25 AÑOS SIN TÍ
Tito Ortiz.-
Abril ya no es para vivir, es
para recordarte, para soñarte, para echarte de menos. Es tanto el vacío que
dejaste que, un cuarto de siglo después no hemos conseguido ocuparlo con nadie
ni nada. A los que te conocimos, solo nos queda la oportunidad de seguir tú
estela que fue grande y ancha como el mar que tantas veces miraste desde la
Caleta gaditana, en compañía de Antonio Burgos. El mismo mar que cruzaste hasta
llegar a Cuba, para comprender la grandeza de la palabra mestizo.
Conocí a Carlos Cano de
zagalón en nuestros juegos por Plaza Nueva, la placeta de Cuchilleros y la
calle donde él vivía, la Cuesta Rodrigo del Campo. Por razones de vecindad,
teníamos más contacto con Miguel Ángel González, Ángel Luís Luque y Esteban Valdivieso,
porque vivíamos todos en el mismo “roal”. Él se fue a la emigración y cuando
volvió, compartíamos estudio de grabación con, Juan de Loxa, que nos dirigía en
radio Popular de Granada. Él en “Manifiesto Canción del Sur” y yo en “Poesía
70”. En algún momento, hasta Joaquín Sabina, apareció por allí. Después vino el
éxito y solo nos veíamos, cuando aterrizaba por Granada, como aquella ocasión
en la que, en plena transición democrática, llenó el Palacio del Cine, dando un
magnífico recital que yo reflejé en Patria. Nuestra relación fue siempre la de
dos malafollás, que coincidían en lo importante, pero divergían en las formas y
en la estética de las cosas, algo que nunca quebrantó nuestra amistad y
admiración mutua. Eran los tiempos en los que Carlos, comenzó a tener mayor
trato con Eladio Fernández-Nieto, Pepe Heredia y Antonio Ortega éste último en
su etapa granadina. Fueron los tiempos de la blanca y verde, en los que el
padre Iniesta, desde los escolapios, nos enseñaba a Blas Infante y su obra.
EL REALEJO… SIEMPRE EL REALEJO
Coincidimos una noche buscando
a La Virgen de La Alhambra, los hermanos Garzón, del comercio, que iban con
Carlos Cano y yo, porque fue una de esas ocasiones en las que la hermandad
varió el recorrido, y pasó por el Campo del Príncipe. Aprovechamos para pasar
por la casa donde nació el cantante, en la Cuesta Rodrigo del Campo, subimos
por la Puerta del Sol a los Alamillos, repostamos en Casa de “La Trini”, y así
llegamos a los bosques de la Alhambra, para esperar a la Señora en su regreso.
Durante el camino, recuerdo haber hablado con Carlos, de Frasquito Yerbagüena,
Francisco Ayala, Enrique Padial, Gelu, Valen, Rhut y Los Granada, José Antonio
Cantaré, el maestro Novis y los Jueves Infantiles, Pepita Ávila, Rosita Ferrer,
Li Morante, Paquito Rodríguez y “El Mascota”, su inseparable acompañante al
órgano, del que Paquito siempre contaba una anécdota para él muy dolorosa, y es
que con motivo de la boda de su hija, lógicamente Paquito cantó para los
invitados, y “El Mascota”, que lo acompañó toda la vida, le cobró sus
emolumentos como si de una actuación más se hubiera tratado.
Seguimos repasando las
historias de los granadinos, y recordamos a, Julián Granados, que tanto tiempo
fue buscando a Lupita, al que descubrimos años más tarde de reputado
veterinario en Madrid, y de nuestro Enrique Morente, que por fin triunfaba en
la capital del reino. Ese mismo año, Carlos Cano le puso la voz a la marcha de
semana santa,” Pasan los Campanilleros”, con la letra de Antonio Burgos,
marcando un hito más en su carrera, y en la semana santa.
UNA SAETA EN LA NOCHE
Mientras llegaba la virgen,
hablamos de cuando jugábamos a las bolas en Santa Ana, antes de que se trajeran
el pilar del toro, cuando el tranvía daba allí la vuelta, a la Lima, Los
platicos, a Churro, Pico o Terna, al “abejorro”, y a las cajillas de mistos. De
cuando íbamos al cine Canuto, los martes, porque entraban dos con una sola
entrada. De María, la aguadora de Plaza Nueva, bajo las carteleras de los cines
y de Chalo, siendo un niño, en su kiosco de periódicos. Era nuestro barrio,
eran nuestros vecinos, crecimos allí, y eran nuestros recuerdos de infancia.
Apostados en la fuente del Tomate vimos pasar a la señora de la Alhambra, y
recortando por la puerta de los carros, la vimos traspasar la puerta del Vino,
encarrilando la calle real alhambreña. En ese momento, cuando los costaleros
hacían el giro para encarar la iglesia, otrora mezquita, Manolo Montes comenzó
a cantar una saeta, desde el primer piso del antiguo edificio de correros, y
yo, acercándome al oído de Carlos le comenté con malicia, o malafollá
granatensis: Te imaginas que ahora, cuando termine Manolo, camuflado como estás
por todos nosotros, tú sales y te largas una saeta por carceleras, ¿la que se
podría liar aquí? Carlos, me miró muy fijo, abriendo los ojos y echándose hacia
atrás y me contestó: “A ti se tascapao la cabeza”.
Por aquí, ya sabes, Juan Trova
recogió la antorcha y sigue en compañía de Amaranta, engrandeciendo tú memoria
con una cita anual que ya tiene repercusión internacional. Y esto ocurre en tú
tierra, esa que amaste hasta las entretelas del alma, la que te vio crecer con
el “Manifiesto Canción del Sur” de la mano de Juan de Loxa.
Cada vez que voy a Cádiz, me
hago una foto junto a la estatua de tú amigo Fernando Quiñones, esperando que
algún día me la pueda hacer junto a la tuya en nuestra Granada, pero al menos,
de vez en cuando, me siento en un banco en la plaza que lleva tú nombre y nos
recuerdo jugando a las bolas en Plaza Nueva. Algo es algo ¿No te parece?

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