viernes, 31 de agosto de 2018

RAFAEL FERNÁNDEZ-PÍÑAR Y AFÁN DE RIVERA

RAFAEL FERNÁNDEZ-PÍÑAR Y AFÁN DE RIVERA Tito Ortiz.- Entornaba sus ojos claros para mirar los tuyos, con un mensaje limpio y directo. El mensaje iba envuelto en un tono de voz bajo y pausado. Con educación victoriana, mi amigo Rafael, nacido en alta cuna, dedicó su vida a luchar por los que más lo necesitaban, bien con el ejercicio del derecho a los trabajadores, o por la cultura de esta ciudad, que lo sigue echando de menos. Él conducía una moto de gran cilindrada japonesa, y yo otra alemana de casi media tonelada. Coincidimos aquel día parados en un semáforo de la Gran Vía, y me dijo: ¿Pero dónde vas con ese hierro? Se refería a mi moto, como una pesada, en comparación con la suya que más ligera, corría más y contaba con mayor “reprís”, o menor tiempo de aceleración. Nos apeamos, tomamos café, y la conversación entre dos veteranos moteros, fue como no podía ser de otra manera, de los cilindros al embrague, pasando por la distancia de frenada, ancho de neumáticos, velocidad par y estabilidad. Él podía tumbarse más en las curvas, yo no tanto, y la salida una vez trazada era más rápida en la suya. Nunca pudo convencerme, solo consiguió que me cambiara a Triumph, donde acabé mi vida de motero, después de pasar por siete modelos distintos. Aprovechamos – ya que estábamos puestos – para darle un repaso a la ciudad, intercambiar ideas, y nos despedimos después de que yo hubiera aceptado, ser miembro del jurado del concurso de carnavales en el Palacio de Congresos, junto al poeta, Javier Egea, (Quisquete) el activista vecinal y cultural del Zaidín, Isidro Olgoso, y algunos amigos más. UNA VIDA EJEMPLAR Rafa Píñar, como le llamábamos los amigos, era un militante comunista de vocación, con un sentido de la amistad y de la solidaridad a prueba de bombas. Con la toga, defendía en los tribunales a los que él sabía que no tenían para pagarle la minuta, en una Granada que, de la dictadura a la transición, se vio convulsionada por constantes y justas reivindicaciones de los obreros, decenas de años marginados y explotados. Llegó al Senado por la comunidad autónoma y fue diputado del Parlamento andaluz. Fernández-Píñar había sido durante los años ochenta, uno de los principales líderes del Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista (PTE-UC) de Santiago Carrillo. Durante su gestión como concejal de Cultura, en las listas del PSOE como independiente, reforzó la presencia municipal en el Festival Internacional de Música y Danza. Su último acto como concejal, precisamente, fue la presentación, el 10 de junio de 1995, del pregón de las fiestas del Corpus Christi, a cargo del escritor libanés Amín Maalouf, autor de “León el Africano”. Rafael fue también, uno de los principales artífices en la reconciliación de Granada, con la familia de García Lorca tras décadas de disputas en tomo a la figura del poeta. Su generosidad sin límites propició ese acercamiento, pues no hay que olvidar, que, durante varias décadas, la familia de Federico prohibió, entre otras cosas, que sus obras se representaran en Granada. SIN PERDER LA PERSPECTIVA Rafa, perteneció en el Senado a las comisiones de, Justicia, Trabajo, Suplicatorios y la Especial de Investigación, sobre los trabajadores españoles emigrados en Europa, le preocupaba especialmente, la estabilidad de éstos últimos, y el régimen de sus pensiones al volver a España. Su pertenencia a Comisiones Obreras, no era una militancia vacua, todo lo contario, desde los asesinatos de sus compañeros laboralistas en Atocha, él había reforzado su vocación y militancia, siempre con la mesura y el diálogo más exquisitos, lo que le diferenciaba de otros líderes de la izquierda política y sindical de la transición, que incluso presumían de su catetez, incultura y rudo proceder, para así aparentar que eran más de izquierdas, que quién hablaba desde la educación. Sin levantar la voz, y de traje y corbata, Rafael Carlos Fernández-Píñar y Afán de Rivera, era esa persona coherente con sus ideas, que no renunciaba a sus planteamientos éticos, que siempre defendió al ser humano por encima de todo, demostrando que, para llegar hasta allí, no había que llevar alpargatas rotas, vaqueros deshilachados, y camisas sudadas de semanas. Sin duda era el gentleman de la izquierda política y sindical de Granada, cuyo sector facha e involucionista, nunca le perdonó que, habiendo nacido en alta cuna, se hubiera convertido en azote de conservadores recalcitrantes, impermeables a la libertad y la democracia. Después de conceder los premios del concurso de carnaval, nos fuimos a tomar algo al cercano Pub El Bajel, en Sos del rey Católico. Cuando vieron entrar a “Quisquete” con una chilaba, hablando en árabe con Rafa, casi no nos sirven. Intercedió por nosotros una líder local del partido popular que vivía encima. Mujer de mucho carácter y amabilidad, se unió al grupo, y entre risas y coplillas carnavaleras, salimos de allí cuando el sol nos daba en la cara. Rafa Píñar, que sepas que voy tras de ti, deseando alcanzarte en la próxima curva, amigo.

jueves, 30 de agosto de 2018

DOÑA PEPITA BUSTAMANTE

DOÑA PEPITA BUSTAMANTE Tito Ortiz.- A su virtuosismo como pianista, unía unas dotes extraordinarias para la docencia, y un trato humano con sus alumnos, que le rendían respeto y admiración por igual. En tiempos de un debilitado Conservatorio, fue el apoyo imprescindible para lanzar carreras pianísticas de notable trayectoria. Me contaban sus alumnos, que doña Pepita, como se la conocía popularmente, de haber querido salir de Granada, hubiera conseguido un prestigio internacional notorio, no solo como concertista, sino, como profesora de piano. Había en ella, una simpatía, un rigor y una humanidad, que no era frecuente encontrar en otros profesores, que tenían la enseñanza del instrumento por castigo, al no haber alcanzado reconocimiento a su labor interpretativa. Pero éste no era el caso de doña Pepita Bustamante, que asombraba a todos por sus enormes cualidades, que no dudó nunca en sacrificar, por su amor a la tierra alhambreña y a su familia. Un entorno que le daba sentido a su vida, y por el cual sacrificó una trayectoria de mayores vuelos, bien segura, pero su vida privada tiró siempre más, y para suerte nuestra, se quedó aquí, abriendo teclados, mentes y caminos, a una juventud estudiosa que veía en ella un referente a imitar y perseguir. MAGNO HOMENAJE Corría el invierno de 1979, cuando Dámaso García Alonso, alma máter de Juventudes Musicales en Granada, me arrinconó en la pequeña barra del local en la segunda planta de Campillo Bajo 32, y junto a tonelillo de vino de la tierra de Paco Píter, me dijo: Tienes que hacerme un favor importante. Yo le dije sin dudar, ¡dispara! Porque a Dámaso yo no le podía negar nada. Tienes que presentar el homenaje que estamos organizando, junto a la Universidad y otros músicos a Pepita Bustamante. Yo le respondí: Me tienes que sobornar. Y él me respondió ¿de cuanto estamos hablando? Y yo le respondí: Otro vino del tonel, que está de muerte. Él contestó: Que sean dos. Brindamos, y así cerramos el trato. Así que el cinco de diciembre, toda la Granada musical estaba en el Aula Magna de La Facultad de Medicina, para rendirle un más que merecido homenaje a doña Pepita Bustamante. Aquella joven que en plena carrera de éxitos, cuando mayor proyección tenía como concertista, fue nombrada profesora del Conservatorio Victoria Eugenia, por su director, entonces, nada más y nada menos que, Ángel Barrios. Contamos con actuaciones de quienes habían sido sus alumnos, y por el escenario pasaron, María del Pilar Cabrera, Ricardo Rodríguez Palacios, y virtuosos de otros instrumentos también. El gran Ariel Villada, Pablo Gómez, José Luís Hidalgo, Javier Herreros, José Palomares, el coro infantil, “Sagrada Familia” bajo la dirección de la madre, Encarnación Espadafor. Dori Ferrer, Ramona Herrero, y puso el colofón el Coro de El Salvador, con Ángel y Estanislao Peinado. TARDE DE EMOCIONES En el intermedio, Ramón Jurado Rodríguez, presidente de Juventudes Musicales, le entregó a Pepita Bustamante una placa conmemorativa de aquel día inolvidable para todos los presentes. Y el secretario de la entidad musical, Dámaso, un ramo de flores. Toda la Granada musical abarrotó el recinto. Lágrimas, aplausos interminables y alegría en todos los presentes que no eran otros que la máxima representación de la Granada musical de la época. La homenajeada, a punto estuvo de no poder soportar tantas muestras de cariño, pero la ocasión y ella lo merecían. Había nacido en 1906 y su carrera fue tan fulgurante, que ya en 1932, el Centro Artístico, Literario y Científico le rindió homenaje de admiración y respeto a su trayectoria. Mantuvo una estrecha amistad con Manuel de Falla, cuya casa de la Antequeruela visitaba con frecuencia. En aquellos años, fue una de las primeras y pocas mujeres que, ingresaron en la Real Academia de Bellas Artes, Nuestra Señora de Las Angustias. Su prestigio a nivel nacional siempre fue notorio. Durante su madurez interpretativa, Pepita tocaba todos los palos, que diría un flamenco, pero donde ponía en pie al auditorio, era al interpretar a los nacionalistas, algo que inculcó a todos sus alumnos y alumnas. Quién mejor la puede describir es, la gran pianista granadina, Maribel Calvín, con quién he tenido la suerte de hablar en muchas ocasiones de ésta maestra incomparable del piano. Maribel es otro referente, más joven, de esa época dorada y, a la vez, sacrificada, del piano en Granada, que también ha tenido la suerte de pasear los mejores escenarios del mundo y con las mejores orquestas. Siempre dije y mantengo, que la exitosa continuación de doña Pepita, la tiene Maribel en sus manos. Esa “rubia”, como su marido y mi maestro Kastiyo, la llama, es también acreedora de homenaje, a cargo de la Granada musical. ¿”Pa” cuando?

miércoles, 29 de agosto de 2018

TEATRO EN EL PASEO DE LOS TRISTES

TEATRO EN EL PASEO DE LOS TRISTES Tito Ortiz.- Durante decenas de años, era habitual montar un escenario sobre las aguas del Dauro, en el Paseo de Los Tristes, y, sobre todo, en Corpus, que pasaran por sus tablas los mejores artistas del momento, actores, cantantes, y flamencos. La Compañía Tirso de Molina, Mocedades, Alberto Cortés o Antonio Mairena, eran de los habituales bajo la Alhambra iluminada. Desde niño, mis padres me llevaron a ver las actuaciones del Paseo de Los Tristes. Recuerdo asistir al concierto de la diminuta, Jeanette, o a veladas de flamenco con los más grandes, presentados por Rafael Gómez Montero. Aquel escenario era el foco de atracción para las grandes actuaciones del Corpus, cuyos protagonistas utilizaban como camerinos, las habitaciones del hotel Reuma, plagado de cuentos y leyendas para todos los gustos, y que el resto del año permanecía cerrado a cal y canto, con fantasmas en su interior que daban alaridos y arrastraban cadenas. En más de una ocasión, hubo algún artista consagrado, que actuaba en el Festival Internacional de Música y Danza, y al coincidir éste con las actuaciones del Corpus, se quejó de que el sonido del Paseo de Los Tristes, llegaba hasta Los Arrayanes o Carlos V. En ese paraje sin igual vi a genios como Terremoto, Dexter Gordon, o Charo López, que desde entonces cautivó mi corazón. Aquel escenario, también quedaba instalado, hasta que se celebraban las fiestas del barrio de San Pedro, a finales de junio, para que toda la actividad vecinal se llevara a cabo sobre el. COMPAÑÍA TIRSO DE MOLINA Hace cuarenta años, La Compañía teatral, Tirso de Molina tampoco faltó a su cita con el Corpus en Granada, y puso en escena dos obras de Miguel Mihura: Maribel y la Extraña Familia, y al día siguiente, La Bella Dorotea. Dos preciosidades para reír y divertirse, que es lo que pega en Corpus. El reparto estaba encabezado por la genial, María Guerrero, ya en pleno declive, hasta el punto de que en algún momento de la representación se oía más al apuntador que a ella, pero iba acompañada por el acreditado, Fernando Delgado y una incipiente Charo López, que después rompería con todas las barreras de la interpretación, tanto en cine, teatro y TV. Completaban el reparto, Irene Daina, Alfonso Orrico, Carlos Pereira, Carmen Carro y Carmen Vidal, con Manuel Manzanaque como director, y una azafata de Un Dos Tres, que hacía sus pinitos en el teatro, llamada, Victoria Abril. La noche discurría en escena por todo lo alto, pero se había presentado una noche de esas fresquitas en Granada, hasta el punto de que cuando en el intermedio, pasé tras los decorados para intentar la entrevista con los protagonistas, me encontré a Charo López, frotándose los brazos de frío y castañeteando los dientes. Le ofrecí la chaqueta de mi traje previsor y conocedor de las madrugadas veraniegas de Granada, que no dudó en aceptar mientras charlábamos bajo la Alhambra en pleno cambio de decorados e iluminación. LOS OJOS DE CHARO La mirada de Charo López, cuando le puse sobre los hombros mi chaqueta, no me la he podido quitar de mi mente en cuarenta años. Su amabilidad, sencillez, aderezada con una sonrisa permanente mientras contestaba a mis preguntas, son medallas de las que une presume durante la carrera periodística. Mientras que Fernando Delgado declinó mi invitación a charlar unos minutos, élla, genio de la interpretación hispana donde las haya y por mucho tiempo, no dudó en atender a un periodista de provincias, entre tiritones y llamadas a escena. Algo impagable que me tiene con una deuda eterna hasta que me muera. La gran Charo López, concediéndome una entrevista, que luego, además tuvo la oportunidad de prolongar por escrito, desde el hotel de su siguiente parada en la gira, algo que me tiene a sus pies desde entonces. Era la noche del 29 de mayo de 1978, la luna encima y bajo ella, una Alhambra encantadora, que embrujaba el ambiente, en un lugar de privilegio, ¿qué más se podía pedir? CORREO ORDINARIO Yo quedé con Charo, en pasarle el resto de mis preguntas que excedían de los minutos de un descanso en el Paseo de Los Tristes, por escrito y a la dirección del hotel de su próxima parada, que si no recuerdo mal era por la vieja Extremadura. Yo cumplí lo prometido, pero lo más inesperado es que ella también. Jamás imaginé que mis preguntas por escrito tuvieran respuesta de aquella gran dama de la escena, y menos de su puño y letra. Cuando llegué aquella tarde a la redacción de Patria, y el conserje me dio la correspondencia a mi nombre, de entre todos los sobres, sobresalía por su grosor, uno apaisado con el membrete de un hotel. En varios folios, de esos que todos nos encontramos en el escritorio de un hospedaje, contestaba una por una mis preguntas, a mano, con una caligrafía espléndida y entendible. Querida actriz, mi gratitud eterna.

martes, 28 de agosto de 2018

TAL DÍA COMO HOY

TAL DÍA COMO HOY Tito Ortiz.- Recién estrenada la década de los ochenta del siglo pasado, bajaba Reyes Católicos con mi padre, hablando de toros como siempre, cuando vi que se desviaba en ángulo por la acera, a la altura de López Mezquita, para saludar a alguien, mientras me decía: Te voy a presentar a un amigo que pasará a la historia. Se estrecharon las manos, me presentó y, orientamos nuestros pasos a la cafetería “ La Crema” en la calle Estribo, frente al Restaurante Sevilla de mi amigo Juan Luís Álvarez, cuya historia tiene tanto que ver con el mundo de los toros. Y a eso voy, porque tal día como hoy, hace setenta y un años, en la Plaza de toros de Linares, Islero, de la ganadería de Mihura, acabó con la vida del torero que aún hoy no ha sido superado. Se llamaba Manuel Rodríguez Sánchez, y el mundo lo conoce para la historia como, Manolete. Pues aquel día 28 de Agosto de 1947, el hombre que acababa de presentarme mi padre, mientras el bueno de Manolo, nos servía unos refrescos, comenzó a contarme una historia que entonces pocos conocían. Tenía ante mí a un amigo de Manolete, pero a uno de esos que se hacen para toda la vida, porque cuando se comparte trinchera, ese lazo es para los restos, y ellos lo habían hecho en el frente, concretamente en, El Carpio. Me lo contaba un hombre, con poco pelo blanco, estrecho bigote canoso y traje oscuro con corbata, de hablar contundente y persuasivo. Era Juan Sánchez Calle, que la tarde de la tragedia en Linares, era cabo de la Policía Armada, y estaba de servicio en el callejón de la plaza. Antes del paseíllo, había tenido la oportunidad de hacerse una foto con su compañero de armas en la contienda del 36, y nada hacía sospechar lo que ocurriría en menos de dos horas. Cuando Islero le da la cornada mortal a Manolete, aquel hombre que me contaba con emoción contenida todos los detalles de la tarde, fue corriendo a la enfermería siguiendo el reguero de sangre que dejaba el torero y temiéndose lo peor, antes de que los médicos alarmados comenzaran a gritar pidiendo sangre, para trasfundir al Califa del toreo, Juan ya se había quitado el correaje y la guerrera, gritando que la suya era del grupo universal, así que le pusieron una camilla junto a la de Manolete y comenzaron a meterle su sangre al torero, directamente de un brazo a otro. Le sacaron casi medio litro, y don Álvaro Domecq le preguntó, si en caso necesario podía donar más, a lo que el amigo de mi padre y ahora ya, también mío, contestó que sin dudar. De esta manera, la primera sangre que recibió Manolete tras la mortal cogida, era de aquel hombre que ahora tenía ante mí, y cuya historia contaría algún día. Ese día es hoy. La pena fue, que aquel gesto que hubiera bastado para salvar la vida del torero, por una serie de circunstancias concatenadas hacia el infortunio, incluida la administración a Manolete, de un plasma caducado sobrante de la segunda guerra mundial, no hicieron más que allanar el terreno para que la parca, a eso de las cinco y siete minutos del día 29 de agosto de 1947, entrara por aquella habitación del Hospital linarense, para llevarse al torero a lo más alto de la historia y de la gloria. Fue un honor conocer al primer hombre que dio su sangre para salvar a Manolete, y me lo contó junto a la Capilla Real, tal día como hoy.

CUARENTA AÑOS SON NADA

CUARENTA AÑOS, SON NADA Tito Ortiz.- La música está en élla, en esa niña que hace cuarenta años, nos dejó boquiabiertos en su debut como concertista de piano. El salón de actos del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, fue testigo del acontecimiento, en el que una morena rotunda, con el Sacromonte en sus enormes ojos, y toda la poesía de Talismán en sus venas, llamaba a las puertas de los elegidos, diciendo… estoy aquí. Conste que en Juventudes Musicales ya lo barruntábamos, porque sabíamos de sus buenas aptitudes y actitudes ante el teclado, asunto éste muy comentado por sus profesores en el conservatorio, y en los círculos musicales de la ciudad alhambreña. Azucena Fernández Manzano, criada en el Peso de La Harina, entre zambras maternas y poemas paternos, no obtuvo el premio fin de carrera en el conservatorio por casualidad. Y aunque todos la veíamos con un gran futuro muy prometedor como concertista de piano, ella iba más allá y perfeccionaba con la gran Rosa Sabater, o el incombustible Joaquín Achucarro, y abordaba la composición, la investigación musical y hasta la dirección de orquesta, algo que hace cuatro décadas, estaba en manos masculinas desde la noche de los tiempos, pero esta mujer capaz, llegó a fundar y dirigir con éxito, la Orquesta de La Biblioteca de Madrid. En los años ochenta, es una directora de orquesta muy popular en Austria, donde sus actuaciones son televisadas, y casi desconocida en su Granada del alma, porque aquí ya se sabe, que en yéndote fuera, es como si desaparecieras del mapa, a no ser que te saquen en Sálvame Diario, Naranja o Limón, da igual, pero que te saquen, o tus paisanos te darán por muerto. PRIMER CONCIERTO Aquella tarde de abril de hace cuarenta años, con un lleno hasta la bandera en el Centro Artístico, Azucena dio su primer concierto en público, abriéndolo con una primera parte “chopiniana”, en la que destacaron el Nocturno nº2 opus 9 y el Póstumo en Do sostenido. Al descanso llegamos con el corazón encogido por el entusiasmo, y por lo bien que le estaban saliendo a las cosas a una jovencísima pianista, que a partir de entonces ya podía andar por los circuitos con soltura y solvencia interpretativas. En la segunda parte interpretó, Murmullo del Bosque de, Braungart, un preludio de Raschamaninoft, Asturias de Albéniz y Andaluza de Falla, que, por cierto, Azucena dedicó ésta última partitura, a la sobrina del inmortal gaditano, Maribel Falla, que estaba presente en la sala asistiendo a su debut como pianista. El éxito fue tal, que tras la protocolaria entrega de un ramo de flores al final, la pianista fue obligada por el entusiasmo de los presentes a sentarse de nuevo al teclado para ofrecer unos bises, moneda de uso corriente en la Granada de la época, en la que Juventudes Musicales y la Cátedra Manuel de Falla, se repartían la organización de los eventos musicales clásicos, compartiendo socios, incluso. Aquello no era más que el principio con buen pie, de una carrera que iba a estar jalonada, en adelante, no solo por su labor como concertista de piano, sino por la faceta de directora de orquesta, elogiada por sus profesores, Polo, o Enrique García Asensio, en España y fuera con Rozhdestvenski, o en el Conservatorio S. de Viena con J. Kalmar. MOZART LA HA RESCATADO Me ha sorprendido que, para muchos, su participación en el ciclo de Mozart, ideado por Miguel Sánchez Ruzafa, haya sido un descubrimiento para unos y una sorpresa para otros. Pero por lo visto, la única ventaja de lucir canas, es la de haber vivido en primera persona acontecimientos históricos, de los que mientras el señor Alzheimer siga sin aparecer, mi memoria promete ir dando cuenta en éstas páginas de Ideal, para general conocimiento de la nuevas generaciones y recordatorio de las antiguas. Sepan aquellos que no estén al corriente, que Azucena Fernández Manzano, hasta 1.991 ofreció más de cien conciertos, representando a España en el Festival Internacional de Orquestas Jóvenes. Participó en la grabación de ediciones sonoras del Ministerio de Cultura, en la colección “Páginas inéditas del folklore español”. Siendo numerosos los premios obtenidos a lo largo de su carrera musical, así como sus actuaciones en conciertos, bien como solista o como intérprete de música de cámara. Ha realizado diversas grabaciones para RNE y RTVE, actuando con la Orquesta de RTVE en el Teatro Real de Madrid. En 1.996 dirigió en la Mezquita, a la Orquesta Sinfónica de Córdoba, en el estreno mundial de la “Cantata Albaycín” compuesta por L. Bedmar y dedicada a “Talismán”, su padre, poeta y escritor de la tierra. Hace diez años, participó en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada, en concierto- homenaje a Rosa Sabater, su amiga, maestra y mentora, y así podríamos ir desgranando un currículum, que desgraciadamente para muchos, es una sorpresa y sorprendente. Cosas de Graná.

lunes, 27 de agosto de 2018

EL SALVADOR

EL SALVADOR Tito Ortiz.- Mezquita Mayor del Albayzín, que en sus cimientos guarda el testimonio de civilizaciones más antiguas, la Iglesia de El Salvador, hubo un tiempo en que era el motor de un pueblo anterior a la Alhambra. Incendiada meses antes del golpe de estado, a principios del siglo XX, acogió la fundación de la Hermandad del Vía Crucis, decana de la semana santa de Granada. En la Iglesia de El Salvador se casó mi tío, el pintor Rafael López Marín, que había nacido en un Carmen de la placeta del Rosal, y vivía en el Carril de La Lona, por cuya cuesta, una noche le vieron correr tras de su suegra, empuñando un alfanje moro encontrado en el jardín de su casa, con intenciones de quitarle las ganas de interferir en el matrimonio que mantenía con su hija. Me contaron que la señora se salvó, porque alcanzó con rapidez inusitada, la tienda de encurtidos que Julio tenía en la Cuesta de la Alhacaba, y éste la escondió en una mesa de camilla donde tenía el brasero. Cuando mi tío, buen paisajista y mejor retratista, entró enfurecido preguntando por ella. Entonces era normal, encontrar en cualquier casa cercana a la muralla, algún resto arqueológico de máximo interés, que en tiempos de hambre, no llegaron a exhibirse en las vitrinas de casa. Y en esa Iglesia de El Salvador, en su placeta exterior o en su patio interior bellísimo, eran frecuentes las conversaciones que mantenía con el vecino, Manuel Benítez Carrasco, ilustre poeta que después cruzó el charco, para engrandecer las letras granadinas. LUGAR DE LA HISTORIA En 1501 recibió el título de 'Nuestro Salvador' por el cardenal Cisneros, que consagró al culto cristiano y la convirtió en parroquia. Su fundación como colegiata en el año 1527 tuvo por objeto el adoctrinamiento de la población morisca, cuya rebelión provocó el empobrecimiento de la institución y la reducción del proyecto arquitectónico original. El resultado fue un edificio a mitad de camino entre la tradición mudéjar y un clasicismo severo de estilo herreriano. Sirvió de culto hasta el último tercio del siglo XV, pero fue demolida por su avanzado estado de ruina y reducidas dimensiones. Las obras del nuevo templo fueron trazadas por el arquitecto Juan de Maeda en el año 1565. La construcción concluyó en 1594 con la nave central. En 1775 un terremoto obligó al desalojo de los canónigos y a mediados del siglo XIX se firmó la extinción de la colegiata. SEMANA SANTA DE NUESTRO SIGLO Y en esta iglesia del corazón albayzinero, se fundó en 1917, la hermandad decana de nuestra semana santa, la de Jesús de La Amargura, y nuestra Señora de Las Lágrimas, cuyas andas y posteriores pasos fueron construidos por los trabajadores de la fábrica de pólvoras de El Fargue, que también aportaban su banda de música para el recorrido, salpicado de saetas, porque consistía en salir de madrugada, realizando la catorce estaciones del Vía Crucis, camino de San Miguel El Alto, donde había que llegar con las claras del día. Ni que decir tiene, que éste recorrido tenía uno de sus puntos álgidos, al pasar bajo el arco de la Puerta de Fajalauza, en cuyos muros y a todas sus alturas, se apostaban meritorios cofrades revestidos con trajes de romano, lanza en mano, dándole al cortejo un complemento muy interesante. Ni que decir tiene que el Albayzín no dormía esa noche, ni sus tabernas se cerraban, así que los escándalos y desmanes fueron tan a tener en cuenta, que la autoridad eclesiástica no dudó en prohibir el vía crucis, y la hermandad comenzó un exilio que, la tuvo albergada durante muchos años, en la mismísima Catedral Lo dijo muy bien, Pepe Ladrón de Guevara, en su pregón a las hermandades del Albayzín: Los que en febrero de 1936, le metieron fuego a nuestra iglesia de El Salvador, no eran extremistas de izquierda, eran pobres analfabetos, ignorantes, que veían en ese hecho execrable, su única salida a la frustración de un momento político. Yo los catalogué de cabestros incultos, desde la impotencia de ver reducidas a cenizas, obras de arte, independientemente de su significado religioso. Me consta que en las filas de los anarquistas, siempre hubo gente en contra de estos actos, culta y formada claro, sabedores que con la quema de iglesias no se solucionaba nada, sino, todo lo contrario. Pero los ignorantes exaltados, siempre llevan una botella de gasolina en el bolsillo, aunque ahora la han cambiado por pintura en espray contra nuestros monumentos. Hay que implantar la trazabilidad, en la venta de estos botes asesinos del patrimonio.

domingo, 26 de agosto de 2018

TORRENTE BALLESTER EN GRANADA

TORRENTE BALLESTER, EN GRANADA Tito Ortiz.- El autor de, Los Gozos y Las Sombras, vivó en el Hotel Alhambra Palace, una situación inusitada, impensable teniendo en cuenta la importancia y valoración de su obra literaria, en una España que reconocía su éxito y movía hilos para solicitar el Nóbel, como reconocimiento a su genial trayectoria. Se quejaba – y con razón – Gonzalo Torrente Ballester, que a esas alturas de su vida, fuera a pasar a la historia por haber sido el autor, de una obra adaptada posteriormente para TV, y que obtuvo el mayor éxito imaginable de la época. Hombre adusto, de justas palabras, hablar pausado y volumen exacto, se consideraba descolocado en el tiempo, como si hubiera nacido más tarde que sus coetáneos ideológicos, y éste mundo no fuera el suyo, sino, el de otros. Ni mejor ni peor – argumentaba – pero no el suyo. Con el toque justo de misoginia, al igual que sus compañeros de generación, no era un abanderado de la igualdad femenina, ni de los derechos de las mujeres, pero tampoco se posicionaba en las trincheras del machismo más recalcitrante. El tratamiento que en sus obras dio a los personajes femeninos, pasa por el costumbrismo de su tiempo, y por los tópicos, aunque eso no los hace fáciles ni muchos menos. Muy al contrario, las mujeres de su obra, siempre tienen atractivos matices, y líneas caracterológicas de una contundencia literaria sin igual. El gran escritor al que solo le faltó el Nóbel, obtuvo por méritos propios entre otros, los máximos galardones de la literartura como el Premio Cervantes, el Príncipe de Asturias, y el Nacional de Narrativa. GOZÓ Y SUFRIÓ CON EL RÉGIMEN Antes del estallido de la Guerra Civil Española, viajó a París con intención de realizar su tesis doctoral y allí le sorprendió el golpe de Estado. Tras dudarlo, regresó a España en octubre, para estar con su familia. Desde el autobús que le llevaba a casa vio en las cunetas cadáveres de víctimas de la represión. Su padre exclamó a modo de saludo: «¿No sabes que han fusilado a muchos de tus amigos?». Siguió la recomendación de un sacerdote de su confianza y se afilió a la Falange. En 1962 firmó un manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga, lo que le costó perder su puesto de trabajo en la Escuela de Guerra Naval y sus colaboraciones como crítico en Radio Nacional, y Arriba. Publicó "La Pascua triste", última parte de la trilogía "Los gozos y las sombras". En 1963, la escasa acogida de su Don Juan, y su pelea con la censura por defender esta obra, le desanimaron de la escritura. Pero esa rabieta le duró poco. Después vinieron auténticas obras de arte en la literatura. ALHAMBRA PALACE Anuncióse la llegada a Granada del prócer de la letras gallegas, con la intención de presentar nueva obra y conferenciar en torno a ella, para lo cual, la prensa fue citada a la hora del atardecer, junto al piano del recibidor del hotel alhambreño, y allí estábamos a la hora acordada, una media docena de periodistas locales, número excesivo entonces, si tenemos en cuenta que aún no existían las televisiones locales ni autonómicas, ni Radio Nacional de España tenía instalaciones en Granada. Nos fueron acomodando en unos incómodos sillones, en derredor de un sofá que todo el mundo soslayaba a la hora de elegir asiento, presumiendo que al estar en el centro y frente a los demás, sería el sitio donde sentaría el escritor. Apareció don Gonzalo. Traje gris marengo cruzado, zapatos negros, corbata oscura y camisa blanca, más sus inconfundibles gafas, de gruesa pasta y cristales ahumados casi negros. Se acomodó, cruzó una pierna sobre la otra y dijo: Cuando ustedes quieran. Todos los periodistas nos miramos, y al ser todos varones, a excepción de una compañera de medio escrito, nuevo y pasajero, con un gesto le brindamos la oportunidad de que hiciera la primera pregunta. La compañera apretó el bolígrafo sobre la libreta que sostenía y espetó con voz altanera: Don Gonzalo, ¿a qué edad comenzó usted a pintar? Aquello retumbó en el salón del hotel, como si hubiera explotado un obús, nosotros nos quedamos enmudecidos de pavor, y don Gonzalo, ajustándose la gafa a la nariz por la patilla, nos dijo sin mirarla a ella: ¡Señores, la rueda de prensa ha terminado! Se levantó y dirigió al ascensor y en ese momento que me estaba recuperando del pasmo, salté y corrí hasta la puerta que sujeté con una mano, mientras le imploraba: Perdónela don Gonzalo. La chica es novata de un medio escrito que también lo es. Yo le ruego que nos permita entrevistarlo, discúlpela, pero nosotros conocemos su obra y trayectoria, y sabe dios cuándo volverá usted por aquí, se lo ruego vuelva al sofá. El ofendido escritor, volvió a ajustarse la gafa a la nariz, ésta vez con el dedo índice sobre el puente, y dijo mirando al suelo: Lo hago por usted. No soporto la incultura. Al verme regresar con él, los compañeros respiraron hondo. Al pasar junto a ella, yo la miré y puse mi dedo índice en vertical sobre mis labios, lo entendió, porque permaneció muda durante toda la rueda de prensa. Finalizada ésta, el viejo escritor, se levantó, me dio la mano, la levantó para despedirse del resto, y dirigió de nuevo sus pasos hasta el ascensor. La información estaba salvada. Lo celebramos con una cerveza, en el kiosco de madera pintado en verde, que había frente al hotel, brindando entre carcajadas por el autor de Los Gozos y Las Sombras.