domingo, 25 de enero de 2026

 


NOTICIAS DESDE ACCITANIA

 

Tito Ortiz.-

 

El mensajero me trae noticias del hermano ausente. Con los primeros días de este frío enero, aquel que mudara en 1984 desde las cercanías del tren en la capital, a la morada de la locomotora Baldwin, sale de nuevo a la arena con un puñado de poemas, dispuesto a lograr nuestra atención, desde la creatividad más avanzada, desde el corazón mismo de la Literatura de La Diferencia, a la que dio nombre y de la que fue uno de sus más decididos impulsores, opción estética caracterizada por la heterodoxia sobre las tendencias dominantes.

El poeta, escritor y académico granatensis, Antonio Enrique, nos ofrece en esta ocasión, una aventura llena de poesía, nacida en una estancia donde se pintó uno de los mejores cuadros de la historia del arte, si es que el lector me permite esa sugerencia. Nueva obra de quién curtido en mil batallas literarias y poéticas, continúa desafiándose, asimismo, para traspasar el envite a quién lo sigue, a modo de invitación a lo sublime compartido en armonía.

Este hombre de letras, cuya trayectoria primigenia fue marcada por tres monumentos reconocidos por la humanidad, continúa ramificando su árbol creativo, narrando historias fantásticas que parten de realidades.

TRES CASTILLOS

Antonio Enrique convulsionó el mundo literario en 1986 con su, “La Armónica Montaña”. Un estudio sobre la catedral de Granada, aún hoy no superado, que incluía a su desaparecido organista, el compositor, Juan Alfonso García, de la que su autor dice: “ Nada tiene de particular que la obra se rechazase en un tiempo de realismo exasperante o, bien, se la encumbrara pero por motivo de verse en ella, una carga en profundidad contra la tendencia hegemónica, ese mismo realismo proveniente de los años 50, al fin es el realismo lo que en España termina imponiéndose y, lo demás, es mera fluctuación del mismo, ninguna magia de concepción ni grandeza en la manera de decir las cosas y, la verdad es que, en 20 años y un periodo histórico agonizante en 1973 cuando la comencé yo deseaba algo que me he restituyese la fe en la literatura, no ponerme en la cola del meritage literario ante maestros que no reconocía como tales. La novela publicada en la editorial Akal, la más avanzada en la divulgación ideológica de izquierda, y es por esto que me la publicaron al conceptuarla como una novela contra la norma imperante y por consiguiente antifranquista. Terminó al cabo de unos años por ser descatalogada, buscada actualmente solo por los adictos a las rarezas es decir volvió a mí, por esto he dicho lo que antecede soy así porque leí un libro que casi nadie ha leído y que, por cierto, yo mismo lo escribí. A mí me sirvió para ser como soy, y lo vivo, me vienen episodios, me ensueño de nuevo en algunos de ellos pues, aunque lo escribiera, no lo siento mío por entero, es de nadie, pero en el sentido que otorgó a esa palabra Ulises”.

En 1988 ve la luz su “Tratado de La Alhambra Hermética”, en la que las matemáticas maridan de manera genial con la arquitectura, las bellas artes, pero sobre todo con la poesía y la música, otorgando un por qué, a cada uno de los ángulos alhambreños, cada dibujo, color, en cada material noble que la componen. Para completar la trilogía sobre construcciones que marcaron la historia de Granada, con la publicación en 1991 de su novela, “Kaálat Horra”, cuyos personajes dan vida al castillo de La Calahorra, recientemente recuperado por la Diputación provincial, pero Antonio Enrique aborda esta obra, en un tiempo en el que el manto del olvido, ocultaba tan magna efigie arquitectónica, al general conocimiento y, mucho menos, atisbar la enorme importancia de quienes lo mandaron construir y después lo moraron.

ORGÍA DEL SILENCIO

He querido referirme a obras de juventud de este académico que ocupa el sillón eñe mayúscula en Buenas Letras, para poder degustar en toda su magnitud, la última y más reciente nacida de su inagotable creación poética y literaria. Aquí, de nuevo, el autor echa la vista atrás, retrocediendo unos siglos, para que podamos ser testigos de algo que no pudimos vivir, pero que, gracias a su obra, podemos degustar como si tras una cortina lo hubiéramos presenciado.

Para que se hagan una idea, los pongo en situación, siguiendo las instrucciones del propio Antonio Enrique: “Madrid, Alcázar de los Austrias, aposento donde están pintándose las Meninas, año 1656. Hay un duende suelto. Esta entidad ve en lo invisible, vaga por las estancias de palacio, vive aquí, es casi omnisciente. Y lo cuenta en treinta poemas de versos bárbaros y dramáticos de corte historicista. Comparecen así los personajes uno tras otro del inmortal cuadro de La familia de Felipe IV, como se lo conoció entonces. Está Diego Velázquez ensoñándose en la fastuosa trama del prodigioso cuadro, pero están sobre todo las entrañables meninas María Agustina e Isabel que atienden a la infanta Margarita, de cinco años, la miman y agasajan; una le ofrece un pote de agua de olor y otra le dedica una gentil reverencia. Es tan estilizada la escena que bien puede decirse que rozamos el éxtasis estético y por ello estamos ante el cuadro más bello jamás pintado. El silencio se acompasa a la magia de los espejos. Entra el sol de media tarde y el acompañamiento de bufones, guardadamas, ujier y aposentador se divierten o departen. Y en esto aparecen los reyes, cuyo reflejo en el espejo del fondo implica que el espectador de nuestros días ha de estar forzosamente delante de ellos en la realidad ficticia, suspendiendo el tiempo y el espacio”.

Y a partir de aquí, querido lector, esta “Orgía del Silencio” … Es toda suya, a disfrutar.

 

 

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