martes, 23 de agosto de 2016
MAS VALE MORIR, QUE PERDER LA VIDA
MÁS VALE MORIR, QUE PERDER LA VIDA
Tito Ortiz.-
En éste país sin gobierno, de corruptos y desalmados, lo único que nos queda es el honor, y mientras no nos cierren la boca a los periodistas, como en México o Rusia – tranquilos políticos que todo llegará – seguir poniendo al descubierto a los que se construyen bloques, en solares de las monjitas que los votan, por constructores cuya sangre les corre por las venas, se saltan la legalidad edificable, y se auto rebajan la multa al diez por ciento de su cuantía. Claro que esto comparado con lo que ocurre “popularmente” a nivel nacional, es una jugada de parchís, pero es que en el partido del desgobierno, llevan años yendo de oca a oca y tiro porque me toca. Desde que la cocaína aparece por kilos en los coches del Vaticano, hay que tener mucho cuidado con los cristianos, por muy bien que nos caiga Francisco. No hay que olvidar, que de la mitad del franquismo, hasta la muerte del general, fueron mucho peor los franquistas que el propio Franco. La mafia vaticana, la P 2, La banca de san Pedro, los ahorcados en el puente de Londres, vamos que el Código Da Vinci, se queda en pañales, porque la realidad va mucho más allá que la ficción. La ventaja que yo tengo, es que como ya estoy muerto, pues el día que vengan a por mí, se van a quedar con un palmo de narices. Porque esa es la ventaja que tenemos los muertos, que podemos decir la verdad a la cara, sin necesidad de temer represalias. ¿Qué pueden hacernos, matarnos? Los muertos podemos permitirnos el lujo de ser lenguaraces, no tenemos nada que temer. ¿Nos van a quitar la vida?
Aunque ustedes no lo crean, existen políticos honrados, y son mayoría ante los delincuentes con credencial parlamentaria. Yo conozco algunos, pero no se hacen propaganda, Realizan su labor callada en pro de la sociedad, no son “sobrecogedores”, o sea, no admiten más sobre que el de su nómina, de la que aportan un tanto por ciento a su partido, y pueden ir con la cabeza muy alta. No son de los que admiten la pachanda granaína. No son de los que se van de excursión a gastos pagados, para a la vuelta, mal vender la casa Ágrela, ni de los que nunca pagan en los restaurantes del entorno de Recogidas, porque eso sí, algunos políticos del PP ni categoría para ser corruptos tienen. Éstos no se llevan los millones a Suiza, son más de andar por casa, se conforman con que los inviten a comer, sobre todo el día que llevan a la familia, que son más. Menos clase y vergüenza ya es imposible pedir. Sé que esto me acaba de granjear muchos amigos, pero la verdad no tiene más que un camino, y yo emprendí hace tiempo el del Cementerio de San José, por eso ya nada me asusta. Los últimos meses que estuve en vida, le dije a mi peluquero que me rapara la tonsura, para que el tirador a traición y por la espalda, supiera donde apuntar y no se pusiera nervioso, porque si van a por mí, que sea un instante, no vaya a fallar, que casos se han dado, y en lugar de volarme la tapa de los sesos, me vuele una oreja, y me deje sordo. Si me tienen que matar, que sea un profesional y que lo haga rápido y limpiamente. Hasta no recordar lo que has vivido, tu etapa en este mundo está cumplida. Puedes morir. La vida ya has perdido.
CISCO Y TIERRA
23-CISCO Y TIERRA
Tito Ortiz.-
Cisco y Tierra, aparte de una taberna castiza de mi niñez, en la calle, Lepanto, frente a la Casa de Socorro, donde ponían de tapa los deliciosos, "requetés", o sea, un buen trozo de atún con un pimiento morrón encima, de ahí su nombre por el color de la bóina del uniforme Requeté, son unos combustibles del carbón, que junto con el picón, eran la base de nuestra cocina y la calefacción de invierno, circunscrita a un humilde brasero, con su correspondiente paleta metálica, heredado de padres a hijos, que llevaba con nosotros desde el siglo XIX. Guisábamos en un hornillo fabricado en la cocina, que aliméntábamos con buenos trozos de carbón, que había que encender por la mañana, y esperar a que los tizones soltaran su tizne, para que las cacerolas, no parecieran las calderas de Pedro Gotero. En la misma carbonería de la calle de Elvira, a la espalda del Banco de España, comprábamos también el cisco, la tierra y el picón para el brasero, y con el tiempo, allí también nos vendía el petróleo para la moderna hornilla que compramos cuando pasaron muchos años. Pero había que tener mucho cuidado con el nuevo invento, porque no fueron pocas, las veces que tuvimos que tirar la comida, debido al olor insoportable al nuevo combustible doméstico. La hornilla, llevaba un depósito debajo de la "torsía", una especie de manga, de un tejido resistente, que impregnada por el líquido pestoso, soltaba al prenderla una llama, a veces azul y otras amarilla, difícil de domesticar, pues cuando el recipiente estaba lleno, la llama era generosa, en cambio cuando le quedaba poco, era muy escasa y las comidas tardaban en hacerse una eternidad, más que cuando guisábamos con el carbón. También llevaba una tuerca, que dependiendo para donde le dieras, dejaba fuera, o escondía la malla, y así podías regular también el fuego. Más de una salió ardiendo, ocasionando alguna desgracia entre la vecindad. Por algo la gente le comenzó a llamar, "infernillo".
Durante los crudos inviernos de entonces, el brasero era nuestra salvación, y no solo para calentarnos. Nuestro refugio era la mesa de camilla, y bajo ella, metíamos el brasero, cuando ya no soltaba humo, para no atufarnos, y morir calentitos. De mañana, mi abuela había tirado las cenizas del día anterior, y había dispuesto en el receptáculo, a partes iguales, un poco de cisco, otro de tierra, y picón, que no eran sino, triturados del carbón pero de distinto tamaño. En el centro, disponía un castillete de cuatro o cinco carbones más grandes, y bajo ellos, un papel de periódico impregnado en aceite, para que comenzara el fuego. A veces se apagaba, y la ceremonia tenía que comenzar de nuevo, pero mi abuela inventó una chimenea artesana. Sobre los carbones, ponía una lata de mortadela Mina, a la que le había quitado los cierres de los extremos, y aquello hacía un efecto de tiro hacia arriba, que evitaba que el brasero se apagara, y miel sobre hojuelas. Cuando todo estaba listo, el brasero se metía bajo la mesa de camilla, y todos a sentarse. Pero las mujeres se ponían en las piernas, las mangas arrancadas a los jerseys viejos, y de ésta forma, evitaban que les salieran las temidas, "cabrillas", unas manchas en la piel, que estaban muy mal vistas, porque te salían cuando te aproximabas mucho a la candela. Antes de acostarnos, los mayores sacaban el brasero, y lo pasaban por las sábanas de las camas de los niños, para que no nos diera mucha impresión de frío al acostarnos. También servía para secar la ropa, porque bajo el tablero, mi madre había atado unas cuerdas, y allí colgaba la ropa lavada para que se secara. En alguna ocasión aquello le valió tener que volver a lavarla, porque salía tiznada por algún palitroque que se nos había despistado. Cuando el vigor del calor decaía, me mandaban a echarle una "firmica " al brasero. Me enseñaron a que con la paleta, se iban arrimando las brasas, desde los extremos al centro, y de ésta forma el fuego revivía. En aquellas noches gélidas, nos ponían a los menores una bolsa de agua caliente en los pies, bajo las mantas, y así era más llevadero el conciliar el sueño, después de abandonar la mesa de camilla, y llegar por el pasillo al dormitorio. En mi casa se hacían apuestas haber quién se acostaba antes, por el hecho de no cruzar el pasillo hasta la cama. Mi abuela repetía varias veces: ¡Con lo calenticos que estamos aquí, en la mesa camilla, haber quién se acuesta ahora!
lunes, 22 de agosto de 2016
EL FANTASMA DEL ALBAYZÍN
22- EL FANTASMA DEL ALBAYZÍN
Tito Ortiz.-
Antes de hacer yo la primera comunión, corría por el barrio como la pólvora, el comentario de la existencia cierta de un fantasma, que salía por las noches, ya de madrugada, cuya sábana blanca que arrastraba, resplandecía de manera especial en noches de Luna llena. Unos decían que lo habían oído ulular lastimeramente, incluso había quién aseguaraba que arrastraba pesadas cadenas. El caso fue, que como un reguero incesante, la gente fue a hablar con el párroco de san José, el señor Peinado, que como pudo fue calmando a los enloquecidos feligreses, que no habían visto al fantasma, pero que aseguraban que, quién de verdad lo había visto era su vecino al volver de trabajar, una prima de su cuñada que era matrona, y la llamaron de madrugada para asistir a un parto, y hasta un sereno borrachín, que intentó darle alcance, pero que antes de llegar a su altura, quedó sorprendentemente sin respiración, hasta que el fantasma desapareció de su vista, entre callejuelas caracoleantes.
No era la primera vez que mis oídos de niño escuchaban hablar de un fantasma en el Albayzin. Recuerdo haber oído a mi abuela Juana, una noche de crudo invierno, al abrigo de la mesa de camilla, contar como una casa del barrio, era la casa del miedo, desde el tiempo de los musulmanes. Relataba la madre de mi madre, que en la Plaza del Conde, había una casa con hornacina dedicada a la santísima Trinidad, y que por tal motivo debía tener encendida luz perpetua, porque si faltaba la luz, el fantasma la reclamaba a la vecindad, con apariciones, gritos y lamentos. La casa había sido un palacete árabe durante los años de la conquista, y una vez entraron los reyes católicos en Granada, se le concedió a un capitán de sus ejércitos, que la habitó hasta su muerte. Recio militar, hombre solitario, a su cuido había solo una vieja ama, que tras el entierro cerró la casa y entregó las llaves a la autoridad, que tuvo siempre problemas para que alguien la habitara, dado el guirigay que al parecer allí se liaba, a eso del toque de ánimas en la torre de la Vela. Sombras que andaban, puertas y cajones que se abrían, pasos, gritos, de todo se formaba en la casa, que fue tildada como la del miedo. Mi añorado amigo, José Gabriel Díaz Berbel, llegó a vivir en ella. Una noche, cuando le conté la historia, me invitó a pasarla allí con él. La recorrimos habitación por habitación, hasta las claras del día, mientras nos bebíamos una botella de malta de muchísimos años, sin hielo, como es lógico ante elixir de tan alto abolengo. El amanecer nos sorprendió en la plaza Larga, esperando que, El Pasteles abriera para desayunar, y del fantasma, ni rastro.
También hablaba mi abuela de María Tomillo, la del aljibe de La Vieja, que se aparecía después de muerta, cubierta por un velo negro de la cabeza a los pies, para que no le robaran los higos de su huerto, que ya son ganas digo yo, si estaba muerta, ¿qué más le daba?. Pero todo esto de los fantasmas del Albayzín terminó, cuando destinaron al cuartelillo de las cuatro esquinas, al cabo Colomera. Don Antonio no mondaba nísporas. En vista de que las visitas al párroco de san José no acababan con las apariciones, los vecinos ya pusieron el caso en manos de Colomera, que pasado un tiempo y sospechando de qué se podría tratar, un buen día dijo de acabar con las apariciones del fantasma. Una mañana, se atusó el gran bigote, llamó al guardia segundo señor Quintero, a su despacho, y le previno de que a eso de las doce de la noche, estuviera en la puerta, pero vestido de paisano con ropa oscura, para evitar el brillo de correajes y tricornio. También le dijo que diera aviso al sereno, que armado con el chuso, debería acompañarlos. A la hora convenida, con zapatos de goma para no hacer ruído, los tres comenzaron a descender por la calle del Agua, La cuesta de María La Miel, y así hasta llegar a La Cruz Verde, en las cercanías del carmen de La Media Luna. Llegados al punto, el cabo Colomera, los dispuso de tal forma que los tres formaban un triángulo equidistante, repartidos en portales que les permitían ver sin ser vistos, con la prohibición de fumar, para que la luz del pitillo no delatara a nadie. A eso de las tres de la madrugada, cuando la Vela tocaba para el riego en la vega, comenzaron a escuchar como unos alaridos tenues que venían de la Cuesta de san Gregorio, con calma aguardaron a que el fantasma estuviera a su altura, y a la señal convenida, los tres rodearon al ensabanado, que cuando escuchó en el silencio de la noche, como el cabo Colmera, a su espalda, montaba la Star del nueve largo, y se la ponía en la cabeza, no solo dejó de ulular, sino que al instante vieron como en el suelo, aparecían los desechos corporales del fantasma, con profusión de olor pestilente, que tuvieron que soportar, hasta que lo dejaron encerrado en el calabozo del cuartelillo.
El fantasma no dudó en confesar, que hacía aquello para que la calle quedara expedita, y así poder acceder sin ser descubierto, a la casa de cierta dama, con la que yacía con cierta frecuencia. No quería que aquello se supiera porque la mujer era casada, y el también. Colomera, que era conocido por sus decisiones justas, sin necesidad de poner a disposición judicial, lo tuvo tres días sin cambiarse de ropa en el cuartelillo, y cuando ya la peste no podía soportarse en el caserón contiguo a Los Mascarones, le dejó marchar, no sin antes advertirle, que un día si, y otro no, tenía que presentarse en el cuartel, a eso de las cinco de la tarde. Hasta ahí todo hubiera sido casi normal, pero lo que no sabía el fantasma era la segunda parte de su condena. Tuvo que hacerlo durante un mes, y vestido de fantasma.
MERCERO, QUINCALLERO, BUHONERO...
20-MERCERO, QUINCALLERO, BUHONERO...
Tito Ortiz.-
Un amplio cajón de poca profundidad colgado del cuello a la altura del ombligo por una buena cinta de material, y todo el género a la vista. Los merceros, quincalleros o buhoneros de mi niñez, se dejaban ver por las calles del centro, y en especial por la plaza de Bibarrambla. Vendían de todo, lo que se veía y lo que no. Mostravan a los paseantes, peines de todos los colores y tamaños, incluso de hueso, como los que tenían los barberos para pelarte. No faltaban en aquellos años las socorridas, Liandreras, para sacarnos de la cabeza lo que más tarde serían piojos. Colonias para las mujeres y los hombres, y brillantina, la precursora de la gomina, para dejarte el pelo alisado y brillante, como si te lo hubiera lamido una vaca. Te ofrecían cuchillas de afeitar marca Sevillana, con o sin acanalar, suaves brochas de crines blancas, y jabón en barra. Betún para los zapatos, cepillos para la ropa y los dientes, o pastillas de jabón Heno de Pravia, (El aroma de mi hogar) Spring Glory, o Lux, el jabón de la estrellas. Mis ojos de niño no daban crédito, a todo lo que aquel hombre podía vender en un cajón colgado de cuello. Llevaba horquillas para el pelo, y las especiales para hacerse el moño. Botones, corchetes, cremalleras de todos los colores y tamaños, medias de cristal con costura y ligueros, o correas de recambio para los relojes de pulsera.
Su ritimo era pausado, andaba de un lado a otro de la plaza con sus pregones, y de la solapa de la chaqueta, pendían varias mechas de yesquero, ensartadas todas en un gran imperdible, de los que si querías, también te vendía. Ofrecía piedras para encendedores y recargas de gasolina, que te vertía por una gorda, de un botecito cerrado con un canutillo metálico, que al volcarlo, dejaba salir el chorrito justo de combustible, para empapar el algodón que rodeaba la mecha interior del encendedor. Aunque a mi me gustaba que mi padre me llevara a Castañeda, en la calle de Elvira, frente a los Hospitálicos, porque en la columna primera de la entrada, había una especie de bombona colgada con la ranura de una hucha, que al echarle el dinero, dejaba caer un chorro generoso de gasolina. Me gustaba que mi padre me aupara, para que fuera yo el que metiera la moneda en la ranura, y ver con asombro la ceremonia de la hidratación mecheril, que por cierto, luego había que secar bien y dejarlo un rato sin prender, porque no fueron pocos los que por las prisas, salían con la mano en llamas con el artilujio recién repostado.
También llevaban colgadas al cuello, una vistosas tiras de encajes de varios dibujos y anchos, que si eran de tu agrado, te medían con cinta métrica y te llevabas a casa por un precio razonable. Cinturones de caballero y tirantes para los pantalones, completaban el surtido al rededor de la cabeza, como si de un suplemento al escaparate se tratara. Iban y venían de un lado a otro, ofreciendo su mercancia con los pregones adecuados, mientras a su alrededor, circulaban calle arriba y abajo, unos hombres anuncio, que así los llamábamos, porque por el pecho y la espalda, con correas sujetas a los hombros, portaban anuncios de comercios cercanos, carteleras de los cines de estreno, de bicicletas Orbea, o del furos del momento: La Velo Solex, que no era más que una bicicleta algo más robusta, con un motor pequeño adosado a su rueda delantera, a la altura en la que las normales, llevaban la dinamo para encender el faro, y que te permitían no dar a los pedales. Entonces eran al furor del momento.
Pero si el cliente era ya conocido y de confianza, el mercero lo apartaba alugar discreto, fuera de la vista de los guardias y los curiosos, y se abría la chaqueta. Aquello ya eran palabras mayores. No es que le estuviera mostrando el tatuaje que se hizo cuando estuvo en la Legión, es que en la parte derecha del interior, había una docena de atractivos relojes, de señora y caballero, recién llegados de Tánger, a los que sólo había que darles cuerda una vez cada 24 horas. Toda una proeza para el momento, al alcance del caballero y la señora, que quisieran presumir con un distinguido reloj, imposible de encontrar en la península, por sus modernas prestaciones, minutero, y alguno hasta con calendario, aunque éstos eran más caros. y ya para rematar y conseguir el toque de distinción total, se abría la parte izquierda de la chaqueta, y en el bolsillo, aparecían la contera brillante de una docena de plumas estilográficas de última generación, con jeringa incorporada para recargar, con un trazo finísimo de la más alta categoria. Ah, y más baratas que en Costales.
domingo, 21 de agosto de 2016
EL FONTANERO
19- EL FONTANERO
Tito Ortiz.-
Una arquilla de herramientas al hombro y un pantalón de peto azul oscuro, era el atuendo de aquel hombre, que cada vez que había un problema con el suministro del agua, aparecía por la casa, dispuesto a darnos agua inmediatamente. Aquellas tuberías de plomo, y aquellos grifos de bronce en "T" para girar y que saliera el gua, daban problemas con mucha frecuencia. Los grifos con el tiempo comenzaban a gotear. Tu cerrabas girando con todas tus fuerzas, pero el grifo se resistía, y entonces comenzaba una escena que no tenía vuelta atrás. Primero eran unas gotas que salían con una frecuencia exacta de reloj, que durante el día eran casi imperceptibles con el trajín de la casa, pero que en el silencio de la noche, se convertían en el repiqueteo de un baterista cansino, que hubiera jurado no dejarte dormir. Aquella gota cadenciosa, que sonaba al respirar del Nautilus, se te metía por las sienes en los cinco sentidos, y no había forma de conciliar el sueño. Si ponías un cacharro debajo del grifo, algo amortiguaba el sonido, pero conforme se iba llenando, la gota de agua ganaba en prestancia y presencia, cambiando de nota de acuerdo con el nivel de agua alcanzado en la vasija. Mi abuela Juana tenía un truco para que sonara menos. Lo que ponía debajo era un paño de la cocina, doblado varias veces, que a modo de sordina amortiguaba la música de forma que pudieras volver a los brazos de Morfeo. Pero conforme pasaban los días, la gota del grifo cerrado, se iba convirtiendo en un chaparrón, hasta que finalmente lo que salía era un hilillo de agua que iba engordando con el paso del tiempo, entonces ya había que llamar al fontanero. Tallón de la calle del Rosario, era un artista. Nada más llegar al fregadero, cortaba la llave de paso para que no cayera más agua. Sacaba un paquete de Peninsulares, se ponía uno en los labios, de la caja de fósforos extraía uno, lo rascaba contra la pared, encendía el pitillo, y ya estaba listo para empezar. Con una llave desenroscaba el grifo dejando sus tripas al aire, y de su interior sacaba algo negrusco y retorcido que tiraba a la basura. De imediato echaba mano a la arquilla, sacaba un trozo de goma grande, que a mí me parecía la suela de unas sandalias, o un trozo de cubierta de coche. Con una tijera especial, cortaba un redondel como el de una moneda de peseta. Con un troquel, le hacía un agujero en el centro como el de las monedas de dos reales, y entonces comenzaban los ajustes. Repaso al orificio, al canto, hasta dejar la goma perfectamente acoplada en el interior del grifo. Volvía a enroscar. Abría y cerraba varias veces apara comprobar que ya no goteaba, y añadía: Ya está la zapatilla lista. Una cosa que yo no comprendí hasta que pasaron muchos años. Que los grifos gastaban zapatillas, no me entraba en la cabeza, y menos que el desgaste por el uso de ésta, era el causante del goteo musical de las noches en vela.
Otras veces la llamada a Tallón era más urgente. Lo que salían no eran unas gotas, era un chorro a propulsión, porque la tubería de plomo se había picado. Aquello rozaba la tragedia, porque el caño de agua, daba al traste con todo lo que encontrara a su paso. Mi abuela respiraba cuando la fuga estaba a la vista, porque podía ser peor, que la salida del agua se produjera en un tramo de tubería embutida en la pared, con lo cual, aparte de tener que descubrir la obra hasta llegar al foco, implicaba que después de Tallón, tuviera que venir un albañil a volver a tapar, con lo que el gasto era el doble o el triple. Aquel hombre de pantalón de peto azul oscuro, arquilla al hombro y peninsular en la boca estaba de nuevo en casa. Ya era como de la familia, como el médico de cabecera, o como don Pedro, el farmacéutico de la placeta de san Gil. La ceremonía comenzaba con el cierre de la llave de paso, y una vez localizado el agujerito en la tubería, le pasaba una escofina, para en arrastrando las virutas de plomo, dejar bien a la vista el agujero por donde el agua se fugaba, y librarlo de impurezas. Entonces llegaba la ceremonía que a mí más me llamaba la atención, el encendido de aquel artefacto de color cobre, por cuya bocaha salía una llama azul de gran intensidad y ruido, se traba de el soldador, que incluso llevaba adosada una tuerca para graduar la intensidad de la llama. El fontanero calentaba al rededor de la picadura, y pasaba por la zona una especie de terrón de cera, que nunca supe para que servía. Después sacaba una barrita de estaño, y con gran habilidad y precisión iba tapando el agujero, al tiempo que moldeaba con un papel de periódico, bien doblado y chamuscado por el calor, toda la zona. Cuando la tarea había terminado, la tubería de plomo mostraba en el lugar, una especie de panza rebolonda y alargada a la vez, pero por allí ya no salía el agua.
En algún momento, recuerdo que también lo llamamos porque el reterte se había atrancado, y dijo una cosa que a mi me hizo mucha gracia. Que el asunto estaba en el sifón. Yo corrí a la cocina y vi que el sifón que mi padre utilizaba para echarle la soda al vino, estaba intacto. Corrí y le dije que al sifón no le pasaba nada, y la carcajada fue general. Al día de hoy, todavía no lo comprendo, lo mismo que no entiendo, que el hijo de Tallón que le ayudaba en el oficio de fontanero, heredó el taller y no quiso ir a la Universidad. Yo en cambio, si fuí, y al pasar de los años, comprobé que él tenía razón y yo me había equibocado. El conducía un BMW 730, y yo un humilde Ford de gama baja. ¿Me sirvió de algo la Universidad?.
martes, 16 de agosto de 2016
PATIO DE VECINOS
16-PATIO DE VECINOS
Tito Ortiz.-
Dos pilar de lavar en un patio de vecinos, para una docena de familias, y un solo retrete para todos, dan para una convivencia, en la que no existen secretos para nadie. Las pilas, como las cuerdas para tender, se repartían por riguroso turno, y el día que llovía y la ropa no se secaba, el retraso en la colada manual con jabón Lagarto, ponía nerviosas a las vecinas. Pero lo mejor, eran las conversaciones durante el lavado de ropa, que lógicamente derivaban en auténticas confidencias, que a veces desconocían hasta las propias familias de las lavanderas. Pero lo mejor, eran los duelos de copla. Una salía con valentía por Marifé de Trina, con – por ejemplo – Torre de Arena, mientras la otra restregaba las sábanas con auténtica saña esperando que acabara, y cuando la intérprete conseguía el óle y los aplausos de la vecindad asomada a las ventanas del patio. La otra hacía un gurruño la ropa, la apartaba del agua con añil, cogía aire, y se arrancaba por Juanita Reina con Madrina, por ejemplo. Más aplausos, más vítores, para que siguieran picadas y no hubiera necesidad de poner la radio. Que magno recital gratuito y a domicilio, con voces de privilegio, sumidas en el anonimato de simples amas de casa, que pudieran pasar por auténticas artistas sin ningún temor. El Albayzín de mi infancia, era así. Alegre, viviendo con más estrecheces que las leyes penales, pero con la alegría en la boca, y la ilusión de un porvenir para los hijos, mayor que el de sus mayores. Qué triste comprobar ahora, que es justo al contrario. Saber que nuestros hijos lo van a pasar peor que nosotros.
Era aquel un patio, en el que, Pepe, el hijo de Mariana, que habían llegado de Melilla, cuando ella quedó viuda buscando un futuro para él, cogía su guitarra comprada a plazos, habiendo firmado más letras que un académico, algunas incluso con gastos, comenzaba a deleitarnos con sus canciones de la época. Tangos de Gardel, rancheras de Miguel Aceves Megías, alguna de Ruth y Los Granada, o de Bonet de San Pedro, también de José Guardiola. A Pepe, el de Mariana, se le unió, Manuel Rodríguez, el hijo de Josefina, una gran mujer y vecina ejemplar. El dúo de vecinos avanzaba en su magisterio, y ya se atrevían con serenatas a las muchachas, asunto éste que resolvían con toda solvencia. Pero el patio era también la pista de baile. Los domingos por la tarde, se baldeaba el suelo, se sacaban las sillas de anea, colocándolas junto a la pared encalada, en la que se arracimaban las macetas de geranios y clavellinas, el picú se enchufaba al portalámparas de la única bombilla que iluminaba la estancia, y al ritmo de Los Cinco Latinos, Paul Anka, Marino Marini, o Torcuato y Los Cuatro, vecinos y vecinas bailaban, intercalando algún pasodoble, o alguna canción de Pepe Blanco. Discos de cuarenta y cinco revoluciones, con dos canciones por cada cara, a los que se unían los que regalaba el coñac, Fundador, que interrumpía las canciones a la mitad, para cantar aquello de… está como nunca, el coñac que mejor sabe, Fundador…
El patio sufrió pérdidas importantes, cuando La Paca y su marido, Pepe, “El Músico”, se mudaron a Maracena, a la calle del Palo número siete. Eché mucho de menos a sus hijos, Conchita y José Manuel, mis compañeros de juegos. Su vivienda la ocupó, Antonio, “El Chiquitana”, virtuoso del acordeón, que sólo, se bastaba para animar las reuniones, que con cualquier motivo se convertían en celebración, con tan solo poner junto a las pilas de lavar, una tina grande, en la que nos bañaban a los niños, o en la que se tintaba la ropa para cambiarla de color, echándole una damajuana de vino blanco, comprado en la cercana Castañeda, frente a los hospitalicos, dos botellas de casera, unos limones partidos y un cuarto y mitad de azúcar en terrón. Cuando ya estaba todo bien disuelto, movido, pero no revuelto, se le añadían unos trozos de hielo, y con un cucharon, se iban sirviendo los vecinos en los tazones de loza, y a beber y divertirse, a los sones del acordeón. Entre los nuevos vecinos, destacaron por su simpatía, el Paco y La Rosi. Paco vino a Granada desde su Sevilla natal a conocer la Alhambra, pero una noche recaló en El Rey Chico, y se enamoró de Rosó, una canaria escultural del cuerpo de baile. Ella abandonó el espectáculo y se vino a vivir con el Paco a la casa de pasado musulmán convertida en corrala de buena vecindad. Pronto tuvieron un hijo, y el sueldo de mecánico no le daba para regresar a Sevilla, así que su padre, cada mes, en un paquete que él recogía en la Alsina. Se trataba de las piezas de una moto. Cuando al cabo de año y medio, Paco consiguió montar la moto, reunió a todos los vecinos en el patio, para que presenciaran el momento histórico de la pedalada de arranque. Después del aplauso de todos, repartieron besos, cogieron un hatillo en una sábana con las pocas pertenencias, al niño en una toquilla, la Rosi se subió con las dos piernas en un lateral, se puso un pañuelo en la cabeza, y salieron echando chispas para la Sevilla de su marido. Hay quién todavía no ha parado de llorar.
VIVO SIN VIVIR EN MÍ
VIVO SIN VIVIR EN MÍ
Tito Ortiz.-
Vivo sin vivir en mí, pero es lógico, muerto y bien incinerado como estoy, vivo, pero en ésta otra dimensión en la que sin cuerpo, la cosa se las trae. Presente en éste mundo de vivos, pero solo en espíritu, el asunto es que no tengo fuerzas ni para gritar, apenas consigo energía - y no siempre - para apagar una luz o abrir una puerta, y eso limita mucho mi presencia. Me gustaría comunicarme mas a menudo, y de propia voz, pero eso en ésta otra dimensión cuesta mucho. He muerto y sigo con cuentas pendientes. En toda una vida no he sido capaz de averiguar, donde va aparar el dinero de las quinielas, ni el de las loterias en todas sus variantes. Para mi sigue siendo una incógnita, La Real Federación Española de Fútbol, y sus presidentes, que se eternizan en el cargo, independientemente del gobierno de turno. ¿ Qué secretos de alcoba, o de cloacas, saben éstos regidores, para mantenerse en el cargo, caiga quién caiga?. Se fichan jugadores por ciento veinte millones de euros, mientras los comedores sociales están a tope, la recuperación económica no llega a los ciudadanos, la cifra de parados es varias veces millonaria, igual que la de familias, no en el umbral de la pobreza, sino en ella misma. También están los que no cobran ni una mísera prestación, y aún así, la realidad y las encuestas mantienen que el PP sacaría de nuevo mayoría en unas elecciones. Una situación de tragedia que se mantiene durante años en éste país, y la ciudadanía sigue sin reaccionar. A veces me alegro de haber muerto para no formar parte de ésta sociedad indolente, resignada y depresiva, que se conforma con ver todas las tardes, "Sálvame", y los sábados y domingos, "Que tiempo tan Feliz". En los tiempos de la dictadura, cuando se anunciaban revueltas sociales, Desde El Pardo se llamaba a TVE, y se imponía la emisión de un partido de fútbol, ahora nos dan magazines arrevistados, para que no salgamos de casa, y sobre todo para que no pensemos en nuestra pobre vida. Parece que no ha pasado el tiempo. Sumidos en el desánimo, nos da igual que gobiernen los azules o los rojos, porque eso nada cambia nuestras vidas, y el sueño de Europa ha resultado todo un fiasco, porque desde allí, se nos dice ahora en que tenemos que recortar, siempre sobre las espaldas de los ciudadanos, porque en plena crisis, lo primero que hizo el gobierno del PP fue rescatar a los bancos, que ahora tienen expléndidos beneficios, a nuestra costa, claro.
Antes de morir, no tuve el valor suficiente como para decirle a mís hijos y nietos, que ellos son la primera generación desde la guerra del treinta y seis, que vivirán peor que sus padres. ¿Puede haber algo más frustrante?. La oposición peperiana en el ayuntamiento de la capital, ha desaparecido en Agosto, pero casi es mejor, porque sentía náuseas, cada vez que tenían la desverguenza de irse a un barrio para hacerse una foto, y demandarle al alcalde socialista que arregle, con dos meses en el cargo, lo que ellos no han solucionado en doce años. ¿Se puede tener más jeta?. Han dejado un ayuntamiento en la ruina, y piden inversiones, cuando apenas hay para pagar la númina de los funcionarios, muchos de ellos distinguidos militantes y votantes del PP. Esa es la desfachatez de una clase política, que necesita cuanto antes hacer acto de presencia en la cola del paro, y no estar de vacaciones en Marbella, porque eso sí, la costa granadina no está a su altura. Ay que larga es ésta vida, que duros estos destierros.
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