Isidoro Máiquez, pintado por Goya en 1807
UNA COLUMNA PERDIDA EN
EL REALEJO
Tito Ortiz.-
En aquella vieja taberna que
Espadafor tenía en la calle Tinajilla, nos reuníamos los componentes de la
recién nacida entonces, Asociación de Amigos de La Capa de Granada, contando
entre sus componentes, con el que en aquellos momentos era Gobernador Civil de
la provincia, Pepe Guirao. Una noche, charlando de su ascendencia cartagenera me
permití hablarle de un paisano suyo que tenía un monumento en Granada. Quedó
tan sorprendido, que tuve que acompañarlo a la plaza del Padre Suárez y, allí,
pudo comprobar con asombro, la columna que conmemora la estancia en Granada de
don Isidoro Máiquez.
Este monumento no hace más que
atestiguar que, la Granada de los siglos XVIII y XIX, era más que sensible con
todo artista que nos eligiera para vivir, mostrando así su agradecimiento a
quienes siendo de fuera, compartían voluntariamente con nosotros, la belleza y
hospitalidad que siempre ha ofrecido nuestra ciudad que, en ocasiones, ha
necesitado de mayor reivindicación para igualar en trato a sus nativos.
DEL ESCENARIO A LA CÁRCEL
Isidoro Máiquez fue uno de los
actores más importantes de la España del siglo XIX. Nació en 1768 en la ciudad
murciana de Cartagena, en el seno de una familia de comediantes que recorrían
España. Este actor vocacional, tras dejar muy joven la compañía de su padre,
intentó probar fortuna junto con otros cómicos. El fracaso fue estrepitoso. Era
tal el rechazo que cosechó en los escenarios que, incluso, tuvo que abandonar
el teatro y la ciudad de Toledo, donde actuaba, vestido de moro. Tras su boda
con la famosa actriz Antonia Prado comienza su aprendizaje profesional. Ella lo
introdujo en el Teatro Príncipe, antes de que fuese reconocido como actor. En
1799 marchó a París, donde se quedó dos años. Regresó a Madrid en 1801, y tras
las representaciones de El Celoso Confundido, La Vida es Sueño y la tragedia de
Otelo, empezó a ser reconocido como uno de los mejores actores de la época.
Incluso Francisco de Goya lo pintó en varias ocasiones.
Fue un actor de ideas
liberales, lo que le llevó a ser hecho prisionero varias veces, tanto por las
tropas napoleónicas como por orden de Fernando VII. En 1814 el régimen
absolutista prohíbe sus representaciones y Godoy ordena su destierro. En primer
lugar, fue a Francia, luego lo mandaron a Zaragoza, Ciudad Real y, por último,
en 1820, a Granada. Al mes de estar en nuestra ciudad murió pobre, delirando y
recitando, según algunos biógrafos.
MONUMENTO ITINERANTE
El sencillo monumento a
Máiquez que se yergue en la Plaza del Padre Suárez, fue el primero que se hizo
en Granada para homenajear a uno de los “liberales” del siglo XIX. Ideado por
los actores Julián Romea, su esposa Matilde Díez, y su hermano Florencio, se
inauguró en junio de 1839. Esta obra fue un diseño de José Contreras. El
monumento se compone de dos cuerpos, realizados en piedra de Sierra Elvira. Sobre
el pedestal se eleva un fuste estriado en arista viva con basa corintia,
alrededor del cual se enrolla una cinta en la que se lee la inscripción «GLORIA
AL GENIO», y por remate una corona de laurel y un vaso semejante a las urnas
cinerarias.
El homenaje pétreo a Isidoro
Máiquez fue inicialmente instalado en un lateral del Teatro Cervantes, en la
Plaza del Campillo Bajo, situada entre el Castillo de Bibataubín y la Plaza de
Mariana Pineda. Al igual que tantos otros monumentos de Granada, que tienen la
manía de ser viajeros, estuvo ubicado en varios lugares. A mediados del siglo
XIX fue trasladado al Cementerio de San José, en 1892 lo llevaron hasta la
Plaza de los Lobos, en 1919 en vísperas del aniversario de su muerte es llevado
hasta el Paseo de la Bomba. Su ubicación actual se eligió en 1942 durante la
alcaldía de Antonio Gallego Burín.
Admirador de Shakespeare y del
actor francés de la Revolución François-Joseph Talma, el gobierno español —por
mediación del ministro Manuel Godoy— le concedió una pensión de cuatrocientos
reales mensuales para que fuera a París a conocer a Talma y a estudiar su
técnica. Regresó en 1802 y consiguió grandes éxitos con Otelo (Shakespeare,
1802), en el Coliseo de los Caños del Peral; Macbeth, un año más tarde;
Polinice (Vittorio Alfieri); La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca;
Pelayo, de Manuel José Quintana; Bruto, de Alfieri y la Numancia de Miguel de
Cervantes.
SU REGLAMENTO
Como dramaturgo, es autor de
un Reglamento (1818) en el que se planteaban algunas reformas importantes en la
vida teatral madrileña como la creación de una Junta para administrar los
fondos, compuesta por los dos autores (empresario y dramaturgo) y dos cómicos
de cada teatro, al que añadió la fusión de los intereses de las tradicionales
dos 'compañías de verso' con una de 'cantado' y otra de 'baile, más la conservación
del cargo de 'autor' (en el esquema de la época, el equivalente a empresario
teatral).
También contemplaba en
aquellos años, elevar la figura del director, de manera que su opinión
prevaleciera en la organización del orden de trabajo y los ensayos, pudiendo
requerir en caso de conflicto la mediación del corregidor y, algo que entonces
no se hacía como, anunciar en los carteles el nombre de los artistas, la supresión
de los vendedores ambulantes en los teatros, que tanto distraían al público, más
la implantación de las funciones nocturnas y, la supresión de la figura del
gracioso (que anunciaba las funciones sucesivas), dejando la libertad de las
compañías bajo la autoridad del corregidor de la villa. Siendo, asimismo, uno
de los pioneros en la defensa de la creación de una Escuela Nacional de
Declamación.
Por eso y por su cariño a
Granada, tiene este monumento a cuyos pies aquella noche, terminamos declamando
ante el asombro de los viandantes, la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández.
Granada es…Puro Teatro.

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