Juan Ortiz y Alfredo Curiel.
ALFREDO CURIEL
Tito Ortiz.-
Decía Carlos Cano que: … Había
coches de caballos, era por mayo… Y así fue como conocí a Alfredo Curiel
Aróstegui, con los coches de caballos rodeando la Fuente de Las Batallas,
mientras dirigíamos nuestros pasos al Centro Artístico, Literario y Científico donde
ambos ensayábamos teatro, en la recién estrenada década de los años setenta del
siglo pasado.
Alfredo pertenecía al Grupo de
Teatro Popular que dirigía Manuel de Pinedo, en el que también estaban, Jesús
Quero y la hermana y cuñado de Pinedo, junto con otros estupendos actores y
actrices, poniendo en pie, “Llama un Inspector” de John Boynton Priestley. Yo
había fundado el Grupo de Juventudes Musicales en Granada y estaba montando,
“Los Árboles Mueren de Pie” de Alejandro Casona. En aquellos años las
infraestructuras teatrales en Granada eran escasas, así que, a cambio de
hacernos socios del Centro Artístico, nos permitían usar su teatro del bajo con
salida a Campillo Bajo y, como buenos hermanos en el arte de Talía, nos
repartíamos las horas de la tarde mitad por mitad, para ensayar, lo que nos
llevó a la convivencia fraternal y, a compartir más de un café en el mismo
lugar.
Con Alfredo tuve una sintonía
desde el principio, hasta el punto de compartir otras aficiones fuera del
teatro como, el flamenco y los toros. Después de salir del coso tras la
corrida, se nos podía ver con frecuencia en la taberna del señor Molina, en la
Carrera del Darro, casi pegando a la casa de las Chirimías, donde nos servía
una manzanilla de Sanlúcar fresquita, en unos tazones de barro con unas alcaparras,
mientras, tras la barra, junto a la mesa de camilla a lo mejor estaba, Jaime
Heredia “El Parrón” torciéndose por seguiriyas. Y en caso de que no estuviera,
en el viejo tocadiscos sonaba don Antonio Chacón, o la Niña de Los Peines.
También frecuentábamos “El Faquilla” en el Campo de Príncipe o el kiosco de
Curro “El Guardia” en el Zaidín por donde aparecía Miguel Burgos Única, “El
Cele” o el mismísimo, Curro Andrés.
LOS CURIEL
Otro punto especial de nuestra
amistad me permitió conocer a su familia. En la calle Duquesa observé la
educación victoriana de don Salvador, padre de la saga y la de su esposa, mujer
encantadora que siempre me trató como si fuera uno más de la familia. Conocí la
simpatía y lo campechano del hijo mayor, Salvador, el gracejo de Esperanza, la
menor y los grandes conocimientos técnicos de Jesús que, por entonces, ya era
un reputado técnico de sonido y radio aficionado, en continuo contacto con
Rafalito Mesones, otro genio de los cables y transistores.
En la calle Chueca, aprendí
mucho de motos deportivas con Carlos y de dibujo y pintura con Luís, al que
enseñé en unas horas a tocar la corneta y, fui su copiloto en más de un vuelo
con su avioneta, durante sus muchas visitas a José Rodríguez de La Borbolla,
demandándole más infraestructuras para Granada, siendo Luís Presidente de La
Cámara de Comercio de Granada, teniendo como cómplice extraordinario a Gerardo
Cuerva Vallet, Presidente de la Confederación Granadina de Empresarios, todo un
señor en todos los sentidos, al que también se le echa de menos, porque hoy en
día, parece que vale más una foto, que una buena y callada gestión por la
provincia.
Así que mi amistad con Alfredo
Curiel que, sin levantar la voz se nos ha ido por mayo, como dijo Carlos Cano,
se fortaleció de tal manera que, cuando tuve que irme por razones profesionales
de la patria, lo dejé al frente del Grupo de Teatro de Juventudes Musicales,
que no solo siguió en buena lid, sino que, alcanzó grandes éxitos muy
superiores a los míos, llegando a estrenar diversas obras de José María Garrido
Lopera en el Teatro Isabel La Católica. Y ahí fue donde contó con la
colaboración y complicidad del fotógrafo de Ideal, Juan Ortiz y sus dotes
interpretativas, plasmadas incluso en el celuloide.
DIÓGENES
Pero Alfredo no fue solo un
gran actor y director de teatro granadino, su gran conocimiento de la
literatura y la poesía, le llevaron como agitador cultural a proyectar nuevos y
viejos valores como hizo con el grupo Diógenes, que en aquellos años tuvo una
actividad más que interesante, mientras él, canalizaba toda aquella creación
emergente, que tanto dinamizó el panorama local.
Para la primera puesta en
escena, escogieron el pub de Juan Prietos, frente al bar de su padre en la
calle Alhamar, que ya venía sufragando la exposición – sin ánimo de lucro por
su parte – de pintura, dibujos, fotografía, y otras artes como la magia, que
hasta allí llevó el gran Aparicio, hombre capaz de combinar sus trucos de mano
con los poemas más hermosos. Aquel febrero de 1978, como forma original de
exhibir los poemas, frente a la lectura habitual de otros actos, los escritos
se enmarcaron, y como si de una pintura se tratara, se fueron colgando por las
paredes del local, con gran éxito y repercusión mediática. “Diógenes”, lo
formaban entonces, Antonio Auñón, que también pintaba, Germán Ramírez, Julia,
Zangróniz, Jesús Ramos, alma máter del proyecto, Concepción Sánchez y Águeda
Rodríguez.
Al año siguiente durante la
presentación de Diógenes en La Madraza, Alfredo José María Curiel Aróstegui y
de La Plata, tomó la palabra: “Diógenes, laboratorio poético” argumentando que
los protagonistas, eran un punto de unión entre un pasado necesariamente triste
y oscuro, a un presente y futuro que debía manifestarse con la amplitud y
validez que el tiempo exigía. “Diógenes” trabajaba en dos vertientes. Una
puramente crítica en base a una formación poética sobre autores consagrados, y
otra, sedimentada en el trabajo puramente imaginativo y libre de cada uno de
los componentes. Pretendiendo con ello, la auto proyección literaria del grupo,
y en enlace directo, la posible difusión y conocimiento de una poesía popular,
no populachera.
Alfredo, eres irreemplazable.

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