martes, 9 de agosto de 2016

DE BAR EN PEOR

DE BAR EN PEOR Tito Ortiz.- Yo porque estoy muerto, pero si no, sería para morirse. La poca altura educativa, cultural y humana de algunos de nuestros políticos, es que clama al cielo. No se puede tener menos categoría, ni más ambición. No vienen a la política para servir al ciudadano, eso es una falacia. Viene a quedarse de por vida con un puesto, da igual, mientras esté remunerado. Ellos sirven para todo. Lo mismo dirigen un puerto, una fundación, una empresa municipal, que asumen una dirección general, para la que nos le avala ni curriculum, ni formación. Pero siguen chupando del bote público, inflando el defícit a costa del sacrificio de los votantes. Incluso forman parte de ese surtido de, Consejos, de todo tipo con el que los andaluces nos hemos dotado, sin repercusión alguna en los paganinis, o sea, nosotros, pero si en sus pensiones de por vida aseguradas. Las de ellos, claro. Dije en su momento y proclamo de nuevo, que éste país es inmensamente rico, porque con tanto político mangante, todavía no hemos ido a la banca rota. Reitero que la duplicidad de funciones entre diputaciones, ayuntamientos y delegaciones de la Junta, deberían reconvertirse en una sola administración, sobre todo para que las diputaciones, dejen de ser el amparo de tanto militante de base al que hay que gradecer los servicios al partido, y se nos sigan llenando de ineptos sin graduación. A éste país le sobran políticos y funcionarios, y no hay más ciego que el que no quiere ver. Si alguien no le echa riles y le mete la tijera a eso, vamos al garete de verdad. Ya está bien de un Senado figurón e intrascendente, hay que reconvertirlo en un museo, pero a la ineficacia de una democracia, que en cuarenta años, no ha sido capaz de reducir el gasto público en beneficio de unos pensionistas cada vez más pobres. Pronto cumpliremos un año con un gobierno en funciones, y esto no va ni patrás ni palante, que diría un castizo. Los intereses particulares, de partido y el miedo al castigo en la urnas, bloquean a unos políticos incapaces de ver más allá, y pensar en los ciudadanos. No piensan más que en ellos, y así nos va. Insisto en que al sistema político español, y sus distinguidas señorías, hay que meterlos en una máquina de diálisis, y depurarles la sangre, que tan contaminada se les advierte. Pactar, es una palabra que no les entra en la mente, así que solo con eso, ya deberían estar deshabilitados para ejercer la política. És éste un país sumido en el desánimo colectivo, y en la inutilidad y sinvergonzonería de su clase política, al que sus señorías están abocando al acoholismo para evadirnos de la realidad, aunque sea a base de tinto de verano don simón. Manos mal que morí hace meses, porque de lo contrario, si todavía estuviera vivo, deambularía por ahí, como diría Paco Espínola, de Bar en peor.

lunes, 8 de agosto de 2016

AL FERIAL

AL FERIAL Tito Ortiz.- Mi corpus comienza en la carrera de La Virgen, con una sucesión de puestos a ambos lados, en los que comprar turrones, partidos ante tí de una pieza enorme, barretas, de las duras y las blandas, bastones de caramelo y caramelos que yo llamaba de salchichón, por su parecido a una rodaja de éste embutido. Se alternan los puestos en los que comprar los sombros de feria, esos de cartón, de vida corta, las pelotas con goma extensible, que no son más que un globo, forrado por bandas alternativas de colores vivos, a modo de rodajas de sandía o melón. En ese trayecto no falta el moro de la colonias, con suchilaba y el Fez, que pregonaba sin cesar: Para la calora, para la sudora. Y te vendía las colonias a granel medidas en un matraz. Siguiendo el paseo hasta el Humilladero, la parada de los tranvías, los puestos se convertían en los de coco a rodajas, camarones en cartucho de papel, chufas fresquitas conservadas entre grandes terrones de hielo, churros y patatas fritas. El paseo del Salón, con su monumento a Colón y la reina católica, servía de pórtico a las casetas, entre las que destacaban, la de la Renfe, la del SEU, de los estudiantes, la del Real Aeroclub, El Palustre, El Compadre, la de la Policía Armada, con su electricista, Pepe Álvarez, que cada año se inventaba una iluminación, destacando la edición en que unas hélices pintadas de gris, como era lógico, servían de soporte a unos florescentes, y la de la Guardia Civil, que fue el asombro de todos, al instalar el año que el hombre llegó a la luna, un enorme cohete espacial en su interior. Las casetas competían en originalidad a la hora de la decoración, y todas tenían música en vivo, con los conjuntos musicovocales de aquí y la provincia. El año que Gelu cantó en la de la Renfe, fue todo un acontecimiento, con Eduardo y Los Windys, en la de los universitarios. Los componentes de La Real Sociedad de Tenis, y la del Tiro de Pichón, tenían un protagonismo especial en éste ferial, donde su presencia era imprescindible, Como la de la Asociación de La Prensa con su histórica Verbena en el Carmen de Los Mártires. El ocio y la diversión se éste ferial se extendía hasta los jardines de la Biblioteca Pública Municipal, y los cercanos kioscos de Las Titas. No menos ambientado estaba el bar, El Rancho Grande, en el vértice del Humilladero con la entonces, avenida de José Antonio, con la eterna sonrisa para sus clientes de Rafael, el padrino de bautizo de mi hermano, Falo. Al otro lado del puente de Genil, Gregorio servía el mejor bacalo frito, con permiso del de La Paguana, al inicio de la avenida Cervantes. Y en el Violón, todas las atracciones para los más pequeños. La Noria, los coches de choque, el látigo, el infierno, el tito vivo, y el Teatro Circo Chino de Manolita Chén, o el de Antonio Encinas. Antonio Roldán Quirosa, el sobrino de Sacramento, la modista, se enroló un año con ellos, y terminó viviendo en Valencia, aunque venía con frecuencia. Había sido árbitro de fútbol, y representaba a algunos jugadores. A principios de los años setenta regresó para presentar un sistema incrementador de ventas llamado, Tikes Rolki, con el que conseguías puntos en las tiendas, que pegados en una cartilla, se canjeban por productos del establecimiento. En el teatro portátil, aquellas noches de corpus, cantaban los mejores de la época. Juanito Valderrama, Rafael Farina, La Paquera de Jerez, junto a los mejores humoristas del momento como, Juanito Navarro y Lina Morgan, Toni Leblanc, y unos jovencísimos, Arévalo o Manolo de Vega. Los bomberos hacían guardia con sus camiones autobombas en el lugar para evitar cualquier incidente. También estaban los voluntarios de la Cruz Roja con su uniforme militar, y los empleados de la Compañía Sevillana, por si se producía algún corte de suminsitro. Era un corpus de Miércoles a Domingo, que unido a los carteles de toros, con todas las figuras que organizaba, don Luís Miranda, hacían de Granada, una de las ferias más importantes y elegantes de Andalucía, en la que no faltaba el castillo de fuegos artificiales en el embovedado, el concierto de la banda militar de la IX Región Militar, dirigida por Julio Barabotto Brocco, y la retreta militar para al grito de: ¡catetos a su pueblo!, los capitalinos echar a los forasteros que durante estos días, habían disfrutado de un corpus inolvidable.

domingo, 7 de agosto de 2016

DON JUAN

DON JUAN Tito Ortiz.- El colegio público de la placeta de Ramírez, no tenía nombre, era público y anónimo como el lugar que ocupaba el edificio, que a pesar de estar en el corazón de la ciudad, a una decena de pasos de la cuesta de Gomérez, y a dos de Plaza Nueva, permanecía oculto a la vista de todo viandante. Lo que en otros tiempos había sido una casa noble, con larga escalinata hasta la primera planta, baranda de hierro forjado y pasamanos de madera tallada. En el bajo vivía la portera, señora viudad de tez blanca y niña enfermiza, que sobrevivía con las bolsas de caridad que cada semana, se repartían en la sacristía de la cercana iglesia de santa Ana por don Nicolás, que nos preparaba para tomar la primera comunión, de diácono recién llegado estaba, Eugenio Valero, que después se nos hizo sexitano. En la primera planta estaban las clases. Tres solamente, y en ellas se nos repartía por edades. En la primera estábamos los más pequeños con don Juan. En la segunda, los medianos con don Andrés, severo pero de una bondad infinita y de una sapiencia tal, que mi primo, Enrique Cabrera, que tanto sabe ahora de gigantes y cabezudos, se dió una buena "panzá" de llorar, el día que don Andrés se jubiló para no volver por allí. Su traje marrón, el chaleco con el relój pendiendo de su cadena, y aquellos zapatos de cordones en marrón también, lustrados tantos años que la piel ya era casi transparente, hacían de don Andrés, un maestro con todas las letras. En la tercera clase, al fondo del pasillo a la derecha, Don Cristóbal, bajito, rechoncho, y con un bulto entre el ombligo y la ingle, que nunca supimos si era una hernia o un hidrotumor, liaba caldo de gallina uno detrás de otro, y soltaba la mano con una facilidad, propia de la época. Frente a la puerta de ésta clase, una escalera daba acceso a una especie de palomar, en uno de cuyos cuartos, almacenábamos centenares de kilos de cáscaras de almendra, para la estufa. No olvidemos que en los años cincuenta, cada día que íbamos a la escuela, veíamos como los carámbanos pendían de la fuente de plaza Nueva, y los charcos estaban hechos hielo. Entonces los inviernos, lo eran. Pues sobre aquella estufa ponía don Juan en la primera clase, una enorme cacerola cuartelaria llena de agua, y cuando aquello tomaba temperatura, de unas enormes y cilíndricas cajas de cartón cerradas herméticamente, iba echando cuharones y cucharones de leche en polvo americana, y nos ponía por turnos a los más espabilados, a remover para que no se hicieran grumos. Con una gran cuhara de madera, removíamos y removíamos hasta que la solución blanquecino amarillenta estaba suelta y calentita, y por orden de lista, don Juan nos iba ceremosnioso sirviendo con un gran cucharon, toda la leche que cabía en aquellos jarritos de hojalata, hechos con los envases de leche condensada, a losque un buen artesano soldaba un asa, y vendía a precio razonable. Aquella ceremonia matinal nos daba la vida a los albaycineros desnutridos y famélicos, que sobrevivíamos a base de aceite de hígado de bacalao, y más modernamente, Calcio 20. Era don Juan un maestro elegante donde los hubiere. Vestía siempre taje azul marino oscuro, chaleco del mismo color con su reloj de bolsillo, en punto siempre, con el de la cercana Audiencia Provincial. Sombrero a juego con su capa española, de paño de Béjar, con las vueltas en terciopleo rojo, presumía de gran mostacho, ya blanco por la edad, que llevaba perfectamente peinado. Calzaba botines hechos a medida en el ràpido de la calle Almireceros, de larga botonadura en perfecta combinación de negro y gris. De porte elegante y señorial, don Juan, el maestro de la placeta de Ramírez, era un maestro severo, pero cariñoso. Nos sacaba al encerado, nos hacía cantar los puntos cardinales, sobre el mapa colgado, las provincias: Aragón tiene tres, Zaragoza, Huésca y Teruel. Nos desgañitábamos para complacerle, los ríos, y con su fino oído, detectaba al que no se lo sabía, lo llamaba a su mesa y del cajón sacaba una rama de palmera desecada, que a modo de regla, te dejaba la mano humeante durante un rato. A los que hacían alguna gamberrada, les obligaba a juntar los dedos de la mano hacía arriba, y el golpe iba sobre las uñas. La enciclopedía Álvarez era nuestra biblia, y de aquella clase, nadie salió tonto, ni traumatizado. Más bien salimos bastante espabilados para la vida, la prueba es que nadie ha ído todavía al psicólogo, y nos reconocemos por la calle. Con el tiempo, la leche americana fue sustituida pior botellines de cuarto de litro de leche Puleva, que el bueno de don Rafael Pérez Pire, nos mandaba desde Uniasa, en el Camino de Ronda, por donde pasaban los toros de Pelayo, para hacer su transumancia.

sábado, 6 de agosto de 2016

CARAGATO

“CARAGATO” Tito Ortiz.- Estaba yo con mi abuela en el gallinero de,“El Canuto”, (Cine Príncipe), hoy salón de copas -al parecer- concurrido. Y extasiados asistíamos al baile incomparable de Fred Astaire y Ginger Rogers, rodeados por el humo de los cigarrillos de los presentes, y por las cáscaras de pipas que se amontonaban en el suelo, cuando no, en la cabeza del de delante. Nosotros degustábamos unas glorias que habíamos comprado antes de entrar, en la pastelería de Manganet, en la calle Molinos. En algo nos teníamos que entretener, mientras el operador que proyectaba la cinta, se disponía a pegarla por donde había cedido, ensordecido por los pitos que desde el patio de butacas le dedicábamos, al ver interrumpida la película y haber tenido que encender la luz de la sala, cosa que era más frecuente, que el ver la cinta del tirón, en éstos cines de reestreno del año de la polka, donde los Martes, por un asunto denominado “fémina”, que aún sigo sin entender, entrábamos dos con una sola entrada. Para maletas, Los Madrileños, y para Bolsos, Pastor. Así rezaba uno de los anuncios proyectados o, en Febrerillo El Loco, compre en Lirola por poco, Los almacenes El Águila, en la esquina de Gran Vía con Cárcel Baja, también se anunciaban en Moviererecord, y entre anuncio y anuncio, aparecía la foto fija del consabido... Visite nuestro selecto ambigú. El “caragato” era acomodador de la sala, y con su linterna, buscaba cuando menos te esperabas, a los novios furtivos dándose un beso, y los echaba a la calle. Pero cuando se malhumoraba de verdad, era cuando en la oscuridad de la proyección, algún chusco le gritaba: ¡Miaaaauuuu!, entonces caragato maldecía en mil idiomas y su linterna se movía con la rapidez de un rayo, o con la misma que los focos antiaéreos, buscaban en el negro cielo de la noche a los bombarderos. Caragato, tenía el oficio de acomodador por la noche, pero durante el día, era un menesteroso dependiente del Frangollo que había en la esquina de la calle Elvira con Cárcel Baja, frente a la puerta trasera del banco de España, por donde entraban periódicamente los camiones escoltados por la Guardia Civil, llenos de billetes hasta arriba. Tenía cuatro pelos en un solo lado de la cabeza, y grotescamente se los peinaba pegados con vaselina, de un lado a otro de la cabeza, al más puro estilo Anasagasti, lo que le daba un aspecto de tocino rancio, no favorecido por vestir aquel guardapolvos gris, lleno de lamparones, pues siempre se manchaba cuando servía el aceite, sacándolo del gran bidón, con aquel émbolo a modo de jeringa manual, que girando en un sentido absorbía el aceite del fondo, depositándolo en el habitáculo de cristal, y dándole hacia el otro lado, lo vertía por un grifo al exterior, dejándolo caer sobre el cacharro que tu hubieras llevado de casa, porque sabido es que el aceite se vendía a granel. Como la colonia y el azúcar en terrón. Caragato en sus ratos libres, se encargaba de que los niños no robaran puñados de garbanzos, de los sacos apostados a la puerta de la tienda, de partir las bacalás por la mitad para ofrecerlas al cliente con todo su grosor a la vista, y de agitar continuamente el mosquero, para que los insectos no se cebaran con la caja de arenques abierta y expuesta a la concurrencia. Caragato, ayuno de sonrisa, y de trato malafollesco, calzaba sandalias de Segarra, y se desplazaba en una bicicleta Orbea, cuya matrícula pendía del cuadro, porque entonces, hasta las bicicletas estaban identificadas, algo que ahora evitaría desmanes de más de un gamberro velocipédico, que circula asustando a los peatones por donde no debe. Total que ver una película en “El Canuto”, tenía el aliciente añadido de asistir al espectáculo de “Caragato”, en su búsqueda del beso furtivo linterna en mano, y de todos los improperios que recibía de los asistentes amparados en la oscuridad del cine. Otro de los atractivos era salir a la una de la madrugada, y sin perder la acera del cine, frente al Cristo de Los Favores, en el viejo horno de pan, comprar dos buenas saladillas recién hechas, y bajar andando escuchando de lejos un cante furtivo a puerta cerrada, que entre los barrotes de las ventanas de la taberna “El Faquilla”, buscaba ansioso el cielo de Granada, basando su ritmo en el taconeo que del sótano subía a la calle, desde la academia flamenca de las hermanas Romero. Ya estaban puestos los espartos de la peña flamenca del Realejo, con el inolvidable Juan Antonio Rivas, y el fino oído de Arsenio, el de la cafetería Las Flores, junto a José María, el de la esquina del campo, que bebía los vientos por su nieto al escucharlo cantar, y que se nos fue siendo un niño, dejándole todo su entusiasmo por el cante a su hermana, Ana Mochón. Lo que hubiera disfrutado su abuelo viéndola triunfar ahora en los escenarios.

viernes, 5 de agosto de 2016

EL ÚLTIMO CUPLÉ

EL ÚLTIMO CUPLÉ Tito Ortiz Antes que de Sara Montiel, yo fui de Lilián de Celis, para eso mi abuela Juana tenía el gusto más exquisito que he conocido, en torno al cuplé. Mantenía con justicia, la madre de mi madre, que mientras la de Campo de Criptana lo hacía más sensual, Lilián, lo enseñoreaba, y lo aupaba a la categoría de gran escenario. Ella había nacido en Asturias, aunque de niña ya se trasladó a Santander y comenzó a destacar cantando en la radio. Pero al contrario de lo que ocurría en aquellos primeros años cuarenta, Lilián estudió, ingresó en el conservatorio para formarse académicamente, y comenzó la carrera de Comercio, con lo cual, la diferencia de formación con la Montiel, era de toma pan y moja. Las dos eran cupletistas, faltaría más, pero eran como el agua para el aceite, como la noche y el día. Además, de Celis, profesaba una gran admiración por la más grande, Raquel Meyer, y eso se le notaba en la clase y apostura de sus actuaciones. Tengo grabadas a fuego en mi memoria canciones inolvidables como, “La Chica del 17”, “Polichinela”, o “Las tardes del Ritz”. Su llegada a Radio Madrid la catapultó a la popularidad de la época, y pronto creció un odio infinito entre Sara Montiel y Lilián de Celis, que se prolongó hasta la tumba de la manchega. No llegó a la veintena de películas, pero alcanzó grandes éxitos que la llevaron a realizar campañas de varios años en América latina. Y yo no puedo olvidarme de su famoso: “Batallón de Modistillas”, tarareado por tantos talleres de costura en el Albayzín, donde al son de las máquinas Singer y Alfa, a través de las ventanas, conformaban la melodía ilusionada, de tanta muchacha que soñaba con un mundo mejor, o un novio formal. Lilián regresó a España tres años antes de que el general bajito, del Ferrol, aquel de voz aflautada, que cenaba una tortilla francesa y un vaso de leche las palmara, y desde entonces se resguarda en su Asturias natal, fuera de focos y papel couché. Sus tardes del Circo Price y el teatro Albéniz de Madrid, todavía no han sido superadas, mientras ella ve atardecer junto al Sella, ese río famoso por su descenso en piragua, que antaño se podía seguir por etapas en el ferrocarril. Se equivocó al decirle a Juan de Orduña, que no sería nunca la voz de su película, “El Último Cuplé”. Sin embargo, en el Café Alameda del Campillo, su voz era venerada por incondicionales, que no dudaban en calificarla como digna heredera, de reinas del cuplé como, Augusta Bergés, que hizo famosa su canción, “La Pulga”, Pilar Come, o La Chelito. Aquellas que consagraron títulos como, Agua Que No Has de Beber, Mala Entraña, Los Puentes de París o Vino Tinto Con Sifón. El Café de Cuéllar, El Suizo o del Callejón, junto con los salones de variedades arrevistadas, o el portátil teatro Colón, fueron refugios del cuplé en Granada, antes de que éste llegara a los grandes escenarios y el cine. Son los tiempos del Charlestón, hijo aventajado del Foxtrot, de las boquillas de metro y medio para las señoritas que fuman en la cheslong, de las medias de cristal con costura, y de barquilleros pregonando… ¡al rico parisiénnnnn! Son tiempos de gramolas y discos de pizarra, de brillantinas y colonias a granel, de medias de cristal con costura, sujetas con liga al muslo, de reservados en la boat. Y de salidas por la tarde con las queridas oficiales. Granada siempre tuvo entre su clase adinerada, el reconocimiento al casado que más guapa tenía la querida, incluso aquel que podía permitirse el lujo de tener dos. Señoras a las que se les pagaba todo, como si fueran de la familia, y la verdad es que muchas fueron más importantes que las reconocidas oficialmente, por tener papeles en regla de matrimonio. En la cafetería del Hotel Victoria, aquella de amplios ventanales a Recogidas, con segunda entrada por San Antón, no era infrecuente sorprender a la caída de la tarde, a más de un acaudalado granadino, del brazo de su querida, tomando las famosas tortitas con nata, especialidad de la casa. Y allí entre cuplé de altavoz, y confianza de camarero confesor como era el bueno de Antonio, de familia de toreros, éste le preguntó a don Francisco, aprovechando que la mantenida se había ido al servicio: ¿Pero no ve que es treinta años más joven que usted?, seguro que cuando usted se va a casa con su mujer, ella se la pega con otro más joven, a lo que don Francisco respondió flemático y altanero: Antonio escúchame bien. Prefiero tener un bombón compartido, que una mierda para mí sólo. Oída la sentencia, Antonio se inclinó ceremonioso ante el cliente de toda la vida, hasta retirarse tras la barra. Es el último cuplé.

jueves, 4 de agosto de 2016

ÉSTA BULLA LA ESPERABA YO

ÉSTA BULLA, LA ESPERABA YO Tito Ortiz.- Hasta mi casa de La Calderería, en el bajo Albayzín, llegaba el olor inconfundible de las almendras garrapiñadas, que el buen artesano, removía sin parar, en aquel perol de buen cobre sacromontano, realizando la maniobra a la vista de su público, en la misma esquina de los almacenes, La Paz, en la Gran Vía, donde un autómata vestido de botones, metía y sacaba de un cajoncito, el anuncio de los “Créditos La Paz”, mientras sonreía y levantaba y bajaba las cejas. Todos los días no son días de fiesta, decía mi padre. Así que no podía darme una peseta, para bajar a por las garrapiñadas, todo lo más, un par de “perragordas”, tal vez un real, para comprarle al hombre un cartucho de garbanzos tostados, con los que había que tener mucho cuidado para no partirte un diente, si dabas con el que camuflado entre los demás, con el mismo color blanquecino harinoso, no había recibido los rigores del fuego, y por lo tanto, crudo como cuando lo sacaron de la mata, estaba esperando que tú, de improviso, te confiaras en masticarlo, para devolverte la mandíbula a su posición de partida, como tocada por un resorte, con un dolor propio de la visita obligada a Travesí. Los garbanzos tostados sin tostar, eran como los cocos y los chinos de las lentejas, que antes de echarlas en agua para guisarlas al día siguiente, mi madre me obligaba a limpiarlas de todo tipo de bichos y piedras, si es que quería salir a jugar a la calle. Limpiar las espinacas de tierra, poner los caracoles en harina un día entero, para que soltaran todo lo que guardaban en la tripa antes de guisarlos, limpiar con un cepillo la lengua de vaca antes de estofarla, o las patas de cerdo o de borrego, previas a cocerlas en ajo de pollo, eran tareas normales en la cocina de carbón de aquellos años, con todo dentro de aquella perola de porcelana color sangre de toro. Aquella cocina albaycinera de casa de vecinos, con los techos altos, la electricidad a ciento veinticinco voltios, las bombillas de diez vatios, los elevadores de las radios para que no decaiga la tensión, y aquella funda de cretona que mi madre le había hecho al aparato comprado en Molinero Radio, para que no cogiera polvo durante el día cuando estaba apagada. Las espeteras en la pared, con las sartenes de rabo largo, las raseras, las cacerolas, una sartén para las migas, que para que no se pegaran, había que estrenarla con una cocción de paja y vinagre, tras la cual, ya podías guisar chicle, que allí no se pegaba nada. El platero de madera para escurrir, y el botijo comprado a José Carranza, “El Güili”, en el callejón de la plaza, con su tapón hecho a mano de croché, para que no le entraran moscas. Por cierto, que el botijo se había curado con anís, como era preceptivo. Aunque a mí lo que de verdad me gustaba, eran los garbanzos tostados y recubierto de azúcar de colores distintos, con piquitos, que luego te dejaban las manos manchadas de rojo, azul o verde, y aquellos cucuruchos de papel blanco, con almendras tostadas, que esparcidas por aquella canasta de mimbre recubierta con papel blanco impoluto, el vendedor mantenía calientes mediante un sistema que aportaba una pequeña chimenea de hojalata a la cesta. Aquel pregón tan granaíno de: ... ¡Almendras tostaaahhhhs!, tras una pausa, y sin que nadie se acercara a comprarle, era seguido de otro enfático con alarde de mafollá de la tierra, porque al comprobar que no vendía ni una peseta, el almendrero de chaqueta blanca inmaculada, añadía sentencioso. ¡No, si esta bulla la esperaba yo! Con lo que arrancaba la carcajada de los presentes en la terraza y, viandantes ocasionales sin graduación. En esa Granada de los pregones, no eran menos armoniosos y sincopados los que, ante un cajón de chufas, coronadas con buenos terrones de hielo, de la fábrica, “La Siberia” del Escudo del Carmen, se escuchaban por el Zacatín y Bibarrambla: ¡ Chufas fresquitas !, que dan buena leche a las embarazadaaaaash. Niñas llorar por la chufas. Y por las “papicas de la sierra”, aquellos caramelos rociados de canela, o las pastillas de café con leche, o los piñones, o las avellanas de la fuente, o las exquisitas peladillas, fruto imprescindible para componer el ritual de la boda gitana, pues hay que arrojarlas al paso de los novios, mientras suenan, La Mosca, La Cachucha, y la Arboreá, los cantes del Camino, propios de los esponsales. Es en el ritual amatorio calé, en el único en el que se tira a los cónyuges, almendras recubiertas de azúcar blanco y otros colores, preferentemente, azul y rosa. Que rico. Hasta aquí llega el olor, de esos puestos ambulantes, y el eco de sus pregones. Esa también es Granada… ¿o lo fue?.

ALCAPARRAS DEL CEMENTERIO

ALCAPARRAS DE LAS TAPIAS DEL CEMENTERIO Tito Ortiz.- Es posible que alguien no se lo crea, pero ésta ciudad que ahora presume de haber inventado la tapa en los bares, tuvo un tiempo que ese complemento brillaba por su ausencia, En Granada se bebía a palo seco, porque así bebían los hombres, como machos, sin nada que impidiera una generosa ingesta de alcohol con el estómago vacío, de lo contrario eras un blandengue o un maricón. Eso es lo más bonito que te podían decir, sino te encontrabas con que te echaban de la pandilla como un apestado flojito. Beber había que beber sin nada que comer, como hombres de pelo en pecho. Y eso ocurrió hasta que los taberneros descubrieron, que el vinagre y la sal, aumentaban la sed del bebedor, y por lo tanto el número de consumiciones por persona. Entonces se inventaron una falsa generosidad que era, arrimarte al vaso de vino, una conchita de cacahuetes con ración generosa de sal pegada a la cáscara, y de ésta forma, mientras te los metías en la boca para partirlos, y después comerte el fruto de su interior, sin que pudieras advertirlo, tu sed aumentaba considerablemente, de tal guisa que te ponías a pedir como un poseso, una y otra copa de vino, y el tabernero tan contento, y tu mujer, en casa, tras la puerta esperándote con el rodillo de hacer la masa. Aunque algunos más benevolentes, de tapa te ponían un puñado de maní. Pero también los había que te lo ponían frito bien generoso de sal, con lo cual, menos el trabajo de quitar la cáscara, el resultado era el mismo, y las posteriores vomiteras, también. El estómago tiene un límite para los frutos secos, por eso algunos cambiaban de taberna alternativamente, y entraban en las que como aderezo al vaso de vino, servían encurtidos. Casa Julio, en la mitad de la Cuesta de La Alhacaba, presumía de tener en vinagre todo tipo de vegetal que lo resistiera. Por entonces eran clásicas las cebollas y los “picuillos” picantes para los más valientes, pero Julio tenía tarros con coliflor en vinagre, zanahorias, berenjenas y hasta troncos de lechuga, para los de buena dentadura. Pero mi compadre, Carlos García Puig, en su restaurante “El Llano”, frente al Generalife, siempre se preció de poner las mejores alcaparras en vinagre. La alcaparra es un fruto ancestral del Mediterráneo, cuyo arbusto, el alcaparro tiene la generosidad de crecer en tierra y lugar hostil, y cuando la naturaleza se lo impide, el fruto se queda enano, pasando a llamarse alcaparrón, que antes se desechaba, pero que ahora en la cocina más exigente, es una auténtica estrella con precio desmesurado para su importancia culinaria. Y de ésta forma tan arbitraria y a contra mano, el desecho ha conseguido un lugar de privilegio, mientras que el fruto verdadero, la alcaparra, sigue siendo el pobretón de la familia, que nace para vivir y morir en vinagre, como un simple acompañamiento. Pero Carlos, las consigue de buen tamaño y con bocado apetitoso, hasta tal punto, de que cuando alguien le pregunta de donde son sus alcaparras, él no duda en afirmar que las recolecta personalmente, en noche de Luna llena, junto a las tapias del cercano cementerio, porque allí – dice – tienen un abono especial que las hace únicas, y las más nutritivas. Para cogerlas hay que tener vista y habilidad, pues la alcaparra se defiende con unas considerables espinas en la rama, que si te descuidas te pueden hacer la puñeta, pero no impide que mi compadre, se haya hecho acreedor, del reconocimiento veterano al mejor alcaparrero de la ciudad de la Alhambra La humilde alcaparra granadina, ha sido en tiempos en que la tapa de diseño era un sueño irrealizable, la protagonista del tapeo clásico en bares y tabernas de rancio abolengo, con una clientela fiel, que buscaba el fruto del alcaparro, hoy prácticamente desaparecido de los mostradores y mesas. Alcaparras famosas por su prestigio, se degustaron por los entendidos en los antiguos kioscos de madera ubicados en La Mimbre, Las Titas, o el ya desaparecido, frente al hotel Alhambra Palace, parada obligada de todos los deportistas que bajaban del Llano de La Perdiz. También fueron famosas las que servía a su clientela más distinguida, El Algarrobo, en su desaparecido kiosco de obra construido a las puertas del Cementerio, junto a las floristas. La taberna de Vallejo, en la plaza de la Trinidad, sirvió a su clientela flamenca excelentes alcaparras, al igual que la desaparecida Sabanilla, que está a punto de derrumbarse, en la curva de San Sebastián con Tundidores. Ahora que la ciudad de La Alhambra es referente nacional de su buen tapeo, hora es ya de reconocer la tradición gastronómica de un fruto como la alcaparra, que entre siglos ocupó el protagonismo del modernamente llamado, maridaje, entre los vinos del lugar, personalizados en los mostos de Huétor, y en los generalizados como, vino costa, que tanta sed quitaron a los granadinos y visitantes, en compañía de la venerable alcaparra, cuya memoria reivindico.