lunes, 30 de marzo de 2015

QUIEN HIZO DEL FLAMENCO, POESÍA

QUIÉN HIZO DEL FLAMENCO POESÍA Tito Ortiz.- Un arte tan inmóvil hasta entonces, necesitaba de Morente para ser refrescado y puesto al día. Reconducido a los cánones culturales de lo exótico, actualizando la visión rancia del romanticismo, que lo enjuiciaba aún como algo distinto y raro, cultivado en una extracción social lindante con la ley. Enrique Morente abrió las puertas de lo hondo de par en par, lo metió no sólo en el pentagrama, sino en todas las músicas, y lo ofreció a distintas culturas, que inmediatamente lo acogieron, como el arte genuino que es, por encima de todas las cosas, y que hasta que llegó el genio albaicinero, no había podido desarrollarse en toda su expansión, debido a la guardia pretoriana de flamencólogos incultos, que a su falta de formación, añadían el miedo de que el arte gitano andaluz se les fuera de las manos, al ser conocido y cultivado por personas de mayor educación y cultura. Fue Morente el que rompió esas cadenas, logrando introducir al flamenco, en las alcobas creativas de todas las artes, para lograr una dimensión que lo proyectara a todo el mundo, como así fue. Existe un antes y un después del arte flamenco, tras la irrupción de Enrique Morente, y el consiguiente tuteo de éste con creativos no sólo musicales de todas las especies, sino de la danza, las artes plásticas, el diseño y la poesía. A partir de la divulgación morentiana, el resto de las artes se dejan impregnar de los quejíos, y comienza a aparecer un tipo de arte tuneado por el flamenco, cuyas expresiones estéticas son tan diversas, como disciplinas artísticas existen. Fue Morente un visionario que pronto atisbó en el horizonte, un lugar para el flamenco, que maridaba perfectamente con cualquier otro arte, enriqueciéndolo y agrandándolo. En el cine con Carlos Saura, en la fotografía, mi compañero, y amigo Paco Sánchez, en la pintura con Jesús Conde, en el baile Israel Galván, en la danza con Víctor Ullate (padre), en la vanguardia musical con Lagartija Nik, en la literatura, con Luís Rosales y Félix Grande, en la televisión con José Sánchez-Montes, y así podríamos seguir relatando, las distintas artes y disciplinas estéticas, en las que Morente ha tenido una clara influencia personal, o el flamenco ha entrado, gracias a la concepción aperturista, que de lo hondo tenía el genio granadino. Desde el primero de sus discos, un año antes de que Massiel ganara el festival de Eurovisión, Enrique Morente inicia un camino que sería seguido después por otros cantaores. Incluye poemas de los grandes maestros, a los que pone música, y gracias a sus conocimientos musicales, los adapta con una perfección que ningún otro cantaor ha logrado hasta ahora. El de la Cuesta de san Gregorio, tampoco se conforma con abordar lo fácil y a mano, que bien podría ser la obra de quién mejor se acercó al flamenco, como su paisano, Federico García Lorca, sino que se atreve con los más alejados al arte gitano andaluz, pero que en su voz, suenan enjundiosos hasta los tuétanos. Es el caso de – por ejemplo – San Juan de La Cruz, el fraile que en el Carmen de Los Mártires de Granada, bajo la sombra de un cedro que aún se conserva, escribe a La Noche Oscura del Alma. Una noche que en la voz de Enrique, se vuelve día reluciente y raso, que inexplicablemente es acompañado por la luna y las estrellas. Los hermanos Machado, pasaron por las cuerdas vocales de Morente, con los ecos profundos del pozo más grande de las penas. Y el Miguel Hernández más desgarrado, el Lope de Vega más audaz, o el Alberti más marinero. Hasta la llegada de Morente, el flamenco se había surtido de letras populares, algunas ya rancias y otras apolilladas. Él, recoge el testigo de los cantautores más universales del momento, coge el tren de sus contemporáneos, y abraza a los grandes poetas, proyectándolos en un entorno musical jamás explorado, por ese falso concepto intelectualoide, de que el flamenco era excesivamente popular, como para emparentarlo con la poesía consagrada de todos los tiempos. Enrique une esos dos universos hasta entonces separados, y lo hace con la sutileza y sensibilidad artística, de quién borda en bastidor de filigrana orfebre, las bases de un arte para las nuevas generaciones. Y de ésta forma quedan para la historia los sonidos del poeta, Al-Mutamid, engarzados con oro y marfil, en los labios de un creador sin par, que se atrevió con los versos de, Bergamín, Hierro, Guillén o Pedro Garfias, entre otros. Morente enriquece los vetustos textos del flamenco, y lo hace nada más y nada menos, que con la poesía más rica que haya dado jamás éste país. Y al igual que su quejío es largo y armonioso, los poemas entrelazados con la prima y el bordón han quedado como muestra del buen hacer, de un enlace perfecto, entre mundos que vivieron de espaldas, hasta que Enrique les dio la vuelta y, los hizo mirarse cara a cara sin complejos, enriqueciendo un arte milenario. Poetas que murieron hace siglos, lo hicieron sin saber, que ya desde entonces eran deudores, de un genio creador que se desarrolló en el flamenco, pero que lo mismo lo podía haber hecho en el Renacimiento con, Miguel Ángel, o en la Grecia antigua con Homero, ocho siglos antes de Cristo. Morente tenía sus genes creadores a disposición de la humanidad, y de su resultado, sabremos en los siglos venideros.

lunes, 9 de marzo de 2015

GOTA DE LECHE Y SANGRE

GOTA DE LECHE Y SANGRE Tito Ortiz.- Los de la década de los cincuenta que nacíamos con pinta de enclenques, más pronto que tarde, pasábamos en brazos de nuestras madres preocupadas, por La Gota de Leche, en la calle Ancha de Santo Domingo. Aquella benemérita institución gratuita, donde nos vacunaron contra la Viruela, la Poliomielitis, la Tuberculosis, nos dieron leche en condiciones, aceite de ricino, de hígado de bacalao, el Ceregumil o el Calcio 20. Todo gratis para que creciéramos fuertes y sanos, a pesar de las alimentaciones desequilibradas, los piojos, la leche en polvo americana, los sabañones en dedos y orejas por el frío, el terror al tétanos, la difteria, la tosferina, el raquitismo y la desnutrición. Pero allí estaban ellos y ellas, para apiadarse de nosotros, y procurar el milagro de que llegáramos a ser adultos, en un país que entonces tenía la tasa de mortalidad infantil por las nubes. Que gente que ha entregado su vida por los demás, sea recompensada por ello, con una ráfaga de tiros en las tapias del Cementerio, es cosa que suele ocurrir en Granada, y éste es un ejemplo más. A dos años del inicio de La Gran Guerra, el doctor, Rafael García Duarte-González, pasó por el París de la Francia, y de allí se trajo una de las pioneras iniciativas que funcionaban con resultados asombrosos. “El Consultorio de Niños de Pecho y Gota de Leche”, que puso en marcha en la Gran Vía de Granada en 1916. Aunque él era catedrático de Oftalmología, su paso por el país galo, lo sensibilizó de manera especial con los recién nacidos, y a ellos dedicó buena parte de su trayectoria profesional, en la que constituye todo un hito, la puesta en marcha de éste servicio imprescindible, del que hasta entonces carecíamos. La Gota de Leche. Hasta tal punto está entregado a la salud de los recién nacidos, que procura que su hijo continúe sus pasos y consiga beca para estudiar pediatría en Francia, cosa que logra en 1920, cuando el joven doctor, Rafael García Duarte-Salcedo, es pensionado por el Ministerio de Instrucción Pública, para que se traiga a Granada esos conocimientos. Y Así ocurre. El año en que se proclama la República, el joven doctor granadino, heredero de una de las sagas más importantes de la España de la salud, se hace con la oposición nacional a Puericultor obteniéndola con el número uno, y a pesar de ser uno de los expedientes académicos más brillantes de Europa, ayuda a su padre en La Gota de Leche, asumiendo con el paso de los años la dirección del proyecto, y con ello, evitando la desnutrición, la enfermedad y la muerte, de muchos granadinos y granadinas, que de no haber recibido aquellas atenciones, hubieran terminado con sólo unos días de vida, semanas, o meses, en el cementerio. Su vida entregada a los más pequeños, transcurrió entre las salas del Hospital de san Juan de Dios, las aulas de la Facultad de Medicina, y La Gota de Leche cercana a la Iglesia de santo Domingo. Su labor la extendió con la ayuda de alumnos y colaboradores, a las escuelas de primaria, para vigilar la higiene infantil, al reformatorio de San Miguel, y la Casa de Cuna de la Beneficencia Provincial. Lo que empezó entregando a los niños de madres no aptas para la lactancia, biberones de leche de vaca esterilizada, siguió con alimentación gratuita a las madres lactantes en el comedor maternal anexo, donde también se las instruía en la higiene infantil y en los hábitos alimenticios. Todo ello con la imprescindible colaboración de sus muchos alumnos, y las hermanas de San Vicente de Paúl, y la Junta Provincial de Protección de Menores. Su ideología socialista, al servicio de los más desfavorecidos y sus cercanías a personajes como, Fernando de Los Ríos y Alejandro Otero, fueron las únicas circunstancias “criminales”, que los golpistas encontraron en Rafael García Duarte-Salcedo, para darle “el paseíllo” y ensombrecer sin remisión, la historia de un buen hombre, que se dio a los demás sin reservas, siendo una persona cuya instrucción y cualificación académica, era reconocida a nivel internacional. Y su labor en pro de los niños y los más desfavorecidos en Granada, un clamor que me niego a que permanezca oculto por más tiempo. Sepan los que apretaron el gatillo, que al doctor lo callaron, pero su obra sigue dando voces de por vida. La prueba es que yo estoy aquí, gracias a su trabajo y ejemplo, y ando todavía dispuesto a que las personas como él, jamás queden en el olvido, en ésta ciudad de tinieblas y catacumbas con sus hijos más preclaros. ¡ Niños y madres de La Gota de Leche, gritad Gloria para todos los García Duarte ¡ Que el silencio en pesadumbre de La Alhambra, acallando con su sordina los clamores, no impida recuperar la memoria de aquellos que tanto hicieron por nosotros, pagando con su vida, ser el mejor ejemplo de la condición humana. Algo que nunca alcanzarán sus infames depredadores.

martes, 24 de febrero de 2015

TOROS EN LA ALHAMBRA

TOROS EN LA ALHAMBRA Tito Ortiz.- Todo parece apuntar, que la ciudad de Granada celebra justas de toros y otras fiestas ecuestres, en lo que hoy conocemos como El Campo de Los Mártires desde hace siglos. Y si creemos a Nicolás Fernández de Moratín, en el siglo XVIII, éste mantenía que el origen de los toros estaba entre la morería granadina, entroncando esto con los que afirman, que la asociación analógica de las corridas de toros con el mundo moro, comienza en la Edad Media, precedida de la imagen de juegos circenses con toros, en la África romana de la antigüedad. También Luís Mármol y Carvajal, dice que en el siglo XVI, eran célebres los combates con toros en la ciudad musulmana de Fez. Esto se desprende de un detallado estudio, realizado por los profesores de la Universidad de Granada, José Antonio González Alcantud, y Juan Manuel Barrios Rozúa, publicado en el número 34, de La Revista de Estudios Taurinos, auspiciada por la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, a través de su Fundación. Los profesores granadinos, no sólo han realizado una investigación extraordinaria, sino que han aclarado de una vez por todas, que en el Patio Circular del Palacio de Carlos V, nunca se dieron toros, aunque eso sí, la edificación, pudo servir de improvisados toriles, cuando se celebraron corridas de toros en la Alhambra, porque haberlas, las hubo. La relación entre España y África con la fiesta de los toros, tal y como hoy la conocemos, tiene su mayor auge durante la etapa del protectorado, (1912-1956), llegándose a dar importantes festejos en plazas como Casablanca o Tánger, donde algún cartel se dio con mayor atractivo, al participar un torero de cada religión: Un Cristiano, un judío y un musulmán. Amén de las justas y torneos con toros alanceados, cuando la fiesta regresa a La Alhambra, es en 1800, y lo hace por la puerta grande, pues se instala plaza ante el pórtico del Palacio de Carlos V. Así queda demostrado por los profesores, González Alcantud y Barrios Rozúa, quienes detectan entre la nobleza y el clero, partidarios y detractores de la fiesta, que finalmente se lleva a cabo en La Alhambra, pese a las protestas de La Real Maestranza de Granada, que ve perjudicados sus intereses, en el coso de la ciudad, pues no hay que olvidar, que entonces, la Alhambra tenía gobierno propio, que nada tenía que acatar del de la capital. En 1744 y 49 se concede permiso a la Alhambra para celebrar toros a beneficio de la hermandad radicada en el convento de San Francisco, o la del Señor de la Humildad de La Alhambra, festejos que se llevan a cabo en la placeta de los Aljibes. La hermandad de la Virgen del Rosario, también obtiene licencia para dar toros con motivo de su festividad, dado que ésta radicaba en la parroquia de Santa María. Al año siguiente el párroco se opuso a éstas celebraciones, y dividió una vez más al clero, que incluso contó entre sus filas, durante la época, con un buen número de curas toreros. Pero en 1795, el Gobernador de la Alhambra, Francisco González Mojena, pide permiso para dar toros en La Alhambra, con el fin de recaudar fondos y reparar el monumento. Se le concede Real Gracia para celebrar dentro del monumento nazarí, un total de cuarenta corridas de toros en cinco años. Thomás López Maño, maestro de obras de la Alhambra presentó el proyecto, y Antonio Manuel de Molina, maestro del arte de la carpintería realizó una maqueta extraordinaria, ubicándose el coso ante la fachada principal del palacio de Carlos V, aprovechando ésta como sostén y, sus balcones, de pago durante las corridas. Plaza rectangular con las esquinas achaflanadas, como todas las de la época, su plano se conserva y da fe con fidelidad de los hechos acaecidos en 1800. Para su construcción faltó madera en los almacenes y se recurrió a los bosques alhambreños, lo mismo ocurrió con los clavos a utilizar. Se fundieron ciento cinco arrobas de picas y albardas, que se conservaban aún de la toma de Granada, lo que acarreó también sus “buenas” críticas. Los festejos se fueron sucediendo con éxito, todos finalizaban con un castillo de fuegos artificiales, y las carnes y los cueros de los toros, se vendían en la Casa de Matanza de la propia Alhambra, situada junto a la Plaza de Los Aljibes, pero ante las protestas de la Carnicería de la Capital, se hizo cargo de ella la Hermandad de Las Ánimas de la Parroquia de Santa Ana. En cuanto al precio de las entradas, eran de cuatro reales en los tendidos, tres en la fachada de Carlos V y dos en preferencia. Pero como en aquella época – al igual que en ésta – ocurrían cosas raras con los dineros, alguien advirtió que de lo recaudado en las corridas Alhambreñas, no todo se estaba gastando en la reparación del monumento nazarí, por lo que se suspendieron los toros en la Alhambra y se desmontó la plaza, después de comprobar, que gran cantidad de lo recaudado en las corridas, se había desviado para arreglar la casa del Gobernador de la Alhambra, Lorenzo Velasco, que incluso se construyó una caballeriza nueva para uso personal, asunto por el que fue cesado. Esto es solo un pequeño extracto, del completo estudio que con el título, “Toros en La Alhambra, Entre La Conservación Monumental y La Metáfora Cultural”, han llevado a cabo los profesores, José Antonio González Alcantud, y Juan Manuel Barrios Rozúa, para deleite de los que amamos la fiesta de los toros y nuestra historia. Recomendamos a los buenos aficionados, muy encarecidamente su completa lectura. Queda comprobado y hecho público, que en la Alhambra, también sonaron los clarines.

jueves, 12 de febrero de 2015

ANOCHE ESTUVE DE FARRA

ANOCHE ESTUVE DE FARRA Tito Ortiz.- Juro ante dios y ante los hombres, que yo me iba para mi casa, pero el destino los puso en mi camino. Nadie puede zafarse de un Enrique Padial, capa sobre los hombros, bastón en mano, que te cierra el paso a las puertas de El Mesón, en la placeta de Gamboa. Mi madre me esperaba para cenar en San Matías 22 primero, la casa familiar, pero cuando un amigo al que no ves en meses, se empeña en que debemos ir a la cercana casa de “La Bizcocha”, donde nos esperan desde hace rato. Yo no sé usted, pero yo, no me resisto. Aguardiente de garrafa, medias de costura ladeadas y con rasas, olor intenso a Salfumán, en fin, que ¿dónde mejor se puede hablar de arte pictórico y literatura?, sín que te den el coñazo. Porque eso sí, nosotros yacer, no yacíamos, pero nos trataban como a reyes y algo extremadamente infrecuente: Nadie nos interrumpía. Recuerdo una discusión con Enrique, en casa de una meretriz despampanante de la calle, Jazmín, en la que yo argumentaba que a su homenaje a Falla le sobraban rojos y llamas, y acabamos con Vasili Kandinski por peteneras. Él, recién donado el cuadro a la ciudad, para que fuera expuesto eternamente en el auditorio de García de Paredes, y yo, recién ingresado como miembro numerario de la Asociación Internacional de Críticos de Arte. Allí cada uno enarboló sus armas. Yo le restregué mi licenciatura en Bellas Artes, él su formación autodidacta, reconociendo la influencia de haberse pasado por el forro de los coj..., el tiempo que estuvo en la Escuela de Artes y Oficios, y a punto de descubrir que Juan Gris era el culpable de toda una generación de españoles listos, como Pablo, el hijo del profesor Ruiz, de Málaga, nos abordó en la puerta, Manuel López Vázquez, que enfrascado entonces en su obra magistral del extinto Café Suizo, andaba dándole forma a su Fray Leopoldo en tabla. Cuán trío calavera íbamos caminando hacía las afueras, hasta “El Machaco”, casi en el Camino de Ronda con el Cañaveral, cuando una risa draconiana nos detuvo, al grito de ¿dónde vais sin mí?. Era el escultor Pepe Castro Llamas, que seguido de un escuálido esqueleto, poseído por una voz más potente que la suya, también ordenaba la pausa, hasta ponerse a nuestra altura. Se trataba del insigne maestro, Aurelio López Azaustre, que con autoridad y contundencia, apostaba por repostar en tan insigne elemento de la madrugada granatensis, refrescando el gaznate con un sol y sombra, no sin antes advertir a los serenos que nos salían al paso, de que estaba de, Hery Moore, hasta el forro de su escroto, pues estaba entonteciendo en Granada, a más de un escultor incipiente de la época, que se estaba dejando influenciar por aquellas líneas amariconadas. Y el auténtico escultor, como ya me dijo en la primera entrevista que le hice en el Diario Patria, Martínez Olalla: El escultor, niño, - me dijo - es un albañil con corbata. Y san selerín del monte. No vayamos a mariconadas ahora. Que aquí, como Pardo, en Artes y Oficios, - Pardillo para sus amigos – como me contaba mi novia mariángeles que se dejaba llamar - hay que desbastar la piedra... releñe, y eso, como el Soberano... ¡es cosa de hombres!. Por entonces andábamos enfrascados en una magna muestra, que celebrose con gran alharaca y algún que otro dispendio, incluido notorio ágape. Agonizaba Picasso, y Juan Herrera González Aurioles, tuvo la idea de hacerle un gran homenaje, para lo que nos dio cobijo a todos en la sala de arte, que la Rural tenía en su oficina principal, junto al Gobierno Civil. Hacía años que nadie conseguía reunir a los artistas granadinos de todo signo, y Herrera lo hizo posible. Cuando el dueño del machaco y su hermana, nos echaron a la calle con las claras del día, dirigimos nuestros pasos al café Fútbol, para ser los primeros clientes de la mañana, después de una noche húmeda como aquella, lo suyo era un chocolate con churros de urgencia, y así fue. Las voces subieron de tono, cuando algún artista no admitió las telas metálicas de Manolito Rivera, a lo que yo me opuse, porque considero que en arte nada es excluyente, sobre todo, cuando un artista ha demostrado antes, que lo es: Porque tan Picasso es el de “Las señoritas de Avignon”, como el de “Primera Comunión”. Cosa distinta es que algún iluminado, pretenda dar por idéntica a la picassiana, la trayectoria de Joan Miró, ahí el que me busca me encuentra. ¡Hasta ahí podíamos llegar... hombre!. A Miró le falta profundidad artística en el mensaje, y le sobra mercantilismo y promoción gratuita, en todos los sentidos. Próximo a dispersarse el trust de los tenorios, por los efectos inmisericordes de los rayos del sol, decidimos rematar la faena con una copita de uvas en aguardiente, en el Café Bar Alarcón, en la esquina de la calle Elvira con la del Pan, más conocido como “La Lisa”. Durante la dulce ingesta, alguno de los presentes dijo haber sorprendido a Iván Piñerúa, pintando en el interior de la Catedral de Granada los cuadros de su próxima exposición, y que Benito Prieto Coussent, andaba esfrascado en la realización de un cristo crucificado y desmadejado, de espeluznante resultado. Cuando salimos a plaza Nueva, para la despedida con brotes de exaltación de la amistad, vimos como Don Marino Antequera, con su caballete y su maletín, subía por la Cuesta de Gomérez, camino de la Alhambra para pintar del natural el Generalife. Sin la oficialidad del nombramiento, él fue el cronista oficial de Granada, durante decenas de años. Y a su memoria, va éste homenaje.

domingo, 1 de febrero de 2015

DE LA MAESTRANZA AL GREEN

DE LA MAESTRANZA, AL GREEN Tito Ortiz.- Mi padre me llevaba de la mano, Carrera del Darro arriba, a un bar largo y estrecho que se situaba entre los puentes, Cabrera y Espinosa, y que en su fachada lucía el letrero pintado a mano de, “Bodegas Lindaraja”. La visita era obligada por mi insistencia y perseverancia. No es que antes de recibir la primera comunión ya fuera adicto al alcohol, es que en aquel bar tenía su sede en Granada, la Peña Taurina de Paco Camino, del que yo nací siendo un aficionado incondicional. El que era conocido como “El Niño Sabio de Camas”, atrajo mi atención desde que yo olí el capote de brega de mi padre cuando volvía de torear, y con paciencia infinita, metía el vestido en una tina con pubilla, y desplegaba el percal en la mesa de camilla, donde a base de jabón lagarto y un cepillo de raíces, dejaba su principal herramienta de trabajo como un jaspe, sin rastro de sangre o albero. Yo me ponía de puntillas para alcanzar a ver la vitrina que a modo de mostrador junto al futbolín, exhibía, desde fotos de aquellas en blanco y negro, que tenían los filillos como dentados, y mostraban a mí ídolo Paco Camino, en tentaderos y dehesas, con una camisa rudimentaria y un pantalón rabicorto, desplegando aquella muleta con la mano izquierda en unos pases naturales, guiados seguramente por la divinidad suprema, que suele dotar a los niños prodigio, del arte necesario como para parar el tiempo, congelando la estampa más estética y profunda de la tauromaquia “postbelmontiana”. En aquel cajón con un cristal protegido, había carteles de sus tiempos de becerrista y novillero, instantáneas de su doctorado en Valencia, el mismo año que Fidel castro entró en La Habana, con Jaime Ostos de padrino y Juan García Mondeño, de testigo, un torero que vistió el habito de dominico, y que abandonó para volver a los toros, con el apodo de Fray Mondeño, historia que se llevó al cine y en cuya película también intervino mí ídolo. Aquella peña tenía en sus paredes, banderines de tela con retratos en pintura de Camino, banderillas es aspa, grandes afiches de las mejores ferias taurinas, orejas cortadas por mi idolatrado, rabos y patas, que en aquel tiempo, también se concedían, porque cortar los máximos trofeos era: las dos orejas, el rabo y, una pata. Si la faena había sido un disloque, yo vi alguna vez cortar hasta dos, pero no era lo habitual. Una chaquetilla de un vestido de luces maltratada por el tiempo, una taleguilla corneada, unas medias rotas manchadas de sangre en alguna cogida y, alguna catañeta, testimoniaban el cariño que el propio torero y los socios tenían por la peña que llevaba su nombre, y que de manera altruista hacía lo posible por divulgar su arte y seguirle donde toreara, con una pancarta en la que rezaba bien claro lo de, Peña Paco Camino y, Granada. Lloré el último día que lo vi torear dándole la alternativa a su hijo, porque yo sabía bien que sería el último. Recordé aquella tarde de Corpus de finales de los setenta, cuando salí dando pases de la plaza de Granada, tras verle una de sus faenas memorables, junto a mi amigo Alfredo Curiel, con el que siempre compartí admiración por el camero. Pero si sus naturales eran carteles de toros, no digamos nada de sus chicuelinas, con el empaque y el señorío maestrante, de quién lejos de ser solo un torero pinturero, a su gracia sevillana añadía el poderío y el mando de un conocimiento del toro y su comportamiento, merecedor de un doctorado en psicología taurómaca. Torero encimista cuando le apetecía, sabía pisar terrenos en las distancias cortas, con la misma filigrana y suavidad con la que un desactivador de minas, va despejando el frente. Artista con regusto, te levantaba del tendido si quería, con el toque de muñeca con el que firmaba una trincherilla. Así era la tauromaquia de Paco Camino, un matador de toros que comandó el escalafón durante dos décadas, y a pesar de llevar tres sin enfundarse la taleguilla, es mantenido en la memoria de los buenos aficionados, como una de las mejores cosas que le ha ocurrido al toreo en toda su historia. Ahora, tenemos la oportunidad de conversar al sol del invierno, en el Parador Nacional de Golf en Málaga, en el green, dudando entre que palo utilizar, si vamos o no bajo par, o donde está el hoyo dieciséis. Hace treinta años, hubiéramos discutido sobre aquel ensabanado, casi jabonero, bizco del izquierdo, que se acostaba por el derecho, y al tercer pase se quedaba debajo, olisqueando las zapatillas, al que él le sacó faena cuando los demás no dábamos un duro por el bicho. Hoy lo nuestro es elegir bien la bola a golpear, si es de dos o tres capas, como colocarnos en el tee box, y si seremos capaces de llegar al hoyo 19 sin caddie, los años es lo que tienen, pero bueno, al menos los amigos nos animan y dicen que no estamos tan mal. Dios los bendiga.

lunes, 19 de enero de 2015

¡LOS IGUALES, PARA HOY!

¡LOS IGUALES, PARA HOY! Tito Ortiz.- No había rasca de Navidad, ni sorteo todos los días de la semana, ni tan siquiera, cupones de gran tamaño, con ilustraciones convenientes. Las tiras de “los ciegos” eran estrechas, de sólo tres cifras, y el sorteo se hacía cada noche a las diez, en cada provincia. En nuestra ciudad, lo patrocinó durante años en EAJ-16 Radio Granada, “Almacenes La Santa Cruz”, de don Paulino Vico, que en algún momento llegó a ser concejal del ayuntamiento, aunque yo lo solía ver tras el viejo mostrador de madera en El Zacatín, con la cinta métrica colgada sobre el cuello, y la sonrisa campechana de una institución del comercio granadino. Pero a lo que vamos. Que el cupón se pregonaba por las calles, en las esquinas más transitadas, y en los bares de más renombre, como El Aliatar, Las Bodegas San Luís, El Café Lisboa, en la esquina de Paños Ramos, - precisamente donde hoy está la ONCE- Los Mariscos o El Jandilla, sin olvidarme del Cisco y Tierra. Con un imperdible gigante, cada ciego colgaba de su solapa las tiras de lo que pregonaban como: ¡Iguales... para hoy!. Era habitual que cada establecimiento de restauración en Granada, tuviera su propio lotero, que muchas veces coincidía con el betunero, y además, un ciego de cabecera, o sea, que habitualmente montaba guardia en la puerta, pregonando los iguales con recia voz, o incluso, llamándoles por sus apellidos: La Niña Bonita para el quince. Los dos patitos para el veintidós y así hasta completar la centena, porque pregonar las cifras de ésta forma, llegó en algún momento a ser un dialecto o jerga, que sólo conocían los habituales del cupón. Algunos como mi padre, que se defendía bastante bien con los sobrenombres de los números, cuando hablaba con aquel ciego habitual que visitaba el taller de barnizado todos los días, y que le fiaba el cupón cuando la cosa estaba tiesa. Contaba mi progenitor riendo, como después de más de veinte años comprando el mismo número al ciego que ya era amigo como de la familia, una mañana mi padre se levantó con el pie izquierdo, o cambiado, vaya usted a saber... y le dijo que por favor le diera otro número, porque aquel tenía un cenizo terrible ya que en más de veinte años no le había tocado más que algún reintegro escaso. El ciego, amigo sabio le dijo: Juan no hagas eso que es tentar a la suerte. Mira que si esta noche toca te vas a tirar de los pelos. Mi padre no cedió un milímetro, así que por la noche, encendió la vieja Marconi con tapete de ganchillo, que tardaba unos minutos en dar sonido, y al poco sonó el anuncio de La Santa Cruz. Mi padre sostenía en sus manos el nuevo número de los iguales, esperando oírlo, pero Pepe del Real soltó sin anestesia, el que después de veinte años había rechazado aquella misma mañana. Mi padre juró en arameo, los gritos recorrieron todas las veletas del Albayzín, y como castigo se impuso volver al número de antaño, que jugó sin que le tocara hasta el mismo día de su muerte, decenas de años más tarde de aquel aciago día. El destino del cupón pro ciegos, cuya idea se gestó un día trece por aquello del “malarate”, mientras hermanos se entrecruzaban tiros y bombas, decía el que me crió, que no se portaba bien con él, porque ponía en el sorteo, toda la esperanza debida para cambiar de vida, y eso no era bueno, que el que nació pobre, debería palmar en idénticas circunstancias, como ley de vida. Pero, Juan El Barnizador, se resistía a la idea de que la diosa fortuna no lo visitara, aunque sólo fuera una sola vez, y le dejara un pellizquito, como ya hizo con su compadre Serafín, barnizador como él, con el taller en la Posada del Sol, al que un buen día le tocaron los iguales, y se pudo comprar un traje nuevo y le sobró para ponerle un sidecar a la Vespa. Era la ilusión de todos los días, que años más tarde fue un buen eslogan, y que ahora nos lleva a ILUNION. Desde aquellos cupones de color sepia de la posguerra, de unidad, decena y centena, gritados en una esquina fría, al son inigualable de... ¡iguales para hoy!. De la intemperie, al quiosco de diseño calefactado en invierno, y con aire acondicionado en verano, la Organización Nacional de Ciegos, ha pasado de quitar las hambres a los invidentes de una España destruida, a la gran labor social de ponerlos a la altura de cualquier otra persona sin discapacidad. La escuela, la universidad, el deporte, las bellas artes, todo es posible hoy día, gracias a decenas de hombres y mujeres que a lo largo de la España de La Paz, han apostado por una labor cuya antorcha, nadie había empuñado hasta entonces, como defensa de los discapacitados visuales, y que hoy se amplía a otros colectivos, gracias a ellos, y a la colaboración de una ciudadanía, que en los resultados de la empresa y la fundación, ve que – como a mi padre – aunque no te toque nunca en tu vida el cupón, cada noche te vas más tranquilo a la cama si en la cartera llevas ese trocito de papel, con el que entre todos, hacemos posible lo imposible. Que un ciego sea una persona tan normal como el que ve. ¿Quincas? o endiquelas.

jueves, 8 de enero de 2015

CIEGO EN GRANADA

CIEGO EN GRANADA Tito Ortiz.- Despatarrado el burro, con el mismo compás abierto, con el que Curro Romero se abría por verónicas, la estampa era de belleza tal, que yo me quedaba embobado con mis ojos de niño, viendo el ritual de aquel aguador, que con rapidez y eficacia, apenas con un hilillo de agua de sus cántaras, traída desde la Fuente del Avellano, mojaba y restregaba el borde del multiusado vaso, para evitar boqueras e infecciones en el siguiente sediento, que pusiera en el, sus labios por el módico precio de dos reales de peseta, aquellos del agujerito, y saciara la sed del viandante, en el Arco de Las Cucharas, a la entrada de la plaza de Bibarrambla. Con la barbilla en el pecho, gustándose, como cuando Paula perfilaba la media verónica, el aguador escanciaba con su chisporroteo habitual, el agua fresca y cristalina de la margen izquierda del río que da oro, recogida junto al carmen del miedo, aquel abandonado a los pies de las escuelas del Ave María, del que los viejos contaban haber escuchado por las noches, lamentos de encadenados que deambulaban, mientras luces blanquecinas vagaban por el interior de la viejas cristaleras, estancia otrora salón de baile de unos marqueses venidos a menos. Los visillos de encaje, habían perdido el blanco inmaculado de sus rosetones, para acercarse mas al sepia de una postal antigua, como aquella foto en la que el abuelo, luciendo el uniforme del Tabor de Regulares, con su camisa color garbanzo, como manda la ordenanza, con su faja roja melillera, presumía de Sulham al viento sahariano, y de su Tarbuch, que le fue impuesto por el oficial al mando, en ceremonia de alta alcurnia, tras la cual tuvo que invitar a churros a todos los componentes, mientras sonaban los acordes de las chirimías en La Nuba. Condecorado en la vigilancia de islas, islotes y peñones, había sido el orgullo de su Tabor, el año que se hundió el Titánic durante la toma de, Haddu Al-lal u Kaddur. Mientras la Gran Guerra destruía Europa, el se afanaba en consolidar las posiciones españolas en África, muy especialmente, en el Desastre de Annual, y en los felices años veinte, mientras sus vecinos fundaban la Hermandad del Cristo del Silencio en Granada, el se batía el cobre, en Taguaid, donde continuó hasta que en 1958, falleció el protectorado. Condecorado, laureado, y felicitado varias veces en la Orden del Día (Descubrirse a la Orden), metió su barra de jabón, la brocha y su navaja barbera en la vieja maleta de madera atada con una correa, y regresó al Albayzín, con tan suculenta nómina de retirado de los gloriosos ejércitos de Franco, que ni derecho a entrar en el economato le dejaron. Hasta tal punto creció su infortunio, que se vio obligado a trabajar de trapero por las casas, cambiando ropa vieja por un tazón o un plato de yeso blanquecino. Laureado en África, y pregonero de miserias en Granada, el condecorado caballero del Tabor de Regulares de Melilla, se ponía orgulloso sobre sus harapos, el fajín rojo que tantas veces había lucido, mientras se jugaba la vida en los desiertos africanos, recordando el oropel de un pasado no muy lejano, en el que poner en juego la vida propia, no merecía más que una palmada en la espalda de su oficial al mando, y con eso se daba por más que satisfecho. Ahora, cuando el borlo del Tarbuch no repiqueteaba en su frente, ni las chirimias invitaban al desfile parsimonioso de los señores de la guerra de uniforme color garbanzo, que tanto los diferenciaba del ritmo legionario. El aguador decía: Los legionarios desfilan como huyendo de la quema, en cambio, nosotros los Regulares, lo hacemos con el empaque y el señorío de un vals vienés en un salón de Versalles. Esa es la diferencia. Todas somos tropas en África, pero el señorío de un Regular, no es comparable. Camisas verdes abiertas hasta el ombligo, no pueden compararse con la elegancia de una capa al viento, con el paso más lento y armonioso que jamás se haya descrito en un militar desfilando. Siempre ha habido clases. Y mientras relataba una y otra vez, viejas historias de escaramuzas en Alhucemas, el aguador, con movimientos mecánicos, enjuagaba una y otra vez el vaso y escanciaba a los viandantes, agua fresquita del Avellano, con cuyas ramas verdes, había tapizado las metálicas cántaras, para que los rayos de sol tardarán más en zaherirla con su temperatura. De trapero abandonado a su suerte, consiguió vender peines, brillantina y pastillas de jabón de estraperlo, hasta poder comprarse unas cántaras de segunda mano, y un amigo fiel, emparentado con Platero, al que puso por nombre, ”Voluntario”, en recuerdo al día en que él mismo, siendo un chiquillo, se acercó al banderín de enganche, procurando quitar una boca de las que se sentaban a comer en su casa, donde sobraban cucharas y faltaban platos. Por cierto; Ni se les ocurra pensar que mi aguador del Arco de Las Cucharas, tiene algo que ver con ese engendro, que un mal día se colocó en la Plaza de La Romanilla. Quién hizo eso, primero, no había visto un aguador granadino en su vida. Y segundo; sentía mucha, pero que mucha pena por ser... Ciego en Granada.