sábado, 20 de junio de 2026

 

Juan Ortiz y Alfredo Curiel.

ALFREDO CURIEL

 

Tito Ortiz.-

 

Decía Carlos Cano que: … Había coches de caballos, era por mayo… Y así fue como conocí a Alfredo Curiel Aróstegui, con los coches de caballos rodeando la Fuente de Las Batallas, mientras dirigíamos nuestros pasos al Centro Artístico, Literario y Científico donde ambos ensayábamos teatro, en la recién estrenada década de los años setenta del siglo pasado.

Alfredo pertenecía al Grupo de Teatro Popular que dirigía Manuel de Pinedo, en el que también estaban, Jesús Quero y la hermana y cuñado de Pinedo, junto con otros estupendos actores y actrices, poniendo en pie, “Llama un Inspector” de John Boynton Priestley. Yo había fundado el Grupo de Juventudes Musicales en Granada y estaba montando, “Los Árboles Mueren de Pie” de Alejandro Casona. En aquellos años las infraestructuras teatrales en Granada eran escasas, así que, a cambio de hacernos socios del Centro Artístico, nos permitían usar su teatro del bajo con salida a Campillo Bajo y, como buenos hermanos en el arte de Talía, nos repartíamos las horas de la tarde mitad por mitad, para ensayar, lo que nos llevó a la convivencia fraternal y, a compartir más de un café en el mismo lugar.

Con Alfredo tuve una sintonía desde el principio, hasta el punto de compartir otras aficiones fuera del teatro como, el flamenco y los toros. Después de salir del coso tras la corrida, se nos podía ver con frecuencia en la taberna del señor Molina, en la Carrera del Darro, casi pegando a la casa de las Chirimías, donde nos servía una manzanilla de Sanlúcar fresquita, en unos tazones de barro con unas alcaparras, mientras, tras la barra, junto a la mesa de camilla a lo mejor estaba, Jaime Heredia “El Parrón” torciéndose por seguiriyas. Y en caso de que no estuviera, en el viejo tocadiscos sonaba don Antonio Chacón, o la Niña de Los Peines. También frecuentábamos “El Faquilla” en el Campo de Príncipe o el kiosco de Curro “El Guardia” en el Zaidín por donde aparecía Miguel Burgos Única, “El Cele” o el mismísimo, Curro Andrés.

LOS CURIEL

Otro punto especial de nuestra amistad me permitió conocer a su familia. En la calle Duquesa observé la educación victoriana de don Salvador, padre de la saga y la de su esposa, mujer encantadora que siempre me trató como si fuera uno más de la familia. Conocí la simpatía y lo campechano del hijo mayor, Salvador, el gracejo de Esperanza, la menor y los grandes conocimientos técnicos de Jesús que, por entonces, ya era un reputado técnico de sonido y radio aficionado, en continuo contacto con Rafalito Mesones, otro genio de los cables y transistores.

En la calle Chueca, aprendí mucho de motos deportivas con Carlos y de dibujo y pintura con Luís, al que enseñé en unas horas a tocar la corneta y, fui su copiloto en más de un vuelo con su avioneta, durante sus muchas visitas a José Rodríguez de La Borbolla, demandándole más infraestructuras para Granada, siendo Luís Presidente de La Cámara de Comercio de Granada, teniendo como cómplice extraordinario a Gerardo Cuerva Vallet, Presidente de la Confederación Granadina de Empresarios, todo un señor en todos los sentidos, al que también se le echa de menos, porque hoy en día, parece que vale más una foto, que una buena y callada gestión por la provincia.

Así que mi amistad con Alfredo Curiel que, sin levantar la voz se nos ha ido por mayo, como dijo Carlos Cano, se fortaleció de tal manera que, cuando tuve que irme por razones profesionales de la patria, lo dejé al frente del Grupo de Teatro de Juventudes Musicales, que no solo siguió en buena lid, sino que, alcanzó grandes éxitos muy superiores a los míos, llegando a estrenar diversas obras de José María Garrido Lopera en el Teatro Isabel La Católica. Y ahí fue donde contó con la colaboración y complicidad del fotógrafo de Ideal, Juan Ortiz y sus dotes interpretativas, plasmadas incluso en el celuloide.

DIÓGENES

Pero Alfredo no fue solo un gran actor y director de teatro granadino, su gran conocimiento de la literatura y la poesía, le llevaron como agitador cultural a proyectar nuevos y viejos valores como hizo con el grupo Diógenes, que en aquellos años tuvo una actividad más que interesante, mientras él, canalizaba toda aquella creación emergente, que tanto dinamizó el panorama local.

Para la primera puesta en escena, escogieron el pub de Juan Prietos, frente al bar de su padre en la calle Alhamar, que ya venía sufragando la exposición – sin ánimo de lucro por su parte – de pintura, dibujos, fotografía, y otras artes como la magia, que hasta allí llevó el gran Aparicio, hombre capaz de combinar sus trucos de mano con los poemas más hermosos. Aquel febrero de 1978, como forma original de exhibir los poemas, frente a la lectura habitual de otros actos, los escritos se enmarcaron, y como si de una pintura se tratara, se fueron colgando por las paredes del local, con gran éxito y repercusión mediática. “Diógenes”, lo formaban entonces, Antonio Auñón, que también pintaba, Germán Ramírez, Julia, Zangróniz, Jesús Ramos, alma máter del proyecto, Concepción Sánchez y Águeda Rodríguez.

Al año siguiente durante la presentación de Diógenes en La Madraza, Alfredo José María Curiel Aróstegui y de La Plata, tomó la palabra: “Diógenes, laboratorio poético” argumentando que los protagonistas, eran un punto de unión entre un pasado necesariamente triste y oscuro, a un presente y futuro que debía manifestarse con la amplitud y validez que el tiempo exigía. “Diógenes” trabajaba en dos vertientes. Una puramente crítica en base a una formación poética sobre autores consagrados, y otra, sedimentada en el trabajo puramente imaginativo y libre de cada uno de los componentes. Pretendiendo con ello, la auto proyección literaria del grupo, y en enlace directo, la posible difusión y conocimiento de una poesía popular, no populachera.

Alfredo, eres irreemplazable.

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