domingo, 25 de febrero de 2024

 


EL BOCINAZO

 

Tito Ortiz.

 

Era el maestro Aurelio López Azaustre, un hombre alto, enjuto, de mirada vivaracha y, sobre todo, de una voz grave, abovedada que le imprimía a su carácter una personalidad acusada y única. Granadino hasta los tuétanos, amaba su ciudad, su arte, monumentos y cultura sobre todas las cosas, a lo que unía un profundo conocimientos de nuestras tradiciones populares, sin que esto impidiera una constante puesta al día de, lo que ocurría fuera de nuestras provincianas fronteras, sobre todo, si tenía que ver con el arte y su progresión hacia nuevas formas, a las que nunca fue ajeno, pese a que el mayor volumen de su obra escultórica, recalara en el clasicismo o en la imaginería más ortodoxa.

Esta postura vital del hombre que conoce sus raíces, pero que no renuncia a la evolución, tal vez le vino sobrevenida por su pronta marcha de Granada a formarse y titularse. Es verdad que su vocación comienza muy temprano, cuando en plena pubertad comienza su aprendizaje en los talleres más acreditados de la época, como los de, José Navas-Parejo, Eduardo Espinosa Cuadros y Domingo Sánchez Mesa. Con ellos comienza su formación, su contacto con el dibujo, los volúmenes, mientras afilaba gubias y tallaba manos como primer ejercicio de nivel.

FORMACIÓN ACADÉMICA

En 1940 ingresó en la Escuela de Artes y Oficios y luego viajó a Madrid para trabajar con el escultor José Planes. En 1956 obtuvo el título de, Maestro Imaginero, en la Escuela Superior de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla. Su contacto con la capital hispalense, perfecciona sus conocimientos en el arte de los volúmenes y, como gran observador, se impregna de todo lo interesante en torno a la creación artística que en esos años cincuenta está sucediendo en la cuna de Velázquez y Murillo. En 1958 ganó por concurso oposición la plaza de tallista de madera en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Valencia, donde comienza una interesante producción imaginera, sin olvidarse del arte profano. Su prestigio fuera de Granada, le lleva en 1975 a realizar un monumento público a los Reyes Magos en Ibi, provincia de Alicante. Para entonces, una de sus obras más importantes ya paseaba por las calles de Granada, La Virgen de Los Dolores.

EDVARD MUNCH

Para entonces, su reconocimiento y valía como escultor e imaginero ya estaba más que acreditado, tanto como su solvencia artística en las nuevas vanguardias que nada tenían que ver con el arte sacro. Lo demostró con creces en aquella magna exposición que organizó Juan Herrera y González Aurioles en la sala de exposiciones que la Caja Rural tenía en la Gran Vía junto al gobierno civil, con motivo de la muerte y, en homenaje a Picasso. Aurelio aportó allí una obra extraordinaria, una escultura en madera, a la que él llamaba cariñosamente “El Bocinazo”, que consistía en una talla en madera en la que la protagonista era una boca abierta y enfadada, pronunciando un “NO” enorme. El maestro decía que, aunque parecía un “granaino cabreao” en realidad era un homenaje a Munch y su pintura, “El grito” que es el título de cuatro cuadros del noruego. En los últimos años, la obra, en dos versiones diferentes, ha sido objeto de robos de gran repercusión mediática. La versión más conocida, la de la Galería Nacional, fue robada en febrero de 1994, y fue recuperada en una acción policial doce semanas más tarde. En agosto de 2004 se produjo el robo de una de las versiones expuestas en el Museo Munch. Dos años después, el 31 de agosto de 2006 la policía noruega anunció la recuperación de la pintura, en buen estado. La versión que llevaba 70 años en manos del noruego Petter Olsen, cuyo padre había sido vecino, amigo y luego mecenas de Munch, fue subastada el 2 de mayo de 2012 por 119,9 millones de dólares, en la casa Sotheby's de Nueva York, convirtiéndose así en la obra más cara vendida en una subasta.

MARFIL

Pero volviendo al grueso de su trabajo, fundamentalmente al arte religioso, que es por lo que Aurelio ha pasado a la historia, no hay que olvidar otras muchas de sus habilidades, como, por ejemplo, la talla en marfil. Recuerdo que una de las muchas tardes que pasé en su estudio junto al Perpetuo Socorro, me enseñó una joya tallada por el en marfil. Era una reproducción a escala del Cristo de La Misericordia, de José de Mora, de unos cincuenta centímetros de una fidelidad al original realmente estremecedora, aunque lo que más ha trascendido de su producción son obras como, El Santísimo Cristo de la Humildad en su Flagelación de Sanlúcar la Mayor (Sevilla) [1965], María Santísima de los Dolores de Nerja (Málaga) [1948], o en la propia Granada, donde actualmente procesionan dos tallas de las cuatro que lo hicieron: Nuestra Señora de los Dolores [1961] y María Santísima de la Concepción [1978]. De esta última, me narraba el sufrimiento que pasó con los hermanos fundadores, que lo visitaban todas las tardes del año durante su ejecución para estar presentes, pero que no contentos con eso, le cambiaron el proyecto cuando la virgen casi estaba terminada. La idea inicial de los hermanos, era que la virgen tuviera los brazos abiertos en toda su extensión con el cuerpo echado hacia adelante, en clara actitud de ir corriendo tras su hijo por la calle de la Amargura, pero al final no se atrevieron, y le obligaron a reconducir el proyecto, tal y como aparece en las calles de Granada, de una manera más tradicional. Creo que, en algún momento, llegó a odiarnos. Menos mal que su inseparable, Pepe Castro Llamas, lo calmaba.

 

 

 

 

domingo, 18 de febrero de 2024

CASTELLÓN Y SERRANO

 

CASTELLÓN Y SERRANO

 


Tito Ortiz.-

 

El asunto es que, Luís Castellón Serrano, fumador en pipa como otro que yo conozco, de mirada penetrante y vivaracha, no escondida tras las gafas, paseador urbano de esta ciudad, de conversación abierta a lo divino y lo humano, tiene la capacidad suficiente para soltarte con la contundencia de un tractor – vehículo agrícola tan de moda – los argumentos más preclaros de la historia y la actualidad, mientras paladea con solvencia un vermut en Castañeda, asunto este que no es en absoluto desdeñable. Mantenedor de amistades eternas y lealtades a la inteligencia, Luís es consecuente con su ideología incapaz de traicionarla y, al unísono, desplegar un humor ácido de toda solvencia sobre la actualidad que nos atenaza. De la charla con él, sales enriquecido y fortalecido en aquellas teorías que tu vislumbrabas y no ponías de manifiesto por pudor. Al final resulta que los que pensamos distinto, no estamos solos, que es un alivio, créanme.

De su paso por la política activa, los periodistas guardamos de su persona, el respeto a nuestra actividad, el trato cordial por la causa común de, informar a la ciudadanía con la mayor transparencia y, una vocación de servicio irreductible a los ciudadanos, que no siempre fue comprendida por el partido que lo amparaba. Pero su actividad docente y académica, trasciende a todo esto, pues, aunque ligada al Instituto Padre Suárez de la capital, traspasa con creces nuestras provincianas fronteras y, a Luís se le reconoce a nivel nacional.

LA INSTITUCIÓN

Pese a que la historia del Instituto Padre Suárez comienza en 1845, lo cierto es que, tal y como lo conocemos ahora, se debe a un proyecto posterior, cuya primera piedra fue colocada el 30 de abril de 1904 por el rey Alfonso XIII, Los asuntos aquí se nos eternizan sin querer, es nuestro sino, por eso hubo muchas dilaciones y la construcción comenzó bastante más tarde. El resultado fue un edificio modernista con superposiciones catalanistas y góticas, construido bajo proyecto del arquitecto Fernando Wilhelmi, sobre trazas de su colega, Rafael Rubio Orellana, edificado exprofeso para sede de la institución, que sería ocupado el 10 de enero de 1918, aunque las obras continuaron hasta 1919. Aquí los plazos no se han cumplido nunca. Está situado al principio o al final de la Gran Vía, según gustos.

Ya por aquellos años, la institución contaba con bastantes donaciones que, hacían presagiar un buen futuro para su museo de ciencias. En gran medida, la personalidad del Instituto Padre Suárez la define su catedrático de Ciencias Naturales, Rafael García Álvarez, próximo al krausismo y defensor de las teorías de Darwin.

A finales del 1987 y hasta mediados del 1988 se lleva una labor de restauración de la que es considerada una de las mejores colecciones de aves de España y del resto de ejemplares, que promueve D. Manuel Cobo junto al claustro de Ciencias Naturales. Dicha restauración es llevada a cabo por D. J. Carlos Garrido, que fue antiguo alumno y que es Taxidermista profesional en ese momento. Para ello se habilitaron dos dependencias en la planta del sótano donde los alumnos podían visitar y observar cómo se procedía a realizar dicha actividad. De entre las personas que pasaron por sus aulas, para no hacer la lista interminable, recordar solo a Ángel Ganivet, Federico García Lorca y Francisco Ayala. No faltan tampoco en la historia del Instituto las alumnas ilustres, entre ellas Asunción Linares o Elena Martín Vivaldi.

MUSEO DE CIENCIAS

A mediados de la década de los 1990, Luis Castellón Serrano, catedrático del Instituto y director del Museo, consiguió que se destinase el ala oeste de la planta sótano para la instalación del museo de Ciencias. Gracias a la colaboración desinteresada de tres alumnos del centro, se llevó a cabo una labor de rescate, restauración y acondicionamiento del fondo científico. En 1995, con ocasión del 150.º Aniversario de la creación del Instituto, el Museo abrió las puertas al público por primera vez. En 2007, el Museo de Ciencias aglutinó a buen número de Institutos históricos de España en las «I Jornadas de Patrimonio Histórico de los Institutos españoles», jornadas que se han venido desarrollando anualmente en distintos centros y que conformaron la «Asociación Nacional para la Defensa del Patrimonio de los Institutos Históricos», de la que el director de este Museo es el Presidente. En 2011 la Asociación fue galardonada con la «Corbata de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio» por el Consejo de Ministros.

 

En 1996 le fue concedido el Primer Premio del Congreso del Certamen Nacional de Jóvenes Investigadores al grupo de alumnos que colaboraron en el inicio de recuperación de los elementos del Museo, por parte del Ministerio de Educación. En 2009 le llegó el Reconocimiento por la colaboración en el programa "Genética de la conservación del lince ibérico" con la Estación Biológica de Doñana-CSIC, dependiente del Ministerio de Ciencia e innovación. Y un año más tarde el Reconocimiento de la Real Academia de Medicina de Andalucía Oriental por la "Organización de la exposición y actos del II Centenario de Darwin, entre otros muchos reconocimientos.

PLACA, QUE NO, LÁPIDA

Días atrás, con la presencia de ilustres personalidades que, reconocen la labor de Luís, en este Museo granadino, junto a un puñado de amigos, se dieron cita en las dependencias descritas para descubrir una placa en su honor, como reconocimiento a toda una vida de trabajo, que ha trascendido a otras instituciones, como ejemplo del buen hacer conservacionista, recuperador y expositivo de Castellón Serrano, al que con total normalidad, se le puede ver paseando por las calles del Realejo, como si con él no fuera la cosa.

domingo, 11 de febrero de 2024

LOS AVANZADOS DE AHABUL

 


LOS AVANZADOS DE AHABUL

 

Tito Ortiz.-

 

Aunque algunos historiadores se han encargado de echar tierra sobre el asunto, lo cierto es que Granada también tuvo una importante comunidad judía, asentada en un barrio como el Realejo, pero que abarcaba desde la Almanzora a Torres Bermejas, pasando por el Carmen de Los Mártires, hasta Bibataubin, Una judería granatensis, que supo convivir con árabes y cristianos, hasta que los reyes católicos, una vez conquistada Granada, decidieron expulsarlos, sin tener en cuenta su gran colaboración económica y social a la reconquista.

Si habláramos del Carmen de Los Mártires, diríamos que se encuentra en la falda sur de la colina del cerro del Mauror, (Hizn Mauror) que sustenta en su cúspide las Torres Bermejas, dentro del recinto de la Alhambra, en los terrenos conocidos hasta el siglo XIV por los árabes como, Campo de Ahabul, y por los cristianos como el Campo o corral de los Cautivos. Con sus más de siete hectáreas es el más grande de los cármenes de la ciudad, en el que se incluyen un magnífico palacete, jardines románticos y huertos nazaríes sobre la capital granadina, con extraordinarias vistas panorámicas de Sierra Nevada, de la Vega y de la ciudad. Otrora fue conocido como el Corral de los Cautivos, ya que los presos cristianos permanecían aquí en unas mazmorras árabes. Durante la toma de Granada en 1492, se dice que Boabdil partió desde este lugar para entregar la ciudad a Isabel la Católica, quien mandó edificar la primera iglesia de la ciudad, una ermita en la parte alta de la colina en honor a los mártires cristianos. Jerónimo Münzer visitó esta zona en 1494 describiéndolo como "zona de maniobras militares y justas medievales, sembrada de silos y mazmorras". Posteriormente, en 1573 la iglesia se convirtió en convento de los carmelitas descalzos, del que fue prior San Juan de la Cruz entre 1582 y 1588, quien escribió la mayoría de sus libros en el convento, plantó árboles y ayudó a la construcción del acueducto. Por esta época el lugar fue dotado con varias capillas, claustro y numerosas dependencias.

ALFONCO GIL BRACERO

Viene esto a cuento porque, por estos parajes y las alpujarras – lugar donde muchos judíos se escondieron tras su expulsión- discurre la obra literaria de, Alfonso Gil Bracero, quién tirando de historia y de fantasía creativa, ha puesto en el mercado su ópera prima, “Los Avanzados de Ahabul”, en la que nos invita a recorrer nuestros rincones más reconocibles, exigiéndonos una apertura de mente total, para conjugar lo que hasta ahora no era permeable al entendimiento; Lugares y personajes reales, que pueden transformarse en seres fantásticos con multitud de cualidades sobrenaturales.

Proviene el autor, del mundo del cine y la TV, tal vez por eso, en su detallada descripción de estancias, paisajes y, secuencias narrativas, en algún momento leyendo su libro, he tenido la sensación de que, si cerraba los ojos y alguien me lo leía, estaba asistiendo a la proyección de una película audio descrita, en la que el invidente, no se pierde un solo detalle. Creo para mí que, “Los Avanzados de Ahabul”, posee una clara vocación de transcripción cinematográfica, en cuyo guion, se conjugan perfectamente la realidad con la fantasía, los superpoderes y los paisajes más reconocibles para nosotros, haciendo de esta obra, una pieza originalísima, en la que la historia nos permite adentrarnos en una Granada fantástica, posible al menos en nuestra mente.

CRISÁLIDA

Los de mi generación, saben bien lo que es criar gusanos de seda en una caja de zapatos con agujeros, alimentándolos con hojas frescas de morera, y como seguíamos con atención aquel proceso del gusano que se convierte en capullo y posteriormente da vida a una mariposa. Ese proceso lo utiliza Gil Bracero para, hablarnos de la fecunda y rica industria de la seda que hace siglos tuvo Granada, y como ese proceso de larva a insecto alado, puede adquirir poderes sobre naturales, hasta el punto de que un ser humano, pueda transmutar en el tiempo y en el espacio. Una cajita de madera de castaño, alberga las orugas esenciales, que emanan mágicas fuerzas, que llevaran a la protagonista a conocer La Comunidad de La Torre de Los Siete Suelos, un grupo secreto aliado del mundo de la seda y del meteoro, del que es cabeza visible, Salvador, guarda del Carmen de Los Mártires.

A partir de ahí, nos adentramos en una historia fantástica, con escenarios muy reconocibles para los granadinos, a la que debemos llegar abiertos de mente para no ser sorprendidos por los acontecimientos. Dejándonos fluir por la escritura, con la libertad que el autor se ha dispensado así mismo, para configurar un mundo paralelo sin salir del nuestro y hacerlos coexistir con la historia, la magia, el suspense, la aventura y el amor. El Gran Buitre o un gato negro de cola blanca, pueden ser seres fantásticos, que incluso, puedan comunicarse con nosotros sin articular palabra. Y entre otros espacios conoceremos La Almáciga Real, La Campana de Los Dioses, El Jardín de Las Piedras que Lloran, La Piedra de Los Secretos Milenarios, o El Tribunal de Las Cinco Deidades.

Este es un libro que nos invita a abrir los sentidos para, darle otra oportunidad distinta a la Granada Histórica, artística y cultural que conocemos, permitiendo que realidad y ficción, confeccionen un nuevo paisaje al que ya conocíamos, enriqueciéndolo, implementándolo, rompiendo las cadenas de lo preestablecido y correcto, para darnos la oportunidad de ver los mismos paisajes desde otra perspectiva, con otros colores y muchas más posibilidades. No le pongamos puertas al campo, cuando este es tan bonito y sugerente.

domingo, 4 de febrero de 2024

LA ARISTOCRACIA DE LA IZQUIERDA

 


LA ARISTOCRACIA DE LA IZQUIERDA

 

Tito Ortiz.-

 

Hubo un tiempo –sobre todo durante la transición política- que la izquierda comunista, para sorpresa de los contrarios, se vio nutrida de algunas individualidades, cuyo árbol genealógico, educación universitaria y, acomodo familiar, hacían sospechar todo lo contrario. Por ejemplo, Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura (Estoril, 21 de agosto de 1936-Sanlúcar de Barrameda, 7 de marzo de 2008) fue una aristócrata, escritora e historiadora española, XXI Duquesa de Medina Sidonia —el primer ducado hereditario que se concedió en la Corona de Castilla, en 1445— y varias veces grande de España, que ostentó la jefatura de tres importantes casas nobiliarias: la de Medina Sidonia, la de Villafranca del Bierzo y la de los Vélez. Fue habitualmente conocida como el sobrenombre de «la Duquesa Roja» debido a sus ideales democráticos y su oposición al franquismo, que hicieron de ella una noble aristócrata atípica.

Por aquí, tuvimos la militancia de José Miguel Castillo Higueras, y la de Rafael Fernández Píñar y Afán de Rivera. Él conducía una moto de gran cilindrada japonesa, y yo otra alemana de casi media tonelada. Coincidimos aquel día parados en un semáforo de la Gran Vía, y me dijo: ¿Pero ¿dónde vas con ese hierro? Se refería a mi moto, como muy pesada, en comparación con la suya que era más ligera, corría más y contaba con mayor 'reprís', o menor tiempo de aceleración. Nos apeamos, tomamos café y la conversación entre dos veteranos moteros fue, como no podía ser de otra manera, de los cilindros al embrague, pasando por la distancia de frenada, ancho de neumáticos, velocidad, par y estabilidad. Él podía tumbarse más en las curvas, yo no tanto, y la salida una vez trazada era más rápida en la suya. Nunca pudo convencerme, sólo consiguió que me cambiara a Triumph, donde acabé mi vida de motero, después de pasar por siete modelos distintos. Aprovechamos -ya que estábamos puestos- para darle un repaso a la ciudad, intercambiar ideas y nos despedimos después de que yo hubiera aceptado ser miembro del jurado del concurso de carnavales en el Palacio de Congresos, junto al poeta Javier Egea (Quisquete), el activista vecinal y cultural del Zaidín, Isidro Olgoso y algunos amigos más.

VOCACIÓN Y SERVICIO

Rafa Píñar, como le llamábamos los amigos, era un militante comunista de vocación, con un sentido de la amistad y de la solidaridad a prueba de bombas. Con la toga, defendía en los tribunales a los que él sabía que no tenían para pagarle la minuta, en una Granada que de la dictadura a la transición se vio convulsionada por constantes y justas reivindicaciones de los obreros, decenas de años marginados y explotados. Llegó al Senado por la comunidad autónoma y fue diputado del Parlamento andaluz. Fernández-Píñar había sido durante los años ochenta uno de los principales líderes del Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista (PTE-UC) de Santiago Carrillo. Durante su gestión como concejal de Cultura, en las listas del PSOE como independiente, reforzó la presencia municipal en el Festival Internacional de Música y Danza. Su último acto como concejal, precisamente, fue la presentación, el 10 de junio de 1995, del pregón de las fiestas del Corpus Christi, a cargo del escritor libanés, Amin Maalouf, autor de 'León el Africano'. Rafael fue también uno de los principales artífices en la reconciliación de Granada con la familia de García Lorca tras décadas de disputas en torno a la figura del poeta. Su generosidad sin límites propició ese acercamiento, pues no hay que olvidar que durante varias décadas la familia de Federico prohibió, entre otras cosas, que sus obras se representaran en Granada.

 

DINAMIZADOR CULTURAL

 

Su pertenencia a Comisiones Obreras no era una militancia vacua, todo lo contrario. Desde los asesinatos de sus compañeros laboralistas en Atocha, él había reforzado su vocación y militancia, siempre con la mesura y el diálogo más exquisitos, lo que le diferenciaba de otros líderes de la izquierda política y sindical de la transición, que incluso presumían de su catetez, incultura y rudo proceder, para así aparentar que eran más de izquierdas, que quien hablaba desde la educación. Sin levantar la voz, y de traje y corbata, Rafael Carlos Fernández-Píñar y Afán de Rivera, era esa persona coherente con sus ideas que no renunciaba a sus planteamientos éticos, que siempre defendió al ser humano por encima de todo, demostrando que, para llegar hasta allí, no había que llevar alpargatas rotas, vaqueros deshilachados y camisas sudadas de semanas. Sin duda era el gentleman de la izquierda política y sindical de Granada, cuyo sector facha e involucionista nunca le perdonó que, habiendo nacido en alta cuna, se hubiera convertido en azote de conservadores recalcitrantes, impermeables a la libertad y democracia.

 

Después de conceder los premios del concurso de carnaval, nos fuimos a tomar algo al cercano pub “El Bajel”, en Sos del rey Católico. Cuando vieron entrar a 'Quisquete' con una chilaba, hablando en árabe con Rafa, casi no nos sirven. Intercedió por nosotros una líder local de Alianza Popular que vivía encima, Elena Vizcaya, concejal también en el ayuntamiento de la capital. Mujer de mucho carácter y amabilidad, se unió al grupo y entre risas y coplillas carnavaleras salimos de allí cuando el sol nos daba en la cara.

Entornaba sus ojos claros para mirar los tuyos, con un mensaje limpio y directo. El mensaje iba envuelto en un tono de voz bajo y pausado. Con educación victoriana, mi amigo Rafael, nacido en alta cuna, dedicó su vida a luchar por los que más lo necesitaban, bien con el ejercicio del derecho a los trabajadores o por la cultura de esta ciudad, que lo sigue echando de menos. Rafa Píñar, que sepas que voy tras de ti, deseando alcanzarte en la próxima curva, amigo.

 

 

domingo, 28 de enero de 2024

ERMITA DEL SANTO SEPULCRO

 


ERMITA DEL SANTO SEPULCRO

 

Tito Ortiz.-

 

De siempre he mantenido que, la larga y ancha sombra de la Alhambra, mantiene ocultos otros monumentos granadinos que, por si solos, en cualquier otra ciudad harían de ella una gran urbe monumental y artística de primer orden. Por no hacer la lista muy larga, hablo por ejemplo de, La Cartuja, San Jerónimo, La Catedral, La Abadía del Sacromonte, o La Capilla Real. Admitiendo que somos conocidos en todo el mundo por lo que tenemos en la Colina Roja, que es un auténtico tesoro, no deberíamos perder de vista los restantes y, sobre todo, aquellos que más necesitan de nuestra ayuda para su conservación.

Hablo de un lugar idílico, las piedras sobre las que se asienta desde 1633, la Ermita del Santo Sepulcro sacromontana, a pocos metros ya de la última subida a La Abadía. Lugar de encanto y embrujo, se me antoja necesitado de una manita que, lo resucite de su estado de conservación y lo coloque en el lugar que le corresponde por su importancia histórica.

ASÍ SURGIÓ

Su origen está en 1633, cuando los terciarios franciscanos erigieron un Vía Crucis entre la Cuesta del Chapiz y la ermita, que se construirá posteriormente en 1636. En 1644 se pidió permiso al arzobispo para formalizar el Vía Crucis y durante toda esta época se construyeron las cruces que jalonaban las estaciones. Fue la cofradía de la Orden Tercera de San Francisco que tenía su sede en el convento de San Francisco Casa Grande (Hoy sede del MADOC) será la pionera en desarrollarse como una corporación de vía sacrainiciando esta práctica devocional, según el cronista Francisco Henríquez de Jorquera, en 1633, con un recorrido que partía de las casas del Chapiz y que continuaba por “la calle de la Amargura” que les conducía hasta el cerro de Valparaiso, donde se encontraba la abadía del Sacromonte (fundada en 1610), que desde 1595 se había convertido en un importante centro de peregrinación, impulsado por el “descubrimiento” de los restos de San Cecilio, primer obispo de la ciudad, y de otros santos mártires. Un desatado fervor popular pobló el camino de cruces pétreas y de madera ofrendadas por particulares, instituciones y corporaciones gremiales o profesionales (ganapanes o palanquines de la plaza de Bibarrambla, hortelanos, mercaderes del hierro, a las que se fueron sumando oratorios y capillas que finalizaban en la ermita del Santo Sepulcro.

JUAN RUIZ JIMÉNEZ

 

 

Henríquez de Jorquera nos da buena cuenta de este recorrido (c. 1640) y describe con precisión algunas de sus cruces más significativas:

“Tenga el primer lugar en cuanto cruces el Sacro Monte Ilipulitano y la Sacra Vía de los Terceros de la gran casa de nuestro seráfico San Francisco, que comienzan desde las principales casas del Chapiz y acaba en el monte Calvario y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, que están fundados al principio y subida de la cuesta del dicho Sacro Monte Ilipulitano, obra de grande admiración e igual costa hecha por la devoción y limosna de los hermanos terceros que frecuentaban esta vía sacra todos los viernes del año por la noche. Son muchas cruces de piedra repartidas a corta distancia donde se meditan los pasos de la pasión”.

El académico granadino, Juan Ruiz Jiménez, en un trabajo extraordinario y preciosista, detalla los entresijos de este vía crucis de una manera brillante y, la importancia de la ermita del Santo Sepulcro, sumergiéndonos en aquel siglo XVII.

Los hermanos cofrades y la gente que se sumaba al vía crucis comenzarían el recorrido previo desde su sede en el convento de San Francisco Casa Grande (lugar en el que guardarían los enseres que portaban en la procesión) para dirigirse a la iglesia de San Pedro y San Pablo, donde tras un acto de arrepentimiento y el rezo de la primeras oraciones continuaban el itinerario por las tres estaciones previas que realizaban antes de llegar a las casas del Chapiz, donde había, según Van der Hammen, “una imagen de Nuestra Señora”, y que, como he apuntado, era donde daba comienzo la vía dolorosa. El vía crucis constaba de catorce estaciones, en cada una de las cuales se obtenían treinta indulgencias plenarias y se sacaban dos ánimas del purgatorio si se cumplía con unos ciertos requisitos. Van der Hammen precisa los pasajes de meditación y oraciones que se realizaban en cada una de las estaciones, así como la distancia que separaba cada una de ellas.

RETORNO

Terminado el recorrido en la ermita del Santo Sepulcro, ya en el Sacromonte, subían hasta la colegiata, donde continuaban con distintos rezos durante la visita a los hornos en los que habían recibido martirio San Cecilio y sus compañeros y a la iglesia de la abadía. En esta última, tenía lugar una plática que estaba a cargo de uno de los canónigos de esta institución y las disciplinas de los cofrades, ajenas a la exposición pública característica de las procesiones de disciplinantes de otras cofradías penitenciales. Durante el regreso a la ciudad, “se viene diciendo la corona de Nuestra Señora para que, así como a la ida se hizo conmemoración de la sagrada pasión de Christo, señor nuestro, a la venida se haga de los gozos de su purísima madre”. A lo largo del camino se iban recitando otras oraciones marianas correspondientes a los siete misterios gozosos y se obtenían nuevas indulgencias. Llegados a las casas del Chapiz, postrados ante la imagen de la Virgen, decían una última oración con la que concluía el vía crucis. Finalmente, volvían a pasar por la iglesia de San Pedro: “donde con la bendición del cura o de otro sacerdote se van a sus casas, casi a la media noche y esto es todo el año, -los viernes y el miércoles de ceniza- aunque llueva”.

 

 

domingo, 21 de enero de 2024

 


CALLE DEL CARNERO

 

Tito Ortiz.-

 

Más que de abrigo, el maestro López Vázquez era de chaleco de lana bajo la chaqueta, camisa y corbata, para este tiempo. Tenía buena planta, buen pelo ondulado y, solía vestir bien, incluso, para trabajar en su estudio, situado en el domicilio familiar. Un carmen granadino situado en la estrecha calle del Carnero, frente a la Alhambra, polarizada en sus extremos por la Casa Ágreda y el convento de La Concepción. Por su lateral diestro, el Carmen lindaba con una casa vecinal entonces, otrora de la alta nobleza, en la que, al parecer, de algunos vecinos, sucedían sucesos paranormales por hechos turbios de un pasado de leyenda, Pero lo cierto es que, en la vivienda del pintor y académico, lo único paranormal que ocurría, era la visita esporádica del cronista, que contaba con licencia para no tener que anunciarse con la debida antelación.

Nada más llegar, Trini, la amable esposa, disponía de un tentempié y viandas, dependiendo de la hora del día, para que los dos pudiéramos charlar amigablemente, ya fuera en el estudio o en el jardín. La conversación podía ir desde la última exposición que habíamos visto, el cuadro que estaba restaurando, el que estaba pintando, o sobre su época de formación, en la que tuvo la oportunidad de conocer y aprender de excelentes maestros que marcaron su futuro como restaurador o pintor.

ASÍ EMPEZÓ TODO

Manuel López Vázquez me hablaba con nostalgia y agradecimiento, de cómo entró en el taller del maestro Navas Parejo –no sin buenas recomendaciones- haciendo el meritoriaje habitual de aquellos años, o sea, barrer y hacer los recados. Él había nacido en la primavera de 1920, y tuvo la oportunidad de entrar también en el taller del pintor y restaurador, Rafael Latorre, donde aprendió las técnicas y oficios de pintor y restaurador. En el estudio del maestro se fraguó no solo su vocación artística, sino también sus desvelos por la ciudad y su patrimonio. Y tuvo además la oportunidad de escuchar y admirar a grandes personajes de la época relacionados con el mundo del arte, como Fernando de los Ríos, Manuel Gómez Moreno, Emilio Orozco Díaz, Natalio Rivas o José María López Mezquita. Y escuchando a tan ilustres personajes, fue forjando su trabajo y su pasión por Granada y el patrimonio monumental y artístico de la ciudad que lo vio nacer. Durante toda su vida fue un gran escuchante, empapándose de todo lo que pudiera enriquecer su formación y el producto de su trabajo, centrado primero en la restauración, hasta que, pasados los años, comenzó su trayectoria como pintor. En la Escuela de Artes y Oficios, con Joaquín Capulino, estudió y practicó el dibujo, obteniendo los títulos de pintor y restaurador. Durante el comienzo de su carrera, se dedica al análisis de la pintura de los maestros "primitivos flamencos" del siglo xv como, Van der Weyden, Bouts y Memling y reproduce las tablas existentes en la Capilla Real de Granada y la tabla de la Virgen de la Rosa, de Gerard Daviden,  en la Abadía del Sacro Monte. No en vano, su discurso de entrada en la Real Academia de Bellas Artes Nuestra Señora de Las Angustias de Granada, versa sobre la confección de la tabla flamenca, desde su ensamblaje y construcción, hasta la última pincelada. Antes, había estudiado el Barroco, especialmente la escuela granadina de pintura de Alonso Cano, de la mano del profesor Orozco Díaz. Concurrió a varias exposiciones colectivas y se presentó individualmente en la Casa de América de Granada en 1957, iniciando así su etapa como autor.

LA TERTULIA ENRIQUECE

Jamás rechazó una conversación con enjundia, como las que mantuvimos en el Museo de Bellas Artes alhambreño, junto a Enrique Pareja y  Francisco González de La Oliva, en presencia de Juan Ortiz Fernández, que siempre dejó testimonio gráfico para la posteridad, que debería ir desempolvando y, exponerlo en sala adecuada para general conocimiento de la parroquia, De la misma manera, su presencia era habitual al medio día de los viernes, en  La Trastienda de Fernando Miranda, o en las tardes del inolvidables Café Suizo, asunto este que saco a colación, consciente de que, ya hay alguna generación granatensis a la que, hay que explicarle que era aquello del, Café Suizo, sobre todo si en la puerta había un letrero en el que rezaba: “Café Granada”, pero lo cierto es que, aún perdura en la memoria de muchos, aquel salón de  estética y costumbres, a la belle époque, que en la Granada de los años sesenta y setenta, marcó el latir de una ciudad provinciana, con el travestismo de acoger por las mañanas a tratantes de ganado, maestros de obras, corredores y rentistas, mientras que por la tarde se convertía en un ateneo donde cultivar las bellas artes en todo su esplendor. Lugar obligado de cita para todo aquel que tuviera una mínima inquietud cultural o artística, al traspasar su puerta giratoria, te atrevías a entrar en un mundo, donde se exigía un mínimo de inteligencia y un mucho de audacia creativa. Tardes y noches en los que, saboreando un blanco y negro, se pergeñaba un nuevo estreno de teatro, un concierto, la edición de un poemario o la irrupción de una novela en mayor o menor medida, comprometida con la España de entonces, aunque en el Suizo, la clandestinidad fue siempre muy sutil y a veces hasta consentida.

Fue el gran maestro y académico, Manuel López Vázquez, quién en un alarde de gestación primorosa, dejó para la posteridad pintada una obra en la que, se reconstruye una tarde cualquiera con muchos de los que allí éramos habituales, en amena charla cafetera, sobre mesas de mármol blanco y jarras de agua transparente.

domingo, 14 de enero de 2024

 


RESCATADAS DEL OLVIDO

 

Tito Ortiz.-

 

De María Manrique de Lara se recuerda que se apresuró a enviar sus joyas y ajuar a Isabel la Católica, de quien había sido dama de cámara, después del incendio ocurrido en 1491 al prenderse con una vela la tienda de la reina en el campamento de Santa Fe durante el asedio de Granada, lo que indirectamente haría de ella una de las mecenas del posterior descubrimiento de América, si se acepta como cierto que, la reina vendió sus joyas para financiar el proyecto de Colón. Siendo cierta la donación, esta no es más que una anécdota en la vida de una mujer poderosa e inteligente, culta y amante del arte, sagaz administradora del patrimonio familiar, introductora en Granada del Renacimiento italiano y a quien se debe el patronazgo para la construcción del monasterio de San Jerónimo.

Esta mujer, para mí, ha sido siempre digna de admiración, a pesar de lo trabajoso que resulta para los investigadores, sacar su vida a relucir, oculta durante siglos, tras la sombra de su marido, Gonzalo Fernández de Córdoba. Pero gracias al excelente trabajo realizado por la profesora, Encarnación López, en el que no solo habla de ella, sino de otras que merecieron mejor trato por los historiadores, podemos conocer más y mejor, la importancia de su vida y obra, de capital importancia, si tenemos en cuenta la época en la que vivió.

LA AUTORA

Encarna Hernández López, investigadora de la Universidad de Granada, acaba de publicar en la editorial de la UGR 'Rescatadas del olvido', un libro de casi cuatrocientas páginas, escrito con un estilo muy divertido, que reivindica la figura de las promotoras de arquitectura en la Granada moderna. Concretamente en el periodo comprendido entre la Conquista y mediados del siglo XVII.

La figura de María Manrique, duquesa de Sessa y de Terranova, entre otros títulos, ha sido opacada – como ya hemos dicho- por la prestigiosa imagen de su marido, Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como el Gran Capitán. María, era hija de Fadrique Manrique, hijo bastardo de Enrique II de Castilla, y de Beatriz de Figueroa, dama de la nobleza castellana. El padre buscó un matrimonio acorde para su hija y lo encontró en Gonzalo Fernández de Córdoba, que acababa de enviudar de su primera mujer. La boda se celebró el 14 de febrero de 1489. “Jamás se vio casamiento más proporcionado pues eran tan iguales las virtudes y prendas de los desposados que, no se puede determinar quién participaba en grado más heroico”, escribió a propósito del enlace el cronista contemporáneo, Pero Pérez de Ayala.

En los primeros años del siglo XVI Gonzalo Fernández de Córdoba hacía la guerra en Italia. Cuando es nombrado virrey de Nápoles reclama junto a él a su familia, la duquesa y sus hijas. El viaje de María coincide con la marcha de Fernando el Católico y su esposa Germana de Foix a Nápoles en 1506. En junio de 1507 la pareja real y el Gran Capitán vuelven a Castilla, María permanece en Italia, aquejada de algún achaque de salud y resolviendo los asuntos que el marido había dejado pendientes. María permanece en Italia hasta la primavera de 1509.

REGRESO A GRANADA

Instalados en Loja, la pareja establece allí una corte humanista al estilo de lo que habían conocido en Italia. El Gran Capitán crea una escuela de gramática, donde enseña a los pajes. Allí reciben a diplomáticos, embajadores y artistas que acuden buscando consejo de los duques de Sessa y Terranova. El 2 de diciembre de 1515 muere Gonzalo Fernández. En su testamento, ordena que se digan 50.000 misas por su alma, encomienda a su mujer aplicar los bienes según le había indicado y pide ser sepultado en el lugar que designe su esposa en el monasterio de San Jerónimo, y un año más tarde, María establece su propia estrategia para construir en el monasterio un panteón a la altura de los que había conocido en Roma. En 1523 consigue una Real Cédula para establecer el enterramiento de su marido y el suyo propio en la capilla mayor de San Jerónimo.

 

El monasterio, era realmente una fundación de los Reyes Católicos en Santa Fe, que después de la toma de la ciudad se había trasladado a Granada. Las obras se habían iniciado en 1504 siguiendo los cánones góticos. En 1520 se pone al frente el arquitecto Jacobo Florentino. En 1525 se establece el patronato que financiará el proyecto. Cuando muere Florentino se llama a Diego de Siloé, hijo de Gil de Siloé, que llegaba de Burgos, donde, entre otras obras, había realizado la Escalera Dorada de su catedral. Diego empezará a trabajar en San Jerónimo en 1526. Las obras se extendieron durante el siglo XVI, ya de acuerdo a los cánones renacentistas. El retablo de su capilla mayor es exponente del manierismo andaluz. Será la primera iglesia dedicada a la Inmaculada Concepción.

 

Cuando la duquesa muere el 10 de junio de 1527, deja un notable legado artístico indicador de su mecenazgo, no solo en Granada, también en Íllora, Loja, Órgiva o Écija, incluso en Nápoles, donde fundó una capellanía en Santa María la Nova, que había mandado hacer su marido. Los visitantes que acuden a San Jerónimo se asombran de la riqueza de su iglesia y centran su mirada en la escultura de Gonzalo Fernández de Córdoba, el gran héroe militar. Pocos se paran a pensar que mientras el hombre guerreaba a mayor gloria personal y de los Reyes Católicos, su mujer, María Manrique, administraba su patrimonio, ejercía la representación de su marido, introducía el estilo renacentista e impulsaba el mecenazgo de grandes obras.

Encarna, muchas gracias por rescatarla.