domingo, 26 de abril de 2026

 

           Isidoro Máiquez, pintado por Goya en 1807

UNA COLUMNA PERDIDA EN EL REALEJO

 

Tito Ortiz.-

 

En aquella vieja taberna que Espadafor tenía en la calle Tinajilla, nos reuníamos los componentes de la recién nacida entonces, Asociación de Amigos de La Capa de Granada, contando entre sus componentes, con el que en aquellos momentos era Gobernador Civil de la provincia, Pepe Guirao. Una noche, charlando de su ascendencia cartagenera me permití hablarle de un paisano suyo que tenía un monumento en Granada. Quedó tan sorprendido, que tuve que acompañarlo a la plaza del Padre Suárez y, allí, pudo comprobar con asombro, la columna que conmemora la estancia en Granada de don Isidoro Máiquez.

Este monumento no hace más que atestiguar que, la Granada de los siglos XVIII y XIX, era más que sensible con todo artista que nos eligiera para vivir, mostrando así su agradecimiento a quienes siendo de fuera, compartían voluntariamente con nosotros, la belleza y hospitalidad que siempre ha ofrecido nuestra ciudad que, en ocasiones, ha necesitado de mayor reivindicación para igualar en trato a sus nativos.

DEL ESCENARIO A LA CÁRCEL

Isidoro Máiquez fue uno de los actores más importantes de la España del siglo XIX. Nació en 1768 en la ciudad murciana de Cartagena, en el seno de una familia de comediantes que recorrían España. Este actor vocacional, tras dejar muy joven la compañía de su padre, intentó probar fortuna junto con otros cómicos. El fracaso fue estrepitoso. Era tal el rechazo que cosechó en los escenarios que, incluso, tuvo que abandonar el teatro y la ciudad de Toledo, donde actuaba, vestido de moro. Tras su boda con la famosa actriz Antonia Prado comienza su aprendizaje profesional. Ella lo introdujo en el Teatro Príncipe, antes de que fuese reconocido como actor. En 1799 marchó a París, donde se quedó dos años. Regresó a Madrid en 1801, y tras las representaciones de El Celoso Confundido, La Vida es Sueño y la tragedia de Otelo, empezó a ser reconocido como uno de los mejores actores de la época. Incluso Francisco de Goya lo pintó en varias ocasiones.

 

Fue un actor de ideas liberales, lo que le llevó a ser hecho prisionero varias veces, tanto por las tropas napoleónicas como por orden de Fernando VII. En 1814 el régimen absolutista prohíbe sus representaciones y Godoy ordena su destierro. En primer lugar, fue a Francia, luego lo mandaron a Zaragoza, Ciudad Real y, por último, en 1820, a Granada. Al mes de estar en nuestra ciudad murió pobre, delirando y recitando, según algunos biógrafos.

MONUMENTO ITINERANTE

El sencillo monumento a Máiquez que se yergue en la Plaza del Padre Suárez, fue el primero que se hizo en Granada para homenajear a uno de los “liberales” del siglo XIX. Ideado por los actores Julián Romea, su esposa Matilde Díez, y su hermano Florencio, se inauguró en junio de 1839. Esta obra fue un diseño de José Contreras. El monumento se compone de dos cuerpos, realizados en piedra de Sierra Elvira. Sobre el pedestal se eleva un fuste estriado en arista viva con basa corintia, alrededor del cual se enrolla una cinta en la que se lee la inscripción «GLORIA AL GENIO», y por remate una corona de laurel y un vaso semejante a las urnas cinerarias.

El homenaje pétreo a Isidoro Máiquez fue inicialmente instalado en un lateral del Teatro Cervantes, en la Plaza del Campillo Bajo, situada entre el Castillo de Bibataubín y la Plaza de Mariana Pineda. Al igual que tantos otros monumentos de Granada, que tienen la manía de ser viajeros, estuvo ubicado en varios lugares. A mediados del siglo XIX fue trasladado al Cementerio de San José, en 1892 lo llevaron hasta la Plaza de los Lobos, en 1919 en vísperas del aniversario de su muerte es llevado hasta el Paseo de la Bomba. Su ubicación actual se eligió en 1942 durante la alcaldía de Antonio Gallego Burín.

 

 

 

 

 

 

Admirador de Shakespeare y del actor francés de la Revolución François-Joseph Talma, el gobierno español —por mediación del ministro Manuel Godoy— le concedió una pensión de cuatrocientos reales mensuales para que fuera a París a conocer a Talma y a estudiar su técnica. Regresó en 1802 y consiguió grandes éxitos con Otelo (Shakespeare, 1802), en el Coliseo de los Caños del Peral; Macbeth, un año más tarde; Polinice (Vittorio Alfieri); La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca; Pelayo, de Manuel José Quintana; Bruto, de Alfieri y la Numancia de Miguel de Cervantes.

SU REGLAMENTO

Como dramaturgo, es autor de un Reglamento (1818) en el que se planteaban algunas reformas importantes en la vida teatral madrileña como la creación de una Junta para administrar los fondos, compuesta por los dos autores (empresario y dramaturgo) y dos cómicos de cada teatro, al que añadió la fusión de los intereses de las tradicionales dos 'compañías de verso' con una de 'cantado' y otra de 'baile, más la conservación del cargo de 'autor' (en el esquema de la época, el equivalente a empresario teatral).

También contemplaba en aquellos años, elevar la figura del director, de manera que su opinión prevaleciera en la organización del orden de trabajo y los ensayos, pudiendo requerir en caso de conflicto la mediación del corregidor y, algo que entonces no se hacía como, anunciar en los carteles el nombre de los artistas, la supresión de los vendedores ambulantes en los teatros, que tanto distraían al público, más la implantación de las funciones nocturnas y, la supresión de la figura del gracioso (que anunciaba las funciones sucesivas), dejando la libertad de las compañías bajo la autoridad del corregidor de la villa. Siendo, asimismo, uno de los pioneros en la defensa de la creación de una Escuela Nacional de Declamación.

Por eso y por su cariño a Granada, tiene este monumento a cuyos pies aquella noche, terminamos declamando ante el asombro de los viandantes, la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández. Granada es…Puro Teatro.

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario