procesiones, lo hiciéramos por primera vez en la borriquilla, revestidos a la usanza hebrea, portando nuestra flamante palmera bendecida muy de mañana. Faltaban muchos años para que se incorporara al cortejo Nuestra Señora de La Paz, así que la hermandad se echaba a la calle, casi como cuando fue concebida por aquel párroco valiente en 1917. Un solo paso con Jesús, de Eduardo Espinosa Cuadros, realizado en su taller cercano a la catedral del Realejo, que sin embargo se diferenciaba de otras iconografías similares, en que éste se hacía acompañar de un pollino, de Francisco Muñoz Sánchez, discípulo del gran maestro, Navas Parejo, incorporado en 1948. Lo de añadir las palmas a lo representado en el trono, vino después. Y algo que se perdió en el camino de los tiempos fue aquella representación viviente de las tres Marías, (Magdalena, Salomé y Cleofás), que desfilaban tras el paso y que siempre corría a cargo de tres niñas del barrio, elegidas por su fervorosa piedad, y sobre todo, por su seriedad a lo largo de todo el recorrido. Tres Marías con la mirada al suelo, que tenían la enorme responsabilidad de personificar en la procesión, a tres mujeres importantísimas en la vida de Jesús, que estudiaron su figura y la divulgaron al nivel de los propios apóstoles, pero que una parte importante e intransigente de la iglesia instituida, ha querido ningunear de por vida, haciéndole al unísono, un flaco favor al mundo de las especulaciones. Aquellas figuras vivientes no debieron desaparecer nunca del cortejo encargado de abrir la semana santa en Granada.

VIRGEN DE LA PAZ

Hasta 1974 no se incorporó la segunda titular de la hermandad, bajo la advocación de Nuestra Señora de La Paz, festividad que se había celebrado a nivel mundial dos años antes. Y es a partir de ese momento cuando toma especial relevancia en este caso, la colaboración de mi inolvidable Joaquín Melgar, que en colaboración con su mujer, y posteriormente con su hijo, se dedican en cuerpo y alma a aderezar esta nueva imagen, la primera incursión granadina del hispalense, Dubé de Luque. Recuerdo con que primor, bordaba la familia Melgar aquella primera toca en hilo dorado para su virgen de La Paz, y como me invitaron a su casa, aquel día que me encontré una imagen de vestir en el recibidor, transformado en capilla de culto permanente. Mis conversaciones cofrades con Joaquín Melgar en la calle Alhóndiga, mientras yo degustaba un petisú de chocolate, y el reponía -manteniendo la conversación- excelentes bandejas de la mejor pastelería granatensis. La semana santa y los dulces siempre se han llevado bien conmigo… y con mis amigos.

domingo, 3 de abril de 2022

VENTAS Y VENTORRILLOS

 VENTAS Y VENTORRILLOS


Tito Ortiz.-


Hubo un tiempo en esta ciudad de mis entretelas, en el que salir con la mujer y los niños a comer a una venta los domingos, era el premio más preciado de toda la semana de trabajo. Recuerdo a mi padre dirigirse a mi madre el sábado y decirle: ¡María, mañana no guisas, que nos vamos a una venta! Eso para una ama de casa que durante toda la semana preparaba, desayunos, comidas, meriendas y cenas, era un regalo considerable. Así que a eso de las doce, con el coche recién lavado, y con la ropa de los domingos, la comitiva se dirigía a la venta o ventorrillo elegido para la ocasión, a degustar las delicias de una carta corta, pero muy especializada. En verano aparecíamos en “Los Pinillos” de la carretera de la sierra, porque mientras nos bañábamos en el río, nos preparaban un arroz con carne insuperable, y para ir abriendo boca, algún plato de morcilla, otro de asadura y el melón de postre enfriándose en en la orilla, atado con una cuerda para que no se lo llevara la corriente. 

En invierno, siempre que hiciera sol, subíamos a “Las Perdices”, por encima de Las Conejeras, frente a la pista donde la Jefatura Provincial de Tráfico nos examinaba del carnet de conducir, y allí, en unas cuatro mesas de madera con sus correspondientes sillas de tijera, familias que ya éramos asiduos domingueros, entablábamos amistad para siempre, mientras aguardábamos a que nos trajeran aquella sartén de rabo largo, en la que humeaba su insuperable arroz campero, o aquellas “papas” fritas a lo pobre con pimientos y dos huevos por cabeza, sin que faltara durante la espera, un buen tazón de aceitunas “aliñas” de sabor insuperable con sus ajos y su tomillo correspondiente.

ESPECIALIDADES

Las ventas y ventorrillos de Granada, también se clasificaban por sus platos destacados, a base de buen género y mejor preparación, La Venta Zurita, o La Cueva, reinaban con luz propia en todo lo referente al cerdo y sus derivados. Ese queso de cerdo, o esa salchicha blanca, que solo se encontraban en nuestra tierra, eran reclamos más que suficientes para atraer a una distinguida clientela. En “La Mosca” el choto con ajos alcanzaba cotas, solo aptas para paladares finos. En “La Pulga” el bacalao emborrizado bocatto di cardinale, y frito en “La Paguana” al inicio de la avenida Cervantes, en Casa Gregorio junto a los Escolapios, y en “Marinetto” saliendo para Málaga. Mención aparte merecía el pollo frito con ajos, plato en el que rivalizaban muchas de nuestras ventas y ventorrillo, entre otros, el propio y casi centenario, “Ventorrillo” cercano al Palacio de Congresos, y entonces, en la esquina del Callejón del Ángel, tirando para Torremocha, frente a la tapia que cercaba la huerta de las escuelas pías.

Hoy en día, pese a que muchas de nuestras ventas o ventorrillos han desaparecido, algunos han conseguido adaptarse y progresar, convirtiéndose en restaurantes muy acreditados, por su cocina y buen servicio. En estos tiempos de tanta bulla, recuerdo bajando a la playa, paradas obligatorias en la “Venta Natalio” para degustar un buen bocadillo de lomo, en la fuente de los caños de Dúrcal, para refrescarnos, o en la venta de “Las Angustias”, frente al desvío de Lanjarón. El progreso y las autovías, han borrado del mapa algunas de nuestras ventas más preciadas, aunque otras han tenido la visión del traslado y la continuidad en el tiempo, camufladas de restaurantes a pie de carretera.

FLAMENCO Y HAMPA

Antes de que vinieran las discotecas a trastocarlo todo, el mundo de la noche, tuvo en las ventas de Granada un caldo de cultivo con todos sus pros y todas sus contras. En la venta “El Álamo” de Haza Grande, se podía escuchar el mejor flamenco de la época, en la voz, el baile y el toque de artistas que después tuvieron un lugar destacado en el escalafón, tal y como ocurrió también en la venta de “El Loro”, tirando para “La Golilla” y san Miguel El Alto. “Los Claveles” en la carretera de Jaén contaba algunas noches con cuartito de los cabales, donde señoritos de postín asalariaban a los artistas para amenizar la velada en la que se celebraba un trato de tierras o ganado.

También existieron otras ventas y ventorrillos donde la juerga, las meretrices y la delincuencia convivían a veces de forma poco pacífica y rara era la noche en la que el exceso de alcohol y las deudas pendientes de juego, no gastaban una mala pasada. No hay que olvidar que, estando prohibido el juego en aquellos años, estos establecimientos contaban con habitáculos donde pasar desapercibidos a los ojos de la autoridad. Otras ventas han entrado en la historia por razones bien distintas y desgraciadas. La venta de “La Lata” en el Barranco del Abogado fue protagonista de los  sucesos que llevaron a la muerte a los Hermanos Quero, uno de los episodios más tristes y oscuros de nuestra posguerra. Así que podemos asegurar sin equivocarnos, que las ventas han sido testigos de nuestra historia, y han participado durante muchos años, de la evolución de nuestra sociedad. Comenzaron como lugares al paso para ofrecer viandas caseras a los viajeros, prosiguieron albergando actividades diversas para un pueblo en constante evolución y ebullición, y han ido desapareciendo fagocitadas por el desarrollo y la modernidad, aunque algunas se siguen resistiendo con orgullo y valor de lo que fueron en otros tiempos.

domingo, 27 de marzo de 2022

UN ENCLENQUE

 UN ENCLENQUE


Tito Ortiz.-


Mi generación se crio con dificultades para salir adelante. No podíamos presumir de ser los niños de la posguerra porque nacimos en los cincuenta, tampoco veníamos de los años de las hambres, pero fuertes, lo que se dice fuertes, no éramos. Yo me crie siendo un enclenque hasta bien entrada la pubertad. Para ir medio tirando, en el colegio nos daban un jarrillo de leche americana en polvo disuelta en agua, para ver si tirábamos para adelante. También una loncha de queso americano, cuadrada y amarilla, para que los huesos se fueran formando, haciéndose menos quebradizos. España, al no haber participado en el conflicto mundial, no pudo beneficiarse del Plan Marshall para la reconstrucción europea y, no obstante, necesitaba ayuda con urgencia. Por ello, en 1953 se firmaron con Estados Unidos los Pactos de Madrid, según los cuales se instalarían en territorio español cuatro bases militares norteamericanas a cambio de contrapartidas económicas y de defensa.  Dentro de estos acuerdos se contemplaba una ayuda alimenticia para remediar la difícil situación de la infancia española, deficientemente nutrida y con un índice de mortalidad de 140 niños por mil, 35 veces superior al de la actualidad. En concreto, los productos que se enviaron fueron leche en polvo, queso, mantequilla y aceite de soja, alimentos vedados durante muchos años para amplios sectores de la población. Estas donaciones procedían de la Ayuda Social Americana, de iniciativa privada, y eran repartidas en los colegios nacionales.

Esa alimentación se reforzaba con una cartilla de cupones – uno para cada día del mes – que nos daban en la parroquia de santa Ana, para que en la calle, Postigo de Zárate, a las ocho de la mañana, te dieran gratis un litro de leche con la que llenabas la lechera de aluminio que portabas de casa, después llegaron las de plástico. Y cuando la ayuda americana desapareció, UNIASA, la central lechera granadina del Camino de Ronda, nos mandaba al colegio nacional de la placeta de Ramírez, un botellín de cristal de cuarto de litro para cada niño. Si el papel de aluminio del tapón era de color plata, te había tocado leche de vaca, en cambio, si era de color azul turquesa, era de cabra. Daba igual, nadie protestaba, era gratis y beneficiosa para el cuerpo, eso era lo importante.

JARABES Y VACUNAS

Mi madre perdió la cuenta de las decenas de botellas de “Calcio 20” que pudo administrarme, cucharada a cucharada cada mañana, para fortalecer mi cuerpo esquelético y ojeroso. No fueron en menor cantidad las de “Ceregumil” o, aquellas horrorosas de aceite de hígado de bacalao, cuya ingesta vomitiva, mi madre mitigaba poniéndome en la boca un terrón de azúcar a continuación, para poder pasar el mal trago, porque entonces el azúcar se vendía en terrón, después llegó a nuestra casa molida, como un artículo de lujo. 

Fueron años de vacunas al por mayor, para evitar la alta tasa de mortalidad infantil. Ya fuera en “La Gota de Leche” de la calle, Ancha de Santo Domingo, junto a la casa de mi amigo “El Wily”, en el consultorio de Postigo  Veluti, o en la mismísima Casa de Socorro en la calle de Mariana Pineda, nos iban poniendo vacunas de todo tipo. Yo fui vacunado contra La Viruela, el Tétanos, La Tosferina, la Poliomielitis, para no dejarnos cojos, y contra la Tuberculosis. Por cierto que con la prueba de la tuberculina, me debieron ver algo, porque con sólo seis años, me tuvieron varios meses, endiñándome tres pastillas diarias de Hidracida, que recogíamos gratis en la farmacia en paquetes de kilo y cuarto. Y a todo esto, mi madre hervía la leche que, un cabrero ordeñaba delante de ella en la puerta de la albayzinera casa, y cuando se enfriaba, recogía con una cuchara los dos dedos de nata que cubrían el cazo, me los ponía en una rebanada de pan, y para dentro. Fueron años de meriendas a base de un canto de hogaza de Alfacar, a la que se le quitaba el migajón del centro, se le echaba un chorreón de aceite, un terroncillo de azúcar, se tapaba con el migajón quitado y, a jugar a la placeta.

DÉBIL SALUD DE HIERRO

Todos aquellos cuidados y vacunas han surtido su efecto, porque al día de hoy, lo sigo contando, que no es poco. A estas alturas del calendario, cuando paso lista y compruebo que tengo más amigos en el cementerio que andando por la vida, no tengo más remedio que dar gracias a la vida, que me ha dado tanto. Porque hubo momentos en los que nadie daba un duro por mí. El primer día que mi tío Ñoño me llevó a los “Baños de don Simeón”, me metió en la alberca, y vio con asombro que flotaba sin hundirme por mi poco peso, llegamos a la casa y lo primero que hizo fue decirle a mi madre que me diera dos platos de potaje, porque de alguna manera tenía que coger peso. Y no digamos nada, de aquella tarde del cinco de enero, cuando me llevó a ver la cabalgata de reyes magos, y subiéndome a “cucurumbillo” sobre sus hombros, esperamos pacientemente que llegara la comitiva durante un buen rato. Estábamos apostados en la puerta del edifico de Correos, en lo que hoy es la Plaza de Isabel La Católica, frente a la Gran Vía, y después de una larga espera, allí parados, mi tío le preguntó a una señora cercana, si había visto a un chiquillo escuálido que venía con él. La señora lo miró a los ojos y le espetó: ¿No será ese que tiene usted sobre los hombros?


domingo, 20 de marzo de 2022

LA ORACIÓN DEL TORERO

 LA ORACIÓN DEL TORERO


Tito Ortiz.-


Para escribir estas palabras, me he puesto en el ordenador, La Oración del Torero, de Joaquín Turina, la obra cumbre de un músico que supo cómo nadie llevar al pentagrama, todas las facetas por las que pasa un torero en la plaza, incluidas dos puertas, la grande y la de la enfermería. Yo estaba en la de Granada junto a mí padre, cuando aquella tarde  mítica, Manuel Benítez “El Cordobés”, partió por la mitad un par de banderillas, y de rodillas, intentó poner las cortas. En ese momento, el toro hizo por él, y el diestro que entonces mandaba en la fiesta, recibió una de las cornadas más graves de toda su vida. Pero quiso la suerte de que en el burladero de los médicos, estuviera una eminencia llamada, don Juan Pulgar que fue quién le salvó la vida Y es que la de Granada, ha sido siempre una plaza de segunda categoría, pero con una enfermería de primera, incluido el pelirrojo anestesista. De ahí la tranquilidad de los actuantes, ante la posibilidad de un percance en la ciudad de La Alhambra. Mi compañero, y sin embargo amigo, Santi Lozano, me contaba emocionado en la cafetería del hotel Victoria, como aquella tarde en Granada, cuando el toro lo cogió para matarlo y llegó a la enfermería en parada, don Juan no se lo pensó dos veces, y abriéndole el pecho, le metió la mano hasta el corazón, para darle masaje cardiaco con su mano, y eso le salvó la vida.

Esa tradición de, solvencia sanitaria en la enfermería del coso granatensis, perdura en el tiempo, gracias a mentes privilegiadas como la que se nos ha ido. El doctor José Sánchez Ortiz no solo era un gran médico, era un cirujano taurino reconocido por todos sus compañeros. Aquella tarde en la que, entrevisté para Canal Sur a Ramón Vila en la Maestranza de Sevilla, me dijo que un buen cirujano de plaza, si desde el burladero de los médicos estaba atento a la faena, cuando entraba en la enfermería para lavarse y coger el bisturí, ya llevaba medio operación hecha en su cabeza, incluidas profundidad de la cornada y posibles trayectorias. Y añadió: Pero en Granada podéis estar muy tranquilos, allí tenéis a Pepe Sánchez Ortiz. Toda una eminencia en la materia, reconocía el trabajo de un compañero, y eso, no se da en todas las profesiones. El doctor Sánchez Ortiz, ha sido un ejemplo para generaciones futuras, de muchos quilates, y eso bien merece un mosaico en la plaza.

MARINA 

Sigue sonando la Oración del Torero de Turina y, hay un momento en el que el gran músico, describe a la perfección el remate de una media verónica, para poner un punto y seguido a la faena. Y eso es precisamente lo que una enfermedad odiada por todos, no le ha permitido a Marina. Su vocación infinita de servicio a los demás, le llevó a la militancia política con conciencia de clase. Allá donde había una labor que hacer sin relumbrón ni foto, allí estaba ella para resolver lo que hiciera falta y aportar su granito de arena con total dedicación. Llegó incluso a aceptar poniendo buena cara – como siempre – la responsabilidad de continuar con “El Legado Andalusí”, cuando éste ya estaba desprovisto de grandes presupuestos y la administración que lo creó, lo dejaba morir de inanición, pero eso no la amilanó, y apechugó con el envite. Su pueblo la llora, y yo también.

BIBARRAMBLA

Me sigue envolviendo Turina, con su obra dedicada al mundo del toro, y va mi recuerdo para el gran Francisco Henríquez de Jorquera, que me precedió en la señal de la Fe, y dejó reflejado como nadie antes, la importancia de la plaza de Bibarrambla en la Granada conquistada, con sus grandes monumentos al Santísimo con motivo del Corpus, o de aquellos festejos de toros alanceados por los nobles granadinos en fiestas tan memorables. Por eso recibo con alegría el libro que me manda mi amigo, el pintor de la tierra, Manuel Ruiz Ruiz, dedicado a la historia y costumbres de ésta plaza de nuestras entretelas, donde nuestros ojos de niños vieron por primera vez los chacolines. La obra es del Gabinete Pedagógico de Bellas Artes de La Junta de Andalucía, y créanme que se trata de una joya, que no debe faltar en la biblioteca de ningún granadino que quiera su tierra y la admire, como nosotros.

EL SIGLO TRANSPARENTE

Donde mejor escuchar ésta Oración de Turina que en el interior de nuestra santa Iglesia Catedral. Y si estuviera Juan Alfonso interpretándola en el órgano de la epístola, pues mucho mejor. Como estaba aquellas inolvidables mañana, cuando a puerta cerrada, mi hermano, el escritor y poeta, Antonio Enrique estudiaba su “Armónica Montaña”, mientras Iván Piñerúa, pintaba el interior catedralicio, y José Antonio Lacárcel, Orfer y yo, disfrutábamos del momento histórico en el que nuestros amigos hacían arte, cada uno a lo suyo. En “El Siglo Transparente”, recoge Antonio Enrique, una antología de sus poemas nacidos desde aquel lejano primer quinquenio de los años setenta del siglo pasado, casi hasta nuestros días, que yo he devorado con placer literario, envuelto en la nostalgia más cálida, del reencuentro con lo ya sabido y nunca olvidado. Antonio Enrique, mi hermano y maestro, conserva en su memoria de niño el sonido romántico del silbar de trenes junto a su casa, cuando sin necesidad de reloj, las tareas domésticas se llevaban a cabo entre la llegada de un mercancías, la salida del “corto de Loja” o la llegada del expreso de Madrid, ambientados hoy en “La oración del Torero” de Joaquín Turina.

domingo, 13 de marzo de 2022

AURORA ALBAYCINERA

 AURORA ALBAYCINERA


Tito Ortiz.-


Me llamó mi amiga Olga para que viéramos juntos, la magna exposición de Zuloaga en el Hospital Real y, como no podía ser de otra forma, allá que nos encajamos hasta el primer psiquiátrico del mundo moderno, para admirar con pasión a dos Zuloagas en compañía de otros, creando entre lo gitano y lo flamenco, un universo aún por explorar antropológicamente, que se complementa cuando aparece la creatividad de los payos al servicio de lo flamenco y lo gitano. Imposible separar tan divergentes conceptos de la vida, costumbres y religión, que se aúnan difuminándose para dar paso a la creatividad artística, ya sea en el “jondismo”, que diría mí añorado Juan de Loxa, como en la música clásica, en la pintura o la escultura. En un mundo en el que todo se fusiona como una gran ósmosis artística y literaria, quedan abolidas las barreras de los prejuicios, para que los protagonistas, vengan de la etnia que vengan, canten al unísono al astro universal de la belleza.

En la misma puerta del Hospital Real, antes de entrar a la exposición, me encontré con mi amiga Aurora Carbonell, viuda de mi indispensable Enrique Morente, de cuya ausencia ya han pasado diez eternos años, y fue el mejor presagio para enfrentarme a la muestra. Dice Aurora que, cada día que pasa echa más, de menos a nuestro Enrique, sobre todo ahora que los niños ya están grandes, volando alto y lejos, y que la casa se le viene encima, por eso sale a pasear por las tardes, desde el Albayzín a Granada, para despejarse y con la mirada al suelo, hacerse a la idea de que va enganchada del brazo de nuestro Enrique, como aquel día en que esta madrileña, hija del guitarrista Montoyita, vestida de blanco le dio el sí quiero al cantaor de la Cuesta de san Gregorio. En esos enorme ojos negros de Aurora albaycinera, se vislumbra una tristeza infinita que el tiempo no cura, como los amores eternos.

OBRAS SON AMORES


Mirando el vaciado en barro que Agustín Morales Alguacil, le hizo a ”La Pepica” el año que estalló la cruenta guerra civil, uno puede adivinar las influencias que este tuvo en el gran escultor gitano, Luís Heredia, el de la calle Oidores, con estudio en el peso de la Harina, especializado en esos medios bustos de perfil. Un gitano, hijo de La Faraona, que comenzó siendo modelo para artistas, y terminó convirtiéndose en uno de ellos, con una proyección internacional, que aún hoy, no se le ha reconocido en Granada. Puesto que se trata de una exposición que, viene a cuento del Centenario del Concurso de Cante Jondo, destaca sobre manera el retrato que en plena República, Ignacio le hace a don Manuel de Falla, uno de los mejores que se le hayan hecho, al gaditano inmortal de La Antequeruela, y donde el artista plasma sobre manera, incluida la precisa pincelada, la diferencia cromática y estilística de la música clásica y el flamenco. Aquí el de Éibar, es adusto y exacto en color, luz y trazada, mientras que en el velatorio del churumbel, el dramatismo de la seguiriya mortuoria, descarga un zarpazo de trazo dramático, de pincelada desgarradora, con el color vivo de la dramaturgia lorquiana, buscando el desafío a la muerte encerrado en un cante por tonás, mientras la bailaora, no se contorsiona, sino que, se retuerce de dolor por la “duquelas” del alma. Sin duda éste es el cuadro de la exposición, o al menos en eso coincidimos mi amigo, Enrique Gámez, con quién compartí el itinerario expositivo, extasiándonos los dos, al ver la escritura manuscrita del propio Falla, o los magníficos carteles de Carazo.

60 AÑOS SON NADA

Cómo pasa el tiempo. Ya hace más de sesenta años que un grupo de amigos melómanos, se reunieron en un kiosco de prensa de la Acera del Casino, para fundar Juventudes Musicales en Granada, entre ellos, mi mentor Dámaso García Alonso, y mi admirado Jesús López Cobos, estudiante entonces de nuestra Universidad, que después sería un gran director de orquesta de reconocimiento mundial. Así lo deja patente la magnífica exposición que en la sala Zaida se clausuró ayer, y que ha hecho las delicias de todos los que hemos sido testigos de todo lo logrado por la asociación del Campillo Bajo, edificio Macia donde hizo historia. El Coro bajo la dirección de Julio Marabotto, el grupo de teatro fundado por un conocido mío, los conciertos en el salón de actos de Centro Artístico, con un carnet de socio que, también te daba derecho a la asistencia gratuita de los organizados por la Cátedra Manuel de Falla Enhorabuena a las comisarias que han hecho un magnífico trabajo, en el que he podido ver hasta el saxo recto de mi llorado Enrique Villar Yebra, con el que compartí tantos cubiletes de arroz en “Los Manueles”, y tantas tortillas francesas con un vaso de leche para cenar, en casa de mi amigo, Pepe “El Sota”.

PROYECTO HOMBRE FLAMENCO

No se llenaba así el teatro Isabel La Católica desde antes de la pandemia, pero esta vez lo ha conseguido Proyecto Hombre Granada, con su noveno festival flamenco. Mingorance, debe estar orgulloso de la respuesta de los granadinos, y de la del mundo flamenco que una vez más, desinteresadamente, ha puesto su arte a disposición de tan noble causa. Vi el espectáculo junto a la nieta de Manuel Celestino Cobos “Cobitos”, una eminencia para mí en lo jondo. Necesitaría otra página para relatar velada tan exquisita, pero queden todos representados en las actuaciones que sabiamente hilvanó mi admirado compañero de Ideal, Jorge Fernández Bustos, el señorío de Curro Albayzín y los reales fandangos de Pinilla.

domingo, 6 de marzo de 2022

MUJERES EN MÍ VIDA

 MUJERES EN MÍ VIDA


Tito Ortiz.-


La primera vez que vi una mujer policía fue en El Nodo, estaba dirigiendo el tráfico en pleno Madrid, y aquellos conductores miraban con asombro, hasta el punto de que más de un alcance hubo por despistarse al volante. España estaba cambiando, pero hasta aquí no llegaban esos aires nuevos de sociedad avanzada. Algunos hombres se desternillaban de risa, cuando otros se atrevían a predecir que, en días no muy lejanos las mujeres harían la mili, hoy – afortunadamente – algunas lucen los entorchados de general. 

En Granada, no fue hasta el año en que Tejero y los suyos asaltaron el Congreso, cuando los periodistas fuimos convocados por Antonio Jara, para presenciar la toma de posesión de nuestra conciudadana, Inmaculada Fuentes, primera mujer que accedía a tan alta responsabilidad. Aquellos diecinueve años de un bellezón, con una melena rubia hasta la cintura, pero con uniforme de policía, suponía que muchos inadaptados a los nuevos rumbos sociales, volvieran la cabeza para mirarla, hasta el punto de tropezar con las farolas. Eran los tiempos en los que se iban cambiando las costumbres. Ya no eran Guardias Urbanos – de la porra en mi infancia – ahora eran Policía Locales, pero aun así, hubo cromañones que en su analfabetismo educativo y misoginia, aludieron a ella, indicando que su puesto era el de las faenas de hogar, y no el de autoridad competente.

Tras más de cuarenta años de servicio, Inmaculada es una hermosa realidad de que las cosas han cambiado. No todo lo que debieran, pero algo sí. Disfruta de tu jubilación, que te has ganado con tu esfuerzo y ejemplo de pionera.

ENRIQUETA

Conocí a Enriqueta Barranco, cuando en aquellos años ochenta del siglo pasado, seguía cada mes el embarazo de mí hijo Rafael Carlos, en el Ambulatorio del Zaidín, como antes lo llamábamos. Su profesionalidad, dedicación y entrega, me puso sobre la pista de una mujer que, amaba su profesión, que seguía formándose en los nuevos adelantos científicos de su vocación, con el mismo entusiasmo de los años juveniles cuando empezó la carrera y, con una conciencia de género fuera lo común, para los tiempos que corrían. Desde entonces no le he perdido la pista, la sigo en todas sus actividades, con ese orgullo silencioso de conocerla desde antaño y la valoro como ejemplo de mujer en un tiempo que fue de hombres, y que afortunadamente, ya no lo es tanto. Las cosas se van equiparando, aunque no a la velocidad que a mí me gustaría, pero mientras haya en activo mujeres como ella, la esperanza no está perdida. En era de involución, Enriqueta Barranco sigue en vanguardia, con una militancia y un testimonio ejemplar para futuras generaciones de mujeres importantes en nuestra sociedad. 

Soslayó todas las zancadillas que compañeros de profesión le pusieron para que fracasara en su intento de ser ginecóloga, en un mundo universitario médico machista, y sabe cómo nadie, ponerse al otro lado de la mesa cuando pasa consulta, haciendo desaparecer esa barrera  que suele separar en demasiadas ocasiones al médico del paciente, sabe escuchar al que tiene enfrente y eso en medicina, a veces no es fácil de encontrar. Su militancia femenina inseparable de su profesión, junto a la experiencia adquirida, dan una perspectiva de género a su labor, que la hacen un pilar imprescindible de esta sociedad actual, que no termina de despegar, en determinados segmentos.

DOLORES

Recuerdo con emoción, la primera vez que me enfrente a su pintura, que después plasmé como crítico de arte en el Diario Patria. Desconocía su obra y trayectoria, y debo confesar que, al ver nombre de mujer en aquella invitación para la inauguración de su muestra, preconcebí – craso error -que me enfrentaría a una dicción académica más de, aprendizaje en el bodegón,  paisaje y  retrato, moneda de uso corriente en aquellos setenta, en la asociación de amas de casa en la Gran Vía, o en la sala del Centro Artístico de la calle Mesones, entrando a la izquierda. Pero la sorpresa fue mayúscula, cuando comprobé ante sus cuadros que, tanto en la técnica como en la motivación plástica de lo allí representado, había una genialidad artística de mujer fuera de lo común, abierta a la modernidad, con un lenguaje moderno y proyectado al futuro, con una personalidad única, sin parecerse a nadie, y eso en aquellos años, siendo mujer, ya era la “releche”. La valentía de su creatividad, se abría paso en un mundo mayoritariamente masculino, con una dicción plástica bien diferenciada, orientada al futuro cromático, con valentía y decisión. Dolores Montijano, era en esa Granada aún por despegar en la pintura femenina, junto con María Trinidad Ximénez de Cisneros, “Manini”, la avanzadilla en la futura pintura con nombre de mujer que marcaría toda una época en Granada, poniéndola en el mapa de la actualidad pictórica internacional, pese al silencio que esta ciudad suele ejercer, sobre tan loables e imprescindibles iniciativas, aportaciones indudables al arte moderno con nombre de mujer. De ahí que tenga obra colgada desde, el Museo de Arte Moderno de Madrid, al mismísimo Ermtage, el de Arte Moderno de Santo Domingo. Su paso por el taller de Grabado de la Fundación Rodríguez Acosta, la hizo alcanzar niveles expresivos en el grabado, que resultaron frescos y novedosos en conceptos expresivos, que la han llevado a ostentar un puesto relevante en el mundo de la pintura, generada en esta tierra, con un lenguaje propio e imperecedero y, es que vivir en el Realejo…Imprime carácter, predisponiendo a la creación artística de indudable aportación.