sábado, 8 de agosto de 2015
EL TRANVÍA DE LA SIERRA
VERANO EN SEPIA
Tito Ortiz.-
El tranvía de la sierra
Donde termina el paseo de La Bomba, se abre la carretera de La Sierra. Y en esa mano diestra, se encontraba el apeadero estación del tranvía de la sierra. Ese era el inicio de un viaje pleno de ilusión, que los granadinos hicimos hasta los setenta del siglo pasado, buscando el frescor de nuestra sierra y la fría agua de sus ríos para poder sobrellevar el sofoco de los veranos granatensis. Discurría la estrecha vía por unos parajes hermosos de pueblos serranos, por túneles que la mano del hombre horadó para llegar a las altas cumbres, por puentes a prueba de vértigos, aunque en los últimos tiempos no se pasaba de El Charcón. En Maitena, una de las estaciones parada del tranvía, el Duque hizo instalar a una estación eléctrica, que proporcionaba la energía suficiente, como para que el bello medio de transporte funcionara. En sus cristalinas aguas, los granadinos se convirtieron en grandes expertos para construir pozas, donde el agua no pasara de las rodillas, permitiendo el baño de niños y mujeres, que a veces sin bañador, accedían a las aguas con vestido ligero, suficiente para pasar las calores. En estas pozas, las de Pinos Genil, Güejar Sierra, o Canales, se sumergían las sandías para que a la hora de comer, estuvieran fresquitas como la nieve. Los árboles proporcionaban la sombra justa, donde extender una manta y poder echar toda una siesta noble, acompañada del piar de pájaros, y el suave movimiento de ramas y hojas, al ritmo de una brisa fresca, pese a lucir un sol de justicia, pero esa es la diversidad y la bipolaridad de nuestra sierra. La de veredas serpenteantes, lijadas a paso de chirucas, desgastadas al son de una vara de almendro como báculo oportuno.
Al río
Los granadinos de la capital, siempre fuimos más de río que de playa, entre los años treinta y sesenta, sobre todo porque no todo el mundo poseía coche, y porque las carreteras dejaban mucho que desear. Lo recordamos bien los que por nuestras canas, tuvimos que bajar a la playa por los Caracolillos de Vélez y el túnel de La Gorgoracha, por poner un ejemplo. Ir los domingos al río, significaba toda una semana de preparativos para los mayores y de ilusión para los más pequeños. Un día antes, las madres preparaban las fiambreras, con la obligada tortilla de patatas, los pimientos fritos y los avíos de hacer la pipirrana, que se solía preparar en la ribera del río, para que estuviera fresca y no se pasara. Los pudientes añadían al menú unos filetes empanados, envidia de las familias circundantes en la acampada. Las botas del vino colgadas de los árboles a la sombra, las botellas atadas con una guita a la orilla, para que la corriente no se las lleve, junto con la gaseosa para los niños.
El Duque
Julio María de la Luz, Claudio Francisco de Asís Elías, Nicolás José Santiago Gaspar, de Todos los Santos Quesada-Cañaveral y Piédrola, Osorio Spínola y Blake, fue el octavo Duque de San Pedro de Galatino, sexto Conde de Benalúa, y señor de Láchar, a cuya finca invitaba con frecuencia a cazar, al rey Alfonso XIII. Amante de Granada, su tierra, y de su progreso, emprendió cuantas empresas fueron necesarias para poner la ciudad a la cabeza de Andalucía y de España. A su iniciativa se debe, entre otras, el impulso de la industria azucarera, la vinícola, y la promoción del turismo teniendo como base, La Alhambra y Sierra Nevada. En 1910, inaugura el hotel que lleva el nombre del recinto nazarí, y como una sucursal del mismo, para que los visitantes disfruten de nuestra sierra, construye el afamado, Hotel del Duque, al que para acceder, dota de un trazado por carretera, y un tranvía que lleva a los visitantes hasta la misma puerta. Un tranvía blanco, que en ocasiones debe ser complementado uniéndosele varias jardineras, dada la demanda que pronto adquirió el lugar, tanto por los turistas como por los propios granadinos. Un tranvía de orografía y trazado virtuoso, que permitía a los atrevidos –dada su velocidad- bajar a coger alguna pieza de fruta de los árboles cercanos, y volver al estribo con tan sólo alargar un poco la zancada. Un tranvía que Granada no debió permitir nunca que desapareciera, no de su trayecto, sino de nuestras vidas. El maestro pintor, saxofonista y escritor, Enrique Villar Yebra, inmortalizó en numerosas ocasiones en éstas mismas páginas de Ideal, el viaje del Tranvía de La Sierra, pasando la noche en vela en la estación, guardando cola, para poder hacer su último viaje, y plasmarlo que distintos dibujos a plumilla, auténtico tesoro del que ignoramos su paradero.
jueves, 6 de agosto de 2015
LOS BAÑOS DE DON SIMEÓN
VERANO EN SEPIA
Tito Ortiz.-
Baños de don Simeón
En aquella Granada de la posguerra, y hasta rozar la década de los setenta del siglo pasado, la capital tuvo un lugar donde refrescarse del calor riguroso del verano: Los Baños de don Simeón, entre la placeta del Lavadero y el paseo del Salón, a las espaldas de la casa de Miguel Giménez Yangüas, una poza enorme, con piso superior a modo de anfiteatro, servía de piscina al personal, por un módico precio: Una peseta. Y aquel que en aquellos tiempos no podía permitirse poseer un bañador, lo alquilaba in situ, por dos reales. En los baños de don Simeón no se permitía la entrada de las damas, a cambio, se abría sólo para ellas un día a la semana, aunque con el tiempo, se dividió la zona de baño en dos, para que hombres y mujeres no pudieran estar juntos. Los baños debían su fundamento a un ramal de la caudalosa Acequia Gorda, que tanto bien humano e industrial hizo a Granada. Los más aguerridos, o los más etílicos, que también los había, se pavoneaban desafiantes por la galería superior, que utilizaban como improvisado trampolín para arrojarse al agua, a veces con tan mala fortuna que se abrían la cabeza contra la portland del filo, como le paso a aquel industrial del dulce, de La Calderería. Para los que no sabían nadar, allí mismo te alquilaban por otros dos reales, una cámara de neumático de camión, para que pudieras disfrutar del agua y sus encantos, y de ésta forma, darle cuartelillo a los rigores de un verano como éste, tan simpático que estamos soportando.
Enriqueta Lozano
A dos zancadas de los Baños de don Simeón, encontramos la calle de una granadina ilustre y singular. Dicen los que de estos saben, que una mujer de signo zodiacal Leo, es como dos mujeres, o tal vez, tres. Pues, Enriqueta Lozano y Velázquez, nació en el ecuador del caluroso mes de Agosto de 1826, y fue para su época, una mujer adelantada a su tiempo, que rompió moldes y lo supo hacer sin separarse un ápice, de sus profundas convicciones religiosas. Con tan solo diecisiete años, ya publica poesía: “En La Tumba de Mi Madre”. Un tema amoroso y desgarrador, si tenemos en cuenta que su madre fallece cuando ella solo tiene seis años, y que su madrastra, también muere cuando Enriqueta es solo una niña. Formada en todas las ramas del saber, tanto en ciencias como en letras y humanidades, Lozano destaca inmediatamente entre las mujeres de su época, y sobre todo, entre los hombres, a los que apabullaba por su vasta formación, su capacidad oratoria, y todo ello, sin abandonar la estética del romanticismo al que pertenecía. El Liceo Artístico de Granada y La Sociedad de Amigos del País, la tuvieron como miembro de honor. Escribió teatro con gran éxito, llegando incluso a interpretar en escena sus papeles protagonistas, a los que dotaba de gran verdad, fuera de todo histrionismo y sobre actuación, tan típicos de la época.
Dos hombres en su vida
En Enriqueta Lozano, destaca su actitud rompedora para el tiempo en el que vive, pero su alto sentido de la moralidad y las buenas costumbres, inmersas en una sociedad conservadora, que para otras supuso un corsé del que fue imposible zafarse. Enriqueta Lozano, es una mujer brillante y culta del siglo XIX, de una contundencia intelectual inquebrantable, que llega a mantener una relación sentimental con, Pedro Antonio de Alarcón, por aquellos entonces, más propenso a la aventura como corresponsal de guerra, y ateo confeso, circunstancia ésta que daría al traste con la relación, al chocar de frente con la militancia religiosa de la intelectual dama. Al fin y a la postre, Enriqueta encontró al hombre adecuado, en la persona de, Antonio Vílchez, con quién tuvo nada menos que doce hijos. Y en honor a su romanticismo impenitente, cuando solo faltaba un lustro para conocer el siglo XX y sus avances, la enfermedad más romántica de todas, la Tuberculosis, se la llevó de éste mundo, dejándonos una estela indeleble, de lo que fue ser una auténtica mujer, en un mundo de hombres. En el último tercio de su vida, fue testigo excepcional del recreo hídrico emergente, que significó la inauguración de Los Baños de don Simeón.
miércoles, 5 de agosto de 2015
CINES DE VERANO
VERANO EN SEPIA
Tito Ortiz.-
Cines de verano
Los cines de verano fueron siempre un escape nocturno de las calores, propiciando ver una película, comiendo, bebiendo y fumando, y a veces, hasta hablando, pues no fueron pocas las veces que los siseos ordenaban silencio, porque apenas se escuchaban los diálogos. También alguna cáscara de pipa terminaba en el cogote del de delante, emergiendo así los exabruptos propios del barrio, y en éste caso el del Albayzín, donde los había autóctonos, y extraordinariamente mal sonantes, hasta el punto, de que en no pocas ocasiones, el asunto terminaba con algún que otro silletazo en la cabeza, y los correspondientes puntos de sutura en la Casa de Socorro. Y es que aquellas sillas de anea, que por otra parte, podían andar solas por la legión de chinches que albergaban, en el momento de la trifulca, al no estar sujetas al suelo, permitían ser enarboladas como arma letal, al estilo de las garrotas inmortalizadas por Goya en La Quinta del Sordo, en sus cuadros inmortales del buen comportamiento hispano. Aun así, los cines de verano, recortaban la estancia nocturna en casa, regresando cuando ya la noche era mucho más benigna con las criaturas humanas.
Alcazaba
Al final de la cuesta de Marañas, en su conexión con la placeta de Los Negros, existió el cine de verano, Alcazaba. Su inauguración en el descenso de La Cruz de Quirós, formando horquilla con el final del Zenete, asentamiento de aguerridos africanos que defendieron el barrio como nadie, constituyó para los vecinos un acontecimiento relevante, pues ya no tenían que bajar a Granada a pasar calor en las salas de cine cubiertas al uso. En aquellos años sesenta, por una peseta y cincuenta céntimos, junto a un bocadillo de mortadela Mina, que venía embutida en una lata, tu madre premiaba el buen comportamiento de la semana, enviándote al Alcazaba, a la función de nueve a once de la noche, en la que siempre se proyectaba una película tolerada para todos los públicos. En aquellos tiempos, una de “combois”, o las del FBI, protagonizadas por, Eddie Constantine, a saber: “Alphaville”, o “Alemania Punto Cero”. No era infrecuente que el mal estado de la cinta la hiciera salir ardiendo, lo que provocaba la interrupción de la proyección, el encendido de las luces de sala y el pateo acompañado del correspondiente griterío, hasta que se reanudaba la exhibición. Los mal pensados decían que aquello lo hacían, para que aprovecháramos y fuéramos al selecto ambigú, anunciado en las diapositivas de cristal proyectadas antes del Nodo.
Bella Vista
En el Camino Nuevo de San Nicolás, prolongación del Callejón de Las Tomasas, existió el cine de verano, Bella Vista. Denominado así por su altura sobre la calle, y espléndida visión del conjunto nazarí desde su improvisado patio de sillas de madera, algunas transportadas por los propios vecinos, pues no en pocas ocasiones, se vendían más entradas que asientos disponibles, así que se retrasaba el inicio de la función, hasta que el vecino afectado no aparecía con la suya. De rotundo éxito se puede catalogar, la proyección en los sesenta de, “55 Días en Pekín”, con Charlton Heston, David Niven, y la diva por excelencia, Ava Gardner, aquella de la que el matador de toros, Luís Miguel Dominguín, saltó un amanecer de la cama para proclamar a los cuatro vientos, que lo del animal más bello del mundo, era efectivamente cierto. No eran infrecuentes los “descansos”, mientras el maquinista cambiaba de rollo, salvo superiores incidencias, como por ejemplo, que se fuera la luz en el barrio, cosa de andar por casa, por otra parte, o la huida precipitada de los espectadores, por repentina tormenta veraniega, que también las hubo, y de qué manera, pues una vez empezado el peliculón, no había derecho a devolución de la entrada.
Fernández Castro
En la acera de enfrente al Bella Vista, en el inicio de la cuesta de acceso al mirador de San Nicolás, el escritor granadino, Pepe Fernández Castro, tenía su paraíso cerrado en forma de Carmen albaycinero, en cuyo jardín de entrada, se sucedieron a lo largo de los años, las tertulias histórico-culturales más interesantes de Granada. Pepe era un funcionario del Gobierno Civil, que en la preguerra, había llegado a ser, el taquígrafo de los discursos del mismísimo, Fernando de Los Ríos, y un hombre tan cabal, honesto e íntegro, que el aparato franquista no llegó a depurarlo en las tapias del cementerio. Autor literario de éxito, tanto en la novela como en el teatro, Pepe paseaba a diario desde su casa en Pedro Antonio de Alarcón, hasta las tapias del Bella Vista, para disfrutar de la Alhambra y sus encantos. Durante años disfrutó bajo sus árboles, de la banda sonora de cada película del Bella Vista, y a la tumba se llevó, dada su discreción absoluta, la verdad con nombres y apellidos, de lo ocurrido en su pueblo y con Lorca, en los sangrientos sucesos de 1936. Eso sí que fue una película… pero de terror.
martes, 4 de agosto de 2015
LAS CUEVAS DEL SACROMONTE
VERANO EN SEPIA
Tito Ortiz.-
Las Cuevas del Sacromonte
En éstos tiempos que corren, ya no quedan sitios naturales de los que resguardarse del calor- o del frío- como una cueva en todo el amplio sentido de la palabra. La capital de la Alhambra, tiene desde hace siglos, un barrio del que se puede presumir, por la benignidad de sus habitáculos .Las cuevas del Sacromonte, horadadas en las entrañas de la tierra, por los pedigüeños y mendicantes, que al paso de los peregrinos, solicitaban una limosna, pasada la moda del monte Ilipulitano, fueron refugio de tullidos limosneros y de gentes marginales, hasta que los gitanos le dieron al barrio el sello indeleble de su estirpe. Las cuevas mantienen una temperatura constante durante todo el año, entre los 18 y los 22 grados. Con una cortina alpujarreña por toda puerta de entrada, se evitan las calores y las moscas, y si no, para eso los gitanos han sido siempre los mejores artesanos de mosqueros y abanicos. La raza calé, que llegó a Granada en la retaguardia del ejército cristiano, dedicándose al herrado de caballerías, restauración de armaduras y templado de espadas, pronto hizo del monte de Valparaíso, el hogar donde asentarse, al resguardo de las inclemencias meteorológicas, gracias al abrigo natural de las cuevas. Gracias a ellos, estos habitáculos naturales, y el folklore único de sus moradores, ha trascendido su provinciana historia, logrando atraer hasta sus veredas, desde jefes de estado, a reyes, príncipes, actores o artistas de fama mundial.
A orillas del Darro
Con el tiempo, los gitanos de las fraguas, se hicieron esquiladores, lañadores, trabajaron el mimbre con una cestería única que abarcó a las cañas, cincelaron el cobre, al tiempo que su voz se fue aflamencando, su baile ritual eterno y único azambrando, y de ésta forma, al fresquito de las cuevas, se forjó una civilización de granadinos, cuyos apellidos han dado la vuelta al mundo, con pasaporte eterno de artista. Por eso no es de extrañar, que a principios del siglo pasado, ya hubiera familias gitanas muy acreditadas por su arte flamenco, que pudieran permitirse – antes que en la mismísima capital – tener en su cueva, una bañera con agua corriente, incluso teléfono, y luz eléctrica, como así ocurrió con los Amaya, los Cortés, y tantos otros. Las cuevas del Sacromonte, no sólo han mantenido vivo un flamenco universal y distinto, gracias al arte de sus moradores, sino que siguen siendo, un ejemplo de cómo resguardarse de las inclemencias meteorológicas, pasando un verano convertido en primavera, gracias a la robustez y profundidad de sus muros, y a las cercanas aguas del Darro, que siempre han proporcionado al barrio, la humedad y el fresco suficiente, para poder sobrellevar los termómetros abusivos.
La Canastera
Para hacer justicia con todos los gitanos y gitanas que han hecho célebre el barrio, necesitaríamos un espacio del que no disponemos, por eso como muestra, valga la referencia de aquella niña gitana, que con tan sólo 16 años bailó ante el Rey Alfonso XIII, en la Exposición Universal de Barcelona, con la zambra de Manolo Maya, y una partner de lujo, la incomparable, Carmen Amaya, que tantas veces visitara el Sacromonte granadino, bebiendo de sus fuentes flamencas. María Cortés Heredia, “La Canastera”, fue durante mucho tiempo la mejor embajadora de Granada, y una excelsa anfitriona. Por su cueva pasaron gentes famosas e ilustres, como, Anthony Quinn, Alain Delon, Henry Fonda o Ingrid Bergman, María era mujer de sonrisa franca, con una simpatía natural, y una capacidad para el cante y el baile gitanos, que llegó a grabar casi una veintena de discos, en una época en la que el microsurco se resistía al mundo flamenco, y mucho más, a una especialidad tan única como los cantes y bailes de la zambra granadina. El compañero, amigo y maestro, Rafael Gómez Montero, desde su llegada a Granada, descubrió la pureza y autenticidad del arte de La Canastera, y no dudó en poner todos sus conocimientos, al servicio de la divulgación de su arte gitano, consiguiendo que fuera reconocida su labor, dentro y fuera de Granada. Las cuevas del Sacromonte, ofrecen mucho más que buena temperatura.
lunes, 3 de agosto de 2015
JARDÍN BOTÁNICO
VERANO EN SEPIA
Tito Ortiz.-
El Jardín Botánico
El tesoro granadino más oculto, pero a la vista de todos, es sin duda el Jardín Botánico. No existe una maravilla de la naturaleza que se le compare a muchos kilómetros a la redonda. Sus plantas son tesoros centenarios, y a pesar de dar a tres calles; Málaga, Escuelas y Duquesa, y contar con una portada acorde a su importancia, el jardín botánico granadino, paraje de frescor en las calores, y crisol de tonalidades en otoño, pasa desapercibido al paseante, e inadvertido al visitante, al carecer de la promoción turística que merece. Es más, yo diría que históricamente, no ha sido valorado por los nativos, y en ocasiones, ni por la comunidad universitaria que le dio el ser, allá por 1783, aunque su esplendor tardaría decenas de años en llegar. Su pórtico labrado en piedra por Francisco Morales, con los rostros de dos ilustre botánicos, Cavanilles y Lagasca, deja ver a las claras, del alto nivel que se le pretendió dar al recinto, anexo a la Facultad de Derecho, sobre el antiguo huerto del Colegio San Pablo de la Compañía de Jesús. Muchos fueron los profesores que a lo largo de su historia, consiguieron tener en éste jardín, único en su especie, una herramienta fundamental para la docencia, sobre todo vinculada a la Facultad de Farmacia.
Especies únicas
No existe referencia histórica consultada sobre éste lugar, que no presuma de contar con el "Ginkgo biloba", árbol de los primeros que se plantaron en la península, el "pinus canariensis", todo tipo de plantas medicinales, junto a celindas o el caqui de Virginia, y así hasta casi setenta especies distintas, unas dignas de conservar y admirar, otras objeto de estudio reglado, y las meramente ornamentales, que en la actualidad le dan al recinto una especie estética de jardín romántico, digno de ser paseado y disfrutado, no sólo por alumnos y docentes, sino, por la ciudadanía, que debería conocer y disfrutar tan selecto lugar, situado en el corazón de la Granada histórica. Su frondosidad, lo hace el lugar ideal donde resguardarse de los rigores de las altas temperaturas, convirtiéndolo en el refugio natural del paseante, de los que por cierto, Granada no puede presumir por su cantidad, y mucho menos, por su calidad. Mayor Zaragoza, y Morillas, cada uno en su época, fueron dos de los rescatadores del Jardín Botánico de la Universidad de Granada, en el que tantas ilusiones pusieron muchos, uno de ellos: Mariano del Amo y Mora, a mediados de siglo XIX.
Disfrutadores del jardín
Éstas plantas, olvidadas por muchos, han visto pasear ante sí, alumnos predilectos que pasaron por las cercanas aulas universitarias, y que entre sus ramas encontraron el lugar apacible donde leer carta con noticias de casa, la prensa local, los temas propios de la carrera, o el libro ese del autor de moda. Algunos de éllos, llegaron a tener repercusión nacional e internacional, como, Nicolás Salmerón, que llegó a ser Presidente de la Primera República, o Niceto Alcalá Zamora, que lo fue de la Segunda. Blás Infante, Francisco Giner de Los Ríos, que fuera responsable de la Institución Libre de Enseñanza, y que en el centro del jardín, sobre el estanque recibe homenaje vegetal perpetuo, de las plantas que un día lo vieron pasar y rozar sus pétalos. Tampoco es difícil imaginar en éste paraíso urbano, al poeta Federico García Lorca, perdido entre poemas, música y obras teatrales, pensando en cómo decirle a su padre, que Derecho no es lo suyo, y que sólo asiste a clase por darle satisfacción a su progenitor, aunque sus sueños de futuro son otros bien distintos. El Jardín Botánico de Granada, no sólo fue un aula docente de Botánica al aire libre, también sería el lugar donde forjar ilusiones de artista, a la sombra de unas especies únicas, cuya sombra, aroma y color, hacen aún en éstos tiempos, sobrellevar las calores del verano.
domingo, 2 de agosto de 2015
LAS TITAS
VERANO EN SEPIA
Tito Ortiz.-
Las Titas
La cercanía del río Genil, siempre fue buscada por los capitalinos para una vez atardeciera, disfrutar de la humedad de su caudal, paseando junto al pretil. Desde la parada de los tranvías en el Humilladero, hasta llegar al Puente Verde, esos jardines han sido lugar de paseo de los mayores, de juegos para los niños, de barquilleros con su ruleta, de criadas de uniforme que vigilan a los infantes, cortejadas por militares sin graduación. Y junto al puente llamado popularmente de “las brujas”, separados por tan solo unos metros, dos quioscos de madera pintados de verde, especializados en vender la mejor sangría de Granada, en una competencia ruda, pues a pesar de que los establecimientos tuvieran inicios familiares, con el paso de los años, la enemistad se acrecentó a base de que, cada uno presumía de ofrecer el mejor producto, ya que si en uno ponían buen vino a la típica sangría, en el otro la hacían con el mejor jumilla, y si los peces eran buenos, en el otro recurrían al mejor melocotón de las tierras cercanas a Accitania. Uno de ellos llegó a colgar un cartel en el que se leía; Éste es el auténtico quiosco de Las Titas. Pero lo cierto es que en cualquiera de los dos, las gentes eran atendidas con seriedad, llegando en ocasiones a poder disfrutar de tapas variadas, consistentes en alcaparras en vinagre, patatas fritas, aceitunas zapateras y cacahuetes bañados en sal.
El Genil con agua
Aquellos años cincuenta y sesenta, el río a su paso por la capital gozaba de buen caudal, hasta el punto de que en la riada de los sesenta, fue tanta la fuerza desatada por el agua, que arrancó de cuajo la pasarela que conecta el paseo de la Bomba y el de los Basilios, que apareció retorcida aguas abajo. Incluso el puente del Genil, estuvo preparado con las cargas listas para ser explosionadas, por los ingenieros zapadores del Batallón Mixto, caso de que la crecida hubiera llegado a tapar los ojos por completo, cosa que la fortuna impidió cuando solo faltaban unos centímetros para la oclusión total. Es cierto que después en determinadas épocas, el caudal era tan insignificante, que permitía a la cofradía de Los Escolapios, quemar enormes hogueras en su cauce, en honor y gloria del Cristo de La Expiración, y María Santísima del Mayor Dolor. Faltaban muchos años aún para que los dos kioscos de madera verde, desaparecieran, dando paso al moderno y romántico que gestiona en la actualidad, el Vizconde de La Mancha, y Barón de Castañeda, José Torres, que perpetúa en sitio tan insigne para la historia de Granada, el cultivo de la amistad, envuelta en arte, cultura y buenos caldos, cuya vida guarde dios muchos años.
Miguelón
Pues al cobijo de la buena sangría de Las Titas, y en la sombra de su arboleda, en aquellas mesas y sillas de tijera, era habitual encontrarse con amenas tertulias en las que los hombres protagonistas de la cultura, departían asiendo en sus manos aquellas jarritas de cristal, en las que campaneaba un trocito de hielo, desgajado con un hocino a la barra de nieve, comprada en la fábrica del Escudo del Carmen, “La Siberia”. José María Garrido Lopera, esperaba a su salida de clase, al poeta Miguel Ruiz del Castillo, “Miguelón”, que impartía la asignatura de dibujo en el cercano colegio de los Escolapios, y ante dos jarras del néctar ya descrito, chequeaban la vida artística de la ciudad de la Alhambra. Garrido Lopera, dominaba la escritura, mientras que Ruiz del Castillo, se adentraba en la poesía, y ante el auditorio, con aquel vozarrón con el que la naturaleza lo había dotado, declamaba sus poemas, buscando la aprobación de los contertulios, a los que a renglón seguido, entregaba copia manuscrita de los mismos, en tarjetón diseñado al efecto. Pasados los minutos, no era infrecuente que la tertulia se agrandara, con la presencia de otros dos inseparables, de la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos: Los escultores, José Castro Llamas y Aurelio López Azaustre, severos críticos de cuanto se expusiera sobre el tapete inexistente de la mesa. De aquellas reuniones en los kioscos de Las Titas, se fueron forjando, por los allí reunidos y otros, los estatutos de la Orden de Linda-Raja, cuya principal misión de sus miembros, es y fue para los que aún viven, gozar todo lo posible de los placeres de la vida, entre ellos, del fresquito a la vera del Genil.
LA HUELLA TRINITARIA
VERANO EN SEPIA
Tito Ortiz.-
La huella trinitaria
La plaza de la Trinidad, construida a finales del XIX, para mayor salubridad y esparcimiento de los granadinos, a imagen de los jardines ingleses, pronto se convierte en el lugar preferido de los vecinos, para disfrutar las tardes noches del verano, dado el cobijo que presta su frondosidad, y el chisporreteo constante de la fuente que la preside, único vestigio fiel del convento trinitario de Nuestra Señora de Gracia, que hasta años antes, ocupaba el espacio. El convento de los trinitarios calzados, aquellos que tanta fama cosecharon liberando cautivos, comienza a desaparecer con la exclaustración de 1835, y a convertirse en plaza flamante y moderna con la llegada del siglo siguiente. Pronto los granadinos toman el nuevo espacio como el lugar de recreo de chicos y mayores. La plaza tiene horas de juegos infantiles, con criadas que al fresco, son cortejadas por militares sin graduación.Plaza que en fiestas mayores se acicala con farolillos de verbena, y que en navidad, sirve para la venta de zambombas, de las que berrean, y la de pavos traídos de las granjas de la vega.
La Emperatriz
El quinto día, del quinto mes, del año 1826, junto a éste convento de aguerridos monjes, en la cercana calle Buensuceso, en casa noble de alta cuna, nace una niña, cuya vida a partir de ahora, será regida como la de todos sus vecinos, por la campana conventual que invita a la oración. María Eugenia Palafox Portocarrero y Kirkpatrick, condesa de Teba, es una niña que se cría entre algodones, correteando en juegos con la servidunbre, en un patio palaciego que hace honor a su estirpe. Patio frondoso donde no faltan los jazmines aromáticos y los vistosos geraneos gitanos, con arriate de agua cristalina y fresca, que hace del centro de la edificación, el lugar preferido donde recibir las visitas, pués los señores de la casa, el duque de Peñaranda, y Enriqueta María Manuela, atienden los martes y jueves al atradecer, con generosidad de pastas, té, agua de limón, y para los más atrevidos, moderna zarzaparrilla. Pese a la cercanía de su casa, Eugenia no disfrutará de la futura plaza de La Trinidad, oásis y refugio ciudadano del rigor de las calores, porque con tan sólo nueve años, es enviada a estudiar a Francia y brevemente a Bristol en Inglaterra. Sus ojos de niña retienen la imagen del convento, en un futuro plaza, y sus oídos, el repicar de sus campanas.
De Granada, a la corte francesa
Mientras Mendizábal hacía lo posible por convertir, con el paso de los años, el convento granadino en la nueva Plaza de La Trinidad, Eugenia de Montijo, es formada por su madre para empresas más altas que volver a Granada, y así llega hasta el palacio del Elíseo en 1849, donde la granadina es presentada a Napoleón III, que con el tiempo la covertirá en su esposa, y por lo tanto, en la emperatriz de los franceses. La granadina recibe las dos caras de la moneda. De un lado es madre de su único hijo, Luís Napoleón, que con los años morirá a manos de una tribu africana. De otro, es una dinamizadora excepcional de la corte, que impone modas y nuevas costumbres, como la de veranear en Biarritz. Pronto se convierte en la persona más condecorada y reconocida, hasta el punto de que no hay cita internacional que se precie, que no cuente con su presencia, como la inauguración en 1869 del Canal de Suez. Un año en el Granada no tiene la autorización aún para derruir el convento trinitario y comenzar a dar froma a la plaza de la Trinidad, aunque los alrrededores, ya se van poblando de posadas. Los bancos de la plaza proporcionan el descanso a la sombra de los paseantes, que mitigan así los rogores de un calor que durante el día, siempre ha hecho honor a Granada.
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