miércoles, 31 de agosto de 2016

REVISTAS

REVISTAS Tito Ortiz.- Sobre todo en Corpus, pero a lo largo del año también, las compañías de revistas visitaban Granada, dejándonos los cuerpos esculturales de sus vedettes, y la gracia de unos cómicos, que han quedado para la historia. El teatro Cervantes, el Isabel La Católica, o el teatro cine Regio, acogían lo mejor de la cartelera española, en materia de revista, que por razones de la censura, en alguna ocasión había que llamarlas, comedia musical. Desde mediados del siglo XIX, España ha tenido su personalísimo music hall. La revista, con mayúsculas, donde engarzar un buen número de baile, una buena canción y un número cómico, con la gracia que solo un país que dió a luz la zarzuela, puede contener en sus creadores. La revista ha cumplido siglo y medio de existencia, sin que aún la hayamos valorizado, sin que rindamos tributo a tanto libretista, músico o artista, que nos ha hecho pasar momentos inolvidables, y que hoy están olvidados. Recuerdo con fervor aquella primera entrevista que mi redactor jefe me encargó. Estrenaba obra en el Isabel La Católica, Addy Ventura, y me tocaba suplir a Emilio Prieto, que era el crítico oficial de Patria, mientras él estaba de gira por Rusia con Pepe Tamayo y su Antología de La Zarzuela. Addy me recibió en su camerino, minutos antes de salir a escena, en albornoz y maquillándose. Nunca había estado ante una mujer de aquel tamaño, y con tan poca ropa. Creo que más que decir mís preguntas, las balbuceaba, menos mal que pronto nos interrumpió el cómico, Luis Cuenca, para decir que ya era la hora, de lo contrario me hubiera desmayado allí mismo. Addy era una mujer de armas tomar, con un encanto personal que pocas veces he encontrado. Pili se va a la Mili, con Ángel de Andrés, era la obra, y recuerdo que me lo pasé pipa entre bambalinas. Florinda Chico, que se vestía en Granada, Queta Claver, Tania Doris, Silvia Gambino, y tantas otras herederas de la gran Celia Gámez, lucían su palmito en el escenario con la gracia y el picante, que solo ésta tierra da para el género. Mary Santpere, Lina Morgan o Gracita Morales, eran vedettes, pero con la comicidad en las venas, que eso no lo han tenido muchas, y a fin de cuentas, más que el palmito - que también - en la revista, la risa es la que cuenta. Aunque Pajares y Esteso, han sido de los últimos, pero la lista de cómicos de revista española es inagotable. Yo no me he reído más que con, Zorí, Santos y Codeso, en el Regio, cuando me llevaron mís padres a ver, Un, dos tres, cásate otra vez. O aquella vez que los ví en Madrid junto a Lina Morgan y Esperanza Roy, en La Señora es el Señor. Un astro de la escena como José Sazatornil. Saza, también gozó de la popularidad por sus estraordinarias apariciones en la revista española, por ejemplo, junto a Concha Velasco, en Dígame. Y en Granada cosechó éxitos clamorosos, con esa bis cómica que solo los elegidos poseen. Alfonso del Real, Kin y Kiko, Franz Johan, Gustavo Ré, Alady, Los hermanos Caltrava, Herta frankel con sus marionetas, que después llevaría a la televisión, Antonio Riquelme, Corita Viamonte, Roberto Rey, Wenceslao Moreno con su buho, y tantos ilustres de la revista, aún hoy por reconocer. A veces en Corpus, la competencia era dura, y había que echarle unos días a la revista porque, coincidían en varios teatros, incluídos El Chino del ferial. Manolita Chen era toda una vedette, que cada año traía a Granada lo mejor de su repertorio, arropada por cómicos de la talla de, Juanito Navarro. Quique Camoiras, podía recorrer el escenario en una obra unas cien veces, y en cada una de ellas, soltaba un chiste para desternillarte. Él era otro de los elegidos para este arte musical, de puro divertimento, tan del agrado de la España de la época. Tito Medrano fue un portento, junto con Antonio Casal o Toni Leblanc. Éste último llevó al cine la famosa revista, El Sobre Verde, junto a Esperanza Roy. Se estrenó en el Madrigal, en la carrera de La Virgen, y todavía recuerdo, las colas para entrar que llegaban a la basílica de La Patrona. Creo que mí generación y alguna anterior, le debe un sentido homenaje a la revista española, cuna de tantos artistas que después han triunfado en otras parcelas más aclamadas por la crítica oficial, pero que sin embargo, no han necesitado de la espontaneidad y el rigor interpretativo de un/a artista de revista. Mamá, quiero ser artista.

martes, 30 de agosto de 2016

SERVICIO SOCIAL

SERVICIO SOCIAL Titop Ortiz.- Algunos jóvenes pueden no haberlo escuchado de sus mayores, sobre todo si son votantes del PP, pero hubo un tiempo en que la mujer, era un ser de segunda clase en éste país. Y de eso no hace tanto tiempo. En los años setenta del siglo pasado, una mujer no se podía abrir una cuenta corriente en un banco, sino era autorizada por su padre o por su marido. Le estaba prohibido votar, y si quería sacarse el carnet de conducir, tenía que hacer un curso en la Sección Femenina. El Servicio Social. También se le pedía para ingresar en la Universidad, para opositar, y hasta para respirar. La Sección Femenina, emanante de la Falange de José Antonio Primo de Rivera, que nada tenía que ver con la que después manipuló el general Franco a su imagen y semejanza, sujetaba y adiestraba a la dama española, para que sirviera al Régimen y a los postulados de la iglesia instituída, muy amiga del general bajito del Ferrol. De Franco siempre se dijo, que había dejado que los republicanos fusilaran a José Antonilo en Alicante, para así no tener obstáculos de liderazgos posteriores. Éste asunto está demostrado, lo mismo que luego intentó grangearse la lealtad de los/as falangistas, a base de cargos y prevendas. Con la Sección Femenina lo tuvo claro. Nombró responsable a la hermana de José Antonio, y así calló muchas bocas. Pilar Primo de Rivera, cogió las riendas de la mujer española, y la metió en la senda de lo provechoso para Franco y la Iglesia de Pío XII. Con la Sección Femenina, Franco adiestraba a la mujer española, y con Educación y Descanso, la enseñaba a bailar para las galas anuales. Así todas entretenidas, no tenían tiempo de pensar en otras cosas, que no fueran los resultados del Glorioso Alzamiento Militar, según, algunas miembras distinguidas del partito popular granadino. El nacional catolicismo, con la reina católica y santa Teresa como imágenes a venerar, eran los horizontes a conseguir por un movimiento nacido para tener a la mujer atada y bien atada. La "Guía de la Buena Esposa", fue publicada en 1953 para decirle a la mujer patria como debía comportarse. Contenía once reglas para hacer feliz a su marido de forma que fuera la mujer que él siempre soñó. Ten lista la cena para su llegada a casa, descansa cinco minutos antes de que él llegue para que te encuentre reluciente, se dulce e interesante, una de tus obligaciones es distraerlo. Arregla tu casa, debe lucir impecable. Hazlo sentir en el paraíso. Y así, hasta desgranar toda una serie de normas, en las que la mujer era la esclava que recibía a su marido con una sonrisa de oreja a oreja, y todo listo. "Si tu marido te pide prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes". "Si él siente la necesidad de dormir, no le presiones o estimules la intimidad". "Si sugiere la unión, accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que haya podido experimentar". Entre 1934 y 1977, la Sección Femenina de la Falange adoctrinó a las españolas para cercenarles cualquier deseo de emancipación o rebeldía y cualquier otro deseo (sobre todo ése). Gracias a Falange, las mujeres van a ser más limpias, los niños más sanos, los pueblos más alegres y las casas más claras". "Todos los días deberíamos de dar gracias a Dios por habernos privado a la mayoría de las mujeres del don de la palabra, porque si lo tuviéramos, quién sabe si caeríamos en la vanidad de exhibirlo en las plazas". Las mujeres nunca descubren nada; les falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles". La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o disimular- no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse". éstas eran frases de doña Pilar, como la llamaban, y durante cuarenta años, su ideario. Así que no es de estrañar, que para acceder a unas oposiciones, o para sacarse el carnet de conducir, por ejemplo, las mujeres de mí época tuvieran que sacarse un título en la Sección Femenina, en el que aprendían como cocinar para su marido, a confeccionar una canastilla de ropa para cuando fueran madres, y otras lindezas de la época. Se le denominaba algo así, como el servicio militar de las mujeres.Durante tres meses cursaban una serie de materias teóricas, que pondrían en práctica en centros asistenciales, talleres o escuelas de hogar. Las estudiantes convalidaban la primera parte, debiendo realizar la célebre “canastilla” del bebé para su entrega a madres necesitadas. No obstante, un servicio ideado durante la guerra para suplir la mano de obra en hospitales o comedores del Auxilio Social, se prorrogó por el Decreto de 18 de diciembre de 1940 hasta el final de la dictadura. Se que ésto puede parecer de otro país subdesarrollado, o del nuestro en las antípodas, pero lo que cuento ocurría en los años setenta pasados. No es una historia de terror, es la realidad de nuestra tierra, que desgraciadamente ha sido olvidada muy pronto. Y ya se sabe, el pueblo que olvida su historia, posiblemente esté obligado a repetirla. De un tiempo a ésta parte, observo cierto conformismo en los movimientos de la mujer, que tanto han luchado para estar donde están, que por cierto, no es el sitió que aún les corresponde. En igualdad, estamos a mitad del camino, con terribles signos de involución. Ojo al Cristo, que es de palo.

lunes, 29 de agosto de 2016

ALGARROBAS

ALGARROBAS Tito Ortiz.- ¡El niño tiene diarrea ! Corre a por algarrobas. Y ante el grito, había que salir rápido hasta encontrar un algarrobo y arrancarle un puñado de sus vaínas de color negro rojizo. Las algarrobas fueron remedio y golosina de los pobres, en aquellos años cincuenta en lo que todo era tan escaso y caro. Había que agudizar la imaginación. Y lo mismo que cuando el niño estaba extreñido, se le metía por el ano, una hoja de geranio por la parte del tallo, y el atasco estaba resuelto, cuando el organismo producía lo contrario, la solución estaba en las algarrobas. Si el niño era zagalón, se le quitaban las pepitas interiores y se le decía que a bocado limpio. Si era más pequeño, se trituraba la algarroba en el mortero, y aquella arina se le daba a cucharadas, con sorbos pequeños de agua. La algarroba fue en muchas ocasiones golosina de premio por haber hecho algo bien, incluso, sustituyó durante años, al Colacao. No pocas madres las trituraban por la noche, las metían en un una lata vieja, y por las mañanas se las daban diciéndoles que era el que anunciaba la radio con aquella canción de... Es el colacao desayunos y meriendas, lo toma el futbolista para entrar goles, también lo toman los buenos nadadores. Si lo toma el ciclista se hace el amo de la pista, y si es el boxeador, pon, pon, pon, boxea que es un primor. es el col... Después con el tiempo salió una competencia llamada, Toddy, pero no había color, el sabor del Colacao, era muy especial y muy difícil de imitar. Volviendo al asunto de las algarrobas contra la diarrea, había que tener mucho cuidado, porque como el sabor era agradable, si te pasabas en la dosis, corrías el riesgo de producirte un atranque, que luego hacía necesaria la lavativa. El asunto es que había que ser un experto en saber que algarrobo era bueno y cual no, porque había otra clase de algarrobas, a las que llamaban "locas", que si te las comías, pues eso, que te volvías majareta, o al menos eso decían. Ocurría lo mismo con un tipo de castañas. Por ejemplo, unas que se criaban en los bosques de la Alhambra, los guardas del recinto, con su escarapela en el sombrero y su bandolera blanca, te decían que no se te ocurriera echártelas a la boca, porque o te volvías tonto, o palmabas. Pasaba algo así como con las setas, que más de uno se ha ído al otro barrio, por no saber distinguir la venenosa, de la que está de muerte en la sartén, con ajo y perejil. La algarroba además de haber quitado muchas hambres después de la guerra, resultaba ser un alimento ideal para mucha clase de animales, aparte del hombre. De hecho, se recomendaba a las recién paridas, por sus propiedades para convertir la leche materna, en un alimento completo para los bebés. Los curanderos la mandan comer para combatir los cálculos en el riñón, para la buena circulación de la sangre, y para retrasar el envejecimiento. No era extraño, que en algunos puestos de chucherías, el hombre tuviera a mano una talega llena de algarrobas, que vendía al módico precio de una perragorda la unidad. Se decía que si comías muchas algarrobas, nunca te quedarías calvo. Eso sí, había que cogerlas de algarrobos cuanto más viejos mejor, porque el árbol no da su fruto hasta pasados ocho años, por eso que se valoraran más, las procedentes de los más vejetes. Aunque algunos historiadores mantienen, que es la algarroba la precursora del quilate, la verdad es que también ha servido de trueque. Aquellos viejos traperos que iban por las casas, con un enorme atillo a la espalda, pidiendo la ropa vieja, usada o la que ya no te ponías, solían darte a cambio, dependiendo de las prendas que le entregaras, una taza, un plato, un tazón para el café de malta migado por la mañana. Y bien por si lo que le entregabas era de poca cuantía, o para completar la loza ofrecida, solían tirar de algarrobas, sobre todo si había niños delante, porque sabían que nos tirábamos a por ellas con los ojos cerrados. El truco estaba en cuando estaban a mitad del trato, decirle a la mujer: Venga señora, entre y rebusque por los armarios no se vaya usted a dejar ahí algo que no le sirva, que ya hasta dentro de dos meses no vuelvo. Entonces cuando se quedaban a solas con los niños, sacaban una algarroba para cada uno, y aquello forzaba la tasación a la baja, porque ya la mujer no se echaba atrás, viendo a los críos tan contentos, y con los labios enmarronados de masticar tan preciado fruto. Un viejo truco de trapero avezado, cuyo comer dependía del trato ventajoso que sacara de cada casa, llevándose la ropa vieja. También fue el pago muchas veces para los engrasadores. Aquellos hombres de humildísima condición, que portaban una lata llena de un aceite negruzco, y que atada a una caña, llevaban una brocha, para engrasar las vías de las persianas metálicas de los cierres comerciales. En no pocas ocasiones, lejos de unos céntimos o una peseta, su pago era un puñado de algarrobas, que guardaban con primor hasta llegar a casa. Seguiría escribiendo de la algarroba y sus parabienes, pero es que... me ha dado un apretón.

domingo, 28 de agosto de 2016

MANTILLO PARA LAS MACETAS

MANTILLO PARA LAS MACETAS Tito Ortiz.- Aquel hombre portaba una gran talega a la espalda y un saco no menor en la mano. Su pregón era silple:¡Mantillo para las macetas!. No decía más. Se ponía la mano abierta en un lateral de loa cara, como queriendo alejar más lejos con la voz, y repetía lo de mantillo para las macetas. Las mujeres se somaban a las ventanas, y le decían que parara. Pronto tenía al rededor a media docena que le preguntaban a cerca de, la mejor época para plantar los geranios gitanos, con que frecuencia había que regar las pilistras, si eran de exterior o se podían meter en casa. Si las petunias necesitaban muchos cuidados, o los claveles se podían tener en el balcón. Aquel hombre era una auténtica enciclopedia de las mecetas, no había pregunta que el no supiera, y a la que no añadiera tres o cuatro consejos más, en la misma dirección. Yo cuando oía su pregón, siempre pensaba que, donde llevaría el mantón pequeño para las macetas. Lo de mantillo me sonaba a mantón pequeño, como el de mi abuela, que lo llamaba toquilla, y no se separaba del en todo el invierno. No podía imaginarme que el mantillo dichoso era estiércol, abono que llevaba en el saco, para echarlo a la tierra de las plantas, y que éstas crecieran con mayor brío. Por eso cuando abría la arpillera para echar unos cazos en el cubo que la vecina había bajado, aquello olía a perros muertos, pero ellas decían que cuanto peor era el olor que desprendía, más era su pontencia energética, así que venga mantillo para las mecetas. Aquel hombre vendía también semillas de flores de todas clases, que había que sembrar en la época que él decía y aguardar su brote. En la talega portaba tiestos de barro para macetas, de todos los tamaños, y colores. Unos eran de barro blanco como el botijo de casa, otros de barro colorado como el botijo del vecino, y luego llevaba la estrella de la corona. Solo unos pocos, pero esmaltados con dibujos de Fajalauza, esos eran muy codiciados por las vecinas, pero pocas se podían permitir pagar lo que valían, solo unas cuantas privilegiadas. Con un amocafre que sacaba del saco, les daba lecciones prácticas de como remover la tierra dura de un tiesto, o a que disntancia debían enterrar las semillas para que luego florecieran. Y apara las que querían que el balcón luciera formidable y fuera la envidia de la vecindad, ofrecía un artilugio que permitía no esconder las macetas en el suelo sino auparlas a mayor protagonismo. Vendía una especie de aros de alambre gordo, que no estaban cerrados del todo, y que por su parte distal, los extremos se doblaban hacía abajo como unos cuatro centímetros, los suficientes para que se pudieran ajustar a la baranda, colgar la maceta en el hueco, y que las flores pendieran como banderolas por el artesonado de la balconada. Todo un prodigio de la decoración entonces. Vendía también lo que yo llamaba como pequeñas cebollas o patatillas, pero en realidad eran los cepellones, o los bulbos de algunas flores. A mí me gustaban especialmente los de los nardos, pero había que esperar mucho a que florecieran, dependiendo de la época del año que los plantaras. Con el tiempo, las mujeres fueron aprendiendo mucho de macetas y flores, y cada vez le hacían preguntas más comprometidas al hombre del mantillo. El asunto fue, que por aquel entonces, comenzó a aparecer por la radio y también por la televisión, un cura, que sabía de macetas y flores más que Matusalém. El padre Mundina, tenía el secreto del cultivo de la flor y sus misterios, y los divulgaba en sus programas, con tal poder de convocatoria, que muchas mujeres a la hora de su programa, y como no tenían televisión, se iban a casa de la única vecina del barrio que la tenía, y allí había hasta quién se llevaba un papel y un lápiz para tomar nota de todo lo que decía, Vicente Mundina Balaguer, perteneciente a la Congregación de Hijos de La Sagrada Familia, para el que las flores no tienen secreto. Posiblemente, el padre Mundina, es el primer defensor de la naturaleza que vimos en la televisión, con su amor por las plantas, como Félix Rodríguez de La Fuente, fue el primer divulgador de los animales. El padre Mundina destacaba en la radio y en la televisión por su pedagogía al alcance de todos, de tal manera que su sapiencia, llegaba al mundo en general, por su manera de comunicar el amor a las plantas. Por eso, las vecinas ponían ya en algún aprieto que otro al bueno del vendedor de mantillo a domicilio, que autodidacta en su formación y de lenguaje escueto, sin saberlo, competía ya con la era de la comunicación, que estaba a la vuelta de la esquina.

sábado, 27 de agosto de 2016

SE ARRECORTAN Y SE ATIRANTAN LAS COLCHONETAS

SE ATIRANTAN Y SE ARRECORTAN LAS COLCHONETAS Tito Ortiz.- Aquella viejas colchonetas que sujetaban el colchón a la cama, eran unos artilugios artesanales de poca resistencia. Consistían en una malla formada por alambre rizado, en bucles individuales, que teóricamente debían soportar, no sólo el colchón, sino a las personas que durmieran en el. Y eso, dependiendo del peso y la estatura de los durmientes, tenía una repercusión sobre el sucesivo abombamiento descendente de la colchoneta, que en no pocas ocasiones, llegaba a descansar sobre el mismo suelo. Había varios factores: En aquel tiempo, los colchones eran de farfolla, los más, y aquellas hojas secas de las panojas de maiz - en albaycinero, panochas - pesaban poco, pero pronto se hacían con la forma del cuerpo que descansaba, de tal forma que con el tiempo, te metías en la cama, y desaparecías engullido por el, como en una película de, Freddy Krueger. Nosotros lo teníamos de borra, una lana de mala calidad con otros desperdicios vegetales, que cuando tenías que mullirlo, te dejaba los brazos baldados para varios días. Había quién a éste relleno, le echaba virutas de corcho, que aunque encarecía el producto, parecía mejor, no sé por qué. Y luego, los pudientes, tenían el colchón relleno de lana, pero de lana de verdad, madejas de lana blanca, que hacían que el descanso supiera a poco, mientras que en los otros colchones, por la mañana te levantabas como si te hubieran dado una paliza. Pues la borra, pesaba, y por lo tanto, la colchoneta sufría más, hasta que los alambres rizados iban cediendo, y tu ibas bajando hasta tocar el suelo con la espalda. Esto también dependía del uso que se le diera a la cama. No era lo mismo la cama de una viuda de cierta edad, que la de un matrimonio joven en edad de procrear. Porque sabido es por los de entonces, que una pareja que hiciera regularmente uso del tálamo, con el ejercicio del débito conyugal, hacía mayor presión y con mayor frecuencia sobre la colchoneta, con lo cual, la distensión de los flacuchos muelles, era moneda de uso corriente. Éstas eran las familias que estaban más pendientes de oir el pregón: ¡Se atirantan y se arrecortan las colchonetas! y en cuanto el hombre pasaba bajo el balcón, se le llamaba para que realizara su trabajo. Aquel menesteroso, llevaba una arquilla con todo tipo de herramientas, en especial las que cortaban alambre, cuyo rollo también portaba el operario. Con la destreza de un manitas, el hombre despojaba la cama de toda su vestimenta, hasta llegar a la colchoneta, la sacaba del cajillo que la soportaba junto a los largueros, y comenzaba la acción. Soltaba los alambres rizados de la malla por un extremo, y con habilidad inusitada, los hacía girar sobre la varilla que los sujetaba, hasta poner tersa de nuevo la pelambrera metálica, que dependiendo de lo que hubiera cedido, dejaba las vueltas anilladas a la vara, y si la distención había sido sublime, "arrecortaba" el sobrante con una tijera especial para alambre y hojalata, enrollando en dobladillo el material justo, para dejar el tejido metálico terso y duro, como para aguantar otra temporada de trote en la cama, que por eso las madres nos tenían prohibidísimo saltar en la cama, para que la colchoneta durara más tiempo, sin abombarse y dar con el suelo. Aquellas maniobras propias del verano, se aprovechaban para lavar el relleno del colchón. La borra o la lana, se metían en la pila de lavar con un puñado de Pubilla, y se frotaba hasta dejarla como un jaspe. Los que no habían alcanzado las cotas de la modernidad con aquel detergente en polvo, lo hacían como siempre, con escamas de jabón Lagarto, y si lo que había en casa, era el jabón del que hacíamos nosotros con el aceite sobrante de las comidas, y sosa caústica, pues lo rayábamos y a la borra para frotar. Lo peor venía cuando había que poner a secar al Sol todo el contenido del colchón. Había que extenderlo bien para que no se apelmazara, y a veces eran necesarios dos días del astro sobre la borra, para conseguir que se secara del todo, y luego a meterla en el colchón y volver a coser el extremo abierto con una aguja colchonera, especial para la arpillera. Lo bueno venía a la noche siguiente, cuando te metías en la cama, con el colchón limpio y la colchoneta tiesa como una mesa de responsos, aquella primera noche era para recordar, entre otras cosas porque a partir de ella, comenzaba la cuenta atrás para que de nuevo estuviéramos pendientes del pregón: ¡Se atirantan y se arrecortan las colchonetas!

viernes, 26 de agosto de 2016

LA RADIO

LA RADIO Tito Ortiz.- Los niños y niñas de los cincuenta, tenemos una deuda eterna con el cuadro de actores de Radio Madrid. La televisión no había llegado a casa, y lo que es peor, ni se le esperaba. Nuesta única distracción y la de toda la familia, era la radio. Aquel mueble de madera barnizada, con una rejilla dorada que ocultaba el altavoz y sus tripas. Unas lámparas que tardaban una eternidad en dar sonido, desde que la conectabas hasta que oías algo. Dos frecuencias: Onda Media y Onda Corta, eran todas nuestras posibilidades, y hasta las doce de la noche, porque a esa hora, sonaba el himno nacional y se acabó lo que se daba hasta la mañana siguiente. El parte, osea, el Diario Hablado de Radio Nacional de España, a las catorce treinta y a las 22 horas, era la única posibilidad de saber que pasaba en el mundo, porque si querías saber de verdad que pasaba en España, había que utilizar una antena de gusanilllo en el balcón, y tratar de sintonizar, Radio Pirenáica, Radio Andorra, o Radio París, que eran las únicas que de verdad te decían lo que pasaba aquí, pero si te pilllaban oyéndolas, te encarcelaban por no ser afecto al Régimen. Así que oír la radio era una ceremonia familiar, que sucedía todos los días junto a la mesa de camilla. Mí Marconi, tenía un torero y una gitana, sobre un tapete de croché que había hecho con primor mí tía Loli. Por la tarde a eso de la hora de la sobremesa, escuhábamos sin rechistar, "Ama Rosa", con aquel guión envidiable de Guillermo Sautier Casaseca, con las voces de Rafael Barón, Juana Ginzo, Joaquín Peláez, y Matilde Vilariño, Pedro Pablo Ayuso y Matilde Conesa, entre otros. "Lucesita", marcó una época, en las radionovelas, como Simplemente María, pero que decir de aquel concurso que conducía, Juan de Toro, llamado, Caja o Dinero, que patrocinado por Avecren, Gallina Blanca, te permitía llevarte hasta un seiscientos. Los jueves por la noche todos llorábamos junto a la radio al escuchar a, Alberto Oliveras, en su programa, Ustedes son Formidables, en el que pedía la colaboración económica para infinidad de casos extremos de pobreza o desgracias, como el incendio en el asilo de Pola de Siero, que dejó a los ancianos en la calle sin techo. En casa seguimos con pasión, la eternidad de capítulos en que se contó la vida de "Fray Escoba", aquel Fray Martín de Porres, al que se le llegó a ver en dos sitios a la vez, a muchos kilómetros de distancia. Nos desternillábamos con las aventuras de, Matilde, Perico y Periquín, que siempre terminaban con una trastada del niño. Y en los últimos tiempos, nos encandilábamos con, La Saga de Los Porretas. Años atrás habíamos sido devotos de, Cabalgata Fin de Semana, con Bobby Deglané, y de la voz de José luís Pécker. La radio era nuestro escape de la realidad cotidiana, tan triste y llena de carencias de todo tipo. La radio nos evadía durante unos minutos, nos transportaba a un mundo de ilusión, de fantasía. La radio, esa que trasmitía el Ángelus a las doce en punto del medio día, el santo rosario a las seis de la tarde, y la misa de diez los domingos, para los enfermos que no podían ir a la iglesia, esa radio, nos hacía participar de un buen teatro, o de crímenes inimaginables como los que se narraban todas las semanas en, El Criminal Nunca Gana, cuyos guiones salían de las mentes de los hermanos, Baylos. Inspectores de Trabajo durante el día, y expléndidos guionistas de radio por las noches. Unas noches llenas de crímenes y sobresaltos, hasta dar con el asesino, que serían motivo de conversación con los vecinos al día siguiente. Igual que las intervenciones graciosas de, Mariy Sancpere, en Radio Peninsular. Noches de carcajadas, con las 22 voces distintas que un artista de la radio irrepetible hasta ahora como, Pepe Iglesias, El Zorro, nos hacía pasar, con textos propios que él solo interpretaba. La radio es el único medio de comunicación, que te permite imaginar, a través solo de una voz. Luego, con los años, la radio comenzó a padecer una enfermedad, la "informatitis", y se hizo más seria, con rictus de malafollá permanente. Para compensar, se inventaron las emisoras musicales, pero no es suficiente. La radio debe recuperar su faceta de entretenimiento, y culturizar al oyente. Muchos supimos lo que era el teatro, muchos años antes de pisar un patio de butacas. Eso se lo debemos a la radio, entre otras muchas cosas.

jueves, 25 de agosto de 2016

DONDE HABITAN LAS MANOLAS

DONDE HABITAN LAS MANOLA Tito Ortiz.- Salpicadas al tresbolillo por la calle de Elvira, donde habitan las manolas, las que suben a la Alhambra, las tres o las cuatro solas, existían en mi infancia y adolescencia, unas tiendas muy especiales. Colgadas en la puerta que hacía de escaparate, pares de botas militares, reglamentarias del ejército español, junto con las de lona de hacer deporte en la milicia. Racimos de cantimploras, fundas para las ballonetas, llamadas, Tahalí, correajes de gala y de faena, gorras, cascos, petates, camisas, guerreras, de granito para el uniforme de paseo y para el de maniobras. En realidad se podía decir que de allí, si entrabas desnudo, salías vestido de uniforme para la mili, reglamentariamente, incluidos los galones si los tenías y los rombos de las armas a las que petenecías. El mío era una torre. Yo fuí voluntario al servicio porque de ésta forma podías hacer la mili en tu lugar de residencia, y así no perder el trabajo, con el consabido pase de pernocta. El campamento también lo hacías lo más cerca posible, así que yo estuve en el CIR número cinco, compañía 18, del quinto batallón, con el número 318. O sea que me raspé de septiembre a diciembre, en Viator, donde ahora está la legión. Si pasábamos sed, que para afeitarnos, comprábamos en la cantina una Casera. Cuando te enjabonabas con las burbujillas y luego te pasabas la cuchilla, se te quedaba la cara como la de un indio, parecía un pergamino tieso, tal vez por la sacarina de la gaseosa. El agua era un bien preciado en la tierra almeriense, aquel todavía verano de 1971. Juré bandera el 19 de Diciembre, y el 21, un tren que tardó sólo nueve horas, nos trajo a la estación de Andaluces. Formamos en el andén, y en columna de a trés, a paso de maniobra, subimos hasta el cuartel de Ingenieros, junto al Cordoba 10. Me tocó en la compañía de Zapadores, donde pronto hice un curso en el campamento Álvarez Moscoso de El Padul, y me especialicé en explosivos, también me hice tirador selecto, copitiendo en los campeonatos de la novena región militar que se celebraban en Las Conejeras, a las órdenes del Brigada Moya, que nos enseñó todo lo que se tiene que saber sobre cualquier arma que dispare balas. Todos los años quedábamos los segundos, detrás de la legión, que venía de Melilla, pero competíamos casi cuarenta grupos, así que la cosa siempre era de felicitaciones, porque con la legión no había quién pudiera. La noche del 21 de Diciembre, cometí un error de recluta recién llegado al cuartel de los veteranos. Protagonicé el acto de entrar a la cantina, - atestada de perros viejos, con más mili que cascorro- , con la gorra de faena puesta. Fue visto y no visto. Al instante, sentí como una mano por detrás me arrebataba la gorra, cuando me volví, ni rastro de la gorra, ni del listillo que a punto de licenciarse, tenía que entregar toda la ropa, y le faltaba eso, mi gorra. Y claro, el artista no quería pasar por las tiendas de la calle de Elvira a comprársela. ?Para qué?, si había llegado el despistado de Tito Ortiz, con una flamante, recién estrenada. El que si fue a la calle de Elvira al día siguiente fui yo. Siete pesetas me costó una más vieja que la mía, pero que me hacía salir del paso. Por fín entré en una de aquellas tiendas en la que si querías, salías vestido para la guerra a falta de la pistola o el fusil,no tenías más que comprarlo, y de paso, charlé con el dueño, hombre tosco y arisco, que por supuesto no sospechaba que yo fuera aprendiz de periodista en Patria y La Hoja del Lunes, o hiciera mís primeras armas de locutor en la cercana Radio Popular. La venta de todo aquello estaba prohibida. La compra también. Todo era material del Ejército español. Averigué que el compraba las prendas a soldados que ya se habían licenciado, con lo cual creía estar a salvo. Las vendía a otros soldados que las habían perdido o roto, o como era micaso, me la habían robado. Pero denunciar a un superior que te han robado algo durante el servicio militar, era buscarte problemas, porque en el ejército nadie robaba. Las cosas se perdían y san se acabó. Con el tiempo, supe que muchos soldados, sobre todo, los de fuera que no tenían suficiente con los siete duros que nos pagaban cada mes, tangaban prendas a los compañeros en los cuarteles, que luego vendían como suyas en las tiendas de la calle Elvira, y sacaban unas pesetas para tabaco. Lo extraño era, que el cabo furriel hacía inventario de existencias cada pocos meses, y su inventario era modélico, en el almacén del cuartel no faltaba nada. En las compañías se hacía revisión de taquillas por sorpresa, y todos presentábamos nuestro ajuar completo, entonces como estaban las tiendas de la calle Elvira hasta arriba de género. Era un negocio ilegal a ojos de todos, la cosa más incomprensible del mundo, y por la calle Elvira pasaban mandos militares como por cualquier otra, es más, algunos vivían allí. Había varias tiendas que eran como los grandes almacenes del ejército, y eso estaba prohibido. Los electricistas se compraban un tahalí para llevar sus herramientas colgadas de la correa, y aquello era un componente del uniforme militar, que se mostraba con total soltura, a los ojos de todos. Allí entontrabas desde un gorro militar cuartelero de barco, también llamado de plátano, hasta un casco de acero para el frente, y todo era normal. Cuando me licencié, entregué al cabo furriel, todo mi ajuar militar, y además, un correaje especial que en unas maniobras me dieron, para llevar las bombas de mano colgadas en el pecho. Nadie me lo había reclamado en casi dos años que me tiré marcando el caquí. Eso sí, por las tardes iba a mi trabajo, y por las noches, dormía en mí cama. eso no está pagado con nada, cuando hablamos de la mili de aquellos años. Dices tu de mili...